Nacido de la Niebla - Capítulo 20
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: Capítulo XX: De llantos y brujas 20: Capítulo XX: De llantos y brujas No hubo transición ni advertencia.
La luz simplemente desapareció.
En un instante estábamos de pie frente a las tumbas, bajo un cielo abierto que todavía conservaba restos del día… y al siguiente, la oscuridad cayó sobre nosotros como una losa, espesa, inmediata, imposible de ignorar.
No fue un anochecer natural, ni una progresión lenta de sombras; fue un corte abrupto, como si alguien hubiera decidido apagar el mundo.
Serah fue la primera en girar.
—¿Qué fue eso…?
No llegó a terminar la frase.
El sonido nos alcanzó desde el interior de la iglesia.
Un llanto agudo, infantil.
Luego otro.
Y otro más.
Voces de niños, superpuestas, quebradas por el miedo, resonando dentro de ese espacio que hacía apenas unos minutos habíamos recorrido vacío.
No era un eco distante ni una ilusión del viento: era real, cargado de desesperación y de angustia.
Nos miramos apenas un segundo y corrimos hacia la iglesia.
Aldric abrió la puerta de una patada y descubrimos que el interior ya no era el mismo.
La limpieza, el orden, la quietud… todo había desaparecido.
El aire estaba cargado, húmedo, como si la madera y la piedra hubieran absorbido años de abandono en un solo instante.
Y entonces la vimos.
La vieja de los pasteles.
Cruzaba el umbral opuesto con una rapidez monstruosa, su silueta decrépita y encorbada se deformaba en la penumbra mientras abandonaba la iglesia sin mirar atrás.
—¡Ahí!
—gritó Aldric.
Pero no la seguimos.
No todavía.
Porque el llanto aumentó y los bancos comenzaron a temblar.
Al principio fue apenas un leve crujido, una vibración contenida que recorría la madera como un susurro incómodo, pero en cuestión de segundos se transformó en algo más violento, más insistente,.
Era el suelo mismo rechazando lo que estaba ocurriendo sobre él.
—Esto no está bien —murmuró Maelor, aunque nadie necesitaba escucharlo para saberlo.
El sonido se intensificó.
Desde el altar, brotaba sangre lentamente, primero como un hilo oscuro que descendía por la piedra, y luego como una herida abierta que no dejaba supurar, extendiéndose por la superficie con una voluntad propia.
Cubría símbolos y grietas, bañaba las manos de las estatuas talladas que alguna vez habían sido sagradas.
El olor llegó después.
Denso y metálico.
Tan real que probocava nauseas.
Serah retrocedió un paso.
—No… no… Los llantos se volvieron insoportables.
No eran uno ni dos.
Eran decenas, quizás cientos.
Niños que no veíamos, pero que estaban ahí, atrapados en ese espacio que se cerraba sobre nosotros con cada latido.
La puerta se cerró de golpe.
El sonido retumbó en toda la estructura.
Aldric giró, instintivo, y llevó la mano al arma.
La puerta volvió a abrirse.
Y se cerró otra vez.
Y otra.
Y otra.
Algo jugara con nosotros., disfrutando de nuestra reacción.
—¡Fuera!
—ordené.
No hizo falta repetirlo.
Salimos.
y el aire exterior golpeó como un cambio brutal, pero no trajo alivio.
Porque ya no estábamos en el mismo lugar.
El pueblo seguía ahí.
Pero no era Valebrun.
Las casas estaban torcidas, envejecidas, cubiertas de grietas profundas que parecían haberse abierto con el paso de siglos que no habíamos vivido.
Las ventanas estaban rotas o tapiadas, los faroles apagados, y la calle… la calle ya no tenía el aspecto cuidado de antes, sino el de un sitio abandonado hace demasiado tiempo.
Era el mismo lugar y no lo era.
—¿Qué…?
—susurró Serah.
Nadie respondió.
Porque todos lo entendíamos.
Habíamos cruzado algo y del otro lado, ella nos esperaba de pie, a unos metros de la entrada de la iglesia.
La vieja, o lo que quedaba de ella, se erguía ahora con una espalda ya no encorvada y su figura parecía sostenerse con una firmeza que antes no tenía.
Nos observaba con una sonrisa abierta, amplia y amarillenta.
Sus pupilas dilatadas parecían estar en éxtasis.
Rió pero no fue una risa humana, fue algo más profundo.
Más antiguo.
—Ya lo vieron —dijo, con una voz que ya no era la misma—.
Ya vieron su futuro.
Nadie se movía.
Nadie hablaba más que ella.
—Ese es el final que les espera —continuó, dando un paso adelante—.
Tierra… silencio… y olvido.
Sus ojos se detuvieron en cada uno de nosotros.
—Pero no tiene por qué ser así.
Pueden cambiarlo —añadió, inclinando apenas la cabeza—.
Pueden evitarlo… si piden lo que necesitan.
Aldric tensó la mandíbula.
—No queremos nada que venga de la oscuridad.
La mujer sonrió más.
—Eso dices ahora…
Entonces su forma cambió.
No fue un movimiento natural, ni una transformación progresiva.
Fue una ruptura.
Su cuerpo se enderezó por completo, la piel se tensó, se oscureció, se agrietó en zonas donde antes parecía frágil, y sus ojos… sus ojos dejaron de ser opacos para volverse profundos, brillantes, llenos de maldad.
La vieja desapareció y en su lugar quedó la bruja.
Alta, firme y con los restos de la otra forma colgando como la piel de una víbora.
Desde dentro de la iglesia, aún podíamos escuchar el llanto de los niños.
—Todos terminan pidiendo algo, Aldric—sentenció.
Sentí cómo el aire cambiaba otra vez.
Cómo el espacio entre nosotros con juraba un hechizo, arremolinándose a nuestro alrededor.
Aldric dio un paso al frente.
Serah se posicionó a su lado.
Maelor alzó una mano, murmurando palabras que apenas reconocía.
Eldran no dijo nada.
Yo avancé al frente y desenvainé.
La miré directo a los ojos.
—Ya nos vendiste demasiadas ilusiones, maldita bruja…
llegó el momento de que te demos tu paga—dije.
—Guerreros, a mi voz de mando presenten armas…
La bruja sonrió.
Y el mundo se inclinó hacia la violencia.
—Todos juntos…
¡Shieldwall!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com