Nacido de la Niebla - Capítulo 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Capítulo II: Un capitán sin nombre 2: Capítulo II: Un capitán sin nombre El camino hacia la mansión estaba húmedo, como si la niebla sudara.
No recuerdo cuánto llevábamos caminando cuando la niña comenzó a quedarse atrás.
Sus pasos eran pequeños, pero no cansados.
Era como si midiera la distancia entre nosotros y algo que solo ella veía.
Había pedido nuestra ayuda.
Un monstruo tenía a su hermano.
Algo en común se activó en el resto.
El primero en romper el silencio fue el hombre de las manos cubiertas de anillos oscuros.
Siempre caminaba con los dedos entrelazados, como si estuviera rezando a un dios que no quisiera escucharlo.
—No me agrada esto —dijo, sin mirarme—.
La niebla no es natural.
El del acero impecable resopló.
—La niebla nunca es natural para ustedes.
Su armadura no tenía polvo.
Ni una mancha.
El símbolo en su pecho parecía pulido esa misma mañana.
Caminaba recto, incluso en el barro.
El de ojos verdes, el que olía a hojas trituradas y tierra húmeda, se agachó un momento, tocó el suelo.
—No hay huellas de lucha —murmuró—.
Si el hermano está siendo atacado, no fue arrastrado.
La mujer no habló.
Nunca hablaba primero.
Su capa era gris, pero la tela tenía bordados casi invisibles que parecían moverse cuando uno no los miraba directamente.
Ella observaba a la niña.
No el camino.
No la mansión que ya se insinuaba entre los árboles.
A la niña.
—¿Cómo dijiste que se llamaba tu hermano?
—preguntó finalmente.
La pequeña tardó en responder.
—No lo dije.
El silencio que siguió no fue largo.
Fue pesado.
Seguimos avanzando.
La mansión apareció entre los árboles como un recuerdo que nadie quería tener.
Las torres puntiagudas parecían torcidas, y las ventanas eran demasiado oscuras para esa hora del día.
El del acero se detuvo a mi lado.
—Capitán.
No me miró cuando habló.
—Aún no sabemos su nombre.
Sentí el golpe de la pregunta antes de comprenderla.
Mi nombre.
Lo busqué.
No estaba.
Pero no podía permitir que lo notaran.
—No es necesario —respondí, manteniendo la voz firme—.
Mientras avancemos juntos, basta con el rango.
El de los anillos rió por lo bajo.
—Conveniente.
No contesté.
La mujer dio un paso hacia mí.
—¿Recuerda quién le dio el rango?
—Sí.
Mentí.
No sabía a quién estaba recordando.
Solo sabía que debía haber alguien.
—¿Y la última batalla?
Imágenes borrosas cruzaron mi mente.
Un campo gris.
Un estandarte ardiendo.
Gritos sin rostro.
—La recuerdo —dije.
El del acero ahora sí me miró.
No con desprecio.
Con cálculo.
—Entonces, ¿por qué lo seguimos?
Sostuve su mirada.
—Porque ya lo están haciendo.
No añadí nada más.
Y cuando la niña señaló la puerta principal y dijo con voz apenas audible: —Es ahí dentro.
Fui yo quien comenzó a caminar primero.
No por valentía.
Ni por deber.
Algo en mi pecho reconocía ese lugar.
No la mansión.
Lo que había adentro.
La niña se detuvo en el portón oxidado.
—Yo no entro.
Nadie le insistió.
El hombre de ojos verdes susurró algo que sonó a advertencia, pero el viento se lo llevó.
El del acero puso una mano en la empuñadura.
El de los anillos cerró los ojos como si escuchara algo.
La mujer me observó a mí.
No a la puerta.
A mí.
—Después de usted… Capitán.
No era respeto.
Era prueba.
Empujé la puerta.
No crujió.
Eso fue lo peor.
El interior nos tragó y sentí con absoluta certeza que ya había estado allí antes.
Y que, tal vez, no había salido.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com