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Nacido de la Niebla - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 Capítulo III Sombra y silencio
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3: Capítulo III: Sombra y silencio 3: Capítulo III: Sombra y silencio La puerta se cerró detrás de nosotros sin ruido.

Eso fue lo primero que me inquietó.

No el polvo.

No el olor a madera húmeda.

No el frío que parecía subir desde el suelo.

El silencio.

La casa no respiraba.

No protestaba por nuestra presencia.

Nos observaba.

El vestíbulo estaba cubierto por retratos sin rostro.

Marcos dorados, lienzos rasgados.

Donde debería haber ojos, solo había tela arrancada.

—No hay vida aquí —murmuró el de ojos verdes.

—Nunca la hubo —respondió el de los anillos, tocando el aire como si palpase corrientes invisibles.

La mujer avanzó hacia la escalera central.

Sus dedos rozaron la baranda.

—Arriba —dijo.

No explicó por qué.

Subimos.

Cada escalón parecía más largo que el anterior.

La luz que entraba por las ventanas altas no iluminaba nada; apenas revelaba partículas suspendidas que no descendían.

En el segundo piso no encontramos puertas.

Solo un pasillo largo y angosto que terminaban en un muro ciego.

Pero al fondo, una trampilla en el techo.

El ático.

No recuerdo haber dado la orden.

Sin embargo, fui el primero en subir.

El aire allí arriba era más denso y olía a algo que conozco demasiado bien.

Carne quieta.

Los encontramos en el centro.

Dos cuerpos pequeños.

Acostados como si durmieran.

Las manos entrelazadas.

El de ojos verdes fue el primero en arrodillarse.

Tocó el cuello de uno.

Luego el otro.

—No es reciente —susurró—.

Llevan días.

Tal vez más, pensé.

El cabello de la niña estaba limpio.

Su vestido, intacto.

Sus ojos cerrados con una serenidad que no coincidía con el miedo que había mostrado en el camino.

Era ella.

La que nos trajo.

Sentí un frío distinto al de la casa.

No sorpresa.

Reconocimiento.

El de los anillos retrocedió un paso.

—Nos llamó algo que ya estaba muerto.

La mujer se inclinó sobre el otro niño.

Un varón, más pequeño.

El rostro amoratado.

—No hay señales de lucha —dijo—.

Fueron preparados.

Preparados.

Esa palabra me lastimó.

—Esto no termina aquí —murmuré.

Bajamos.

No discutimos lo que era evidente.

La niña no podía estar viva.

Pero la casa tampoco parecía obra de simples hombres.

El acceso al sótano estaba oculto tras una puerta estrecha bajo la escalera.

No recuerdo haberla visto antes y, sin embargo, mis pasos fueron directos hacia ella.

La abrí.

El aire que emergió era cálido.

Diferente al del resto de la casa.

Descendimos.

Las paredes del sótano estaban cubiertas con círculos rituales pintados con algo oscuro y reseco.

Símbolos entrelazados, líneas que no eran decorativas sino funcionales.

En el centro, una estatua.

Un brujo, parecía.

Alto, encadenado a su propio pedestal.

El rostro inclinado hacia adelante, como si susurrara eternamente a quien se acercara.

No tenía cuernos.

No los necesitaba.

Había algo en la expresión tallada que no pertenecía a ningún hombre.

—No es un simple hechicero —dijo el de los anillos con voz baja—.

Es una representación.

—¿De qué?

—preguntó el del acero.

El de los anillos lo miró.

—De lo que algunos llaman el adversario.

Las paredes estaban adornadas con cabezas de lobos disecadas.

Docenas.

Sus ojos de vidrio parecían húmedos bajo la luz temblorosa.

—Ritual de invocación —dijo la mujer—.

O de contención.

Me acerqué a la estatua.

Sentí algo familiar.

Me acerqué un poco más y me pareció ver que se dibujaba una sonrisa en aquella cara de piedra.

Y entonces, la casa exhaló.

Un golpe seco resonó arriba.

Luego otro.

—No estamos solos —dijo el de ojos verdes.

Subimos deprisa.

Cuando alcanzamos la planta baja, la vimos.

Una sombra desprendida del muro.

No tenía forma fija.

Se estiraba como humo bajo el agua.

Donde tocaba el suelo, la madera se ennegrecía.

El del acero avanzó primero.

Su hoja atravesó la oscuridad sin resistencia.

La sombra respondió.

Se alzó como una ola y lo empujó contra la pared.

El de ojos verdes intentó rodearla.

Extendió las manos, murmuró palabras antiguas.

La sombra lo alcanzó antes.

Un tajo oscuro cruzó su costado.

Cayó de rodillas, la sangre empapando su túnica.

Grité una orden que no recuerdo haber aprendido y me tiré sobre el herido usando mi escudo como un muro de protección.

El de los anillos comenzó a trazar símbolos en el aire.

La mujer se interpuso entre la sombra y nosotros.

Entonces la vimos.

La niña.

De pie junto a la puerta.

No había abierto nada.

Simplemente estaba allí.

Sus ojos ya no eran los mismos.

No había miedo.

Había propósito.

La sombra se volvió hacia ella y por primera vez titubeó.

—No perteneces aquí —susurró la mujer.

La niña levantó la mano.

La sombra se contrajo, como si algo invisible la comprimiera desde todos los ángulos.

No hubo grito.

Solo una implosión silenciosa.

La oscuridad desapareció.

El aire se volvió respirable.

La niña nos miró.

Ya no parecía pequeña.

—Gracias por venir —dijo y se desvaneció.

El de ojos verdes respiraba con dificultad.

—Era ella… —murmuró—.

Nos necesitaba para romper el círculo.

Un crujido profundo atravesó las maderas de la casa.

Las paredes comenzaron a arder desde dentro, como si el fuego hubiera estado esperando.

—¡Fuera!

—ordené.

Esta vez la voz me pertenecía.

Cargamos al herido.

El del acero abrió paso a golpes.

Las llamas no consumían madera; devoraban símbolos.

El sótano colapsó primero.

La estatua cayó.

Juraría que, al quebrarse, murmuró mi nombre.

Mi verdadero nombre.

Atravesamos el umbral entre humo y chispas.

Corrimos.

No miré atrás hasta que el calor dejó de sentirse.

Cuando al fin estábamos fuera, miré hacia atrás.

No había mansión.

Ni ruinas o acaso humo.

Solo el bosque y niebla.

Incluso el camino por el que habíamos llegado había desaparecido.

El de ojos verdes estaba pálido, pero vivo.

El del acero miraba el claro vacío.

—Aquí no hubo nada —dijo agitado.

La mujer me observó.

No el lugar.

A mí.

Creo que quería saber si yo también lo sentía.

Miré el espacio donde había ardido la casa y percibí algo peor que el miedo.

La certeza de que aquello no había terminado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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