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Nacido de la Niebla - Capítulo 22

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  3. Capítulo 22 - 22 Capítulo XXII Un fantasma en el tiempo
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22: Capítulo XXII: Un fantasma en el tiempo 22: Capítulo XXII: Un fantasma en el tiempo El grito del joven aún vibraba en el aire cuando cruzamos el umbral de la iglesia.

La transición fue abrupta, casi violenta.

Afuera, la luz del día había irrumpido como una promesa de alivio; adentro, el silencio volvía a imponerse como una advertencia.

El lugar estaba limpio.

No quedaba rastro de la sangre, ni del temblor de los bancos, ni del eco de los llantos que habían desgarrado el aire instantes antes.

El altar se alzaba intacto, blanco, inmaculado, como si jamás hubiera sido profanado.

Aquella normalidad no traía consuelo, sino desconfianza.

El joven que había gritado retrocedió unos pasos al vernos entrar.

Sus manos temblaban, y su mirada oscilaba entre nosotros y el suelo, como si no supiera a quién temer más.

Nos había invitado a pasar a la iglesia después del combate.

Su nombre era Halven.

—¿Qué… qué han hecho?

—repitió, con la voz quebrada.

Aldric avanzó sin paciencia.

—Matamos a una bruja —dijo con crudeza—.

Si eso te preocupa, deberías ver lo que hicimos en Valdren.

El muchacho tragó saliva.

Negó lentamente.

—No… no entienden… —Explícate —intervino Maelor, con un tono más frío, más medido.

El joven respiró hondo, como si necesitara reunir valor para decir lo siguiente.

—No era la única…

Tiene dos hermanas —continuó—.

Viven en el molino, al norte del pueblo.

Siempre han estado ahí.

Serah dio un paso al frente, con el ceño fruncido.

—¿Y nadie hizo nada?

El joven soltó una risa amarga.

—¿Hacer qué?

—preguntó—.

¿Morir?

Nadie respondió.

—Durante años… hubo un acuerdo —añadió, bajando la voz—.

Ellas… tomaban lo que querían.

Vendían sus pasteles.

Y a cambio… no atacaban el pueblo directamente.

—¿Tomaban qué?

—preguntó Aldric, aunque ya conocía la respuesta.

El joven no lo dijo.

Su rostro se vistió de vergüenza.

Serah apretó los puños.

—Entonces vamos al molino —sentenció—.

Y terminamos con esto.

Aldric asintió sin dudar.

—No vamos a permitir que siga pasando.

El muchacho los miró como si estuviera viendo a condenados.

—Otros lo intentaron.

—No somos “otros” —replicó Aldric.

No intervine.

Mi atención seguía fija en él.

Había algo que no encajaba.

—¿Dónde estabas?

—pregunté finalmente—.

Cuando llegamos antes… la iglesia estaba vacía.

—¿Vacía?

—El joven parpadeó, confundido.

—No había nadie —insistí.

Dudó un instante.

—Yo… siempre estuve aquí —respondió—.

En el altar, rezando.

Soy el cura del pueblo hace unos cuantos años.

Negué lentamente.

—Eso no es cierto.

—La bruja distorsiona lo que ven —dijo, casi a la defensiva—.

Lo que recuerdan.

Lo que creen haber visto.

—No todo puede ser culpa de la bruja —repliqué.

El joven no respondió de inmediato.

Maelor intervino, cambiando el eje de la conversación.

—¿Cuál es tu fe?

El muchacho lo miró con cierta sorpresa, como si la pregunta lo hubiera sacado de un lugar incómodo.

—Sirvo al Dios Sol ¿A quién más sino?

Serah frunció el ceño.

—No he oído de ese culto en el valle.

—Porque el valle vive de espaldas a la luz —respondió el joven—.

El Dios Sol no es solo calor o día… es revelación.

Donde su luz cae, las mentiras no pueden esconderse.

La corrupción se muestra tal como es.

Y aquello que pertenece a la oscuridad, arde.

Sus palabras no sonaban ensayadas.

—No protege a los hombres —añadió—.

Les muestra la verdad.

Y no todos pueden soportarla.

El silencio que siguió fue incómodo.

—Entonces ilumina este lugar —dije—.

Porque hay demasiado que no encaja.

El joven no sostuvo mi mirada.

Eldran habló entonces, con voz baja.

—Las tumbas de afuera —continuó—.

En el cementerio.

Estaban nuestros nombres.

El muchacho frunció el ceño.

—Aquí no hay tumbas.

—Las vimos —dijo Aldric.

—Todos —añadió Serah.

—No hay cementerio en esta iglesia —el joven negó lentamente.

Ninguno insistió, preferimos salir y verlo nosotros mismos.

El aire exterior seguía siendo claro, pero algo había cambiado.

Caminamos hacia la parte trasera, en silencio, como si todos temiéramos confirmar lo que ya sospechábamos.

No había nada: ni lápidas, ni tierra removida.

Ni siquiera marcas.

Solo suelo limpio, intacto.

—Esto no tiene sentido —murmuró Maelor.

—Aquí nada lo tiene —respondí.

Yo parecía ser el único en estar aliviado.

Mi sospecha de que aquí las cosas cambian de un momento al otro había quedado comprobada.

Dejamos al joven cura en la iglesia con la promesa de que volveríamos a verlo para que tratara las heridas de Eldran.

Aceptó nuestra propuesta más por profesión que por gusto.

Regresamos a la taberna sin decir mucho.

El grupo estaba tenso, fragmentado y necesitábamos reponernos de las heridas.

Aldric caminaba junto a Serah, intercambiando palabras en voz baja.

Eldran se mantenía aparte, en silencio.

Maelor y yo cerrábamos la marcha, observando, midiendo, tratando de recordar todo lo que veíamos antes de que volviese a cambiar.

La gente se corría a nuestro paso, cerraban puertas y ventanas, y los niños corrían a refugiarse en las faldas de sus madres.

Si bien todo había vuelto a cambiar, esta vez lo extraño estaba en la ropa de los pueblerinos.

Parecían más modestas y rústicas.

En unos pocos minutos llegamos a la taberna.

El calor del interior nos envolvió de inmediato.

Garron Bale estaba en su lugar, detrás de la barra, limpiando jarras con la misma calma inmutable de siempre.

—Siguen respirando —dijo sin levantar demasiado la vista.

—Por ahora —respondió Aldric, antes de subir con el resto.

Uno a uno desaparecieron por la escalera.

Yo me quedé.

Garron alzó la mirada.

—¿No duermes, Capitán?

—¿Y tú?

—dije apoyándome en la barra —Claro que duermo.

—dijo sonriendo —No lo parece.

Se encogió de hombros.

—Alguien tiene que mantener el fuego encendido.

Lo observé en silencio unos segundos.

—Matamos a la bruja.

—Eso es bueno —dijo asintiendo lentamente.

—El chico de la iglesia dice que hay otras dos.

En un molino.

El muy cobarde estuvo allí rezando mientras nosotros…

Garron dejó la jarra sobre la madera con un golpe seco —¿Qué chico?

—El cura —dije algo confundido.

Garron dudó apenas un instante.

—¿Qué cura?

¿Halven?

Asentí.

El silencio se alargó lo justo como para incomodar.

—Sí —respondió finalmente.

Esperé uno segundos.

Garron respiró hondo.

—El padre Halven… —dijo— murió hace más de cincuenta años.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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