Nacido de la Niebla - Capítulo 23
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23: Capítulo XXIII: Respuestas 23: Capítulo XXIII: Respuestas La mañana llegó sin ruido.
No hubo amanecer abriéndose paso.
La luz ya estaba allí, instalada, como si nunca hubiera tenido que llegar.
Abrí los ojos.
El techo de la taberna seguía siendo el mismo: vigas oscuras, madera vieja, el crujido leve del edificio acomodándose sobre sí mismo.
Todo en su lugar.
Eso ya no me tranquilizaba.
Me incorporé despacio y noté que algunos ya estaban despiertos.
Aldric estaba sentado al borde de su cama, afilando su espada con movimientos constantes, casi rituales.
Serah permanecía junto a la ventana, inmóvil, mirando hacia afuera con una expresión que no terminaba de definirse.
Maelor revisaba sus pertenencias en silencio, metódico.
Eldran estaba sentado, pero había algo en él que no terminaba de estar.
—Levántense —dije, sin alzar la voz—.
Necesitamos hablar.
No hubo protestas.
Solo miradas.
Bajamos al salón principal y Garron Bale ya estaba en su lugar, como si no se hubiera movido en toda la noche.
Nos observó sin decir nada mientras tomábamos una mesa amplia.
En mi mente aún rondaba la imagen del padre Halven.
Decidí que no era momento de hablar del tema.
Me apoyé con ambas manos sobre la madera y hablé con autoridad.
—Quiero algo claro —dije—.
¿Qué esperan de esto?
El silencio fue de pesadilla.
—Estamos en un lugar que no entendemos —continué—.
Rodeados de cosas que no responden a ninguna lógica.
Agramor juega con nosotros.
Las criaturas del valle también —los miré uno por uno —.
Voy a preguntar otra vez y quiero respuestas: ¿Cuál es el objetivo?
Aldric habló primero.
—Salir de aquí.
Sin adornos.
Asentí apenas.
—¿Cómo?
El sonido de la piedra contra el metal se detuvo.
Aldric dejó la espada sobre la mesa.
—Matando al Diablo.
La palabra quedó suspendida, pesada.
Serah giró hacia él.
—No es descabellado —dijo—.
Todo en este lugar gira en torno a él.
El valle, las criaturas, las reglas… Si Agramor cae, todo esto debería caer con él.
—“Debería” —repitió Maelor, seco—.
Eso no es un plan.
Es una apuesta.
Serah lo sostuvo con la mirada.
—¿Tienes uno mejor?
Maelor entrelazó los dedos.
—No todavía.
Pero enfrentarlo de frente… es exactamente lo que él espera.
—Entonces, ¿qué propones?
—preguntó Aldric.
El hechicero alzó la vista.
—Entender el juego antes de intentar romperlo.
No hubo desafío en su tono.
Solo cálculo.
Miré a Eldran.
—¿Y tú?
No respondió de inmediato.
Sus ojos tardaron en encontrarme, como si primero tuvieran que recordar dónde estaba yo.
—No lo sé —dijo al fin.
El silencio se tensó.
—No lo sabes… —repetí— o no quieres decirlo.
Parpadeó.
Algo cambió, apenas.
—No estamos haciendo las preguntas correctas —murmuró.
Aldric resopló.
—Estamos atrapados en un valle gobernado por un demonio.
La pregunta es bastante clara.
Eldran negó, apenas.
—No.
Esa es la consecuencia — sus ojos buscaban algo en la nada —.
La pregunta es… por qué estamos aquí.
Qué es este lugar.
Qué significa “estar” en el valle… — hizo una pausa —O si realmente estamos.
El aire pareció volverse más denso.
Su voz no era firme pero tampoco débil.
Era más bien lejana.
—Qué nos trajo… y para qué.
Si no entendemos eso —añadió—, matar a Agramor puede no cambiar nada.
El silencio que siguió fue distinto.
Eldran había dicho una verdad incómoda.
—¿Y mientras tanto qué?
—dijo Aldric, con irritación contenida—.
¿Nos sentamos a pensar mientras este lugar nos devora?
Eldran no respondió.
Se quedó ahí pero ya no con nosotros.
Lo observé unos segundos más de lo necesario.
Luego asentí.
—Seguiremos avanzando —dije—.
Pero no voy a ignorar eso.
Maelor me sostuvo la mirada.
—¿Entonces?
—Entonces necesitamos respuestas.
El silencio se sostuvo un instante más… hasta que Serah habló.
—¿Y tú?
No levanté la mirada de inmediato.
—¿Yo qué?
—¿Qué piensas?
—insistió—.
Nos haces preguntas, nos empujas a decidir… pero no dices nada.
—Tiene razón — acotó Aldric, apoyando los codos sobre la mesa.
Maelor no intervino, pero tampoco desvió la atención.
Todas las miradas cayeron sobre mí.
Exhalé lento.
—Creo… que esto ya pasó.
No nosotros —aclaré—.
Pero esto.
El valle.
El juego.
Otros antes que nosotros.
Otros que pensaron lo mismo.
Que buscaron una salida rápido o una respuesta lógica.
Aldric frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que somos reemplazables?
—Estoy diciendo que somos previsibles.
Agramor no reacciona —continué—.
Anticipa cada uno de nuestros pasos porque ya vio cada uno de estos caminos.
Maelor asintió apenas, como si la idea le resultara incómodamente plausible.
—Entonces, ¿qué?
—dijo Serah—.
¿Estamos condenados a repetirlo?
—No — negué despacio —.
Pero sí a caer si seguimos jugando como él espera.
Aldric entrecerró los ojos.
—¿Y qué significa eso?
—Que tenemos que ir en contra de los presagios.
En contra de lo evidente.
De lo que “debería” hacerse.
—miré a Serah—.
De lo que parece lógico.
Maelor ladeó la cabeza.
—Forzar el error en el sistema.
—No —corregí—.
ser el error.
Un camino que no esté escrito —añadí—.
Uno que no pueda anticipar.
—¿Y cuál es ese camino?
— habló Eldran entonces.
No dudó ni lo preguntó con ironía, lo hizo como si la respuesta importara más que cualquier otra cosa.
—Prefiero no decirlo.
El silencio cambió de forma.
Aldric bufó.
—¿Ahora jugamos a los secretos?
—No confío en quién pueda estar escuchando.
Eso sí caló.
Serah no apartó la vista de mí.
—Conveniente —Eldran inclinó apenas la cabeza.
En sus ojos no había maldad, pero si desafío.
Oponerse al líder de la manada para ganar presencia.
—Especialmente —añadió— para alguien que aún no ha mostrado su verdadero rostro.
El aire se tensó.
Todos me miraron esperando el conflicto.
No sé lo dí, porque cualquier respuesta… habría sido una confirmación.
La conversación se disolvió sin cierre ni acuerdo.
Solo una dirección compartida por necesidad.
Aldric y Serah se alejaron juntos, hablando en voz baja.
Maelor se retiró sin ruido hacia afuera de la taberna.
Eldran permaneció unos segundos más en la mesa, mirándome sin decir nada.
Luego se levantó y se fue.
Sentí que había dejado algo detrás de él.
Algo invisible en el taburete.
Algo que me miraba.
Me quedé mirando fijo a la nada.
No pasó mucho antes de que Serah regresara.
Se detuvo frente a mí, sin sentarse.
—Capitán.
Su voz me trajo de vuelta a mí.
Le hice un gesto para que hablara.
—Tu pasado.
Exhalé por la nariz.
—Otra vez.
—Sí.
La miré.
—No hay mucho más de lo que ya te dije.
Serah entrecerró los ojos.
—No te creo.
No sonó impulsiva pero sí cansada.
—No tengo más que darte —respondí—.
Lo que recuerdo… es eso.
—¿Y el resto?
—insistió—.
¿Tu nombre?
¿Tu origen?
¿Tu gente?
—Vacío — negué.
—Eso no es normal —dijo apretando la mandíbula.
—Nada aquí lo es.
—No —dijo—.
Pero tú… —me miró con tristeza —Tiene que haber algo más.
No respondí.
Su mirada se endureció.
—No puedes liderarnos si no sabemos quién eres.
Silencio.
—Nunca pedí ser su líder.
Eso sí golpeó.
En sus ojos noté un brillo.
Luego negó con la cabeza y se fue.
El silencio que dejó fue más incómodo que la discusión.
—Las mujeres… —dijo una voz desde la barra—.
Siempre buscando respuestas donde no conviene.
Giré apenas.
Garron Bale me observaba, con una media sonrisa difícil de leer.
—¿Eso crees?
—pregunté.
Se encogió de hombros.
—Creo que el problema no es la pregunta… sino el momento.
Me acerqué.
—Necesito respuestas.
Garron asintió, lento.
—Eso es evidente.
Apoyé una mano sobre la madera.
—Y no las voy a encontrar aquí.
El tabernero me sostuvo la mirada unos segundos más de lo habitual.
Luego habló.
—Quizás sí —hizo una pausa para ver si mi reacción —Hay alguien, no dentro del pueblo…
—¿Quién?
Garron tomó otra jarra, empezó a limpiarla.
—El Arcano.
Vive fuera de Valebrun —continuó—.
Solo.
No se mete con nadie…
y nadie se mete con él.
—¿Por qué?
Una leve sonrisa.
—Digamos que sin el Arcano no habría valle, ni Diablo, ni Capitán…
Es tan antiguo como la luz y tan oscuro como la duda.
—¿Y sigue vivo?
Garron alzó una carcajada.
—En este valle… “vivo” es una palabra flexible.
No insistí.
—¿Dónde?
Señaló hacia el norte, sin precisión.
—Más allá del monte Jara.
—Entonces ese será el próximo destino.
Garron volvió a su jarra.
—Capitán —me dijo sin mirar —Si buscas respuestas…
asegúrate de estar preparado para ellas.
Me fui sin responder.
Sabía a qué se refería.
Algunas respuestas no liberan, solo nos cambian de jaula.
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