Nacido de la Niebla - Capítulo 24
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24: Capítulo XXIV: Solo 24: Capítulo XXIV: Solo Después hablar con Garro salí de la taberna para reunir al equipo.
Teníamos que encargarnos de las brujas, sí.
Pero no sin antes ver al Arcano.
Cuando salir de la taberna el humo fue lo primero que vi.
No era una columna aislada ni el rastro de una chimenea mal apagada.
Era espeso, oscuro, extendido como un manto sobre los techos del pueblo.
El aire olía a madera quemada, a grasa, a algo más tétrico que no quise identificar de inmediato.
Decenas de gritos llegaban a mis oídos de todas partes.
Valebrun ya no era el mismo.
La calma de la noche anterior se había quebrado en mil pedazos, y lo que quedaba era un caos que se movía en todas direcciones al mismo tiempo.
Hombres corriendo sin saber hacia dónde, mujeres arrastrando a sus hijos, puertas que se abrían y se cerraban de golpe.
Y, entre todo eso… niños.
Niños que eran arrastrados por manos visibles.
Niños que caminaban con los brazos flojos y los ojos vacíos.
Al principio no entendía hacia donde iban.
Hasta que levanté mi cabeza y entonces las vi.
Arriba, recortadas contra el cielo cubierto de humo, dos figuras surcaban el aire montadas sobre escobas negras, girando en círculos sobre el pueblo como aves carroñeras que celebran antes de descender.
Sus risas caían sobre nosotros como agujas venenosas.
Eran las hermanas de la bruja.
El eco de sus voces vibraba en cada rincón.
No había duda: la maldición no había terminado con la muerte de la primera.
Apreté el escudo con más fuerza y avancé entre la multitud, empujando cuerpos, abriéndome paso sin pedir permiso.
—¡Aldric!
—grité— ¡Serah!
No hubo respuesta.
Solo caos.
Un hombre cayó frente a mí, envuelto en llamas.
Intenté apartarlo, pero ya era tarde.
En su desesperación, el viejo corrió hasta que su cuerpo se consumió por completo.
Seguí avanzando concentrado en que no había tiempo para detenerse.
Fue entonces cuando vi a Eldran.
Estaba en medio de la calle, inmóvil, observando el cielo como si todo aquello no lo incluyera.
La luz del fuego se reflejaba en su rostro, y por un momento me pareció que no reaccionaba al desastre que lo rodeaba.
—¡Eldran!
—lo tomé del hombro con fuerza—.
¿Dónde están?
Parpadeó, como si regresara desde muy lejos.
—Se fueron —dijo.
—¿Quiénes?
—Aldric… Serah… —sus ojos volvieron al cielo—.
Fueron hacia el molino.
Quieren esperarlas allí.
Apreté la mandíbula.
Me molestaba la desobediencia pero, sin dudas, más me molestaba la actitud de Eldran.
Su tranquilidad ya era irritante.
—¿Cuándo?
—Hace poco… —hizo una pausa—.
No podían dejarlas escapar.
Miré hacia las afueras del pueblo.
Hacia donde la niebla comenzaba a tragarse el camino.
Una parte de mí quiso ir tras ellos en ese mismo instante.
Pero el resto del mundo no lo permitió.
Un estruendo sacudió la calle principal.
Pesado, lento y letal.
Giré sobre mis hombres y divisé dos figuras enormes que emergían entre el humo.
No eran hombres ni bestias comunes.
Eran algo peor.
Cuerpos deformes, piel gruesa como piedra, rostros hundidos en una mezcla grotesca de carne y hueso.
Eran ogros y uno de ellos avanzaba hacia nosotros.
El suelo tembló.
La multitud se dispersó en un instante.
El otro lo siguió.
Eran dos criaturas de tres metros que venían hacia nosotros.
Y nosotros… no éramos suficientes.
—Escúchame —le dije a Eldran sin quitar la vista de las criaturas—.
Busca a Maelor y denme cobertura.
No respondió.
—¡Ahora!
—insistí—.
No puedo hacer esto solo.
—¿Y mientras tanto qué harás?
Elevé el escudo.
—Voy aguantar.
Dudó un segundo.
Un instante contuvo la respiración.
Después asintió.
—Hay algo que me gustaría decirte…— empezó a hablar pero no llegué a escucharlo.
El primer ogro rugió, comenzó su estampida hacia nosotros y yo corrí hacia él.
Cada paso suyo era una sentencia.
Cada impacto contra el suelo levantaba polvo, ceniza, fragmentos de madera quemada.
Alcé el escudo justo antes del primer golpe.
El impacto fue brutal.
El escudo entero me vibró desde el hombro hasta la muñeca.
Sin lugar a dudas, mi brazo se había roto.
Pero no cedí.
Clavé los pies y apreté los dientes.
Tenía que cumplir mi palabra, tenía que aguantar.
—Vamos… —grité entre dientes.
El segundo ogro comenzó a flaquearme.
No tenía tiempo.
Tampoco tenía espacio.
Tenía que tomar una decisión.
Me planté con la espada y escudo en alto.
El primer ogro volvió a atacar.
Bloqueé.
El metal gritó y sentí como el hueso de mi antebrazo se separaba en el medio comenzando a rasgar mi piel desde adentro.
El segundo ya estaba cerca.
A un golpe de distancia.
A lo lejos, entre el humo y el fuego, alcancé a ver a Eldran correr entre la gente.
Lo perdí de vista casi de inmediato.
Luego, por un instante, distinguí otra figura.
Era Maelor.
Estaba ayudando a un grupo de aldeanos, moviéndolos fuera del camino de las llamas.
Eldran llegó hasta él.
Le dijo algo.
No escuché qué.
Pero vi la reacción: Maelor se detuvo, ambos me miraron y luego ambos se perdieron entre el humo y la niebla.
Los vi desaparecer entre el caos y por primera vez desde que habíamos llegado al valle entendí lo que era quedar solo.
El ogro rugió otra vez frente a mí.
El segundo ya había levantado su mazo para aplastarme.
Las casas ardían, los niños seguían siendo arrastrados y en el cielo, las brujas reían.
Apreté el escudo para aguantar el impacto.
Acorazado, avancé con toda mi furia recordando que en mi vida hay una única manera de hacer las cosas: Solo.
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