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Nacido de la Niebla - Capítulo 25

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  3. Capítulo 25 - 25 Capítulo XXV Antes de llegar tarde
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25: Capítulo XXV: Antes de llegar tarde 25: Capítulo XXV: Antes de llegar tarde El primer golpe lo recibí de frente.

No hubo tiempo para esquivarlo, ni espacio para maniobrar.

El ogro descargó su brazo como si fuera un tronco arrancado de raíz, y mi escudo absorbió el impacto con un estruendo que me sacudió hasta los huesos.

Sentí cómo el metal se hundía apenas, cómo el cuero de las correas crujía, cómo mi propio cuerpo retrocedía medio paso sin mi permiso.

Pero no caí.

No iba a caer.

Giré la cadera y respondí con un corte ascendente, buscando la unión blanda entre la pierna y el torso.

La hoja encontró carne, pero no como lo esperaba.

Una gruesa y densa.

Resistente como si cortara cuero mojado y piedra al mismo tiempo.

El ogro ni siquiera gritó.

Solo me miró y entonces entendí el problema.

No iba a ser rápido.

El segundo llegó por el costado.

Lo sentí antes de verlo.

Giré el cuerpo apenas lo suficiente para que el impacto no me partiera en dos.

El golpe me lanzó varios metros hacia atrás, rodando sobre la piedra cubierta de ceniza.

El mundo bajo mi casco se volvió ruido, fuego y respiración.

Me levanté otra vez.

—Vamos… —escupí sangre— ¡Todavía estoy en pie, malditos!

El primero avanzó.

El segundo cerró el ángulo.

Estaban aprendiendo.

No eran bestias ciegas.

Había algo más en ellos, como si fueran peones manejados por una mano superior.

Arriba, las risas de las hermanas coronaban la desesperación.

Apreté los dientes y sentía brotar sangre de mi boca.

Si ellas estaban jugando entonces esto no era más que una distracción.

El primero atacó en vertical.

Bloqueé con éxito pero esta vez sentí el impacto más profundo.

El brazo me ardió.

Algo cedió en mi hombro.

Mi hueso ya no podía amortizar más los impactos.

Pero nada importaba.

Me deslicé hacia adentro de su guardia, clavando la espada en su abdomen con todo mi peso.

Esta vez sí rugió.

Un sonido grave, primitivo, que hizo vibrar el suelo y mi corazón.

Retorcí la hoja y la sangre era negra me baño el cuerpo.

Nada en este maldito lugar sangra como debería.

El segundo me alcanzó antes de que pudiera retirar la espada.

El golpe fue limpio, directo al pecho.

Sentí el aire abandonar mis pulmones en un instante.

El mundo se apagó un segundo.

Caí de rodillas.

El escudo resbaló apenas, mi cabeza tambaleo y mi visión se tronó borrosa.

Pero no estaba destinado a morir.

A través del fuego, a través del caos, distinguí una silueta difusa.

A diferencia del resto, no corría ni gritaba.

Caminaba directo hacia nosotros.

El primer ogro volvió a alzar el brazo para reventar mi craneo.

No me moví…

ya no podía.

Pero el golpe nunca llegó.

Un sonido metálico cortó el aire.

Rápido y preciso.

El brazo del ogro cayó al suelo antes de que su cuerpo entendiera lo que había pasado.

La criatura dudó un instante y entonces gritó.

La figura avanzó un paso más.

Cabello oscuro enmarañado por el humo.

Piel trigueña marcada por la ceniza.

Los rulos cayendo desordenados sobre su rostro.

Sus ojos… iguales que antes.

Pero ya no había duda en ellos.

—Llegas tarde —dije, forzando una sonrisa que sabía a hierro.

Lyria no respondió de inmediato.

Observó a las criaturas.

Luego a mí.

—Sigues vivo —dijo—.

Qué terquedad tan inútil.

El segundo ogro rugió y cargó contra ella.

No se movió hasta el último segundo.

Y cuando lo hizo, fue perfecto.

Giró sobre su eje, esquivando el impacto por un margen ínfimo, y deslizó su arma, una hoja corta y curva, más negra que la noche.

La vaina se metió por la parte posterior de la rodilla del ogro.

La criatura colapsó con un golpe seco.

—Levántate —ordenó sin mirarme.

—Estoy en eso… El primero, herido, se lanzó nuevamente.

Esta vez hacia ella.

Me obligué a ponerme de pie.

—No pelees sola.

—Entonces no estorbes.

Eso sonaba más familiar.

Avancé otra vez, colocándome entre ambos ogros y ella, sin escudo.

El impacto llegó de inmediato.

Lo recibí.

Lo absorbí.

Ella se movió.

Era rápida y coordinada.

Como si ya hubiéramos peleado juntos antes.

—Lyria —dije mientras me levantaba del suelo—.

¿Qué demonios hacés acá?

—Sobreviviendo —respondió mientras abría el costado del segundo ogro—.

A diferencia de tuya.

—Siempre tan amable.

—Siempre tan lento.

El primer ogro me golpeó otra vez.

Esta vez no logré sostenerlo completamente.

Sentí el impacto filtrarse.

Reboté contra el suelo y mis huesos crujieron.

Ella apareció a mi lado.

—Escuchame —dijo en voz baja, mientras esquivaba otra embestida—.

Esto no es el ataque.

—¿Ah no?

—No —sus ojos subieron un instante hacia el cielo—.

Esto es el llamado.

Seguí su mirada.

Las brujas giraban más alto ahora.

Y los niños… Ya no gritaban.

—Se los están llevando —dije.

—Sí.

—Entonces terminamos esto y vamos— —No —me cortó.

Clavó su hoja en el cuello del ogro caído y la giró con violencia.

La criatura dejó de moverse.

El otro rugió.

Quedaba uno.

Grande y furioso, pero herido.

—Si vas al molino ahora —continuó Lyria, mirándolo fijamente—, será tarde.

Sentí algo cerrarse en el pecho.

—Aldric y Serah— —Van a pelear —dijo— y uno de los dos no va a salir igual.

El ogro cargó.

Corrimos hacia él al mismo tiempo.

Lo embestí con el hombro sano justo a la altura del estómago.

Se dobló sobre si mismo por el dolor.

Enfurecido, sujetó mi cabeza con ambas manos y empezó a apretar con una fuerza extrema.

Pero esta vez, no estaba solo.

Lyria entró por el flanco aprovechando sus manos ocupadas en mí.

Su hoja brilló una vez.

Dos.

Tres.

Cuatro cortes limpios.

El ogro me soltó y cayó de rodillas.

La oportunidad.

—¡Ahora!—dijo.

No dudé.

Mientrás todo su cuerpo caía sobre mí, elevé la espada y dejé que su peso haga el resto.

El acero atravesó su pecho, carne y hueso, y llegó a su corazón.

Luego el silencio.

Corrí la maza de carne a un lado y durante unos segundos me quedé tirado en el suelo boca arriba.

Solo respiraba.

Fuego.

Distancia.

Me apoyé sobre una de mis rodillas, envainé mi espada y con el único brazo sano tomé el escudo.

—Van al molino —dije mientras las dos brujas se perdían en la niebla.

—Sí.

La miré.

—Entonces vamos.

Lyria no se movió.

—No —repitió.

—No es una sugerencia.

—Y esto no es una discusión —su tono se endureció—.

Vos no estás en condiciones.

—Nunca lo estoy.

—Esta vez es distinto.

Di un paso hacia ella.

—No los voy a dejar.

Sus ojos se clavaron en los míos y por un segundo hubo algo más.

Algo que no era pelea, ni desprecio.

—Entonces muérete —dijo en voz baja— pero no arrastres al resto.

El viento arrastró ceniza entre nosotros.

Lejos quedaban las risas y el molino.

Sobre nosotros, el fuego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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