Nacido de la Niebla - Capítulo 26
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26: Capítulo XXVI: Salvarlos a todos 26: Capítulo XXVI: Salvarlos a todos El camino hacia el molino no se parecía a ningún otro que hubiéramos recorrido dentro del valle.
No era solo la ausencia de vida lo que lo volvía inquietante, sino la sensación persistente de que estábamos avanzando hacia algo que ya nos estaba esperando.
La tierra se volvía más seca a cada paso, quebrándose bajo nuestras botas con un sonido áspero, casi hueco, como si debajo no hubiera más que polvo antiguo y huesos olvidados.
Lyria caminaba a mi lado sin decir una sola palabra.
Su silencio no era incómodo, pero tampoco era natural; había en él una especie de atención constante, como si estuviera escuchando algo que yo no podía percibir.
En más de una ocasión giró levemente la cabeza, como siguiendo un susurro lejano, pero nunca explicó qué era lo que buscaba.
El molino apareció ante nosotros sin anunciarse.
No surgió en el horizonte como una construcción más del valle, sino que pareció imponerse de golpe en el paisaje, como si siempre hubiera estado allí y nosotros simplemente hubiéramos tardado en verlo.
Se alzaba torcido, con sus maderas oscuras desgastadas por el tiempo, clavado en medio de un campo muerto donde nada crecía.
No había viento ni brisa.
Sin embargo, sus aspas giraban lentamente, emitiendo un crujido constante que no era del todo mecánico… sino orgánico.
Simulaba un latido o un pulso irregular que se repetía una y otra vez, como si el molino respirara.
A medida que nos acercábamos, los detalles comenzaron a tomar forma.
Cuerdas colgando de las vigas exteriores.
Jaulas abiertas.
Algunas vacías, otras no tanto.
Restos de telas, de huesos pequeños, de objetos que alguna vez habían pertenecido a alguien que no había salido de ese lugar.
Y, sin embargo, lo más perturbador no era lo que se veía.
Era lo que faltaba.
No había llantos.
No había voces.
Solo un silencio pesado, antinatural, como si incluso el sufrimiento hubiese sido agotado hasta desaparecer.
—Llegamos tarde —murmuré.
—No —respondió Lyria en voz baja, sin apartar la vista del molino—.
Todavía no.
Fue entonces cuando los vimos.
No estaban cerca del molino.
Se alejaban de él en una marcha litúrgica.
Decenas de niños caminaban en fila, avanzando en una misma dirección con pasos lentos y perfectamente sincronizados bajo una única voluntad.
Sus miradas estaban vacías, perdidas en algún punto que no pertenecía a este mundo, y sus cuerpos se movían sin resistencia, sin duda, sin miedo.
—El acantilado —dije.
Lyria asintió apenas.
Pero no eran lo único que se movía.
A la distancia, más cerca de la base del molino, distinguí el caos.
Aldric, Serah, Maelor y Eldran estaban luchando.
Las dos brujas giraban sobre el campo como sombras vivas, sus figuras deformadas elevándose y descendiendo con movimientos rapaces, mientras a su alrededor una marea de cuerpos muertos avanzaba con lentitud implacable.
Eran hombres, mujeres… restos de lo que alguna vez había sido gente de pueblo.
Sus movimientos eran torpes, pero constantes.
Imposibles de detener por completo pues no había voluntad alguna para quebrar.
La línea del grupo se estrechaba.
Retrocedían de espaldas hacia el molino.
—No vamos a llegar a ambos —dije.
Lyria no dudó.
—Los niños.
No hubo discusión.
Corrimos.
El sonido del molino quedó atrás, reemplazado por el eco de nuestros pasos y el murmullo creciente del abismo que se abría frente a nosotros.
Me movía con torpeza, más lento que de costumbre.
Mi cuerpo dolía aún por la batalla de hacia unas pocas horas.
Antes de salir del pueblo, Lyra me había vendado mi brazo roto y yo aproveché las vendas para atar el escudo.
Después de un par de respiraciones entre cortadas apareció el acantilado: una caída abrupta donde la niebla se arremolinaba en capas densas, ocultando cualquier rastro del fondo.
Los niños no se detenían.
Ni siquiera cuando estuvimos a metros de ellos.
—¡Deténganse!
—grité.
Ninguno reaccionó.
Lyria se adelantó, extendiendo una mano como si intentara romper algo invisible entre ellos y el vacío.
—No están escuchando… —murmuró.
Insistimos repetidamente sin éxito.
Faltaban algunos metros para que los niños encontraran vacío cuando el cielo se oscureció.
No fue una nube ni una sombra proyectada por el molino.
Fue una presencia.
Alcé la mirada y lo vi.
Agramor flotaba por encima de nosotros, suspendido en el aire con sos manos extendidas hacia los costados en forma de cruz.
Su calma era elegante, y nos observaba con una sonrisa que no contenía ni prisa ni esfuerzo.
A su alrededor, una masa de criaturas aladas descendía en espiral, como carroña convocada antes incluso de la muerte.
—Para que te diviertas, querido Capitán —dijo su voz suave.
No respondió a nada más.
Las criaturas cayeron sobre nosotros y a él se lo tragó la niebla.
El impacto fue inmediato.
Una de ellas se lanzó directo hacia mi cuello, pero mi escudo ya estaba en alto, interceptando el golpe con un sonido seco que me recorrió el brazo entero.
Otra descendió desde la izquierda; giré sobre mi eje y la corté a la altura del torso, sintiendo cómo su cuerpo se deshacía antes de tocar el suelo.
Lyria se movía a mi lado con una precisión distinta, casi fluida, como si anticipara cada ataque antes de que ocurriera.
Sus movimientos no eran los de una guerrera común; había en ellos algo más ritualistico, más instintivo, como si estuviera luchando contra un lenguaje que ya conocía.
Pero por cada criatura que caía, otras ocupaban su lugar.
Y detrás de nosotros… los niños seguían avanzando.
Un paso más.
Y otro.
Y otro.
—¡No se detienen!
—grité.
—Lo sé —respondió Lyria, aunque su voz comenzaba a tensarse—.
Falta algo… Giró sobre sí misma, buscando.
—¿Dónde está…?
No terminó la frase.
El primer niño alcanzó el borde.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Avancé.
Pero no llegué.
El mundo pareció tensarse.
Como él varios comenzaron a caer.
Traté de sostener a la mayoría mientras mi espalda aguantaba la embestida de los esbirros.
Algunos se prendían a mi cuello, mis axilas y pliegues del codo.
Buscaban los lugares donde la armadura no alcanzaba a cubrir.
El tiempo parecía estirarse.
Entonces, un sonido de ruedas llegó a mí.
Un golpe seco contra la tierra y una voz.
—¡Aparten inmundicias!
La carreta irrumpió desde el lateral como un proyectil descontrolado, arrastrando polvo y fragmentos de piedra a su paso.
El caballo avanzaba con una fuerza desmedida, como si no tocara realmente el suelo, y sobre el asiento, tambaleante pero firme, estaba Tim.
Timothy Lightbarrel levantando el báculo con una sonrisa torcida que contrastaba con la intensidad del momento.
—Creo que llegué justo a tiempo.
La luz estalló pero como en el puente.
Esta vez no se expandió, se concentró en un haz limpio, casi líquido que atravesó el aire y alcanzó a los niños en el preciso instante en que el primero inclinaba su cuerpo hacia el vacío.
Algunos esbirros abandonaban mi carne y otros eran alcanzados por los exactos golpes de Lyria.
Los niños cambiaron.
No se detuvieron pero giraron.
Como si una fuerza invisible los hubiese tomado y redirigido, alejándose del abismo.
Respiré por primera vez en lo que parecían horas.
Lyria soltó una breve risa.
—Llegaste tarde.
Tim se encogió de hombros, tambaleándose apenas sobre la carreta.
—Llegué en el momento de los héroes.
Sus ojos se posaron en mí.
No noté torpeza en ellos, solo claridad.
—Ahora viene la parte difícil, Capitán.
Señaló con el mentón hacia el molino.
Giré y lo vi.
El grupo estaba siendo empujado contra la estructura.
Las brujas descendían y ascendían sobre ellos como danzantes, mientras la masa de cuerpos muertos cerraba cada espacio posible.
Aldric aún resistía al frente, pero incluso desde la distancia podía ver el peso de cada movimiento.
Serah apenas mantenía la línea.
Maelor… apenas disparaba rayos de luz.
Eldran estiraba sus manos girando anillos de fuego.
—Nosotros llevamos a los niños de vuelta —continuó Tim, como si hablara de algo simple—.
Tu tienes que elegir.
El mundo pareció cerrarse en ese instante.
—¿Elegir qué?
Tim sonrió.
—Salvar a tus amigos y continuar con la profecía o ir por el arcano, romper el circulo y salvar al valle de la maldición.
Mi cuerpo estaba destruido, pero mi mente no.
La sangre brotaba desde varios lados y mi brazo roto hacia esfuerzos por no dejar caer el escudo.
La armadura aboyada por el golpe del ogro, oprimía mi pecho y dificultaba mi respiración.
Dudé un instante, pero entendí que este era el momento indicado.
Clavé mi espada en la tierra y no sin dificultad me puse de pie.
Tim y Lyra quedaron mirándome.
—Ya hice mi elección —contesté —.
Voy a salvarlos a todos.
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