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Nacido de la Niebla - Capítulo 4

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  3. Capítulo 4 - 4 Capítulo IV Hay habitaciones
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4: Capítulo IV: Hay habitaciones 4: Capítulo IV: Hay habitaciones El valle apareció después de la niebla.

O quizá la niebla se acomodó para dejarlo ver.

No sabría decirlo.

Descendimos por un sendero angosto hasta que las primeras casas comenzaron a dibujarse entre los árboles.

Techos inclinados.

Chimeneas sin humo.

Ventanas demasiado oscuras para esa hora… aunque en este lugar nunca parecía ser una hora distinta.

No amanecía.

No anochecía.

El cielo era una tela gris sin intención de cambiar.

—¿Es temprano?

—preguntó el del acero.

Miré hacia arriba.

—No lo sé.

Y era cierto.

El pueblo del valle estaba en silencio.

No un silencio natural, sino uno sostenido.

Como si alguien hubiera ordenado quietud y todos obedecieran.

Conté personas.

Uno, sentado en un banco frente a una casa.

Dos, de pie junto a un pozo.

Tres, caminando lentamente por la calle principal.

Cuatro, asomada a una ventana.

Cinco.

No vi más.

Parecían muñecos ubicados en pose más que personas reales.

El de ojos verdes, vendado en el costado, respirando aún con esfuerzo, se detuvo.

—No escucho pájaros.

No era una observación menor.

La mujer avanzó unos pasos y observó al hombre del banco.

Él la miraba.

No parpadeaba.

No fruncía el ceño.

No inclinaba la cabeza.

Solo miraba.

—Buenas tardes —dijo ella.

El hombre tardó en responder.

Su boca se abrió apenas.

—Buenas.

Nada más.

No preguntó quiénes éramos.

No preguntó de dónde veníamos.

No miró la sangre en el vendaje del herido.

El del acero susurró: —No me agrada este lugar.

—No es el lugar —respondió el de los anillos—.

Es lo que falta.

Lo miré.

—¿Qué falta?

Él no apartaba la vista de la mujer en la ventana.

—Alma.

Seguimos hasta la taberna.

El cartel colgaba torcido, aunque no había viento que lo moviera.

Todo el pueblo parecía una gran maqueta.

La puerta estaba abierta.

Empujé.

Dentro había cuatro personas más.

Sentadas inmóviles.

Un hombre tras la barra, secando una jarra que ya estaba seca.

Una mujer con las manos apoyadas sobre la mesa.

Un anciano mirando el fuego apagado del hogar.

Un joven de espaldas, mirando la pared.

Todos nos observaron cuando entramos.

Al unísono.

Nadie pestañeó.

El del acero avanzó primero, como si el orden marcial pudiera imponerse a lo invisible.

—Buscamos alojamiento y comida —dijo.

El tabernero asintió una sola vez.

—Hay habitaciones.

Su voz no tenía tono.

—¿Y comida?

—preguntó el de ojos verdes.

—Hay.

Nada más.

Nos sentamos en una mesa al centro.

La madera estaba fría.

La mujer fue la primera en romper el silencio.

—La niña no era un simple espíritu —dijo.

Nadie alrededor reaccionó al escucharla.

El de los anillos apoyó sus manos sobre la mesa, entrelazando los dedos cubiertos de metal oscuro.

—No.

Fue un anzuelo.

—¿Del brujo?

—preguntó el del acero.

—Del adversario —corrigió el de los anillos.

El del acero apretó la mandíbula.

—Llámalo por lo que es.

—Cada cultura lo hace —intervino la mujer con calma—.

Amo de la Sombra.

Padre del Engaño.

El Señor del Valle… El de ojos verdes, pálido pero atento, murmuró: —El Lobo Antiguo.

Esa palabra hizo eco en mi mente.

Las cabezas en el sótano.

Los ojos de vidrio.

—El Diablo —dijo finalmente el del acero.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Nadie en la taberna reaccionó.

Ni un músculo.

Ni un error.

Me incliné hacia adelante.

—Lo que estaba en esa casa no era solo un ritual.

Era una puerta.

El de los anillos asintió lentamente.

—Y alguien la abrió.

Miré alrededor.

La vista de todos seguían clavadas en nosotros.

—¿O la está manteniendo abierta?

—añadió la mujer.

El tabernero dejó la jarra sobre la barra.

El sonido fue seco.

Excesivamente fuerte en ese silencio.

—No deberían hablar así —dijo.

Su voz era la misma.

Plana.

—¿Así cómo?

—pregunté.

Giró el rostro hacia mí.

Sus ojos eran claros.

Demasiado claros.

—De él.

No pregunté quién era “él”.

No hacía falta.

El del acero apoyó la mano en la empuñadura de su arma, pero no la desenfundó.

—¿Cuántos viven aquí?

—preguntó el de ojos verdes.

El tabernero tardó en responder.

—Los necesarios.

—¿Para qué?

—insistió la mujer.

El hombre no contestó.

El anciano junto al hogar levantó lentamente la cabeza.

—No es bueno que haya forasteros cuando no amanece.

Sentí algo tensarse en el aire.

—¿Y cuándo amanece?

—pregunté.

El anciano sonrió.

Todos sonrieron.

No fue una sonrisa humana.

Silencio otra vez.

Miré por la ventana.

El cielo seguía igual.

Ni más claro.

Ni más oscuro.

Me di cuenta entonces de algo que no había notado al llegar.

No había sombras.

Volví la vista hacia mi grupo.

Todos lo habían notado.

El de los anillos habló en voz baja, casi para nosotros: —El adversario no solo caza.

También administra.

—¿Administra qué?

—preguntó el del acero.

—Territorio.

El valle.

El pueblo.

Las cinco personas contadas con una mano.

Las otras cuatro en la taberna.

Once en total.

¿Eran habitantes?

¿O piezas?

La mujer me observó otra vez.

—¿Qué ordena, Capitán?

Sentí el peso de la pregunta.

No era táctica.

Era dirección.

Miré a los lugareños.

A sus ojos abiertos.

A sus movimientos medidos.

A ese mundo detenido en una hora que no avanzaba.

Les dije que nos quedamos esta noche.

El del acero frunció el ceño.

El de ojos verdes respiró hondo.

El de los anillos cerró los ojos como si escuchara algo lejano.

La mujer no discutió.

El tabernero asintió.

“Hay habitaciones”, repetía casi sin sentido.

Como si no tuviera más líneas.

Como si alguien más escribiera por él.

La comida nunca llegó.

Tampoco la bebida.

Decidimos irnos a descansar.

Mientras subíamos la escalera hacia los cuartos, miré por una de las ventanas de la planta alta.

Algo extraño estaba ocurriendo.

Afuera, el cielo se estaba poniendo más oscuro y decenas de personas se estaban agrupado al rededor de la taberna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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