Nacido de la Niebla - Capítulo 5
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5: Capítulo V: Valtherion de Agramor 5: Capítulo V: Valtherion de Agramor Golpeé la puerta de la habitación con los nudillos.
Uno a uno salieron al pasillo.
El del acero fue el primero.
Luego la mujer.
Después el de los anillos.
El de ojos verdes tardó un poco más; la herida le estaba cobrando cada movimiento.
—Cierren las puertas —dije.
No expliqué por qué.
Nos reunimos en el corredor angosto.
La madera crujía apenas bajo nuestro peso, como si la casa no estuviera segura de sostenernos.
Les comenté lo que vi, les dije que había gente afuera y que no eran pocos.
El del acero frunció el ceño.
—¿Cuántos?
—preguntó.
—Cientos.
Silencio.
El de los anillos inclinó levemente la cabeza.
—Entonces ya no estamos ante piezas aisladas.
—Estamos ante un tablero completo —añadió la mujer.
El de ojos verdes respiró hondo.
—No escuché que llegaran.
—Porque no llegaron —respondí—.
Ya estaban.
Eso cayó pesado.
Los miré a cada uno.
—Antes de bajar necesito saber algo.
Sus nombres.
El del acero no dudó.
—Aldric.
La palabra sonó firme, como su armadura.
El de ojos verdes habló después.
—Eldan.
Más suave.
Pero con raíz profunda.
El de los anillos sonrió apenas.
—Maelor.
La mujer sostuvo mi mirada antes de responder.
—Serah.
Asentí.
Nombres.
Anclas.
—No sabemos qué pueden hacer los otros —dijo Aldric—.
Eso es un problema.
—También es una ventaja —respondió Maelor—.
Si nosotros lo ignoramos, ellos también.
Eldan apoyó la espalda contra la pared.
—No creo que sean ellos quienes decidan.
Serah habló en voz baja.
—No.
Solo miran.
Me acerqué a la ventana del pasillo y corrí apenas la cortina.
Oscuridad total.
El cielo había descendido.
Pero abajo, frente a la taberna, ardían antorchas.
Un círculo perfecto alrededor del edificio.
Y todos miraban hacia arriba.
Hacia nosotros.
—No se mueven —susurró Eldan, acercándose.
—Esperan —corrigió Maelor.
Aldric apoyó la mano en la empuñadura.
—Si van a atacarnos, mejor salir primero.
—No han atacado —dijo Serah—.
Eso es lo inquietante.
Tenía razón.
Tenia la calma de una ceremonia.
No el apuro de un asedio.
Me aparté de la ventana.
—Bajamos juntos.
Formación cerrada.
Nadie actúa sin señal.
Aldric asintió.
Maelor entrelazó sus dedos cubiertos de anillos.
Eldan cerró los ojos un instante, como si buscara algo bajo la madera.
Serah no dijo nada.
Descendimos.
La escalera parecía más larga que antes.
Cuando abrí la puerta principal, el aire nocturno no trajo viento.
Trajo miradas.
El círculo se abrió apenas para dejarnos avanzar.
Nadie habló.
Las antorchas iluminaban rostros inmóviles, ojos sin brillo, piel demasiado pálida.
Al frente estaba el tabernero.
Sostenía algo en la mano.
Aldric io un paso al frente.
—Ahora —susurró.
—Momento —ordené.
El tabernero avanzó solo.
Extendió la mano.
No había amenaza en su gesto.
Solo protocolo.
Tomé lo que ofrecía.
Una carta sellada con cera negra.
El sello tenía la figura de un puente arqueado sobre un río estilizado.
Lo rompí y leí en voz alta.
“Honorables viajeros, Es un privilegio recibirlos en mi modesto dominio, aunque lamento profundamente que su llegada haya estado acompañada de… inconvenientes arquitectónicos y ciertas manifestaciones menores del más allá.
El valle, a veces, es entusiasta con los recién llegados.
Ruego disculpen cualquier malentendido.
Todo cuanto ha ocurrido ha sido, por supuesto, necesario.
Los invito cordialmente a presentarse en el Puente de las Ánimas, donde una carreta aguardará para conducirlos hasta el Castillo de Durnhallow.
Allí podremos conversar bajo términos más civilizados y despejar cualquier inquietud respecto a su presencia y a la mía.
Confío en que aceptarán mi hospitalidad.
En el Valle, siempre es preferible ser huésped que alternativa.
Con estima y anticipación, Conde Valtherion de Agramor.” El silencio fue absoluto.
Aldric miró a la multitud.
—¿Una invitación?
—Una cortesía armada — dijo Maelor, sonriendo apenas.
No aparté la vista del nombre.
Valtherion de Agramor.
El sonido encajaba demasiado bien.
Doblé la carta con lentitud.
Levanté la vista hacia el tabernero.
Luego hacia el círculo de antorchas.
Luego hacia el cielo que no amanecía.
Y lo dije en voz alta.
—Es él.
Aldric frunció el ceño.
—¿Quién?
Sostuve el pergamino entre los dedos.
—El Diablo.
Las antorchas se apagaron.
Todas al mismo tiempo.
La oscuridad se apoderó del lugar.
Espesa y absoluta.
Y entonces, en la negrura, comenzaron a encenderse.
Eran ojos, cientos de ellos, rojos y brillantes a nuestro alrededor como brasas avivadas por un soplo invisible.
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