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Nacido de la Niebla - Capítulo 6

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  3. Capítulo 6 - 6 Capítulo VI Una extraña figura
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6: Capítulo VI: Una extraña figura 6: Capítulo VI: Una extraña figura Las luces no regresaron de inmediato.

Durante unos segundos que parecieron extenderse más allá de lo razonable, el mundo permaneció sumido en una oscuridad tan compacta que casi parecía tener peso.

Luego, sin titubeos ni chispazos previos, las velas y las hogueras volvieron a arder con una serenidad impropia, como si jamás se hubieran extinguido.

La taberna estaba vacía.

Las mesas seguían en su lugar, las jarras intactas, una silla caída junto a la chimenea.

Sin embargo, no quedaba rastro de las voces, ni del tabernero, ni del murmullo denso que minutos antes llenaba el recinto.

La ausencia no parecía fruto de una huida precipitada, sino de una retirada ordenada y absoluta.

Aldric fue el primero en recorrer el salón con la mirada, empuñando el arma con tensión contenida.

Maelor murmuró algo que no alcancé a oír, probablemente una fórmula de protección aprendida en academias donde la lógica aún pretendía imponerse sobre lo inexplicable.

Serah se acercó a una de las ventanas y apartó la cortina con cautela.

La calle estaba igual de desierta.

—No pudieron marcharse sin que lo notáramos —dijo Aldric en voz baja, aunque su tono no buscaba realmente una respuesta.

—Si eran ellos quienes estaban aquí —replicó Maelor con frialdad.

No hubo réplica.

Fue entonces cuando escuchamos el sonido.

Un jadeo irregular, demasiado profundo para ser simple cansancio.

Eldan estaba de rodillas junto a una de las mesas, con la mano presionando el costado donde la herida aún no terminaba de cerrar.

Sus ojos verdes, que solían observar con una lucidez casi incómoda, parecían velados por una película turbia.

La sangre había traspasado el vendaje y descendía en un hilo oscuro que no tenía el brillo habitual del rojo.

Me arrodillé frente a él y le aparté la mano con cuidado.

La carne alrededor del corte no estaba inflamada como cabría esperar; al contrario, parecía retraída, como si algo desde el interior estuviera tirando de ella con paciencia metódica.

—Capitán… —murmuró, esforzándose por enfocar la vista—.

Cuando dijo su nombre… no estaba solo.

No necesitó aclarar a quién se refería.

—¿Qué viste?

—preguntó Serah, inclinándose a su lado.

Eldan tragó saliva y su cuerpo se estremeció con un espasmo que no obedecía al dolor físico.

Dijo que no lo había visto, que fue más bien una sensación.

Una presencia detrás de nosotros cuando todo se apagó.

Maelor retiró el vendaje con manos firmes y examinó la herida con el ceño fruncido.

El latido que se percibía bajo la piel no seguía el ritmo del corazón; era más lento, más profundo, como si respondiera a una cadencia distinta.

—Esto no es una infección común —sentenció—.

Es una marca.

—¿Una marca de qué?

—preguntó Aldric.

Maelor no respondió, y ese silencio resultó más elocuente que cualquier explicación.

Tras aplicar ungüentos y pronunciar palabras que parecían arrancadas a un idioma anterior al nuestro, consiguió estabilizar la hemorragia.

Eldan recuperó algo de color, aunque sus pupilas continuaban dilatadas más de lo normal.

—No permanecemos aquí —decidí finalmente—.

Este lugar nos repele.

Nadie mostró desacuerdo.

Abandonamos la taberna con Eldan apoyado sobre mi hombro y el de Serah.

El aire nocturno resultó más frío de lo esperado, y la niebla había descendido hasta cubrir las fachadas a media altura, deformando las proporciones del pueblo.

Las antorchas clavadas en las paredes ardían con una quietud casi ceremonial.

La plazoleta central se abrió ante nosotros como un círculo imperfecto de piedra húmeda.

En el centro, el pozo proyectaba una sombra más densa que la del resto de los objetos, como si la oscuridad hubiese elegido ese punto para concentrarse.

Allí estaba la figura.

De estatura mediana, delgada, inmóvil junto al brocal, con la cabeza inclinada hacia el interior del pozo.

No llevaba lámpara ni arma visible, y su silueta parecía absorber la luz en vez de reflejarla.

Durante un instante nadie habló; incluso Eldan, pese a su estado, alzó la mirada con una tensión súbita.

La figura se giró lentamente hacia nosotros.

No distinguí rasgos definidos, pero su rostro no parecía pálido como los del resto, y sus ojos, si es que eran ojos, no reflejaban el fulgor de las antorchas.

Nos observó con una calma que resultaba más perturbadora que cualquier amenaza explícita.

Luego retrocedió un paso.

Y otro.

Finalmente, se dio la vuelta y comenzó a alejarse con una rapidez que no parecía corresponder a la longitud de sus zancadas.

—No —susurró Eldan, con una urgencia inesperada—.

No lo sigan.

Pero Aldric ya había avanzado, y yo lo hice tras él por puro instinto.

La figura dobló por un callejón estrecho, desvaneciéndose entre la niebla como si esta la recibiera con familiaridad.

Cuando alcanzamos la esquina, el pasaje estaba vacío.

No se escuchaban pasos.

No había puertas abiertas.

Solo el eco distante del viento recorriendo tejados invisibles.

Regresé la vista hacia la plazoleta.

Desde donde estábamos, el pozo quedaba parcialmente oculto por la bruma, pero juraría que la superficie del agua no estaba quieta.

Un leve movimiento circular alteraba el reflejo de las llamas, como si algo bajo la profundidad hubiera decidido despertar.

Sentí entonces que el pueblo no había sido abandonado.

Estaba a punto de llamar a Aldric cuando percibí movimiento en el límite de la niebla.

La figura volvió a manifestarse junto al brocal del pozo, como si jamás se hubiera alejado.

No emergió desde una esquina ni desde una calle lateral; simplemente estaba allí otra vez, erguida, con la capucha inclinada hacia nosotros en un gesto que no era casual.

Esta vez no retrocedió de inmediato.

Parecía esperar.

Aldric también la vio.

No intercambiamos palabra alguna; la decisión se formó en el mismo instante en ambos.

Avanzamos a paso firme, dejando a Maelor y Serah con Eldan en el extremo del callejón.

La distancia que nos separaba de la figura no era grande, pero la niebla la deformaba, la estiraba, la hacía parecer más lejana de lo que realmente estaba.

Cuando estuvimos a pocos metros, la figura giró con brusquedad y echó a correr.

La persecución fue corta y extraña.

No escuchábamos el golpeteo claro de sus pasos sobre la piedra húmeda, solo un roce irregular, como si el suelo no terminara de sostenerla.

Dobló hacia una calle sin salida, estrecha, cercada por muros de adobe envejecido.

No tenía escapatoria visible.

Aceleré el paso y la alcancé antes de que intentara trepar o desvanecerse en la bruma.

Sujeté la tela de su capa con firmeza, mientras Aldric la bloqueaba por el frente.

La figura forcejeó con una fuerza inesperada para su aparente delgadez, pero no intentó gritar ni pedir auxilio.

—Basta —ordené, tirando hacia atrás.

La capucha cedió.

El rostro que apareció bajo la tela no pertenecía a un espectro ni a una criatura marcada por la corrupción que habíamos comenzado a temer.

Era el de una mujer joven, de rasgos definidos y piel encendida por un pulso vital que contrastaba de forma violenta con la quietud enfermiza del pueblo.

Sus ojos no eran blancos ni vacíos; eran oscuros, intensos, cargados de una lucidez desafiante.

Más viva que cualquier otra persona que hubiéramos visto esa noche.

Nos sostuvo la mirada sin rastro de miedo.

No jadeaba, no temblaba, y la proximidad de nuestras armas no pareció inquietarla.

Su expresión no imploraba ni suplicaba; evaluaba.

—No deberían estar aquí —dijo finalmente, con una voz firme que no necesitaba elevarse para imponerse.

Aldric pidió explicaciones apretando con rabia la mandíbula.

La mujer esbozó una media sonrisa que no alcanzó a suavizar la dureza de su mirada.

—Llegaron tarde para salvarlo y demasiado temprano para entenderlo.

Intenté leer en sus facciones algún signo de engaño, pero lo único evidente era una convicción sólida, casi orgullosa.

No había en ella el olor dulzón de la enfermedad ni la sombra opaca que parecía envolver a los demás habitantes antes de desaparecer.

Su presencia no era la de una superviviente escondida, sino la de alguien que permanecía por elección.

Detrás de nosotros, desde la plazoleta, llegó el eco lejano de la voz de Maelor llamándonos con urgencia.

La mujer no apartó la vista de la mía.

Y en sus ojos no había súplica.

Había desafío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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