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Nacido de la Niebla - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 Capítulo VII Aullidos lejanos
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7: Capítulo VII: Aullidos lejanos 7: Capítulo VII: Aullidos lejanos Durante unos segundos nadie habló.

El silencio proveniente del callejón parecía más espeso que la niebla misma, como si el pueblo entero estuviera conteniendo el aliento para escuchar lo que vendría después.

Fue Aldric quien rompió la quietud.

—Empieza a hablar —dijo con una dureza que no intentó disimular—.

Ahora.

La mujer desvió la mirada de mí hacia él, evaluándolo con una calma que no parecía prudente en su situación.

Sus rizos oscuros, húmedos por la bruma, caían sobre una frente amplia y curtida por el sol de alguna otra vida lejos del valle.

La piel trigueña contrastaba con la palidez enfermiza que habíamos visto en los rostros de los otros habitantes antes de desaparecer.

No tenía el aspecto de alguien que hubiera permanecido demasiado tiempo en ese lugar.

Parecía, más bien, alguien que sobrevivía en él.

—No tengo nada que decirle a un hombre que no sabe escuchar —respondió finalmente.

Aldric dio un paso adelante, pero levanté una mano para detenerlo.

—Entonces háblame a mí.

La mujer volvió a fijar sus ojos en mi casco, en la superficie oscura donde las antorchas apenas lograban reflejarse.

Su expresión cambió.

Fue más un reconocimiento que una sorpresa.

Una sombra de algo más antiguo.

—Sigues ocultándote detrás del hierro —murmuró.

Aldric giró hacia mí de inmediato.

—¿La conoces?

No respondí.

La mujer soltó una breve exhalación, casi una risa cansada.

—Claro que lo hace.

El silencio que siguió no fue el mismo de antes.

Esta vez pesaba sobre los hombros de todos.

La voz de Maelor volvió a llamarnos con urgencia.

Serah sostenía a Eldan, cuyo cuerpo parecía cada vez más inclinado hacia la tierra.

—Tenemos un problema más importante —dije finalmente.

Solté la capa de la mujer, aunque no me aparté de su camino.

—Camina.

Regresamos a la plazoleta en pocos minutos.

La niebla había descendido aún más, abrazando el brocal del pozo como si quisiera ocultarlo.

Serah fue la primera en mirar con desconfianza a la recién llegada.

—¿Quién es?

—Alguien que no estaba muerto —respondió Aldric.

La mujer ignoró el comentario y se acercó directamente a Eldan.

Lo observó apenas unos segundos antes de tomarle la muñeca con firmeza.

Sus dedos se detuvieron en la herida.

La sangre que se filtraba por el vendaje ya no era roja.

Era oscura.

Demasiado oscura.

La mujer frunció el ceño.

—Entonces es cierto.

—¿Qué cosa?

—preguntó Serah.

Ella levantó la mirada hacia nosotros.

—Tiene una herida negra.

El nombre cayó sobre el grupo como una sentencia.

Maelor se irguió de inmediato.

—No existe tal cosa.

—Existe aquí.

La mujer retiró el vendaje con un gesto brusco.

Bajo la tela, la carne no estaba desgarrada como antes; parecía hundida, como si la piel hubiera sido marcada desde dentro por una tinta profunda que se extendía lentamente.

Eldan apretó los dientes.

—Lo sabía… —¿Qué significa?

—preguntó Aldric.

La mujer se puso de pie.

—Significa que el valle ya lo ha elegido.

Serah se adelantó, furiosa.

—Habla claro.

La mujer sostuvo su mirada sin titubear.

—Significa que si no lo matan antes, algo más lo hará.

El silencio que siguió fue aún más pesado que el anterior.

Aldric fue el primero en reaccionar.

—Basta de acertijos.

Dinos quién eres.

La mujer pareció considerar la pregunta durante un instante.

—Mi nombre es Lyria.

Aunque él ya lo sabe.

Se giró lentamente y me miró.

Las miradas del grupo la acompañaron.

No respondí.

Aldric entrecerró los ojos.

—Capitán… —No la conozco —dije con firmeza.

Lyria inclinó la cabeza con una media sonrisa.

—Es una intrusa —continué—.

Y esto puede ser una trampa.

Serah no parecía convencida.

—¿Una trampa de quién?

Lyria respondió antes de que pudiera hacerlo.

—De quien gobierna este lugar.

— Extendió el brazo hacia las casas silenciosas que rodeaban la plaza.

—Bienvenidos al pueblo Valdrem.

Aquí es donde el valle empieza a devorar a los hombres.

Maelor observó nuevamente la herida de Eldan.

—Entonces explícate.

Lyria volvió a mirar al capitán.

—Primero quiero verle el rostro.

La tensión regresó de inmediato.

—Quítate el casco —dijo.

Aldric se giró hacia mí.

Serah también.

Incluso Eldan, pese a su estado, levantó la mirada.

Negué lentamente.

—Sigues escondiéndote — dijo la joven —No es esconderse.

—Entonces quítatelo.

—¡No puedo!

—¿Por qué?

—Porque es parte de mi juramento.

Durante unos segundos Lyria no respondió.

Luego soltó un suspiro corto.

—Siempre tan fiel a tus promesas.

—No me conoces Hizo un gesto irónico demasiado evidente.

Aldric dio un paso hacia ella.

—Empieza a hablar o terminamos esto ahora mismo.

Lyria lo ignoró por completo.

Sus ojos se alzaron hacia la niebla que cubría la plaza.

—Ustedes creen que vinieron a enfrentar al Diablo.

Y es cierto.

Está aquí.

— Señaló hacia el sur, más allá de las casas y de la bruma.

—En el corazón del valle.

Serah le dijo que eso ya lo sabiamos al mismo tiempo que cruzó los brazos.

Lyria bajó la mirada lentamente.

—Pero lo que no saben es que no están solos en este juego.

Lo dijo mientras que sus ojos recorrian uno por uno los rostros del grupo.

Maelor frunció el ceño.

—¿Juego?

La mujer asintió.

—El Diablo no se conforma con reinar.

Le gusta cazar…

y para hacerlo interesante —Se inclinó ligeramente hacia nosotros.

—Ha soltado algo más en el valle.

Aldric apretó el arma.

—¿Qué cosa?

—Lyria le sonrió apenas.

—Un cazador.

Una criatura sanguinaria que aniquila a los nacidos de la niebla.

El silencio volvió a caer sobre la plaza.

Sus ojos pincelaban lentamente la sorpresa en nuestros rostros.

Lyria continuó, con una voz que parecía repetir algo escuchado muchas veces antes.

—Así es como se divierte.

De repente, el viento sopló entre las casas vacías de Valdrem, trayendo consigo un susurro lejano que no parecía pertenecer a ningún hombre.

Era un aullido que nos estaba reclamando.

Como si las advertencias de la joven hubiesen convocado a la bestia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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