Naruto : Uchiha el Ninja Maldito. - Capítulo 9
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9: 09 9: 09 09 Mientras los escuadrones comenzaban a recibir nuevas órdenes en el campamento, Kenzo permanecía inmóvil, de pie junto a una antorcha que chisporroteaba débilmente, la llama temblorosa proyectaba destellos irregulares sobre su rostro, dibujando sombras que se alargaban y contraían con cada soplo de viento.
Su mirada, fija en aquel fuego inestable, parecía perdida en un punto más lejano que el bosque que los rodeaba.
Su mente giraba, analizando una y otra vez los últimos movimientos de sus enemigos.
Los informes de los exploradores confirmaban algo que lo inquietaba profundamente.
—“los Senju habían iniciado una cooperación abierta con samuráis de la Nación del Hierro, aquello desafiaba toda lógica, la neutralidad de los samuráis era casi tan sagrada como su código de honor, un principio que habían mantenido durante generaciones, incluso en los momentos más caóticos de la guerra entre clanes.
Para que hubiesen roto ese equilibrio, la oferta de los Senju debía haber sido extraordinaria… o la amenaza que enfrentaban, aún mayor de lo que imaginaban.”— Kenzo frunció el ceño, incapaz de descifrar el verdadero motivo.
Algo en su interior le susurraba que esa alianza escondía un peligro más grande que cualquier escaramuza.
Un mensajero interrumpió sus pensamientos con una reverencia breve y respetuosa.
—Kenzo-sama, Tajima-sama, el comandante Raizo solicita su presencia en sus aposentos.— De inmediato.
Kenzo parpadeó una sola vez, como si regresara de un sueño distante.
Su hermano Tajima se levantó de un tronco cercano y ambos siguieron al mensajero a través de los pasadizos improvisados del campamento, iluminados apenas por las antorchas que colgaban de los árboles.
Cada paso resonaba sobre la tierra húmeda, acompañado por el murmullo de los escuadrones que discutían las nuevas disposiciones de batalla, los aposentos de Raizo estaban protegidos por una pesada lona reforzada con sellos de chakra.
Al entrar, el aire olía a madera quemada y tinta fresca, en el centro, sentado sobre un tatami de color oscuro, Raizo aguardaba con una expresión imperturbable, sus ojos fríos como una noche sin luna, frente a él, reposaba un pergamino lacrado con el sello del patriarca Uchiha.
Kenzo inclinó la cabeza en señal de respeto, pero su mirada no se apartó del pergamino.
El brillo carmesí del sello parecía latir en la penumbra, aquello no era una simple orden de misión, era una instrucción directa desde lo más alto del clan, Raizo lo tomó entre sus manos y lo extendió lentamente hacia ellos.
—Esta misión requiere absoluta discreción.
El patriarca en persona aprueba cada detalle —dijo con voz grave—.
Se trata de infiltrarse en territorio Senju….Necesitamos información sobre los acuerdos que han establecido con los samuráis del Hierro, su fuerza conjunta y los términos de su cooperación, no podemos hacer nada sin confirmar esta información, además con Kenzo sama contando con el elemento agua les será más fácil infiltrarse…— El silencio se volvió denso, Tajima apretó los labios, comprendiendo de inmediato la magnitud de lo que escuchaba, Kenzo, en cambio, no movió un solo músculo.
Sus ojos se clavaron en el sello del patriarca, y en ese instante, un destello de frialdad brilló en lo profundo de sus pupilas, era el reflejo de algo más que simple determinación, la aceptación de que la misión que estaban a punto de emprender no era otra cosa que una sentencia de muerte… En esa fracción de segundo, Kenzo vislumbró lo que se avecinaba, una guerra a gran escala, enemigos impredecibles y traidores en el clan.Una guerra donde el peligro no solo vendría de los Senju o de los samuráis, sino de las sombras del propio clan.
Raizo continuó, su voz más áspera, consciente de que cada palabra era un peso añadido a la misión.
—Debéis moveros en silencio, sin dejar rastro.
Si sois descubiertos, el clan no reconocerá vuestro vínculo.
La información que traigáis decidirá el curso de los próximos meses de guerra.— Kenzo bajó ligeramente el mentón, ocultando la chispa de inquietud que ardía en su mirada.
Su mente, fría calculaba las posibilidades de éxito y las inevitables probabilidades de muerte.
—Una misión suicida, pero necesaria… el padre nunca nos enviaría a Tajima o a mi… Raizo quiere deshacerse de nosotros—pensó, mientras aceptaba el pergamino con una calma que no revelaba su verdadera percepción.
Raizo dejó que el silencio se prolongara unos segundos más, su mirada fija en Kenzo y Tajima como si quisiera asegurarse de que cada palabra calara en lo más profundo de su mente.
Luego, con un movimiento medido, desenrolló ligeramente el pergamino y lo selló de nuevo, golpeando suavemente la mesa de madera frente a él.
—Partiréis en cuatro noches —anunció finalmente, con su tono firme.
—Durante ese tiempo prepararéis los suministros mínimos, estableceréis rutas de escape y eliminaréis cualquier indicio que pueda vincularos al clan antes de partir y sobre todo nadie, ni siquiera vuestros propios compañeros de escuadrón, debe conocer los detalles de esta misión, solo el patriarca y yo sabemos lo que estáis a punto de emprender… y así debe permanecer.— Tajima apretó la mandíbula, tratando de mantener la compostura, mientras Kenzo seguía sin cambiar su expresión.
El crepitar de una vela cercana llenó el espacio con un sonido sordo, casi amenazante.
Raizo inclinó apenas la cabeza hacia ellos, pero su voz descendió un tono, más grave, más personal.
—Entendido —dijo finalmente, su voz tan fría que ni siquiera el calor de las antorchas pudo templarla.
Raizo sostuvo la mirada de Kenzo por un instante más, como si buscara algo en su interior, algún indicio de vacilación, pero no encontró nada.
—Podéis retiraros —ordenó al fin, levantándose para dar por terminada la reunión—.
Kenzo y Tajima se inclinaron en señal de respeto, luego dieron media vuelta y salieron de la tienda.
El aire nocturno los recibió con un frío más cortante que el acero.
Las antorchas del campamento iluminaban senderos irregulares entre las tiendas, y el murmullo de los escuadrones reorganizándose se mezclaba con el canto lejano de los grillos.
Caminaron en silencio hasta su propio pabellón, un espacio apartado entre los árboles, donde solo el susurro de las hojas acompañaba sus pasos.
La luna, oculta parcialmente tras las nubes, arrojaba destellos plateados sobre el suelo húmedo.
Tajima fue el primero en romper el silencio, su voz apenas un murmullo.—Una misión suicida… lo sabes, ¿verdad?— Kenzo no respondió de inmediato.
Se detuvo frente a la entrada de su tienda, observando la oscuridad del bosque que se extendía más allá del campamento, su mirada era una mezcla de cálculo y desdén, como si ya estuviera midiendo cada sombra, cada posible traición.
Finalmente, habló sin girarse.
—Lo sé.
Y Raizo también lo sabe.— Tajima frunció el ceño, entendiendo lo que su hermano insinuaba.
—Crees que…— —No creo —lo interrumpió Kenzo con frialdad y una fría mirada —Estoy seguro, Raizo no envía a dos hijos directos del patriarca a una misión de este tipo sin una razón oculta.
Quiere que no volvamos….
¡Quiere ser el patriarca!— El silencio volvió a apoderarse del claro.
Tajima respiró hondo, intentando apaciguar la tormenta de pensamientos que amenazaba con desbordarse.
Kenzo, en cambio, se adentró en su tienda con paso seguro, como si ya hubiese aceptado el destino que les aguardaba.
Dentro, la penumbra era apenas rota por la tenue luz de una lámpara de aceite.
Kenzo se dejó caer de rodillas frente a su futón, cerrando los ojos un instante.
En su mente, el mapa del territorio Senju se desplegaba como un tablero de shōgi, cada pieza representando un enemigo, una trampa o una oportunidad.
Cuatro noches.
Cuatro noches para prepararse para una misión que tal vez no tendría regreso.
Afuera, Tajima se quedó un momento más bajo el cielo cubierto, mirando las antorchas que titilaban en la distancia.
La guerra rugía en silencio, y en ese momento entendió que el verdadero enemigo no siempre llevaba un emblema en la frente.
A veces, el peligro se escondía detrás de los mismos ojos que compartían su sangre.
Detrás de Tajima, Kenzo sonrió al ver pensativo a su hermano y dijo.
—¿Qué no piensas entrar?— Tajima se giró a observar a su hermano y dijo —¿Qué acaso no estás molesto?— Kenzo sonrió y dijo —¡Claro que lo estoy!
Pero estoy más concentrado en sobrevivir que en la venganza que tendré en un futuro, un paso a la vez hermano y esta es la última vez que hablamos de este tema en el campamento, hay muchas orejas alrededor, entra vamos a descansar.—
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