Nunca Fue un Juego - Capítulo 42
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Capítulo 42: Capítulo 42: La Misión que Olvidaron
Owen y Elara salieron del Gremio de los Susurros Eternos con los brazaletes plateados brillando en sus muñecas y una sonrisa de satisfacción en el rostro. El sol aún estaba alto, y el aire de Crystalis se sentía fresco y lleno de posibilidades. Caminaron unos cuantos pasos por la calle principal, hablando animadamente sobre que les depara el destino y también cómo dividirían el dinero.
De pronto, Elara se detuvo en seco. Owen también se frenó, confundido.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Elara se llevó una mano a la frente y soltó una risa avergonzada.
—Owen… salimos del gremio… y no tomamos ninguna misión.
Owen parpadeó. El silencio duró dos segundos antes de que ambos se miraran con cara de vergüenza absoluta.
—Oh no… —murmuró Owen, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas.
Isuki Riku estalló en carcajadas dentro de su cabeza.
—Ja ja ja ja ja! ¡Los grandes aventureros! Salen del gremio con cara de victoria y ni siquiera agarraron una sola misión. ¡Qué par de genios!
Owen agachó la cabeza, muerto de vergüenza.
—Vamos… volvamos agachados. Nadie tiene que enterarse de esto.
Elara también bajó la cabeza, riendo nerviosamente.
—Vamos rápido antes de que alguien nos reconozca.
Los dos dieron media vuelta y regresaron al gremio casi corriendo, con la cabeza baja como si fueran niños que habían hecho una travesura. Al entrar de nuevo, algunas personas los miraron con extrañeza, pero ellos fingieron que nada pasaba y se dirigieron directamente al gran tablero de misiones que ocupaba casi toda una pared.
Owen se plantó frente al tablero, repasando las diferentes hojas con sellos y descripciones. Había misiones de escolta, recolección de hierbas, cacería de bestias menores y exploración de ruinas.
Elara, que estaba a su lado, revisaba con rapidez. De pronto, sus ojos se iluminaron y señaló una hoja en particular.
—Mira esta. Es perfecta. “Misión de exploración y reconocimiento fuera de Crystalis. Se busca grupo discreto para verificar una zona específica. Recompensa generosa.”
Owen se acercó y leyó la descripción completa. Era una misión sencilla en apariencia: reconocer un área concreta, confirmar si había algo en particular y regresar con un informe. No parecía demasiado peligrosa.
—¿Qué opinas? —preguntó Elara, emocionada—. Podemos empezar con algo así. No es muy arriesgado y nos dará experiencia en el gremio.
Owen pensó un momento. Recordó que necesitaba información sobre el territorio del dragón, y una misión de exploración podría ser una buena forma de empezar a moverse por los alrededores sin llamar demasiado la atención.
—Está bien —dijo finalmente—. Aceptémosla.
Se dirigieron de nuevo al mostrador. Luke Harlan seguía allí, con su sonrisa bromista intacta. Al verlos regresar tan rápido, levantó una ceja con diversión.
—¿Ya extrañaban mi hermosa cara? ¿O se les olvidó algo?
Owen carraspeó, avergonzado.
—Queremos tomar esta misión de exploración y reconocimiento.
Luke tomó la hoja, la leyó y asintió.
—Buena elección para principiantes. Déjenme revisar sus brazaletes… Perfecto. Les pondré en contacto con la persona que solicita la misión para que les dé más detalles. Esperen un momento.
Luke sacó un aparato pequeño que parecía un cristal plano con runas grabadas (tenía la misma función que un celular en el mundo de Owen). Habló brevemente por él y luego les indicó que esperaran en una mesa cercana.
Owen y Elara se sentaron. Pasaron unos minutos en los que Elara le contó más anécdotas divertidas del gremio, mientras Isuki Riku hacía comentarios sarcásticos en la mente de Owen sobre lo torpes que habían sido al salir sin misión.
Finalmente, una mujer encapuchada entró al gremio. Su capa era oscura y cubría casi por completo su rostro, dejando solo ver una barbilla pálida y labios finos. Se acercó directamente a la mesa donde esperaban.
—Ustedes son los que aceptaron la misión —dijo con voz baja y directa—. Necesito que vayan a reconocer un lugar específico. No es solo explorar. Quiero que confirmen si hay un objeto en particular: un cristal de hielo de gran tamaño, probablemente oculto o protegido. Solo confirmen si está ahí. No intenten tomarlo ni acercarse demasiado.
Owen frunció el ceño.
—¿Por qué quiere saber sobre ese cristal?
La mujer encapuchada respondió con frialdad:
—No puedo darles más detalles. ¿Van a cumplir con la misión o prefieren que busque a otra persona?
Owen intercambió una mirada rápida con Elara y luego asintió.
—Está bien. Lo haremos. Pero esperamos un buen pago.
La mujer sacó un mapa enrollado y lo extendió sobre la mesa. Señaló un camino marcado con líneas claras.
—Vayan por esta ruta. Eviten desviarse. Hay zonas peligrosas.
Owen miró el mapa con atención. Sus ojos se detuvieron en una zona marcada con una insignia negra que representaba una calavera.
—¿Qué es ese lugar? —preguntó, señalando la marca.
La mujer encapuchada respondió secamente:
—Es el territorio de un dragón. Nadie debería ir allí. No cambie la conversación y céntrese en por dónde deben ir para completar la misión.
Owen guardó silencio, pero en su mente quedó grabada esa información. El dragón que buscaba para la Flor de Luna podía estar relacionado con esa zona.
La mujer encapuchada les dio las últimas indicaciones, les entregó un anticipo pequeño en monedas y se marchó tan silenciosamente como había llegado.
Elara miró a Owen con una mezcla de emoción y nerviosismo.
—Parece que nuestra primera misión ya tiene un toque misterioso. ¿Estás listo?
Owen guardó el mapa y sonrió ligeramente, aunque por dentro sentía la presión de su verdadera misión.
—Listo. Vamos a empezar.
Isuki Riku habló en su mente con tono más serio:
—Ten cuidado, Owen. Esa mujer oculta algo grande. Y ese dragón… podría ser el mismo que buscamos.
Los dos nuevos miembros del gremio salieron del edificio con la primera misión en mano. Rusvil seguía brillando a su alrededor, pero ahora el camino se volvía más peligroso y lleno de incógnitas.
El verdadero comienzo de su aventura como aventureros acababa de iniciar.
Owen y Elara salieron de Crystalis mostrando sus nuevos brazaletes del gremio a los guardias de la puerta. Los soldados revisaron rápidamente los símbolos y les hicieron un gesto para que pasaran. Una vez fuera de las murallas, se detuvieron en uno de los puestos cercanos y compraron provisiones para la exploración: cuerdas resistentes, antorchas mágicas, comida seca, un mapa adicional y dos caballos de alquiler que la misión recomendaba usar.
Con todo listo, montaron y revisaron el mapa que les había dado la mujer encapuchada. Owen frunció el ceño y señaló un punto.
—Aquí dice que debemos ir hacia el noreste, bordeando este bosque… —de pronto se detuvo y soltó una risa frustrada—. ¡Ni siquiera nos dijo su nombre! Solo “confirmen si está el cristal” y se fue. ¿Quién hace eso?
Elara rio suavemente.
—Si venía encapuchada es porque nadie quiere que se sepa quién es. Probablemente tenga enemigos o no quiere que la relacionen con el cristal. Mejor no preguntemos demasiado.
Owen se quedó en silencio cómico unos segundos, procesando lo absurdo de la situación, y luego suspiró.
—Tienes razón. Sigamos.
Montaron los caballos y avanzaron por el camino indicado. El paisaje cambió poco a poco: el bosque denso dio paso a colinas suaves y luego a un terreno más abierto. Durante el trayecto se cruzaron con varios grupos de aventureros que también iban a misiones. Algunos los saludaron con la cabeza, otros charlaron brevemente sobre el clima o sobre bestias que habían visto en la zona.
Mientras cabalgaban uno al lado del otro, la conversación se volvió más personal. Elara le contó que le gustaba leer libros antiguos sobre leyendas olvidadas y que soñaba con encontrar una historia que nadie más conociera. Owen, por su parte, habló de cómo en su mundo anterior disfrutaba caminar solo por bosques y parques para despejar la mente, y de lo mucho que extrañaba la sensación de normalidad.
Las horas pasaron entre charlas y risas. El sol comenzaba a bajar cuando llegaron a un risco elevado. Se bajaron de los caballos y miraron hacia abajo. Allí, en un pequeño valle protegido, se encontraba una aldea diminuta. En el mapa apenas se veía como un punto casi imperceptible.
—Según el mapa, el lugar que buscamos está cerca de aquí —dijo Elara—. Bajemos a pie. Dejemos los caballos arriba para no llamar demasiado la atención.
Ataron los caballos a un árbol y descendieron con cuidado por un sendero estrecho. Al llegar a la aldea, los recibieron risas infantiles. Varios niños corrían y jugaban entre las pequeñas casas de madera y piedra. De una de ellas salió una mujer muy hermosa, de cabello negro largo y ojos dorados, cargando una cesta llena de frutas exóticas y brillantes de este mundo.
Owen se quedó impresionado por su belleza. Se detuvo un segundo de más, mirando sin darse cuenta.
Elara le dio un golpe seco en el estómago.
—Estamos en una misión —susurró—. No te quedes espasmado.
Isuki Riku estalló en risas dentro de su cabeza.
—Ja ja ja ja! ¡Mírate! Un segundo de belleza y ya perdiste el norte. ¡Qué profesional!
Owen se recuperó rápidamente, tosiendo.
La mujer se acercó con una sonrisa amable.
—Qué raro tener visitas. Por lo general la gente rodea esta aldea. Me llamo Asuna. ¿Se les ofrece algo? ¿Agua? ¿Fruta fresca?
Owen respondió cortésmente:
—Estamos en una misión. Solo estamos de paso.
Asuna sonrió con calidez.
—No les gustaría descansar un momento antes de seguir? El camino es largo.
Elara iba a rechazar la oferta cuando Asuna mencionó un tipo especial de té/café local que resultó ser el favorito de Elara. Los ojos de Elara brillaron como los de una niña.
—¡Obviamente nos quedaremos a descansar! —dijo agarrando el brazo de Asuna—. Si me das de eso, claro que sí.
Owen miró a Elara con cara de “¿en serio?” pero terminó siguiéndolas.
Entraron en una de las casas más grandes. Mientras Owen comía algunas frutas dulces y jugosas, Elara disfrutaba del brebaje caliente con expresión de pura felicidad. De pronto entró un anciano de aspecto dócil y amable, con barba blanca y ojos llenos de sabiduría tranquila. Era el jefe de la aldea.
Asuna lo presentó con cariño.
—Este es el jefe de nuestra aldea.
El anciano sonrió y preguntó con voz suave:
—¿Qué hacen por aquí, jóvenes?
Asuna explicó brevemente que estaban en una misión de exploración. El jefe los miró con interés.
—¿De qué trata su misión, si no es indiscreción?
Owen y Elara se miraron. Después de recibir tanta amabilidad y hospitalidad, decidieron ser honestos.
—Estamos buscando confirmar si hay un cristal de hielo grande en la zona —dijo Owen.
El anciano se quedó pensativo y luego suspiró.
—Interesante… Ese objeto pertenecía a esta aldea hace muchos años, pero fue robado. Tiene un poder gigante. Si vienen de Crystalis, seguramente lo quieren usar como fuente de energía para algún proyecto. Podría servir como barrera poderosa, algo difícil de romper incluso para un rey demonio o un dragón.
Al escuchar la palabra “dragón”, Owen se inclinó hacia adelante.
—¿Sabe algo sobre algún dragón en esta zona?
El anciano asintió con nostalgia.
—En mi juventud luché contra uno. Parecía que protegía algo muy preciado. Nunca supe qué era porque no pude acercarme lo suficiente. Ahora solo soy un pobre anciano…
Owen sonrió con respeto.
—Para mí todavía está en forma. ¿Qué edad tiene?
Elara y Asuna se tocaron la frente al mismo tiempo, como si Owen hubiera preguntado algo prohibido (como la edad o el peso a una mujer). El anciano rio con suavidad.
—Tengo 65 años.
Owen le devolvió la sonrisa.
—Está muy bien cuidado. Se ve excelente, señor. No se preocupe.
Conversaron un largo rato. El anciano les contó historias antiguas de la aldea, Asuna les sirvió más fruta y té, y el ambiente se volvió cálido y acogedor. Owen prometió que, cuando pudiera, volvería a visitar la aldea.
Finalmente, se despidieron con gratitud. Asuna y el anciano les sonrieron y les desearon buen viaje.
Owen y Elara subieron de nuevo al risco, montaron sus caballos y continuaron su camino. La aldea quedó atrás, pero la información sobre el cristal y el dragón quedó grabada en la mente de Owen.
La misión seguía en marcha, y cada paso los acercaba un poco más a respuestas… y a peligros mayores.
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