Nunca Fue un Juego - Capítulo 43
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Capítulo 43: Capítulo 43: La Pequeña Aldea
Owen y Elara salieron de Crystalis mostrando sus nuevos brazaletes del gremio a los guardias de la puerta. Los soldados revisaron rápidamente los símbolos y les hicieron un gesto para que pasaran. Una vez fuera de las murallas, se detuvieron en uno de los puestos cercanos y compraron provisiones para la exploración: cuerdas resistentes, antorchas mágicas, comida seca, un mapa adicional y dos caballos de alquiler que la misión recomendaba usar.
Con todo listo, montaron y revisaron el mapa que les había dado la mujer encapuchada. Owen frunció el ceño y señaló un punto.
—Aquí dice que debemos ir hacia el noreste, bordeando este bosque… —de pronto se detuvo y soltó una risa frustrada—. ¡Ni siquiera nos dijo su nombre! Solo “confirmen si está el cristal” y se fue. ¿Quién hace eso?
Elara rio suavemente.
—Si venía encapuchada es porque nadie quiere que se sepa quién es. Probablemente tenga enemigos o no quiere que la relacionen con el cristal. Mejor no preguntemos demasiado.
Owen se quedó en silencio cómico unos segundos, procesando lo absurdo de la situación, y luego suspiró.
—Tienes razón. Sigamos.
Montaron los caballos y avanzaron por el camino indicado. El paisaje cambió poco a poco: el bosque denso dio paso a colinas suaves y luego a un terreno más abierto. Durante el trayecto se cruzaron con varios grupos de aventureros que también iban a misiones. Algunos los saludaron con la cabeza, otros charlaron brevemente sobre el clima o sobre bestias que habían visto en la zona.
Mientras cabalgaban uno al lado del otro, la conversación se volvió más personal. Elara le contó que le gustaba leer libros antiguos sobre leyendas olvidadas y que soñaba con encontrar una historia que nadie más conociera. Owen, por su parte, habló de cómo en su mundo anterior disfrutaba caminar solo por bosques y parques para despejar la mente, y de lo mucho que extrañaba la sensación de normalidad.
Las horas pasaron entre charlas y risas. El sol comenzaba a bajar cuando llegaron a un risco elevado. Se bajaron de los caballos y miraron hacia abajo. Allí, en un pequeño valle protegido, se encontraba una aldea diminuta. En el mapa apenas se veía como un punto casi imperceptible.
—Según el mapa, el lugar que buscamos está cerca de aquí —dijo Elara—. Bajemos a pie. Dejemos los caballos arriba para no llamar demasiado la atención.
Ataron los caballos a un árbol y descendieron con cuidado por un sendero estrecho. Al llegar a la aldea, los recibieron risas infantiles. Varios niños corrían y jugaban entre las pequeñas casas de madera y piedra. De una de ellas salió una mujer muy hermosa, de cabello negro largo y ojos dorados, cargando una cesta llena de frutas exóticas y brillantes de este mundo.
Owen se quedó impresionado por su belleza. Se detuvo un segundo de más, mirando sin darse cuenta.
Elara le dio un golpe seco en el estómago.
—Estamos en una misión —susurró—. No te quedes espasmado.
Isuki Riku estalló en risas dentro de su cabeza.
—Ja ja ja ja! ¡Mírate! Un segundo de belleza y ya perdiste el norte. ¡Qué profesional!
Owen se recuperó rápidamente, tosiendo.
La mujer se acercó con una sonrisa amable.
—Qué raro tener visitas. Por lo general la gente rodea esta aldea. Me llamo Asuna. ¿Se les ofrece algo? ¿Agua? ¿Fruta fresca?
Owen respondió cortésmente:
—Estamos en una misión. Solo estamos de paso.
Asuna sonrió con calidez.
—No les gustaría descansar un momento antes de seguir? El camino es largo.
Elara iba a rechazar la oferta cuando Asuna mencionó un tipo especial de té/café local que resultó ser el favorito de Elara. Los ojos de Elara brillaron como los de una niña.
—¡Obviamente nos quedaremos a descansar! —dijo agarrando el brazo de Asuna—. Si me das de eso, claro que sí.
Owen miró a Elara con cara de “¿en serio?” pero terminó siguiéndolas.
Entraron en una de las casas más grandes. Mientras Owen comía algunas frutas dulces y jugosas, Elara disfrutaba del brebaje caliente con expresión de pura felicidad. De pronto entró un anciano de aspecto dócil y amable, con barba blanca y ojos llenos de sabiduría tranquila. Era el jefe de la aldea.
Asuna lo presentó con cariño.
—Este es el jefe de nuestra aldea.
El anciano sonrió y preguntó con voz suave:
—¿Qué hacen por aquí, jóvenes?
Asuna explicó brevemente que estaban en una misión de exploración. El jefe los miró con interés.
—¿De qué trata su misión, si no es indiscreción?
Owen y Elara se miraron. Después de recibir tanta amabilidad y hospitalidad, decidieron ser honestos.
—Estamos buscando confirmar si hay un cristal de hielo grande en la zona —dijo Owen.
El anciano se quedó pensativo y luego suspiró.
—Interesante… Ese objeto pertenecía a esta aldea hace muchos años, pero fue robado. Tiene un poder gigante. Si vienen de Crystalis, seguramente lo quieren usar como fuente de energía para algún proyecto. Podría servir como barrera poderosa, algo difícil de romper incluso para un rey demonio o un dragón.
Al escuchar la palabra “dragón”, Owen se inclinó hacia adelante.
—¿Sabe algo sobre algún dragón en esta zona?
El anciano asintió con nostalgia.
—En mi juventud luché contra uno. Parecía que protegía algo muy preciado. Nunca supe qué era porque no pude acercarme lo suficiente. Ahora solo soy un pobre anciano…
Owen sonrió con respeto.
—Para mí todavía está en forma. ¿Qué edad tiene?
Elara y Asuna se tocaron la frente al mismo tiempo, como si Owen hubiera preguntado algo prohibido (como la edad o el peso a una mujer). El anciano rio con suavidad.
—Tengo 65 años.
Owen le devolvió la sonrisa.
—Está muy bien cuidado. Se ve excelente, señor. No se preocupe.
Conversaron un largo rato. El anciano les contó historias antiguas de la aldea, Asuna les sirvió más fruta y té, y el ambiente se volvió cálido y acogedor. Owen prometió que, cuando pudiera, volvería a visitar la aldea.
Finalmente, se despidieron con gratitud. Asuna y el anciano les sonrieron y les desearon buen viaje.
Owen y Elara subieron de nuevo al risco, montaron sus caballos y continuaron su camino. La aldea quedó atrás, pero la información sobre el cristal y el dragón quedó grabada en la mente de Owen.
La misión seguía en marcha, y cada paso los acercaba un poco más a respuestas… y a peligros mayores.
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