Nunca Fue un Juego - Capítulo 46
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Capítulo 46: Capítulo 46: El Cristal que Canta y el Reino de Luminary
El grupo avanzaba en silencio por un sendero estrecho que serpenteaba entre colinas cada vez más empinadas. El líder del bando victorioso —un hombre al que sus seguidores llamaban solo “el Capitán”— iba al frente, con el saco que contenía el cristal colgando de su cinturón. Owen y Elara cabalgaban en la retaguardia, flanqueados por dos hombres armados que no les quitaban el ojo de encima. El aire se volvía más frío a medida que se acercaban al territorio marcado en el mapa.
Elara se inclinó ligeramente hacia Owen y habló en voz muy baja:
—¿Crees que el cristal sea el mismo que pertenecía a la aldea?
Owen asintió sin apartar la vista del saco.
—Estoy seguro. Lo vi brillar de cerca. Tiene esa misma luz interna… como si estuviera vivo.
Isuki Riku intervino en su mente, con tono curioso pero cauteloso:
—Intenta usar Basic Glance cuando puedas. Quiero ver qué dice el Sistema sobre ese objeto.
Owen esperó el momento adecuado. Cuando el Capitán se detuvo para dar órdenes a sus hombres, Owen activó discretamente su habilidad de observación sobre el saco. Una ventana apareció solo en su visión:
[Objeto Analizado: Cristal de Hielo Eterno (Fragmento Divino)]
Origen: Desconocido / Posiblemente ligado a Luminary.
Poder principal: Amplifica y almacena mana de forma ilimitada. Puede crear barreras impenetrables, congelar áreas enteras o potenciar habilidades hasta niveles legendarios.
Efecto secundario: Quien lo posea gana una conexión temporal con el “canto del hielo”, un susurro constante que otorga conocimiento instintivo pero también puede volver loco al portador si no tiene suficiente fuerza mental.
Estado actual: Inestable. Ha sido usado recientemente en combate.
Owen frunció el ceño. El cristal no era solo un objeto bonito. Era una fuente de poder real, casi divina. Si el anciano de la aldea había dicho la verdad, ese cristal había sido robado… y ahora estaba en manos de alguien que claramente planeaba usarlo para algo grande.
El Capitán notó que Owen lo observaba y sonrió con arrogancia.
—¿Te gusta lo que ves, chico? Este cristal es la razón por la que ganamos hoy. Con él, ni un dragón podrá detenernos.
Para demostrarlo, sacó el cristal del saco. En cuanto lo sostuvo en la palma abierta, el aire a su alrededor se enfrió de golpe. Una capa fina de escarcha se extendió por el suelo en un radio de varios metros. Uno de sus hombres lanzó una bola de fuego de prueba contra el Capitán. El cristal brilló una sola vez y el fuego se congeló en el aire, convirtiéndose en una lluvia de copos de hielo que cayeron inofensivamente.
Los hombres vitorearon. Owen y Elara se miraron en silencio. Ese poder era exactamente lo que la mujer encapuchada quería confirmar.
—Impresionante… —murmuró Owen.
Isuki Riku silbó en su mente.
—Ese cristal no es un juguete. Si Luminary es su dueña original, robarlo es como declararle la guerra a una diosa.
El grupo continuó avanzando. El paisaje cambió drásticamente cuando cruzaron una barrera invisible de mana. De repente, el territorio del dragón se abrió ante ellos.
No era un lugar oscuro ni espeluznante. No había cuevas húmedas ni montañas negras llenas de humo. El territorio de Luminary era un vasto valle de belleza abrumadora y casi irreal. El suelo estaba cubierto de un hielo tan puro que parecía cristal pulido, pero no hacía frío insoportable. Al contrario, había zonas donde la hierba crecía verde y brillante bajo un sol que nunca se ponía del todo, como si el tiempo mismo estuviera detenido en un eterno atardecer dorado. Columnas de hielo transparente se alzaban como estatuas naturales, algunas con formas que recordaban a una mujer alada. Flores de pétalos translúcidos flotaban en el aire sin caer, movidas por corrientes de mana visible.
En el centro del valle, un lago de agua cristalina reflejaba el cielo como un espejo perfecto. Sobre él flotaban islotes de hielo que formaban puentes naturales. En la distancia, una montaña de cristal puro brillaba con luz interna, y en su cima se podía ver la silueta de un nido gigantesco hecho de hielo y oro, con alas de dragón talladas en las paredes.
Todo el lugar transmitía orgullo, perfección y poder. No era un reino de terror; era un reino de belleza absoluta y control absoluto. El tipo de lugar que una diosa orgullosa y perfecta elegiría para vivir.
El Capitán detuvo al grupo en la entrada del valle.
—Aquí es —dijo con voz reverente—. El territorio de Luminary. Nadie entra sin permiso… pero con este cristal, creo que nos escuchará.
Uno de sus hombres se acercó demasiado a la barrera invisible. En cuanto su pie la tocó, una ráfaga de viento helado lo lanzó varios metros hacia atrás, congelando parte de su armadura.
El Capitán rio.
—Vean? Ella no quiere visitas… pero hoy vamos a obligarla a recibirnos.
Owen sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Ese lugar era hermoso, pero también peligroso. La perfección de Luminary se sentía en cada detalle: ni una hoja fuera de lugar, ni un sonido fuera de tono. Era un reino hecho a imagen y semejanza de una diosa que no toleraba imperfecciones.
Elara susurró:
—Esto no se siente como un simple territorio de dragón… se siente como un templo viviente.
Isuki Riku añadió en la mente de Owen:
—Y nosotros acabamos de entrar con un grupo armado que lleva algo que le pertenece. Esto puede terminar muy mal… o muy interesante.
El Capitán guardó el cristal y dio la orden de avanzar con cautela. Owen y Elara intercambiaron una mirada rápida. Estaban dentro del territorio de Luminary, el cristal estaba confirmado, y ahora tenían que encontrar la forma de separarse del grupo antes de que la verdadera dueña del lugar decidiera aparecer.
El valle de cristal y oro los esperaba en silencio.
La verdadera prueba acababa de comenzar.
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