OBLIGADOS A SOBREVIVIR - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capítulo 38: Cuando el fuego respondió
El amanecer apenas comenzaba a romper la oscuridad cuando el exterior del colegio del Distrito 8 se convirtió en un lugar de duda, humo tenue y cuerpos inmóviles. El primer ataque había sido silencioso, cruel y exacto.
El gas liberado en la entrada había hecho su trabajo mejor de lo esperado, dejando tendidos a decenas antes de que siquiera comprendieran qué estaba pasando.
Ahora lo que quedaba del grupo invasor retrocedía entre confusión y miedo, tropezando con los propios caídos, cubriéndose la boca, buscando aire limpio mientras intentaban reorganizarse fuera del portón. El olor era pesado, químico, mezclado con tierra húmeda y muerte reciente.
El líder del Distrito 7 permanecía unos metros atrás, inmóvil, observando la escena con el ceño endurecido. Su ropa seguía impecable en contraste con el desastre frente a él. No había entrado con la primera oleada, había esperado afuera como siempre hacía, dejando que otros probaran el terreno antes que él.
Pero por primera vez en mucho tiempo, dudaba.
No por miedo simple. Por cálculo.
Algo no encajaba. El Distrito 8 debía estar cansado, debilitado, roto por los días anteriores. Debían caer rápido. Debían ceder. En cambio, acababan de borrar a más de la mitad de su fuerza sin mostrar siquiera el rostro.
Uno de sus hombres llegó tosiendo con violencia, los ojos llorosos, tambaleándose hasta quedar de rodillas frente a él.
“Jefe… el pasillo… estaba cargado…” -dijo
El líder lo miró sin responder.
“Entramos y solo… empezaron a caer…” -dijo
Tosió sangre. Se desplomó hacia un lado.
Silencio.
Los demás observaban al líder esperando una orden, pero esta vez nadie fingía seguridad. Habían marchado creyéndose dominadores y ahora estaban parados frente a una entrada que parecía tragarse hombres sin ruido.
Uno de los más cercanos tragó saliva.
“¿Entramos otra vez?” -dijo
El líder giró lentamente la mirada hacia él.
“¿Quieres ir primero?” -dijo
El hombre bajó la cabeza de inmediato.
El viento sopló leve entre los cuerpos tirados. El portón del colegio seguía abierto, oscuro por dentro, como una boca esperando más.
Entonces ocurrió.
Desde varias ventanas laterales y huecos altos del muro salieron disparadas botellas de vidrio girando en el aire, docenas de ellas, reflejando por un segundo la luz naciente antes de caer sobre el grupo reunido.
El primer impacto sonó seco.
Luego otro.
Y después fuego.
Las botellas estallaron en llamaradas violentas, gasolina extendiéndose por ropa, piel y suelo al mismo tiempo. El círculo exterior se convirtió en infierno en segundos. El fuego subió por piernas, brazos y espaldas mientras varios intentaban arrancarse la ropa ardiendo.
No hubo formación. No hubo disciplina. Solo instinto.
Algunos corrieron envueltos en llamas chocando entre sí. Otros rodaron por tierra inútilmente. Uno se lanzó contra una pared intentando apagar el fuego con su propio cuerpo.
El olor cambió de inmediato. Gasolina. Humo. Carne quemándose.
El líder retrocedió un paso cuando una explosión menor reventó a su derecha. Parte del líquido incendiado cayó sobre su brazo y hombro. Apretó la mandíbula mientras el fuego prendía en su ropa.
Arrancó la tela con violencia y la lanzó al suelo, pisándola con furia.
“¡FORMEN!” -rugió
Pero ya no quedaba nada que formar.
Los pocos que seguían enteros corrían sin rumbo o gritaban órdenes contradictorias. La emboscada había roto algo más importante que sus números: la sensación de control.
Y en medio del caos, alguien salió del colegio.
Raidis.
No caminó. No dudó. Salió disparado como una flecha, cruzando entre humo y fuego con la mirada fija al frente. Llevaba una botella en una mano y una cuchilla corta en la otra.
El primero en verlo fue un hombre que intentaba levantarse cerca de la entrada.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Raidis le estrelló la botella de vidrio en la cara con tanta fuerza que el impacto lo lanzó hacia atrás entre sangre y fragmentos. El cuerpo cayó sin emitir más que un sonido ahogado.
Siguió avanzando.
El líder acababa de apartar otra llama de su pecho cuando vio movimiento a la izquierda. Giró tarde.
Raidis ya estaba encima.
La cuchilla entró en el hombro del líder con un golpe seco, profundo, atravesando tela y carne antes de que él pudiera bloquear del todo. El impacto lo hizo girar medio paso mientras apretaba los dientes.
La sangre cayó de inmediato.
Pero reaccionó rápido.
Con la mano libre atrapó la muñeca de Raidis antes de que pudiera sacar la hoja para un segundo ataque. Tiró de él hacia adelante e intentó golpear con la cabeza.
Raidis soltó el arma, se inclinó y el choque pasó rozándolo. Con la otra mano golpeó directo a la garganta del líder y se zafó hacia atrás.
Ambos quedaron frente a frente entre llamas crecientes.
El líder respiraba pesado, una parte de su ropa aún humeando, sangre corriendo por el brazo herido. Sus ojos ya no mostraban superioridad. Mostraban rabia.
Raidis respiraba controlado, con hollín en el rostro y la mirada fría.
A su alrededor seguían cayendo restos encendidos. Un hombre pasó corriendo envuelto en fuego y se desplomó a unos metros.
“Fuiste tú…” -dijo el líder
Raidis no respondió.
“El gas…” -dijo
Silencio.
“El fuego…” -dijo
Raidis dio un paso adelante.
“Y todavía falta lo mejor” -Raidis dijo
El líder rugió y arrancó la cuchilla de su hombro, lanzándola al suelo mientras avanzaba con violencia.
Detrás de Raidis, el colegio permanecía abierto.
Esperando.
El humo subía al cielo.
Y la batalla real apenas comenzaba.
El fuego seguía vivo alrededor de la entrada del colegio, crepitando entre cuerpos caídos, madera rota y manchas negras sobre el suelo. El humo subía espeso hacia el cielo de la mañana mientras solo dos figuras seguían en pie frente al desastre.
Raidis.
Y el líder del Distrito 7.
Lo que había comenzado como una invasión terminó reducido a eso, un hombre que quiso aplastar todo con números y otro que lo había esperado usando cabeza, tiempo y veneno.
El líder respiraba pesado, con sangre corriendo desde el hombro perforado y varias zonas chamuscadas por las explosiones. Aun así seguía imponiendo, ancho, firme, peligroso incluso herido.
Raidis estaba más ligero, con la ceja abierta, la ropa manchada de hollín y el cuerpo resentido por el desgaste de los últimos días.
Sabía una verdad simple.
No estaba en su mejor estado.
No podía ganar por fuerza.
Tendría que ganar por técnica.
El líder escupió sangre hacia un lado y sonrió con dureza.
“Debo admitir algo…” -dijo
Dio un paso adelante.
“Eres más pequeño de lo que esperaba, pero tienes técnica” -dijo
Pausa breve.
“Eso te mantiene vivo” -dijo
Raidis ladeó la cabeza.
“Y tú eres más feo de cerca, pero estoy intentando no juzgar” -Raidis dijo
El líder cargó de frente.
Rápido para alguien tan grande.
Lanzó un golpe recto brutal directo al rostro. Raidis no bloqueó de frente, giró el cuerpo apenas, dejó pasar el puño por centímetros y usó la apertura para golpear la muñeca, desviar hombro y entrar al costado.
Dos golpes cortos al hígado.
Un codazo a la mandíbula.
Retroceso inmediato.
No buscaba intercambiar fuerza.
Buscaba romper ritmo.
El líder giró molesto y lanzó un barrido bajo. Raidis saltó lo justo, cayó apoyando una mano y pateó la rodilla lesionada del rival antes de apartarse.
El hombre gruñó.
“Listo…” -Raidis dijo
Pausa.
“Ya confirmé que sí sientes dolor” -Raidis dijo
El líder rugió y volvió encima con una combinación salvaje, gancho, codo, rodilla ascendente. Raidis bloqueó el gancho con antebrazo, se deslizó por dentro del codo y atrapó la rodilla con ambas manos desviándola hacia un lado.
Luego respondió con cabezazo corto a la nariz.
Sangre inmediata.
El líder retrocedió medio paso y sonrió más.
“Bien” -dijo
“Piensas mientras peleas” -dijo
Raidis respiró hondo. El costado le dolía. Las piernas pesaban más de lo normal.
Tenía menos fuerza.
Menos aire.
Pero todavía tenía control.
El líder avanzó caminando ahora, más cuidadoso. Tiró una finta alta y entró con golpe al cuerpo. Esta vez conectó en las costillas de Raidis.
Seco.
Doloroso.
Raidis dio dos pasos atrás sintiendo el aire irse.
El rival quiso seguirlo.
Raidis lo esperaba.
Pisó lateral, sujetó el brazo atacante, giró cadera y usó el propio impulso del líder para lanzarlo contra una pared cercana.
El impacto agrietó cemento.
Raidis entró enseguida con tres golpes directos a la misma zona del hombro herido.
Uno.
Dos.
Tres.
El líder respondió con un manotazo brutal que abrió el antebrazo de Raidis con metal roto enganchado en su mano.
La sangre cayó rápido.
Raidis se apartó apretando dientes.
“Eso fue grosero” -Raidis dijo
El líder miró la herida.
“Te estás vaciando” -dijo
Raidis miró su brazo.
“Sí, pero tú te estás poniendo lento” -Raidis dijo
El fuego seguía sonando alrededor. Los pocos sobrevivientes del Distrito 7 ya no se acercaban. Nadie quería entrar entre ellos.
El líder corrió otra vez decidido a terminarlo.
Raidis no huyó.
Esperó.
Último segundo.
Se agachó bajo el primer golpe, golpeó tobillo, giró detrás de la espalda rival y pateó la parte posterior de la rodilla. Cuando el hombre cayó media altura, Raidis usó ambas manos para tomar su cabeza y estrellarla contra el marco metálico del portón.
Una vez.
Ruido seco.
Dos veces.
Más sangre.
Tres veces.
El líder tambaleó furioso y lanzó un codazo ciego que sí alcanzó la mejilla de Raidis, rompiéndole el labio y haciéndolo girar.
Ambos quedaron respirando fuerte.
Dañados.
El líder escupió dientes mezclados con sangre.
“Sigues de pie…” -dijo
Raidis limpió su boca con el dorso de la mano.
“Es una mala costumbre” -Raidis dijo
El líder gritó y fue por todo.
Raidis tomó una botella medio llena del suelo y la lanzó al rostro rival. No buscaba daño.
Buscaba visión.
El hombre cubrió instintivamente la cara.
Eso bastó.
Raidis entró por el ángulo ciego, golpeó garganta con la palma, codo al cuello, rodilla a la costilla rota y barrido directo a la pierna herida.
El líder cayó sobre una rodilla.
Raidis recogió una barra metálica cercana.
Respiró una sola vez.
Y atacó.
El primer golpe fue al costado de la cabeza.
El segundo al hombro ya perforado.
El tercero atravesó violentamente entre cuello y clavícula cuando el hombre intentó levantarse.
La barra entró profunda.
El cuerpo del líder quedó rígido.
Los ojos abiertos.
Las manos buscando aire que no llegaba.
Raidis sostuvo la barra unos segundos.
Luego la soltó.
El líder cayó de rodillas.
Después hacia adelante.
Quieto.
El fuego siguió crepitando como si nada importara.
Raidis quedó de pie tambaleando apenas, con sangre en el brazo, labio roto, ceja abierta y costillas castigadas.
Miró el cadáver.
“Tenías fuerza…” -Raidis dijo
Pausa.
“Yo tenía que traer algo mejor” -Raidis dijo
Se dio media vuelta y entró al colegio sin buscar gloria, sin avisar a nadie, sin mirar atrás.
Raidis evitó los pasillos principales.
Tomó una ruta lateral.
Subió medio tramo de escaleras.
Entró a un salón apartado que casi nadie visitaba desde hacía tiempo por muebles rotos y humedad en las paredes.
Cerró la puerta con seguro.
Entonces por fin soltó el aire.
Raidis se dejó caer sentado contra la pared y luego se recostó lentamente sobre el piso frío. El dolor llegó completo en ese momento, brazo abierto, costillas resentidas, mandíbula hinchada, músculos agotados.
Con movimientos lentos abrió una mochila escondida en ese salón. Sacó vendas, tela limpia, agua y algunos materiales guardados desde antes.
Era Raidis quien se estaba curando solo.
Lavó primero la herida del antebrazo, apretando los dientes mientras limpiaba la sangre seca y la suciedad. Después ajustó una venda firme alrededor del corte para detener el sangrado.
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