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OBLIGADOS A SOBREVIVIR - Capítulo 39

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Capítulo 39: Capítulo 39: Un rival digno

El fuego seguía vivo alrededor de la entrada del colegio, crepitando entre cuerpos caídos, madera rota y manchas negras sobre el suelo. El humo subía espeso hacia el cielo de la mañana mientras solo dos figuras seguían en pie frente al desastre.

Raidis.

Y el líder del Distrito 7.

Lo que había comenzado como una invasión terminó reducido a eso, un hombre que quiso aplastar todo con números y otro que lo había esperado usando cabeza, tiempo y veneno.

El líder respiraba pesado, con sangre corriendo desde el hombro perforado y varias zonas chamuscadas por las explosiones. Aun así seguía imponiendo, ancho, firme, peligroso incluso herido.

Raidis estaba más ligero, con la ceja abierta, la ropa manchada de hollín y el cuerpo resentido por el desgaste de los últimos días.

Sabía una verdad simple.

No estaba en su mejor estado.

No podía ganar por fuerza.

Tendría que ganar por técnica.

El líder escupió sangre hacia un lado y sonrió con dureza.

“Debo admitir algo…” -dijo

Dio un paso adelante.

“Eres más pequeño de lo que esperaba, pero tienes técnica” -dijo

Pausa breve.

“Eso te mantiene vivo” -dijo

Raidis ladeó la cabeza.

“Y tú eres más feo de cerca, pero estoy intentando no juzgar” -Raidis dijo

El líder cargó de frente.

Rápido para alguien tan grande.

Lanzó un golpe recto brutal directo al rostro. Raidis no bloqueó de frente, giró el cuerpo apenas, dejó pasar el puño por centímetros y usó la apertura para golpear la muñeca, desviar hombro y entrar al costado.

Dos golpes cortos al hígado.

Un codazo a la mandíbula.

Retroceso inmediato.

No buscaba intercambiar fuerza.

Buscaba romper ritmo.

El líder giró molesto y lanzó un barrido bajo. Raidis saltó lo justo, cayó apoyando una mano y pateó la rodilla lesionada del rival antes de apartarse.

El hombre gruñó.

“Listo…” -Raidis dijo

Pausa.

“Ya confirmé que sí sientes dolor” -Raidis dijo

El líder rugió y volvió encima con una combinación salvaje, gancho, codo, rodilla ascendente. Raidis bloqueó el gancho con antebrazo, se deslizó por dentro del codo y atrapó la rodilla con ambas manos desviándola hacia un lado.

Luego respondió con cabezazo corto a la nariz.

Sangre inmediata.

El líder retrocedió medio paso y sonrió más.

“Bien” -dijo

“Piensas mientras peleas” -dijo

Raidis respiró hondo. El costado le dolía. Las piernas pesaban más de lo normal.

Tenía menos fuerza.

Menos aire.

Pero todavía tenía control.

El líder avanzó caminando ahora, más cuidadoso. Tiró una finta alta y entró con golpe al cuerpo. Esta vez conectó en las costillas de Raidis.

Seco.

Doloroso.

Raidis dio dos pasos atrás sintiendo el aire irse.

El rival quiso seguirlo.

Raidis lo esperaba.

Pisó lateral, sujetó el brazo atacante, giró cadera y usó el propio impulso del líder para lanzarlo contra una pared cercana.

El impacto agrietó cemento.

Raidis entró enseguida con tres golpes directos a la misma zona del hombro herido.

Uno.

Dos.

Tres.

El líder respondió con un manotazo brutal que abrió el antebrazo de Raidis con metal roto enganchado en su mano.

La sangre cayó rápido.

Raidis se apartó apretando dientes.

“Eso fue grosero” -Raidis dijo

El líder miró la herida.

“Te estás vaciando” -dijo

Raidis miró su brazo.

“Sí, pero tú te estás poniendo lento” -Raidis dijo

El fuego seguía sonando alrededor. Los pocos sobrevivientes del Distrito 7 ya no se acercaban. Nadie quería entrar entre ellos.

El líder corrió otra vez decidido a terminarlo.

Raidis no huyó.

Esperó.

Último segundo.

Se agachó bajo el primer golpe, golpeó tobillo, giró detrás de la espalda rival y pateó la parte posterior de la rodilla. Cuando el hombre cayó media altura, Raidis usó ambas manos para tomar su cabeza y estrellarla contra el marco metálico del portón.

Una vez.

Ruido seco.

Dos veces.

Más sangre.

Tres veces.

El líder tambaleó furioso y lanzó un codazo ciego que sí alcanzó la mejilla de Raidis, rompiéndole el labio y haciéndolo girar.

Ambos quedaron respirando fuerte.

Dañados.

El líder escupió dientes mezclados con sangre.

“Sigues de pie…” -dijo

Raidis limpió su boca con el dorso de la mano.

“Es una mala costumbre” -Raidis dijo

El líder gritó y fue por todo.

Raidis tomó una botella medio llena del suelo y la lanzó al rostro rival. No buscaba daño.

Buscaba visión.

El hombre cubrió instintivamente la cara.

Eso bastó.

Raidis entró por el ángulo ciego, golpeó garganta con la palma, codo al cuello, rodilla a la costilla rota y barrido directo a la pierna herida.

El líder cayó sobre una rodilla.

Raidis recogió una barra metálica cercana.

Respiró una sola vez.

Y atacó.

El primer golpe fue al costado de la cabeza.

El segundo al hombro ya perforado.

El tercero atravesó violentamente entre cuello y clavícula cuando el hombre intentó levantarse.

La barra entró profunda.

El cuerpo del líder quedó rígido.

Los ojos abiertos.

Las manos buscando aire que no llegaba.

Raidis sostuvo la barra unos segundos.

Luego la soltó.

El líder cayó de rodillas.

Después hacia adelante.

Quieto.

El fuego siguió crepitando como si nada importara.

Raidis quedó de pie tambaleando apenas, con sangre en el brazo, labio roto, ceja abierta y costillas castigadas.

Miró el cadáver.

“Tenías fuerza…” -Raidis dijo

Pausa.

“Yo tenía que traer algo mejor” -Raidis dijo

Se dio media vuelta y entró al colegio sin buscar gloria, sin avisar a nadie, sin mirar atrás.

Raidis evitó los pasillos principales.

Tomó una ruta lateral.

Subió medio tramo de escaleras.

Entró a un salón apartado que casi nadie visitaba desde hacía tiempo por muebles rotos y humedad en las paredes.

Cerró la puerta con seguro.

Entonces por fin soltó el aire.

Raidis se dejó caer sentado contra la pared y luego se recostó lentamente sobre el piso frío. El dolor llegó completo en ese momento, brazo abierto, costillas resentidas, mandíbula hinchada, músculos agotados.

Con movimientos lentos abrió una mochila escondida en ese salón. Sacó vendas, tela limpia, agua y algunos materiales guardados desde antes.

Era Raidis quien se estaba curando solo.

Lavó primero la herida del antebrazo, apretando los dientes mientras limpiaba la sangre seca y la suciedad. Después ajustó una venda firme alrededor del corte para detener el sangrado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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