Obsesión y pecado - Capítulo 24
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24: El patriarca y el deseo 24: El patriarca y el deseo El agua caliente golpeaba la porcelana, pero Val seguía sumida en un frío interno.
Alessio se deshizo de su ropa y entró en la tina, atrayéndola hacia él.
No hubo preámbulos.
Sus manos recorrieron la piel de Val con una urgencia que buscaba arrancarla de aquel almacén.
La pegó contra el mármol, elevando sus caderas mientras el agua desbordaba la bañera con cada embestida.
Fue una posesión feroz, un intercambio de alientos agitados y piel rozando bajo el agua, donde Alessio la tomó una y otra vez hasta que el llanto de Val se transformó en gemidos de puro cansancio.
Exhaustos, se arrastraron a la cama y durmieron como si el mundo no existiera.
En la mañana siguiente, el sonido del teléfono rompió la burbuja.
Alessio respondió y su cuerpo se tensó como una cuerda de piano.
—Padre…
—dijo con respeto absoluto—.
Entendido.
Colgó y miró a Val.
—Levántate.
Mi padre llega en una hora.
Es muy exigente, duro y frio no le gusta esperar.
Ponte algo elegante, para no provocar —le advirtió, aunque sus ojos decían lo contrario.
Vittorio Volkov no era solo un padre; era el dueño del tablero.
Mientras Alessio manejaba el submundo de la droga y eliminaba a hombres que abusaban de mujeres —un código de honor que ambos compartían tras perder a la madre y hermana de Alessio—, Vittorio usaba ese dinero para comprar influencias y poder político.
El encuentro en el salón Cuando las camionetas blindadas se detuvieron, el aire de la mansión cambió.
Vittorio entró con un traje impecable y una presencia que eclipsaba todo.
Se abrazó brevemente con su hijo, pero sus ojos de depredador pronto encontraron a Val en la escalera.
Vittorio caminó hacia ella con una elegancia felina.
Ignorando la tensión de su hijo, tomó la mano de Val y, con un gesto de caballero antiguo, le plantó un beso lento en el dorso de la mano, sin apartar la vista de sus ojos.
Luego, se tomó su tiempo para mirarla de pies a cabeza, con una mirada descarada y evaluadora que hizo que Val se sintiera expuesta e incómoda, dando un paso atrás por puro instinto.
Alessio, que conocía perfectamente la fama de picaflor de su padre y cómo devoraba con la mirada a cualquier mujer hermosa, sintió que la sangre le hervía.
Sin decir palabra, caminó hacia Val, la rodeó por la cintura con fuerza posesiva y la atrajo hacia él para darle un beso cargado de pasión en la boca, marcando su territorio frente al hombre que le dio la vida.
—Es mi mujer, padre —sentenció Alessio con la voz ronca, sosteniéndole la mirada retadora.
Vittorio soltó una carcajada sonora, una risa burlona que resonó en todo el salón mientras se soltaba los botones de la chaqueta.
—¡Ah, bueno!
“Tu mujer” —repitió con sarcasmo, divertido por ver a su hijo tan territorial—.
¡María!
¡Tráeme un whisky de los caros!
Vittorio se dejó caer en el sofá principal con la arrogancia de quien es dueño de todo lo que pisa.
Miró a Alessio y luego hizo un gesto displicente con la mano hacia Val.
—Dile a “tu mujer” que nos deje solos, Alessio.
He venido por negocios, no a jugar a las casitas.
Tenemos un cargamento que cruzar y un gobernador que comprar.
Val sintió el peso de la mirada de Vittorio, que seguía analizándola con una mezcla de burla y curiosidad, mientras Alessio apretaba la mandíbula, dividido entre el respeto a su padre y el instinto de no dejar a Val sola bajo esa lupa.
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