Obsesión y pecado - Capítulo 29
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29: El precio del silencio 29: El precio del silencio El club de Soraya, “El Terciopelo”, todavía exhalaba el olor a tabaco y alcohol de la noche anterior cuando Alessio entró por la puerta trasera.
Soraya lo esperaba en su oficina, sentada tras un escritorio de cristal, retocándose el labial rojo frente a un espejo de mano.
No se sorprendió al verlo; sabía que su visita era inevitable desde que recibió la invitación de Vittorio.
—Alessio Volkov…
—ronroneó ella, dejando el espejo a un lado—.
Siempre tan puntual.
Supongo que no vienes a recordarme los viejos tiempos, sino a hablar de la pequeña Valeriana.
Alessio no se sentó.
Se colocó frente a ella, emanando una peligrosidad que habría hecho temblar a cualquiera, pero Soraya solo sonrió con suficiencia.
—Mi padre te invitó porque quiere un espectáculo —dijo Alessio, su voz era un murmullo gélido—.
Pero tú vas a darnos una actuación digna de un Oscar.
Mañana por la noche, cuando veas a Valeriana, ella será para ti una completa desconocida.
Una mujer de alta alcurnia que nunca ha puesto un pie en este lugar.
Soraya soltó una carcajada seca, inclinándose hacia adelante.
—¿Y qué gano yo con eso, querido?
Esa chica me pertenece.
Sus deudas, su contrato…
todo sigue en mis libros.
Vittorio me pagará muy bien por la verdad.
La honestidad está muy cara en la política.
Alessio sacó un maletín de cuero y lo puso sobre el cristal.
Al abrirlo, fardos de billetes de alta denominación brillaron bajo la luz de la lámpara.
—Esto es el triple de lo que ella te debía.
Es tu pago por su libertad definitiva y por tu amnesia absoluta —Alessio la miró a los ojos, su mirada era como dos pozos sin fondo—.
Tómalo y serás una aliada de los Volkov.
Recházalo, habla una sola palabra que manche su nombre, y te aseguro que antes de que termine la cena, “El Terciopelo” será solo un montón de cenizas contigo dentro.
Soraya miró el dinero.
Su avaricia era legendaria, pero su instinto de supervivencia lo era más.
Alargó una mano con uñas perfectamente cuidadas y acarició uno de los fajos.
—Vittorio es un hombre poderoso, pero tú…
tú eres el que aprieta el gatillo, Alessio —susurró ella, aceptando el soborno—.
Está bien.
Valeriana será una santa ante mis ojos.
Pero ten cuidado: tu padre no es tonto.
Si él ya sospecha, no le bastará con mi silencio.
Cuando llegó la noche de la gala, la mansión Volkov brillaba con una opulencia que ocultaba su naturaleza violenta.
Val estaba frente al espejo, luciendo un vestido de seda color esmeralda que resaltaba su piel y los diamantes negros.
Sus manos temblaban mientras se ponía los pendientes.
Alessio entró en la habitación, impecable en su esmoquin.
Se colocó detrás de ella y puso sus manos sobre sus hombros, mirándola a través del reflejo.
—He hablado con Soraya —dijo él, bajando la voz—.
Está comprada.
No dirá nada.
Solo tienes que mantener la barbilla alta y no apartar la mirada.
Eres la mujer de un Volkov, Val.
Actúa como tal.
Bajaron las escaleras juntos.
Vittorio los esperaba al pie de la gran escalinata, rodeado de senadores y empresarios.
Cuando los vio, el patriarca alzó su copa, haciendo que todos guardaran silencio.
—Señores, permítanme presentarles a la compañera de mi hijo, Valeriana —anunció Vittorio con una cortesía que ocultaba su veneno.
En ese momento, las puertas dobles del salón se abrieron y Soraya entró, luciendo un vestido de lentejuelas doradas que gritaba exceso.
Sus ojos se cruzaron con los de Val.
El corazón de Val se detuvo por un segundo, esperando el golpe, la humillación pública, la risa burlona.
Soraya se acercó con paso firme, se detuvo frente a ellos y, para sorpresa de todos los presentes y alivio momentáneo de Val, hizo una leve reverencia.
—Mucho gusto, señorita Valeriana —dijo Soraya con una sonrisa perfecta y vacía—.
Es un honor conocer finalmente a la mujer que ha capturado el corazón del heredero Volkov.
Me habían dicho que era hermosa, pero se quedaron cortos.
Vittorio entrecerró los ojos, observando la escena como un halcón.
No se esperaba esa reacción de Soraya.
Sabía que su hijo se le había adelantado, y eso solo alimentó su deseo de destruir la farsa.
Mientras la cena avanzaba, el ambiente era una olla a presión.
Val trataba de mantener la compostura, respondiendo con brevedad a los invitados, sintiendo la mirada de Vittorio clavada en su nuca como un cuchillo.
Pero el peligro real no estaba solo dentro de esas paredes.
Afuera, en la oscuridad de la entrada de la propiedad, un hombre con una chaqueta raída y ojos inyectados en odio observaba a través de las verjas.
Marcos había seguido a uno de los proveedores de catering y, escondido entre las sombras, logró ver a Val a través de uno de los grandes ventanales del salón de baile.
La vio reír forzadamente, la vio del brazo de Alessio, rodeada de un lujo que él nunca pudo darle.
—Te encontré, pequeña perra —susurró Marcos, apretando una navaja en su bolsillo—.
Disfruta tu última cena, porque hoy vuelves conmigo, aunque sea al infierno.
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