Obsesión y pecado - Capítulo 31
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31: Pólvora en la sangre 31: Pólvora en la sangre Val guardó el papel en su bolso con manos temblorosas, sintiendo que el pedazo de papel quemaba como un ácido.
Se limpió el sudor fino de la frente con un pañuelo de seda y caminó hacia la barra del salón con la espalda rígida.
No buscó a Alessio; necesitaba un segundo de anestesia.
—Un coñac.
Doble —le dijo al barman con voz gélida.
Cuando recibió la copa, se la tomó de un solo trago, sintiendo el fuego bajar por su garganta y asentarle los nervios.
Dejó la copa sobre el mármol y, con una máscara de hierro, regresó al lado de Alessio.
Él la miró de reojo, notando el rastro de palidez, pero ella le regaló una sonrisa ensayada y siguió conversando con los invitados como si no tuviera una sentencia de muerte guardada en el bolso.
Al finalizar la velada, Alessio se acercó a Soraya.
Le dio un beso en la mano, un gesto cargado de cinismo.
—Gracias por tu…
excelente memoria, Soraya.
Estamos en paz —le susurró antes de que ella se marchara con su maletín lleno de silencio.
Luego, Alessio se apartó con su padre.
Vittorio lo miraba con una mezcla de sospecha y respeto.
—Has jugado bien tus cartas, hijo.
Pero ten cuidado, las mujeres hermosas son las que más rápido hunden los barcos —le advirtió el patriarca antes de retirarse.
Alessio no esperó más.
Agarró a Val de la cintura con una urgencia que ella reconoció de inmediato y la llevó hacia el coche.
No dijeron una palabra en el trayecto, pero la tensión en el habitáculo era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
En cuanto cruzaron el umbral de la mansión, Alessio no esperó a llegar a la habitación.
La puerta de la entrada apenas se había cerrado cuando Alessio la empujó contra la madera maciza.
Sus manos, desesperadas por purgar la presión de la noche, se enredaron en el cabello de Val mientras la besaba con una ferocidad que le robó el aliento.
Necesitaban esa detonación; la gala, el miedo de Val y la vigilancia de su padre habían creado una olla a presión que solo el placer violento podía aliviar.
La subió a pulso, obligándola a enredar sus piernas en su cintura mientras subía las escaleras hacia la pieza oscura.
Allí, bajo la luz tenue de las velas que siempre parecían esperar su llegada, Alessio la sometió a una danza de control absoluto.
La hizo arrodillarse sobre la alfombra de piel, usando su corbata de seda para inmovilizar sus manos.
No hubo dulzura, solo una pasión cruda y técnica.
Val gemía contra la mordaza improvisada, sintiendo cómo cada embestida de Alessio borraba la imagen de Marcos y el peso del papel en su bolso.
Él la recorrió entera, reclamando cada rincón de su cuerpo como si estuviera marcando su territorio frente a todo el mundo que acababan de dejar atrás.
Fue una entrega total, donde los límites entre el dolor y el éxtasis se desdibujaron, dejándolos a ambos exhaustos, sudorosos y con el corazón martilleando al unísono contra el suelo de madera.
Horas después, con la piel todavía sensible y el aroma a sexo y sándalo flotando en el aire, Alessio se levantó de la cama.
Se puso un pantalón de seda negro y tomó su teléfono, marcando a su mano derecha, Enzo.
—Enzo, prepáralo todo —dijo con voz ronca—.
Quiero dos boletos en primera clase para Madrid, España.
Mañana mismo.
Tenemos negocios pendientes con el cartel europeo y no pienso dejar a Valeriana aquí bajo la mirada de mi padre.
Ella viene conmigo.
Colgó y miró a Val, que descansaba entre las sábanas, todavía ajena a que el viaje a España no era solo por negocios, sino una huida estratégica de los lobos que empezaban a rodearlos en casa.
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