Obsesión y pecado - Capítulo 39
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39: El ojo de la tormenta 39: El ojo de la tormenta Vittorio Volkov no era un hombre que jugaba sus cartas al azar.
Tras la huida a Paris, ordenó a sus hombres que cesaran la persecución directa.
Sabía que si seguía presionando, Alessio se enterraría más profundamente en las sombras.
Necesitaba que se sintieran seguros, que el silencio les hiciera creer que habían ganado, porque un enemigo que baja la guardia es un enemigo muerto.
Vittorio se recostó en su despacho, mirando una foto de su hijo.
Había decidido usar un arma que Alessio no esperaría: el pasado miserable de la chica.
Había localizado a Marcos, que se hundía en su propia paranoia , y decidió que ese hombre, movido por el despecho y la cobardía, sería la carnada perfecta para sacar a Valeriana de su escondite sin mancharse las manos directamente.
En la cabaña de la montaña, el ambiente cambió.
Pasaron tres días sin que los sensores de movimiento detectaran nada.
El silencio del bosque, que antes era una amenaza, empezó a sentirse como una extraña paz.
Alessio, aunque seguía alerta, empezó a relajarse al no recibir noticias de más ataques.
—Parece que el viejo ha decidido darnos espacio —dijo Alessio una tarde, mientras cortaba leña para la chimenea—.
O tal vez Enzo ha logrado desviar su atención en otras rutas.
Val asintió, aunque una inquietud persistente le recorría la columna.
Se permitió, por primera vez en días, sentarse en el porche a mirar el atardecer.
Alessio dejó el hacha y se acercó a ella, rodeándola con sus brazos.
El frío de la montaña contrastaba con el calor de sus cuerpos.
—Si esto sigue así, podremos movernos hacia el sur en una semana —le susurró él al oído, besando su nuca—.
Tengo un contacto en Sicilia que puede darnos una identidad nueva.
Podríamos desaparecer de verdad, Val.
Por un momento, ella se permitió creerle.
Se giró en sus brazos y lo besó, una caricia larga y suave que ya no sabía a desesperación, sino a una promesa de futuro.
Entraron en la cabaña y, por primera vez desde que salieron de París, hicieron el amor sin la urgencia del miedo, tomándose su tiempo bajo las mantas pesadas, redescubriendo el mapa de sus cuerpos bajo la luz tenue de las velas.
Val se sentía feliz, pero era una felicidad frágil, como el cristal.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, en un sótano oscuro de una propiedad de los Volkov, Vittorio observaba a un Marcos demacrado y tembloroso, sentado frente a él.
—Me han dicho que buscas a Valeriana con mucha insistencia —dijo Vittorio, exhalando el humo de su habano—.
Yo sé dónde está.
Y voy a darte la oportunidad de recuperarla.
Pero no será para que vivan felices, Marcos.
Vas a llevar a cuatro de mis mejores hombres contigo.
Cuando la tengan, quiero que ella entienda que nadie traiciona a un Volkov y vive para contarlo.
Pueden divertirse con ella, pueden romperla…
solo asegúrense de que antes de que el sol salga, ella no sea más que un mensaje para mi hijo.
Marcos sonrió, una mueca retorcida de maldad y alivio.
La carnada estaba lista y el anzuelo era el ego herido de un cobarde.
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