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Obsesión y pecado - Capítulo 41

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  3. Capítulo 41 - 41 El veneno en la piel
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41: El veneno en la piel 41: El veneno en la piel La mañana siguiente nació envuelta en una neblina densa, de esas que borran las fronteras entre la tierra y el cielo.

Val se despertó sola en la cama, pero el calor que Alessio había dejado en las sábanas aún la envolvía.

Se estiró, sintiendo cada músculo de su cuerpo relajado, una sensación casi pecaminosa después de meses de tensión.

​Sin embargo, al bajar a la cocina, no encontró el aroma del café, sino un silencio sepulcral.

Val sintió que el aire de la montaña se volvía pesado, una masa densa que se le atascaba en los pulmones.

Alessio permanecía estático frente a la ventana, con la mandíbula tan tensa que los músculos de su cuello parecían cuerdas de piano a punto de romperse.

En su mano derecha apretaba un pequeño objeto que brillaba con una luz dorada y cruel bajo el sol invernal.

​Era un pendiente de oro con forma de serpiente, con un pequeño rubí incrustado en el ojo.

Val lo reconoció al instante: era el sello de identidad de Soraya.

La mujer que la había tenido bajo su “protección”, la mujer que Alessio había sobornado en el club y que ahora, por un giro retorcido de Vittorio, se había convertido en la moneda de cambio.

​—Lo dejaron en el porche —dijo Alessio, su voz era un siseo gélido—.

Mi padre no envía mensajes, envía advertencias.

Sabe que Soraya es el único puente que nos queda con la información del club.

Si ella muere, perdemos nuestros ojos en la ciudad.

​Val se acercó y tomó la joya.

El metal estaba frío, pero ella sentía que le quemaba la palma.

Recordó la última vez que vio a Soraya, cómo la mujer le había hecho una reverencia en la gala, sellando un pacto de silencio que ahora Vittorio estaba cobrando con sangre.

​De pronto, el teléfono de la cabaña —esa reliquia de baquelita que creían muerta— soltó un timbrazo seco.

Alessio descolgó y puso el altavoz.

El silencio al otro lado duró unos segundos, solo roto por una respiración pesada y errática.

​—¿Valeriana?

¿Sigues jugando a las casitas con el príncipe?

—La voz de Marcos emergió, distorsionada por una mezcla de odio y una excitación enferma—.

El señor Volkov me ha dado un juguete nuevo.

Soraya no para de gritar que tú no vales tanto…

pero yo creo que sí.

​Val cerró los ojos, visualizando el rostro de Marcos.

Recordó sus años como su secretaria.

Recordó cómo, en la intimidad de aquel despacho oscuro de Madrid, ella era quien realmente dictaba el ritmo, quien conocía sus debilidades y lo manejaba como a una marioneta.

​—Escúchame, Marcos —dijo Val, tomando el auricular de manos de Alessio con una firmeza que sorprendió al propio Volkov—.

Sigues siendo el mismo cobarde que necesita hombres armados para sentir que tiene poder.

Si le tocas un solo pelo a Soraya, te juro por la memoria de mi padre que yo misma te cortaré las manos.

​—¡Cállate!

—rugió Marcos al otro lado—.

Tú no estás al mando, Val.

Vittorio me ha dado permiso para “divertirme” contigo antes de que sus hombres te entreguen.

Estamos en el aserradero viejo, al pie de la montaña.

Tienes una hora.

Si Alessio intenta un asalto frontal, la cabeza de Soraya rodará por la nieve antes de que crucen la puerta.

​La línea se cortó.

Alessio golpeó la mesa de madera, haciendo vibrar las tazas de café.

​—Es una trampa de tres niveles, Val —dijo él, revisando su rifle—.

Mi padre quiere que yo vaya desesperado para capturarme vivo, y quiere que tú mueras a manos de ese imbécil para que parezca una “venganza personal” ajena a los Volkov.

Es una jugada limpia para él.

​Val se miró las manos.

Todavía temblaban, pero no de miedo, sino de una furia que llevaba años contenida.

Se quitó la bata de seda y empezó a vestirse con la ropa térmica oscura que Alessio le había comprado.

Se ajustó las botas y se puso el chaleco antibalas con una parsimonia letal.

​—Marcos siempre creyó que me dominaba porque le debía dinero para pagar el departamento donde vivía —dijo Val, mirando a Alessio mientras cargaba el cargador de su pistola—.

Pero él no sabe lo que aprendí contigo en el polígono.

Y no sabe que en París descubrí que prefiero morir peleando a su lado que vivir un segundo más bajo su sombra.

​Alessio la miró, reconociendo en ella esa chispa de oscuridad que él mismo poseía.

Ya no era la chica asustada; era una Volkov en espíritu, armada con el despecho de una mujer que ya no tiene nada que perder.

​—Vamos —sentenció Alessio—.

Pero escúchame bien: yo me encargo de los cinco hombres de mi padre.

El aserradero tiene una pasarela superior.

Yo entraré por el tejado.

Tú entrarás por la puerta principal, como la carnada que ellos esperan…

pero serás el verdugo.

A Marcos…

a Marcos te lo dejo a ti.

Hazle entender por qué nunca debió volver a pronunciar tu nombre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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