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Obsesión y pecado - Capítulo 42

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42: El juego del espejo 42: El juego del espejo El aserradero viejo crujía bajo el peso de la nieve, un esqueleto de madera y hierro oxidado que se alzaba en la base de la montaña como una tumba abierta.

El aire dentro olía a serrín podrido, aceite de motor y al miedo metálico que emanaba de Soraya, quien estaba atada a una silla en el centro del galpón, con un rastro de sangre seca en la comisura de su boca perfecta.

​Marcos caminaba de un lado a otro, golpeando un tubo de hierro contra las palmas de sus manos.

A su alrededor, cuatro hombres de Vittorio, armados hasta los dientes, custodiaban las salidas con la disciplina de estatuas de piedra.

​De pronto, la puerta principal chirrió.

Una silueta delgada se recortó contra la blancura cegadora del exterior.

Val caminó con lentitud, con las manos en alto y el abrigo abierto, mostrando que no llevaba armas a la vista.

Su rostro era una máscara de absoluta sumisión, la misma que usaba en Madrid cuando manejaba la agenda de Marcos mientras él creía que ella solo servía café.

​—Vaya, vaya…

—Marcos se detuvo, con una sonrisa ladeada y los ojos inyectados en una euforia insana—.

La princesa ha vuelto al barro.

¿Dónde está tu guardián, Val?

¿Se ha quedado escondido en los pinos?

​—Alessio no viene, Marcos —dijo ella, con una voz suave, casi quebrada—.

Se dio cuenta de que no valgo una guerra con su padre.

Me dejó en la carretera hace una hora.

Solo quiero que dejes ir a Soraya.

Ella no tiene la culpa de que yo decidiera huir.

​Marcos soltó una carcajada que resonó en las vigas del techo.

Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, disfrutando del supuesto temblor de sus manos.

Lo que no vio fue que, en lo alto, oculto entre las sombras de las poleas industriales, Alessio se movía como una sombra junto a Enzo, su mano derecha, quien había llegado en silencio tras recibir la señal satelital.

Ambos apuntaban con silenciadores a las cabezas de los guardias de Vittorio.

​—¿Ves esto, muchachos?

—gritó Marcos a los mercenarios—.

Así de fácil se rompen las reinas.

Siempre fuiste mía, Valeriana.

En aquel despacho, cuando me mirabas con esos ojos de gacela…

siempre supe que volverías a mis pies.

​Val dio un paso más hacia él, acortando la distancia hasta que pudo oler el alcohol en su aliento.

Inclinó la cabeza, dejando que su cabello ocultara su mirada de acero.

​—¿Te acuerdas de cómo terminaban nuestras noches en el despacho, Marcos?

—susurró ella, con un tono que lo desarmó por completo—.

Tú creías que tenías el control porque gritabas, pero yo era la que decidía cuándo te ibas a casa.

Yo era la que sabía qué secretos guardabas en el cajón.

Siempre fuiste tan predecible…

tan fácil de manipular.

​Marcos frunció el ceño, la duda empezando a nublar su triunfo.

—Cierra la boca.

Ahora yo tengo el poder.

Vittorio me ha dado…

​—Vittorio te ha usado como un perro faldero —lo interrumpió Val, ahora con una sonrisa gélida que le heló la sangre—.

¿De verdad crees que te dejarán salir vivo de aquí después de que me “rompas”?

Eres el cabo suelto, Marcos.

El tonto útil.

​En ese instante, Val llevó su mano hacia el escote de su jersey, pero no para sacar un arma, sino para realizar un gesto rápido.

Fue la señal.

​¡PUM!

¡PUM!

​Dos disparos sordos impactaron simultáneamente en los guardias del flanco izquierdo.

Los hombres cayeron al suelo sin siquiera soltar un quejido.

Los otros dos mercenarios intentaron reaccionar, pero Enzo, desde el otro extremo de la pasarela, los abatió con una precisión quirúrgica antes de que pudieran levantar sus fusiles.

​Marcos entró en pánico.

Intentó agarrar a Val por el cuello para usarla de escudo, pero ella fue más rápida.

Con un movimiento que Alessio le había enseñado mil veces, le propinó un golpe seco en la tráquea que lo dejó sin aire.

Antes de que pudiera recuperarse, Val le barrió las piernas y lo estampó contra el suelo lleno de serrín.

​Alessio saltó desde la pasarela, aterrizando con la elegancia de un depredador.

No miró a los muertos; sus ojos se clavaron en Val, que ahora tenía una rodilla sobre el pecho de un Marcos que jadeaba desesperado.

​—¿Estás bien?

—preguntó Alessio, acercándose con el arma todavía en alto.

​—Nunca he estado mejor —respondió ella, sacando una pequeña pistola oculta en su tobillo y poniéndola directamente en la frente de Marcos—.

Ahora, Marcos…

vamos a hablar de quién domina a quién.

​Soraya, todavía atada, miraba la escena con los ojos muy abiertos.

Enzo bajó rápidamente para desatarla, mientras el silencio volvía al aserradero, roto solo por los sollozos de cobardía del hombre que una vez creyó ser el dueño del destino de Valeriana.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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