Obsesión y pecado - Capítulo 43
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43: El regreso de la bestia 43: El regreso de la bestia Val miró a Marcos a los ojos, pero ya no vio al monstruo que acechaba sus pesadillas.
Solo vio a un hombre pequeño, patético, cubierto de sudor y serrín, que temblaba bajo la presión del cañón de su pistola.
La ilusión de poder que él había construido durante años se desmoronó en un segundo frente a la mujer que ahora lo dominaba con una calma gélida.
—No eres más que un error en mi biografía, Marcos —susurró Val, su voz firme y desprovista de emoción—.
Y los errores se borran.
Alessio se colocó a su lado, poniendo una mano pesada en su hombro.
No intentó detenerla; al contrario, su presencia era el anclaje que ella necesitaba para terminar con aquello.
—Hazlo, Val —dijo Alessio con una voz que era puro acero—.
Cierra la puerta.
Un solo disparo seco resonó en la inmensidad del aserradero, apagando para siempre los lamentos de Marcos.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de la nieve golpeando el techo de chapa.
Val bajó el arma, exhalando un suspiro que pareció llevarse años de dolor acumulado.
Alessio no perdió tiempo.
Se acercó al cuerpo de uno de los mercenarios de su padre y tomó su teléfono satelital.
Marcó el número privado de la mansión Volkov.
Sabía que Vittorio estaría esperando la confirmación de la muerte de Val.
Al tercer tono, la voz profunda y arrogante del patriarca respondió: —¿Está hecho?
¿Tengo el mensaje para mi hijo?
—Tienes un mensaje, padre —dijo Alessio, y el silencio al otro lado de la línea fue instantáneo—.
Pero no es el que esperabas.
Marcos está muerto.
Tus hombres están muertos.
Y Valeriana…
ella es quien apretó el gatillo.
Vittorio soltó un gruñido ahogado, una mezcla de sorpresa y furia contenida.
—Alessio…
no sabes lo que has hecho.
Has elegido a una mujer por encima de tu sangre.
—He elegido mi vida por encima de tu tiranía —sentenció Alessio—.
Escúchame bien: ya no hay herederos.
Ya no hay lealtad.
Ahora solo hay un cazador.
Voy a buscarte, padre.
Voy a desmantelar cada ladrillo de tu imperio hasta que no tengas donde esconderte.
Disfruta de tu mansión mientras puedas, porque el próximo disparo que escuches será el mío.
Alessio colgó y estrelló el teléfono contra el suelo.
En la mansión, Vittorio Volkov sintió por primera vez en treinta años algo que creía haber extirpado de su alma: pavor.
Conocía a su hijo.
Sabía que Alessio no hacía amenazas vacías.
Si decía que iría por él, lo haría con la ferocidad de un hombre que ya no tiene nada que perder y con el apoyo de una mujer que acababa de descubrir su propia oscuridad.
Vittorio se levantó, sus manos temblaban ligeramente mientras apagaba su habano.
—¡Seguridad!
—rugió hacia el pasillo—.
¡Preparen los coches!
¡Nos movemos al búnker de la costa!
¡Ahora!
El patriarca, el hombre que se creía un dios, empezó a dar órdenes frenéticas.
Ya no buscaba “recuperar” a su hijo; ahora buscaba sobrevivir a él.
Sabía que Alessio conocía todos sus escondites, todos sus códigos, todas sus rutas.
Por primera vez, el lobo viejo se sentía acorralado por el cachorro que él mismo había colmillado.
Mientras tanto, en el aserradero, Alessio ayudó a Soraya a levantarse.
Ella los miró con una mezcla de respeto y miedo.
—¿A dónde iremos ahora?
—preguntó ella, frotándose las muñecas marcadas por las cuerdas.
Alessio miró a Val, quien limpiaba una mancha de sangre de su mejilla con el dorso de la mano, con una mirada que ya no era de víctima, sino de guerrera.
—A donde empezó todo —respondió Alessio—.
Vamos a recuperar nuestra libertad.
Y esta vez, no dejaremos cenizas.
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