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Obsesión y pecado - Capítulo 47

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Capítulo 47: El Silencio de Asunción

El aire en la sala de comunicaciones se volvía cada vez más pesado, un recordatorio invisible de que el tiempo se les escapaba entre los dedos. Alessio golpeaba la consola con frustración, pero Val se mantenía agachada junto a una rejilla metálica en la base de la pared, arrancando los tornillos con la punta de un cuchillo táctico.

​—¡Aquí! —gritó ella, apartando la placa de acero—. Es un conducto de mantenimiento, no está en el mapa digital porque es analógico. ¡Muévanse!

​Enzo y Alessio se deslizaron por el estrecho túnel justo cuando el siseo del vacío empezaba a succionar el oxígeno de la habitación. Reptaron entre la oscuridad y el polvo, guiados por el instinto de supervivencia, hasta que emergieron a un saliente natural de la roca, lejos del búnker. A lo lejos, en la superficie del mar, una estela blanca desaparecía en el horizonte: el minisubmarino de Vittorio se desvanecía en un punto ciego que ni los radares de la OTAN podrían rastrear. El viejo había ganado el primer asalto. Había desaparecido sin dejar rastro.

Semanas después, el calor húmedo y sofocante de Paraguay los recibió como un abrazo pesado. Habían cruzado el océano bajo identidades falsas, moviéndose como fantasmas a través de fronteras secundarias hasta llegar a Asunción. Enzo se había adelantado para asegurar un piso franco en un edificio antiguo y discreto, lejos de las rutas habituales de la mafia europea.

​Subieron las escaleras de piedra en silencio. Enzo les entregó la llave en el rellano, hizo una breve inclinación de cabeza y se retiró a un apartamento dos pisos más abajo. Él sabía que sus señores necesitaban algo más que seguridad: necesitaban encontrarse de nuevo.

​En cuanto la puerta del departamento se cerró tras ellos, el mundo exterior dejó de existir. No hubo palabras sobre Vittorio, ni planes de guerra, ni el rastro de sangre que habían dejado atrás.

​Alessio soltó las maletas y acorraló a Val contra la madera de la puerta. Sus manos, todavía marcadas por las cicatrices del aserradero, buscaron su rostro con una urgencia febril. La besó con una sed que no se apagaba, una mezcla de alivio por estar vivos y de rabia contenida por la derrota. Val le devolvió el beso con la misma intensidad, rodeando su cintura con las piernas, dejando que el sudor y el calor de Paraguay los fundiera en uno solo.

​Se despojaron de la ropa con desesperación, dejando un rastro de prendas desde la entrada hasta la cama de sábanas de algodón fresco. Allí, bajo el ventilador de techo que giraba perezosamente, hicieron el amor con una entrega absoluta. Ya no era solo sexo; era una declaración de resistencia. Cada gemido, cada roce de piel contra piel, era un recordatorio de que, a pesar de las trampas de Vittorio, ellos seguían siendo los dueños de sus propios cuerpos.

​Cuando el ritmo frenético dio paso a una calma exhausta, Alessio se quedó abrazado a ella, con el rostro hundido en su cabello húmedo. El silencio de la noche, solo era roto por el chirrido de los grillos.

​—Val… —susurró él, y su voz sonaba distinta, despojada de la armadura de jefe criminal—. Mi padre dijo que eras mi distracción, que eras el error que me haría caer.

​Él se incorporó ligeramente, apoyado en un codo para mirarla a los ojos. La luz de la luna que entraba por el balcón iluminaba su mirada, que por primera vez no ocultaba nada.

​—Y tenía razón en algo: me has cambiado. Pero se equivocó en el resto. No eres mi debilidad, Valeriana. Eres la única parte de mí que todavía es humana. No te saqué de aquel despacho solo por obsesión, aunque eso fue lo que me dije al principio. Te saqué porque eres la única luz que he visto en toda mi vida de sombras.

​Alessio tomó la mano de Val y la puso sobre su corazón, que latía con fuerza.

​—Te amo. No como uno ama su territorio o su poder… te amo como un hombre que finalmente ha encontrado una razón para seguir respirando. Si tengo que quemar el mundo entero para que tú estés a salvo, lo haré. Pero nunca, nunca vuelvas a pensar que eres una carga. Eres mi reina.

​Val sintió una lágrima correr por su mejilla, pero esta vez no era de miedo. Se acurrucó contra él, sabiendo que mientras estuvieran juntos en ese rincón olvidado del mundo, eran invencibles.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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