Obsesión y pecado - Capítulo 49
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Capítulo 49: Derrotado por dos rayas
Alessio no se movió. Sus ojos oscuros, expertos en detectar cualquier señal de peligro, se clavaron en los de Val. Notó el temblor en sus labios, la palidez que no se iba ni con el calor y esa forma instintiva en que ella se tocaba el vientre.
—No vas a ningún lado sola, Val —sentenció él, su voz era un murmullo de autoridad—. Enzo, trae el coche. Nos movemos a la farmacia más grande de la zona.
El trayecto fue un silencio sepulcral. Val miraba por la ventana las palmeras de la avenida, sintiendo que el aire no llegaba a sus pulmones. La idea de un bebé en medio de una guerra contra el patriarca más sanguinario de Europa le oprimía el pecho.
Llegaron a una farmacia moderna sobre la Avenida Mariscal López. Alessio entró con ella, barriendo el lugar con la mirada como si buscara francotiradores entre los estantes de vitaminas. Val, con las manos temblorosas, tomó dos pruebas de diferentes marcas.
—¿Para qué es esto, Val? —preguntó Alessio, frunciendo el ceño, genuinamente confundido. Él vivía en un mundo de balas y asfalto; la idea de la paternidad era algo que su mente simplemente no procesaba.
—Solo espera en el coche, Alessio —suplicó ella.
—No. Lo haremos en el baño de aquel café de al lado. No voy a dejar que te encierres sola sintiéndote así.
Minutos después, en el pequeño baño de un café cercano, el silencio era ensordecedor. Alessio esperaba fuera de la puerta, con Enzo a un par de metros, manteniendo el perímetro con su habitual seriedad de piedra.
Cuando Val salió, sostenía el plástico blanco con una mano que no dejaba de vibrar. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y la falta de aire era real; sentía que se iba a desmayar ella misma.
—Alessio… —susurró, mostrándole las dos rayas rojas que brillaban con una claridad aterradora.
Alessio tomó la prueba. La miró fijamente. Un segundo. Dos. Tres. La realización le golpeó más fuerte que cualquier disparo que hubiera recibido en su vida. Sus pupilas se dilataron, el color abandonó su rostro de guerrero y, por primera vez en su existencia, el “Indomable” Volkov perdió el equilibrio. Sus rodillas fallaron y cayó al suelo del café, desmayado por el impacto de la emoción pura.
—¡Alessio! —gritó Val, intentando sostenerlo, pero sus propias fuerzas fallaban por la falta de oxígeno—. ¡Ayúdame, Enzo!
Enzo, que siempre parecía una estatua de mármol incapaz de sentir nada, se acercó rápidamente. Miró a su jefe desparramado en el suelo, miró la prueba de embarazo que aún rodaba por las baldosas y, de repente, algo rompió su máscara profesional.
Un sonido ronco salió de su garganta. No era un quejido, era una carcajada. Enzo comenzó a reírse, primero bajo y luego con una risa abierta y sonora, viendo al hombre más temido de la mafia rusa noqueado por un pedazo de plástico.
—¡¿De qué te ríes, idiota?! —le regañó Val, recuperando el aire por la pura indignación—. ¡Tu jefe está en el suelo y yo no puedo respirar! ¡Ayúdame a levantarlo y cierra la boca, Enzo! ¡Esto no tiene ninguna gracia!
—Es que… —logró decir Enzo entre carcajadas, mientras tomaba a Alessio por los hombros para despertarlo—, el gran heredero… vencido por un bebé. Don Vittorio se va a morir de un infarto cuando sepa que su “bestia” se desmayó en una farmacia.
Val le lanzó una mirada que habría matado a cualquiera, pero en el fondo, mientras Alessio empezaba a abrir los ojos con una sonrisa de absoluta idiotez y felicidad, ella supo que la guerra acababa de volverse mucho más personal.
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