Obsesión y pecado - Capítulo 50
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Capítulo 50: Un regalo para el latido
Alessio se incorporó del suelo del café, todavía un poco mareado pero con una luz en los ojos que Val nunca le había visto. Se sacudió el polvo de los pantalones y, sin soltarle la mano, se puso en modo “misión protección total”.
—Val, olvida la comida, olvida a mi padre por un segundo. Necesitamos saber si esa personita está bien. ¿De cuántas semanas estás? ¿Necesitas vitaminas? —decía Alessio a mil por hora, mientras caminaban de regreso al coche—. Enzo, busca al mejor obstetra de Asunción. Y después ve comprando una cuna, ropa de algodón, un cochecito de esos blindados si existen… ¡muévete!
Enzo, que apenas estaba recuperando la compostura tras su ataque de risa, lo miró con una ceja levantada y su habitual tono seco.
—Señor, con todo respeto… ¿no cree que es un poco pronto para la cuna? Ni siquiera sabemos si será niño o niña. No sé mucho de estas cosas, pero la lógica me dice que primero hay que ver al médico antes de amueblar el cuarto.
Alessio lo fulminó con la mirada, pero en el fondo sabía que tenía razón. Sin embargo, la ansiedad le ganaba. Se acercó a Val y le dio un beso suave en la frente.
—Mi amor, tengo que salir un par de horas. Unos “asuntos de negocios” que Enzo me reportó sobre una ruta en Ciudad del Este. Es importante para nuestra seguridad aquí. Enzo se quedará contigo en el departamento, no se moverá de la puerta. ¿Me prometes que descansarás?
Val, todavía procesando todo y un poco molesta por la risa de Enzo, asintió.
—Está bien, Alessio. Ve, pero vuelve pronto. Y tú, Enzo —le lanzó una mirada de advertencia—, ni una risita más o te juro que te hago dormir en el balcón.
Enzo recuperó su cara de piedra al instante.
—Como ordene, señora.
Alessio salió del edificio casi corriendo. Pero no se dirigió a ninguna reunión secreta con mafiosos. Se subió al coche y le dio la dirección al chofer local: Shopping Mariscal.
En el Shopping Mariscal
Alessio Volkov, el hombre que hacía temblar a los mercados negros de Europa, caminaba por los pasillos del Shopping Mariscal con una expresión de pánico absoluto. Se detuvo frente a una tienda de bebés, mirando los peluches y las minúsculas prendas de lana.
—¿Cuna blanca o de madera? —se preguntaba a sí mismo, rascándose la nuca mientras las vendedoras lo miraban con curiosidad—. ¿Y esto qué es? ¿Un extractor de qué?
Estaba totalmente fuera de su elemento, pero sentía que si no compraba algo en ese momento, el bebé no sería “real”. Terminó comprando un osito de peluche hecho a mano y unos patucos blancos, escondiendo las bolsas en el maletero como si fueran armas de contrabando.
Mientras tanto, en el departamento
Val estaba recostada en el sofá, mientras Enzo vigilaba la entrada desde la terraza, manteniendo un silencio sepulcral.
—Enzo —llamó Val—. Sé que te estás riendo por dentro.
—No, señora —respondió la voz de Enzo desde la sombra—. Solo estoy pensando que el señor Alessio ya se esta tardando
_ Si verdad, de seguro no tarda en llegar
Val no pudo evitar sonreír, se toco el vientre, el ambiente en ese lugar era caluroso, pero por primera vez en mucho tiempo, se sentía como un hogar. Sin embargo, sabía que la paz duraría poco; Vittorio seguía allá afuera, y ahora tenían una razón mucho más frágil y hermosa por la cual luchar.
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