Obsesión y pecado - Capítulo 8
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8: La Anestesia del Dolor 8: La Anestesia del Dolor La habitación del hotel olía a tabaco de pipa y a un desinfectante industrial que le revolvió el estómago.
El hombre ya estaba allí, sentado en las sombras, una silueta masiva que irradiaba una violencia contenida.
No hubo presentaciones.
Él se levantó y, antes de que Val pudiera decir nada, la agarró del cuello con una mano que parecía una garra de hierro, estampándola contra la puerta.
Val no luchó.
Al contrario, cerró los ojos y se entregó al impacto.
—Soraya dijo que venías con ganas de romperte —gruñó él en su oído.
Su voz era un rugido bajo que vibraba en el pecho de Val.
Él la desnudó con una brutalidad eficiente, arrancando los botones de su blusa.
La lanzó sobre la cama y la inmovilizó boca abajo, presionando su rostro contra el edredón hasta que el aire empezó a faltarle.
En ese momento de asfixia, Val sintió que el recuerdo de su padre y la culpa por su abuela se desvanecían.
El dolor físico era tan nítido, tan presente, que no dejaba espacio para el pasado.
Cuando él la penetró, lo hizo sin preámbulos, con una embestida seca y despojada de cualquier rastro de erotismo convencional.
Fue una invasión.
Val mordió la sábana para no gritar, sintiendo cómo sus músculos se tensaban hasta el límite del desgarro.
No había caricias, solo el choque rítmico y violento de dos cuerpos que se usaban como herramientas.
Él la sujetaba de las caderas con tanta fuerza que Val sabía que tendría hematomas con la forma de sus dedos al día siguiente.
Se sentía pequeña, reducida a carne y respuesta nerviosa.
Cada vez que él la golpeaba, ella sentía que una parte de su trauma se fragmentaba.
Era un intercambio oscuro: él descargaba su bestialidad y ella la absorbía para no tener que cargar con su propio peso.
El sexo se volvió un torbellino de extremidades, de jadeos que sonaban a sollozos y de una sudoración fría que lo empapaba todo.
Él la obligó a adoptar posiciones que desafiaban su elasticidad, tratándola como una muñeca de trapo, sin mirarla a los ojos ni una sola vez.
Esa despersonalización era exactamente lo que Val ansiaba.
Si ella no era una persona para él, entonces sus pecados no le pertenecían.
Si ella solo era un objeto, la muerte de su abuela no podía dolerle.
Al llegar al clímax, el hombre soltó un gruñido gutural mientras la sujetaba con una presión asfixiante.
Val sintió un vacío repentino, una descarga eléctrica que le recorrió la columna y la dejó lánguida, como si sus huesos se hubieran vuelto de cristal.
Cuando él se apartó y se fue al baño sin decir una palabra, Val se quedó inmóvil en la penumbra.
El silencio de la habitación era denso.
Tenía la piel irritada, el sabor del miedo en la boca y el cuerpo temblando por el esfuerzo.
Se miró las manos y vio que todavía tenían rastros de la tierra del cementerio bajo las uñas.
Se había sumergido en lo más profundo del pozo, buscando el fondo para dejar de caer.
Pero allí abajo, entre el sudor ajeno y la humillación, se dio cuenta de una verdad aterradora: la oscuridad no tiene fondo.
Siempre se puede descender un poco más.
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