ojos carmesí - Capítulo 10
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10: Lo que el hambre revela.
10: Lo que el hambre revela.
Cuando la pequeña plaza comercial apareció con más claridad frente a ellos, Itachi no permitió que Glenn llevara la autocaravana directamente al estacionamiento principal.
Lo dijo antes incluso de que él terminara de reducir la velocidad.
—Bien.
Escóndela.
Métela en uno de los callejones laterales.
Glenn giró apenas la cabeza hacia ella, entendiendo de inmediato la lógica.
El estacionamiento abierto era demasiado visible, demasiado expuesto, demasiado fácil de memorizar para cualquiera que pasara por allí después.
Una autocaravana moderna, aunque discreta, seguía siendo un recurso.
Seguía siendo alimento para ojos ajenos, una promesa de combustible, comida, refugio, herramientas, huida.
Y en un mundo que estaba empezando a perder el último barniz de civilización, cualquier promesa visible se convertía en riesgo.
—Sí —dijo Glenn.
Giró el volante y rodeó la plaza con cuidado, avanzando despacio por el lateral del conjunto de locales.
Detrás de los edificios comerciales había un callejón lo bastante estrecho como para mantener el vehículo fuera de la vista inmediata desde la avenida, pero lo bastante amplio como para permitir una salida rápida si la necesitaban.
Glenn condujo hasta el fondo, acomodó la autocaravana en ángulo para que el frente quedara orientado hacia la salida, y apagó el motor.
Durante un momento, ambos permanecieron en silencio dentro del vehículo, escuchando el latido apagado del metal enfriándose, el murmullo lejano de la ciudad agonizante y el peso casi físico de la quietud.
Glenn tomó las llaves, revisó una vez más el seguro de las puertas, cerró bien todas las ventanas y se aseguró de que nada del interior pudiera verse desde afuera.
La mesa plegada.
Las provisiones.
Las bolsas.
Los recipientes de combustible.
La radio.
Todo quedó cubierto, contenido, escondido.
Lo hizo con más cuidado del que habría tenido unos días atrás.
Ya no se movía como alguien que estaba simplemente ayudando a una vecina misteriosa.
Se movía como alguien que entendía, aunque fuera de forma todavía parcial, que lo que había dentro de aquella autocaravana era el principio de algo parecido a un futuro.
Itachi bajó primero.
Glenn la siguió.
La plaza parecía suspendida entre abandono y espera.
No estaba destruida todavía.
No había signos de saqueo masivo.
Tampoco había normalidad.
Las persianas metálicas de algunos locales estaban a medio cerrar, como si la gente hubiese intentado irse de prisa y sin saber si tendría que volver en unas horas o jamás.
Había un par de coches mal aparcados.
Un carrito de compras tirado en diagonal.
Bolsas vacías arrastradas por una corriente de viento leve.
Un letrero luminoso parpadeando sin terminar de apagarse.
Un silencio demasiado grande para una mañana que, en cualquier otra semana, habría estado llena de motores, puertas automáticas, empleados bostezando y familias comprando lo innecesario.
Itachi recorrió el conjunto de locales con una mirada rápida y completa.
Tienda de ropa.
Tienda de animales.
Ferretería pequeña.
Tienda de jardinería.
La disposición le resultó útil.
Lo que necesitaban estaba allí, concentrado.
Si se movían con rapidez y cuidado, podrían salir antes de que el flujo de personas o caminantes llegara con fuerza a esa zona de las afueras.
—Primero la tienda de jardinería —dijo.
Glenn asintió.
—Necesitamos macetas y tierra fértil —continuó Itachi mientras avanzaban—.
Plantas para sembrar en el huerto del invernadero posterior de la autocaravana.
No grandes.
Muebles que permitan sembrar hacia arriba, con varios niveles.
Eso lo deben vender ahí.
Glenn siguió el movimiento de su mano y miró el local.
—Sí —respondió—.
Creo que ahí hay de todo.
Entraron.
La tienda de jardinería olía a tierra húmeda, fertilizante, madera tratada y hojas aplastadas.
El olor, en otro momento, habría sido simplemente agradable.
Ahora se sentía como una posibilidad concreta de supervivencia.
Había mesas con semilleros, estantes de herramientas pequeñas, palas, macetas, bolsas de sustrato, bandejas de germinación, tubos de riego, ganchos, soportes, luces de cultivo, estanterías de madera desmontables y estructuras metálicas pensadas para jardines verticales o huertos domésticos.
Itachi vio de inmediato lo que necesitaba.
No buscaba belleza decorativa.
Buscaba sistema.
Su mirada fue de una estructura a otra, midiendo no solo el tamaño, sino el rendimiento que podrían sacar de ella dentro del pequeño invernadero móvil unido a la parte posterior de la autocaravana.
No pensó en “plantas”.
Pensó en niveles, luz, riego, distribución, rotación, cultivo escalonado, acceso rápido, peso soportado y aprovechamiento total del espacio.
Las imágenes que había aceptado como referencia, aquellas que habían surgido del gusto estético de Glenn cuando aún no comprendía del todo lo que ella veía, tomaban ahora una forma nítida dentro de su mente: una estructura de madera clara, vertical, compacta, construida en niveles, con bandejas planas arriba para plántulas, semilleros y brotes tiernos; con luces de cultivo sobre rieles, suspendidas en la parte superior para garantizar crecimiento aun en días nublados o durante desplazamientos; con repisas más amplias abajo donde pudieran ir las lechugas, las bandejas de zanahoria, tomates pequeños, algunas hierbas medicinales y aromáticas, todo contenido dentro de un orden limpio y denso, sin derroches.
Un pequeño huerto eficiente, no bonito por accidente sino bonito por diseño funcional.
—Ese —dijo, señalando primero una estructura vertical desmontable de madera con varios niveles.
Luego otra.
—Ese también.
Glenn fue tras ella sin discutir.
Itachi continuó eligiendo.
Bandejas poco profundas para semilleros.
Macetas rectangulares.
Cajones verticales apilables.
Contenedores para cultivar en varias alturas.
Tierra fértil de buena calidad.
Sustrato suelto para raíces.
Compost enriquecido.
Guantes.
Palitas.
Rastrillos de mano.
Regaderas compactas.
Tijeras de poda.
Cuerdas finas.
Pequeñas luces de cultivo.
Temporizadores.
Ganchos.
Soportes.
No tomaron árboles frutales ni plantas grandes.
No arbustos innecesarios.
No macetas de cerámica pesada.
No decoración.
Solo aquello que pudiera traducirse en alimento, continuidad y control.
—Vamos a cultivar hierbas —dijo Itachi mientras se agachaba frente a un lote de pequeñas plántulas—.
También lechugas frescas y zanahorias.
Alimento para los conejos.
Y además podríamos cultivar algunos tomates y unas papas.
Suficiente para alimentarnos nosotros.
Glenn la escuchaba con una atención que ya no provenía solo de la urgencia.
Había algo hipnótico en verla elegir.
No solo porque entendiera que cada decisión suya tenía lógica.
Sino porque la forma en que lo hacía convertía lo cotidiano en otra cosa.
Itachi observando bandejas de lechuga, tocando la tierra entre dos dedos para comprobar humedad y calidad, inclinándose sobre un estante de plántulas bajo la luz blanca del local vacío, el traje negro y rojo recortado entre madera, verde y amanecer, era una imagen que Glenn, incluso en pleno apocalipsis, sintió que iba a recordar mucho tiempo.
Tomaron lechugas tiernas, brotes de zanahoria, albahaca, menta, tomillo, romero, cebollín, perejil, tomate pequeño, algunas papas de siembra, semillas de reserva, y varias bandejas de germinación.
Itachi también eligió estructuras pensadas para jardines verticales, similares a esas composiciones murales de cajones de madera que aprovechan muros enteros para cultivar por capas.
Glenn comprendió la intención enseguida: el pequeño invernadero móvil no iba a ser una caja improvisada con dos plantas sueltas.
Iba a convertirse en un ecosistema compacto, ordenado, eficiente.
Algo parecido a un pequeño jardín doméstico intensivo, donde cada rincón ofreciera hojas, brotes, raíces o hierbas útiles.
—Supongo que los armaremos nosotros —dijo Glenn cuando vio la cantidad de piezas desmontadas.
—Sí —respondió Itachi—.
Es mejor así.
Menos volumen, más control.
Hicieron el primer viaje hacia la autocaravana con lo más voluminoso.
Luego otro.
Luego otro.
La ida y vuelta se volvió una mecánica rápida y silenciosa.
Glenn cargaba los estantes desarmados, las bolsas de tierra y las macetas con un esfuerzo creciente en brazos y hombros, mientras Itachi equilibraba bandejas, herramientas, cajas de semillas y luces con una facilidad que seguía desconcertándolo.
Entre viaje y viaje, ella siempre se detenía un instante para vigilar.
La plaza.
Las puertas.
Las esquinas.
Las vidrieras.
Las calles de acceso.
Glenn notó ese patrón.
No era paranoia.
Era disciplina.
Nada salía del local hacia la autocaravana ni de la autocaravana hacia el local sin que antes Itachi leyera el entorno completo.
Bastaron cuatro o cinco viajes para moverlo todo.
Cuando terminaron de acomodar lo de jardinería dentro de la autocaravana, Glenn se quedó unos segundos observando el resultado.
Las estructuras desmontadas estaban apiladas con cuidado.
Las bandejas y luces ordenadas.
La tierra colocada al fondo para equilibrar el peso.
Las plantas más delicadas protegidas del movimiento.
Y ya podía imaginarlo.
Podía imaginar el pequeño invernadero montado, las repisas de madera claras llenas de bandejas verdes bajo una luz artificial cálida, como esas fotos de huertos domésticos intensivos que había visto sin pensar demasiado en ellas.
Lechugas creciendo compactas.
Hierbas repartidas en cajones verticales.
Brotes en bandejas superiores.
Tomates pequeños.
Zanahorias en recipientes largos.
Todo detrás de la autocaravana, vivo, verde, respirando.
Itachi cerró las puertas y habló de inmediato: —Ahora la ferretería.
Necesitamos asegurar algunos elementos.
Clavos, tornillos, taladro, martillo, hacha y machete.
Glenn asintió.
—Bien.
La ferretería fue incluso más silenciosa que la tienda de jardinería.
Tenía un olor áspero a metal, madera, caucho y aceite.
Los pasillos estrechos contenían herramientas, cajas organizadas por tornillo, clavo, bisagras, alambres, sierras, martillos, cintas métricas, brocas, baterías, linternas, cuerdas, machetes, hachas cortas, taladros, llaves, cerraduras y elementos de sujeción.
Itachi fue directa.
No necesitó explorar demasiado.
Sabía lo que serviría y lo que no.
Tomó un taladro inalámbrico con baterías extra, brocas variadas, cajas de clavos de distintos tamaños, tornillos resistentes, martillo, serrucho, alicates, cable, bisagras, cinta reforzada, un hacha compacta y un machete de hoja suficientemente larga para maleza, defensa improvisada o apertura de paso, pero no tan grande como para volverse torpe dentro de espacios reducidos.
—Esto no es solo para construir —dijo Glenn, mientras revisaban la resistencia de una pequeña barra de hierro.
—No —respondió Itachi—.
También es para adaptar.
Reparar.
Forzar.
Asegurar.
Separar.
Otra lista funcional.
Otra vez Glenn la siguió sin discutir.
También llevaron una caja de cierres, ganchos metálicos, malla, tornillos cortos y largos, y algunas herramientas menores para montar las jaulas de animales y las estructuras del invernadero en cuanto estuvieran a salvo.
Cargaron todo hacia la autocaravana.
La tercera parada fue la tienda de animales.
Y el cambio de atmósfera fue inmediato.
Apenas entraron, el sonido los golpeó primero.
No era un sonido ordenado.
Era un rumor de criaturas asustadas, hambrientas, nerviosas.
Golpecitos pequeños.
Arañazos.
Chillidos contenidos.
Movimiento de jaulas.
El olor les llegó después: heno, serrín, excremento, alimento reseco, agua vieja, encierro.
La tienda estaba cerrada y abandonada.
Alguien se había ido.
Tal vez con prisa.
Tal vez prometiéndose volver.
Tal vez el primer día.
Tal vez el segundo.
Pero no había vuelto.
Y los animales habían quedado allí, entregados al tiempo, a la sed, al hambre y al miedo, esperando que la especie que los había encerrado recordara que seguían vivos.
Glenn se detuvo.
Sintió una punzada inmediata en el pecho.
No porque fuera ingenuo.
Porque seguía siendo humano.
Había perros.
Pájaros.
Roedores.
Conejos.
Algunos reptiles.
Peces que probablemente ya no durarían mucho si la energía se cortaba.
Pequeños animales domésticos confinados dentro de un apocalipsis que no habían entendido, pagando el abandono humano sin siquiera poder huir de él.
Itachi recorrió el lugar con rapidez.
No permitió que la compasión reemplazara el cálculo, aunque vio y entendió el golpe emocional que aquello significaba para Glenn.
Por eso habló primero, para fijar prioridad antes de que el impulso lo arrastrara a intentar salvarlo todo.
—El área de los conejos.
Glenn asintió, tragándose lo demás.
—Sí.
Fueron.
Había varias jaulas.
Algunas aún limpias.
Otras sucias.
Algunas estructuras de madera y malla desmontables, pensadas para exteriores o criaderos pequeños, parecidas a esas hutches modulares de dos niveles, claras, ventiladas, con compartimentos diferenciados, espacio para descanso y otro para movimiento.
Glenn las vio de inmediato y comprendió lo útiles que serían: no algo improvisado, sino una base real sobre la cual montar un pequeño sistema de cría móvil.
Itachi eligió dos desarmadas, suficientes para transportar y luego armar, ligeras comparadas con otras opciones, con divisiones que permitirían separar machos, hembras o crías en el futuro si hiciera falta.
Luego pasaron a los animales.
Itachi no eligió solo dos o tres conejos.
Eligió seis.
Dos machos.
Varias hembras.
Una combinación que, si sobrevivían, aseguraría reproducción.
Los movieron a una jaula más pequeña por el momento.
Estaban apretados, sí, pero con el espacio suficiente para no asfixiarse ni lastimarse.
Glenn se ocupó de sostenerla con cuidado, oyendo el movimiento nervioso de los pequeños cuerpos blancos y claros en el interior, sus patas contra el fondo, sus orejas agitadas, su miedo vivo.
Y entonces Glenn miró a los demás animales.
Volvió la cabeza despacio.
El resto del local seguía respirando hambre.
—¿Y qué hacemos con ellos?
—preguntó.
La frase salió baja.
Sincera.
—No podemos llevar todos.
Itachi lo sabía.
Lo había sabido desde antes de entrar.
Allí residía parte de la crueldad verdadera del desastre: no todo podía salvarse, incluso queriendo.
Elegir a todos era condenarlos a todos.
Elegir con criterio era soportar la culpa de dejar atrás más vida de la que uno podía cargar.
Observó otra zona.
Los cuyos.
Pequeños.
Útiles.
Silenciosos.
Rápidos de reproducir también.
—Podemos llevar cuyos —dijo.
Glenn siguió la dirección de su mirada.
Los vio.
Analizó.
No le gustó.
No porque la idea fuera irracional.
Porque entendió exactamente por qué ella lo decía.
Más proteína.
Más reproducción rápida.
Más posibilidades de sostenerse a largo plazo.
Y, aun así, la necesidad de aceptarlo le apretó algo por dentro.
Había una diferencia entre sobrevivir y empezar a pensar en animales no como mascotas o criaturas adorables, sino como parte de una cadena de vida necesaria.
Era cruel.
Pero la crueldad no anulaba la verdad.
Asintió.
—Está bien.
Llevaré los cuyos.
Tomaron varios.
Los movieron con cuidado a otra jaula de transporte temporal.
Itachi revisó agua, alimento rápido, ventilación.
No iba a dejar que murieran por torpeza si ya había decidido salvarlos.
Glenn los cargó hacia la autocaravana con la misma mezcla de cuidado y gravedad que había tenido con los conejos.
Dentro del vehículo, pusieron las jaulas provisionales sobre la mesa por el momento, asegurándolas para que no se desplazaran.
Las estructuras grandes de las jaulas irían montadas más tarde.
Glenn ya podía imaginar el resultado: en la parte posterior ampliada de la autocaravana, el pequeño invernadero ocupando uno de los costados, con estanterías de madera clara y bandejas verdes bajo luz suave; y al otro lado, jaulas modulares, también de madera y malla, de dos niveles, limpias, ventiladas, separadas, donde los conejos y los cuyos pudieran sobrevivir, reproducirse y convertirse en parte real de un sistema.
Un refugio en miniatura.
No bonito solo por gusto, sino funcional de una forma casi domésticamente hermosa.
Cuando hicieron el último viaje, el mundo alrededor de la plaza volvió a recordarse a sí mismo.
Un ruido.
No enorme.
Pero lo bastante fuera de lugar como para que Itachi alzara una mano y Glenn se detuviera sin necesidad de explicación.
No era un caminante.
No todavía.
Era motor.
Venía de la calle frontal.
Itachi giró apenas, evaluó línea de visión, exposición y cobertura.
No había tiempo para regresar a la autocaravana ni necesidad de revelar su presencia.
Más cerca, a la izquierda, estaba una joyería pequeña.
Oscura.
Cerrada por dentro pero con acceso lateral entreabierto.
Lo bastante sólida.
Lo bastante escondida.
—Dentro —dijo.
Guiándolo con una precisión silenciosa, lo llevó hacia allí.
Entraron.
Se agacharon tras el cristal y la sombra del local, ocultos entre vitrinas vacías, terciopelo oscuro y reflejos apagados.
Desde allí podían ver lo suficiente sin ser vistos con facilidad.
La camioneta llegó.
Se detuvo.
Se bajaron hombres.
No caminantes.
Hombres.
Eso, pensó Glenn con un escalofrío inmediato, era en cierto modo peor.
Porque a los caminantes ya empezaban a entenderlos: lentos, torpes, hambrientos, predecibles en su brutalidad.
Pero los hombres seguían conservando elección.
Y precisamente por eso podían ser mucho más crueles.
Entonces vieron a la mujer.
Salía de uno de los edificios cercanos con un niño en brazos y un bolso colgado del hombro.
Caminaba rápido, mirando hacia todos lados con esa tensión desesperada de quien cree que si corre un poco más puede salir de la zona antes de que el horror la alcance.
El niño se aferraba a ella.
La mujer estaba agotada, asustada, rota ya por dentro aunque siguiera moviéndose.
Los hombres la vieron también.
La rodearon.
Todo ocurrió demasiado deprisa.
Ella intentó apartarse.
Uno le arrancó el bolso del hombro con violencia.
Otro la empujó.
La mujer cayó al suelo con el niño todavía en brazos, protegiéndolo por puro instinto, girando el cuerpo para recibir ella el impacto.
Glenn sintió que se le tensaba el estómago al instante.
Había sido tan rápido y tan sucio.
La mujer lloró.
—No, por favor, tengo un hijo, por favor… Los hombres no respondieron con humanidad alguna.
Uno de ellos la golpeó para impedir que se levantara.
No fue por necesidad.
No fue por miedo.
Fue por poder.
Por la facilidad cruel de quien ya comprendió que el mundo se estaba rompiendo y decidió situarse del lado de la mano que toma en vez de la mano que pide.
Volvieron a la camioneta con las provisiones de la mujer y se marcharon.
Así de simple.
La dejaron en el suelo, con el niño aún aferrado, llorando con ese llanto roto y bajo de quien no puede darse el lujo de gritar demasiado porque el mundo ya castiga cualquier sonido.
La oyeron decir entre sollozos: está bien… está bien… aunque claramente no lo estaba.
Lo repetía para el niño.
Para sí misma.
Para nadie.
Dentro de la joyería, Glenn e Itachi permanecieron agachados.
Los dos habían visto todo.
Los dos pensaban.
Pero no del mismo modo.
Glenn sintió rabia primero.
Rabia y asco.
No por la falta de lógica.
La lógica estaba ahí, brutalmente clara: los hombres vieron una presa más débil y la aprovecharon.
No lo sorprendió.
Lo enfureció.
Porque no había sido solo robo.
Había sido humillación.
Había sido aprovechar el miedo de una madre y de un niño en el primer borde del fin del mundo.
—Eso está mal —murmuró, la voz baja, tensa—.
Eso es cruel.
Itachi lo observó unos segundos antes de volver la vista hacia la mujer en el suelo.
No negó la crueldad.
Solo la colocó donde correspondía.
—La sociedad se pierde a la hora de un desastre —dijo—.
Sale el verdadero ser.
Muchos son crueles.
La frase no tenía amargura teatral.
Tenía la sobriedad de alguien que ya había visto demasiadas veces lo que las personas hacen cuando se sienten autorizadas por el caos.
—No se confía siempre en el ser humano —añadió—.
Porque somos crueles.
Glenn siguió mirando afuera.
La mujer intentaba levantarse.
El niño seguía aferrado a ella.
No había más hombres en ese instante, pero el daño ya estaba hecho.
Y Glenn sintió algo parecido a una grieta abriéndose dentro de su idea de la gente.
No porque creyera que todos eran buenos.
Porque había una diferencia entre saberlo en abstracto y verlo así, tan pronto, tan desnudo, en las primeras horas reales del colapso.
Asintió lentamente.
—Tienes razón.
Itachi siguió observando.
Su análisis no era menos humano por ser más frío.
Había registrado el comportamiento de los hombres.
El orden de ataque.
La rapidez.
La prioridad: provisiones, no asesinato.
Habían golpeado a la mujer lo justo para inmovilizarla, no para matarla.
Eso significaba algo peor en cierto sentido: todavía se percibían a sí mismos como hombres prácticos, no monstruos.
El tipo de monstruo más peligroso en un desastre es el que conserva justificación para su crueldad.
Registró también algo más.
La cantera.
Si Glenn la había pensado, otros también podían hacerlo.
Si un lugar ofrecía agua, resguardo relativo y cierta defensa natural, no serían los únicos capaces de reconocerlo.
Y si no serían los únicos, entonces la siguiente fase de la misión no sería solo llegar.
Sería observar, medir, decidir a quién acercarse, de quién alejarse, a quién eliminar si fuera necesario.
Glenn seguía mirando afuera.
La mujer, por fin, conseguía ponerse de pie con el niño en brazos.
Lentamente.
Rota.
Vulnerable.
Pequeña frente a la inmensidad cruel de lo que venía.
Itachi habló de nuevo, más baja.
—La cantera a la que vamos… no somos los únicos que deben haber analizado ese lugar.
Más gente.
Un grupo.
Una comunidad.
Puede ocurrir.
Glenn asintió sin dejar de mirar la escena.
Sí.
Tenía sentido.
Y esa idea le provocó otro tipo de tensión.
No solo sobrevivir a caminantes.
No solo salir de la ciudad.
También tener que atravesar lo humano, que quizá sería más difícil todavía.
Las personas armadas de hambre, miedo o ambición.
Los grupos.
Los líderes improvisados.
Los débiles y los crueles.
Los desesperados y los oportunistas.
Ahí fue cuando habló.
No planeó decirlo.
No quiso adornarlo.
Solo salió.
—No me veo pasando a través de todo eso sin ti.
La frase cayó entre ambos con una sinceridad tan limpia que Glenn sintió, otra vez, el golpe inmediato del rubor subiéndole al rostro.
Otra vez.
Como la noche anterior.
Como si su honestidad con Itachi encontrara siempre el camino más directo, incluso cuando no lo buscaba.
Se sintió expuesto.
Casi torpe.
Como si hubiese mostrado demasiado otra vez.
Pero no lo retiró.
No quería retirarlo.
Era verdad.
No se veía pasando por caminantes, hombres crueles, carreteras, refugios, canteras, hambre, sangre y pérdida sin ella al lado.
No sabía exactamente desde cuándo esa verdad se había vuelto tan grande dentro de él.
Solo sabía que ya estaba ahí.
Itachi volvió los ojos hacia él.
No apartó la mirada.
No dijo nada.
Y, sin embargo, el silencio no fue vacío.
Glenn lo sintió cargado.
La mirada de Itachi permaneció fija en sus ojos un instante largo, un instante suficiente para que él entendiera algo sin que se pronunciara: ella había oído cada capa de esa frase.
No solo la dependencia táctica.
No solo el miedo al mundo.
También la necesidad emocional.
También el vínculo.
También la confianza que estaba creciendo demasiado deprisa entre ambos y que, sin embargo, ya se había vuelto imposible de negar.
Afuera, la mujer seguía alejándose con el niño.
Adentro, en la penumbra de la joyería, Glenn y Itachi quedaron suspendidos un momento entre el desastre y esa verdad.
La plaza seguía en silencio.
La autocaravana seguía escondida.
Las jaulas con los conejos y los cuyos ya estaban dentro.
Las estructuras del invernadero desmontadas también.
La tierra, las luces, las semillas, las herramientas, la ferretería, todo listo.
La cantera esperándolos más adelante.
El mundo rompiéndose con mayor claridad a cada hora.
E Itachi, sin apartar la vista de Glenn, comprendió con sobriedad absoluta que el lazo que había empezado a formarse entre ellos ya no podía tratarse solo como un resultado conveniente de la misión.
Se estaba volviendo el centro vivo de ella.
Glenn, mientras tanto, ardía todavía un poco por dentro a causa del rubor, de la vergüenza leve, de la sinceridad dicha en voz alta y de la imposibilidad creciente de mirar a Itachi como cualquier otra cosa que no fuera esencial.
Y así, escondidos aún en la joyería mientras la humanidad revelaba afuera sus primeros rostros más crueles, ambos entendieron algo, aunque ninguno lo nombró del todo todavía: el fin del mundo no solo estaba destruyendo ciudades.
También estaba decidiendo, a una velocidad brutal, quién iba a volverse refugio para quién.
Itachi no respondió con palabras.
Solo sostuvo la mirada de Glenn un instante más.
Y en ese silencio quedó todo.
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