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ojos carmesí - Capítulo 11

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11: Siempre juntos.

11: Siempre juntos.

Itachi lo observó en silencio durante un momento más dentro de la penumbra quieta de la joyería, con la luz gris del exterior filtrándose a través del escaparate y dibujando reflejos apagados sobre los vidrios, sobre los estantes vacíos, sobre las superficies pulidas donde antes había brillado el lujo inútil de un mundo que ya se estaba despedazando.

Afuera, la mujer seguía alejándose con el niño en brazos, encorvada por el miedo y por el peso de todo lo que acababa de perder; adentro, Glenn seguía sintiendo el eco de sus propias palabras vibrarle en el pecho, todavía demasiado expuesto por la sinceridad con que habían salido.

No me veo pasando a través de todo eso sin ti.

Lo había dicho así, sin protección, sin rodeos, y aunque una parte de él seguía sintiendo el calor del rubor subiéndole al rostro, otra parte más profunda, más honesta y más cansada de ocultarse, sabía que no quería retirarlo.

No quería fingir que no lo había sentido, que no lo había pensado, que no era verdad.

Y fue entonces cuando Itachi, sin apartar la mirada de sus ojos, con esa serenidad exacta que parecía hacer que las cosas más graves sonaran inevitables, le dijo con voz baja y firme: —Entonces no lo hagas.

Glenn parpadeó apenas.

Itachi continuó.

—Siempre juntos.

Te lo prometí, ¿no?

La frase cayó dentro de él con una fuerza desproporcionada.

No porque fuera teatral.

No porque ella la adornara.

Precisamente porque no lo hizo.

En la voz de Itachi no había sentimentalismo vacío, ni dulzura fácil, ni una intención de consolarlo de manera superficial.

Había compromiso.

Había lógica.

Había decisión.

Y eso, para Glenn, pesaba más que cualquier otra forma de ternura que hubiera podido imaginar en medio del desastre.

Sintió un alivio enorme, hondo, casi brutal, expandírsele por el pecho, mezclado con una alegría tan limpia que por un segundo tuvo miedo de que se notara en la cara, de que Itachi leyera con demasiada claridad cuánto significaba para él escuchar algo así.

—Lo sé —dijo, y su propia voz le sonó distinta, más grave, más sincera de lo que había planeado—.

Siempre juntos.

Tú y yo.

El alivio, la alegría, la satisfacción silenciosa que le producía decirlo, incluso sabiendo que el mundo de afuera se estaba destruyendo, fueron casi demasiado.

Glenn trató de mantenerlos contenidos, de no mostrarse tan desnudo otra vez, pero incluso si su rostro no cambiaba demasiado, su corazón sí lo hizo.

Porque ahí, entre vitrinas vacías, con el olor apagado del metal, el polvo y el desastre filtrándose desde la calle, Itachi acababa de volver real algo que él necesitaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.

Itachi, sin embargo, ya estaba pensando más allá de ese instante.

No ignoró lo que las palabras habían significado para Glenn.

No ignoró el rubor leve, ni la emoción contenida, ni la manera en que todo en él parecía organizarse alrededor de esa promesa.

Lo registró todo.

Pero también registró el siguiente problema, el siguiente paso, la siguiente capa de la supervivencia.

Porque una cosa era que ellos dos decidieran permanecer juntos.

Otra muy distinta era lograrlo una vez que entraran en contacto con otros sobrevivientes, con grupos, con estructuras improvisadas, con esa tendencia inevitable del ser humano a reconstruir jerarquías, tareas, divisiones y obligaciones en cuanto se siente mínimamente a salvo.

—Sin embargo —dijo Itachi al fin—, si vamos a la cantera y encontramos gente… Glenn la miró de inmediato.

—¿Qué pasa?

—La sociedad siempre se ha organizado a través de cada desastre —respondió ella—.

No vamos a ser los únicos.

Si hay un grupo, si hay personas tratando de sobrevivir juntas, van a repartirse tareas, vigilancia, comida, búsqueda, descanso, limpieza, funciones.

Necesitamos una coartada.

Glenn frunció el ceño ligeramente.

—¿Una coartada?

—Algo que nos permita estar siempre juntos —dijo Itachi—.

Algo que los demás acepten sin cuestionar.

Algo lógico, fuerte, natural.

Glenn tardó un segundo en seguir del todo la línea de su pensamiento, no porque no fuera clara, sino porque todavía una parte de él seguía atrapada en la simple felicidad de haber oído la promesa anterior.

Cuando la comprendió por completo, el significado se abrió con nitidez.

No bastaba con que ellos quisieran mantenerse cerca.

Si encontraban un grupo, alguien podría separarlos.

Mandarlo a él a buscar agua, dejarla a ella en otra tarea, repartir guardias distintas, cuestionar su dependencia mutua, juzgarla como innecesaria o sospechosa.

La estructura social, incluso en ruinas, haría eso.

Glenn lo entendió.

Y al entenderlo, sintió una punzada inmediata de rechazo.

—¿Por qué crees que nos van a separar?

—preguntó, aunque la respuesta ya empezaba a adivinarla.

Itachi sostuvo su mirada.

—Porque si la sociedad comienza a organizarse —dijo con paciencia exacta—, habrá labores.

Tareas.

Responsabilidades.

Tal vez no estemos juntos siempre.

—No, eso no —respondió Glenn demasiado rápido—.

No, no.

El rechazo salió de él antes de que pudiera medirlo.

El rubor volvió a subirle al rostro casi de inmediato y Glenn sintió una especie de vergüenza breve, irritante, porque otra vez había reaccionado con demasiada honestidad delante de ella.

No era que quisiera ocultar lo que sentía.

Era que todavía no sabía cómo sostenerlo sin sentirse completamente expuesto.

Bajó apenas la mirada.

—Lo siento —murmuró—.

Es solo que… Itachi asintió.

—Lo sé.

Y sí, lo sabía.

Sabía exactamente qué había detrás de aquella reacción.

No solo la conveniencia de permanecer cerca de alguien útil.

No solo el miedo lógico al mundo.

Había apego.

Había necesidad emocional creciente.

Había una clase de verdad que Glenn aún no había nombrado del todo, pero que ya vivía en el modo en que la miraba, la escuchaba y rechazaba la simple idea de perderla de vista.

Él intentó reconducirse hacia algo más práctico.

—Podríamos decir que somos hermanos —propuso.

Itachi negó de inmediato.

—No.

—¿No?

—Hay diferencia —dijo ella—.

Tú eres coreano.

Yo japonesa.

Es obvio.

Glenn soltó una respiración corta.

Era cierto.

Había parecido una idea útil durante un segundo, hasta que la realidad cultural, física y social la atravesó con una claridad ridícula.

Buscó otra.

—¿Amigos?

—probó.

—No es suficientemente fuerte —respondió Itachi—.

Los amigos se separan.

No siempre están juntos.

Él se quedó pensando, sintiendo el peso extraño de esa conversación.

Qué eran ellos.

Qué podían parecer.

Qué historia debía existir entre ambos para que nadie cuestionara que permanecieran uno al lado del otro en una situación de crisis.

Lo raro era que, cuanto más pensaba en opciones, más falsas sonaban en comparación con lo que de verdad había empezado a crecer entre ellos.

—No lo sé… —murmuró— ¿Compañeros de edificio?

Itachi negó otra vez.

—Poco fuerte también.

Nada sólido.

Entonces guardó silencio.

No porque estuviera dudando.

Porque estaba pensando bien.

Analizaba no solo qué excusa sería útil, sino cuál sobreviviría al escrutinio ajeno, cuál permitiría proximidad constante, protección mutua visible, preocupación recíproca, derecho a intervenir por el otro y, al mismo tiempo, no levantar sospechas innecesarias.

Sus ojos recorrieron la joyería.

Vidrio.

Oro.

Plata.

Terciopelo.

Y entonces se detuvieron en una sección específica: alianzas.

Anillos.

Diseño de pareja.

Compromisos codificados en metal.

Volvió la vista hacia Glenn.

Y dijo: —Esposos.

Glenn sintió que el corazón le golpeaba dentro del pecho con una violencia casi absurda.

—¿Cómo?

—preguntó, aunque había oído bien.

—Esposos —repitió Itachi—.

Tú y yo.

El mundo exterior siguió existiendo.

La mujer alejándose.

La plaza silenciosa.

La camioneta ya lejos.

El fin del mundo avanzando.

Pero durante un instante Glenn solo oyó el latido de su propio corazón y esa palabra fija entre ambos.

Esposos.

Itachi continuó, serena, lógica, impecable, como si no acabara de pronunciar la frase más devastadora posible para la parte de Glenn que ya se había rendido por completo a ella.

—Eso nos obligaría a permanecer juntos.

Un esposo que se preocupa por su esposa y que no quiere dejarla fuera de su vista.

Una esposa que confía en su esposo y que no quiere dejarlo fuera de su vista.

Es lógico.

Práctico.

Una excusa infalible.

Sí.

Lo era.

Glenn lo entendió en el mismo instante en que intentaba acallar esa otra parte de sí mismo, la que ya estaba absurdamente feliz por la sola idea, la que quería aferrarse a la palabra y guardarla como si fuera algo suyo y real.

No lo era.

No.

Era fachada.

Era mentira.

Era táctica.

Una historia para otros.

Una estructura útil.

Glenn se lo repitió mentalmente varias veces con la desesperación torpe de quien intenta impedir que la alegría le traicione el rostro.

Es solo fachada.

Es solo mentira.

Delante de la gente.

No significa… Pero significaba demasiado igual.

Itachi lo observó.

No dijo nada sobre el pequeño caos emocional que veía abrirse y cerrarse detrás de los ojos de Glenn.

No señaló su tensión.

No hizo comentario alguno sobre lo feliz que, sin querer, lo estaba volviendo esa opción.

Solo esperó.

Porque, si él iba a aceptar, debía hacerlo por completo.

Glenn se puso de pie.

Respiró una vez.

Y cuando habló, la voz ya le salía más firme.

—Bien —dijo—.

Tienes razón.

Se acercó al escaparate.

La joyería, incluso saqueada de su sentido original por el fin del mundo, seguía conteniendo belleza muerta en vitrinas pulidas.

Glenn miró una fila de alianzas.

Luego otra.

Oro blanco.

Plata.

Diseños sobrios.

Diseños excesivos.

Algunos ridículos, otros demasiado fríos.

Buscó y buscó con más atención de la que él mismo entendía.

No quería escoger cualquier cosa.

No quería, aunque fuera una mentira, ponerle a Itachi un anillo que no sintiera correcto.

Y esa necesidad, esa forma de tomarse en serio incluso la ficción porque la ficción la incluía a ella, fue otra verdad que Glenn no se permitió examinar demasiado.

Al final lo encontró.

Una banda dorada.

Elegante.

Con pequeños diamantes negros alrededor.

Y en el centro, un rubí rojo.

Hermoso.

Oscuro.

Firme.

Con una estética sobria y llamativa a la vez, casi demasiado perfecta para no parecer hecha pensando en ella.

El anillo del hombre, al lado, estaba construido para verse algo más sólido, más ancho, más masculino, pero pertenecía claramente al mismo par.

No competía con el de ella.

Lo acompañaba.

Glenn lo sostuvo entre los dedos.

Se volvió.

—Este —dijo.

Itachi lo observó.

Alzó una ceja apenas por la elección, como si registrara, con una precisión que él nunca sabría cuánto alcanzaba, todo lo que había en ella: el gusto, la intención, la belleza contenida, el rojo oscuro, el negro, el oro, la armonía casi demasiado perfecta con su propia imagen.

Luego asintió.

—Me gusta.

Después extendió la mano hacia Glenn.

Y el corazón de Glenn volvió a latir demasiado deprisa.

La mano de Itachi era hermosa.

Eso ya lo sabía.

Las uñas rojas, los dedos largos, la piel pálida, la firmeza silenciosa de una mano que podía cargar espadas, elegir cultivos, cortar cabezas y sostener una taza de café con la misma exactitud.

Pero verla extendida hacia él con ese gesto, a la espera del anillo, fue otra cosa.

Tomó la alianza.

La deslizó hacia el dedo de Itachi.

El roce, mínimo, real, hizo que todo su cuerpo se estremeciera por dentro de una manera que tuvo que contener con esfuerzo visible solo para él mismo.

Era ridículo.

Era mentira.

Era estrategia.

Y, aun así, la sensación de colocarle un anillo en la mano fue tan intensa que Glenn tuvo que respirar con cuidado para no dejar que se notara demasiado.

Itachi no retiró la mano rápido.

Solo lo observó.

Luego tomó el otro anillo.

La mano de Glenn pareció mucho menos estable al extenderse, aunque intentó que no se notara.

Itachi deslizó la alianza en su dedo con movimientos exactos, serenos, sin vacilación.

El metal se acomodó en su mano como si ya hubiera debido estar ahí.

Y entonces ella dijo, con voz baja y firme: —Esta es mi promesa.

Siempre juntos.

El corazón de Glenn literalmente bailó dentro del pecho.

Sabía que no era real.

Sabía que no era un matrimonio real.

Sabía que era un acuerdo, una coartada, una mentira útil pensada por Itachi para proteger la promesa que le había hecho a él.

Y, precisamente por eso, lo hacía tan feliz que casi dolía.

—Te prometo lo mismo —dijo Glenn.

Lo dijo con una sinceridad total.

Porque quizá el matrimonio no fuera real.

La promesa sí.

Itachi asintió.

—Bien.

Andando.

La practicidad volvió a ocupar su lugar natural en ella sin borrar lo anterior.

—Podemos crear la historia dentro de la autocaravana.

Glenn asintió también.

—Bien.

Salieron de la joyería solo después de revisar con atención los alrededores.

La plaza seguía relativamente silenciosa.

La mujer y el niño ya no estaban.

La camioneta tampoco.

El vacío que había dejado la escena seguía flotando, pero ya no había movimiento inmediato cerca.

Aun así, caminaron con cuidado.

Glenn sintiendo el peso nuevo y extraño del anillo en su dedo; Itachi sintiendo el suyo como una pieza más dentro de una estrategia perfectamente funcional y, al mismo tiempo, como el inicio de otra capa de vínculo que ya no podía ignorar del todo.

Subieron a la autocaravana.

Las puertas cerraron.

La seguridad momentánea del interior los envolvió con esa mezcla particular de refugio y transición que el vehículo había empezado a adquirir.

Ya no era solo una herramienta de salida.

Era un pequeño mundo en construcción.

La mesa con las jaulas provisionales.

Las bolsas de tierra.

Las estructuras desmontadas del invernadero.

Las luces de cultivo.

Las herramientas de la ferretería.

Los conejos moviéndose nerviosos dentro de la caja temporal.

Los cuyos emitiendo sonidos mínimos.

Todo ello, ordenado y sujeto, parecía menos el botín de una huida y más el principio de una base móvil, de una vida que se negaba a desaparecer aunque el mundo insistiera en derrumbarse.

Glenn arrancó.

La autocaravana se movió otra vez por las afueras de Atlanta, esta vez ya con la ciudad más atrás que antes.

No irían directamente a la cantera.

—No iremos de inmediato —dijo Itachi—.

Acamparemos esta noche dentro del bosque, al lateral de la carretera.

Tenemos que armar todas estas cosas.

Glenn asintió.

—Sí.

Y así fue como dejaron atrás la zona comercial y se internaron más por carreteras menos densas, más laterales, más alejadas de la pulsación central del desastre.

El día avanzó y el paisaje fue cambiando poco a poco.

Menos concreto.

Más vegetación.

Menos edificios comprimidos.

Más tramos de bosque, claros, caminos de servicio, curvas de asfalto viejo.

A ratos veían coches abandonados.

A ratos un conductor solitario pasaba demasiado deprisa sin mirar a nadie.

A ratos el mundo parecía engañosamente quieto.

Glenn, sin saberlo del todo, manejaba dentro del margen exacto que Itachi había querido abrir.

Porque solo Itachi sabía la dimensión temporal real de todo aquello.

Solo ella tenía, gracias a los recuerdos mostrados por Hagoromo Ōtsutsuki, la forma más completa del desastre que apenas empezaba a desplegarse.

Sí, el fin del mundo ya había comenzado.

Sí, el colapso ya había entrado en su primera fase, esa donde la negación oficial todavía convivía con brotes visibles, violencia dispersa y estructuras todavía en pie.

Pero la verdadera caída, la caída abierta, la fase en que Atlanta se rompería con hambre, saqueo, histeria, fuego, enfrentamientos, robos masivos y terror sin rostro, aún tenía dos días de distancia.

Dos días.

Dos días.

Y Itachi iba a usarlos todos.

No para improvisar.

Para terminar de asegurar la autocaravana.

Para montar el invernadero.

Para construir las jaulas.

Para ordenar las herramientas.

Para sembrar.

Para acomodar la lógica de su nueva vida móvil.

Para terminar de preparar a Glenn, no solo físicamente, sino en su forma de mirar, reaccionar, entender y elegir.

Para llegar a la cantera no como dos fugitivos desesperados, sino como una unidad ya compuesta, con recursos, historia, estrategia y coartada.

Sabía qué tipo de personas podrían encontrar allí.

Sabía qué tipos de liderazgo podían aparecer.

Sabía qué errores cometía la gente al inicio del fin.

Sabía, también, que la violencia más amplia de Atlanta iba a venir pronto, pero que ellos ya no estarían en su centro cuando ocurriera.

Eso no la volvió menos atenta.

La volvió más firme.

Glenn manejó durante horas intermitentes, siguiendo indicaciones generales de ruta mientras el paisaje se volvía cada vez más boscoso.

Hablaron poco.

No por frialdad.

Porque ambos estaban pensando.

A ratos Glenn miraba el anillo en su dedo cuando la luz lo alcanzaba.

A ratos miraba de reojo el perfil de Itachi, la línea imposible de su rostro, la caída de algún mechón oscuro junto a la mejilla, el sello carmesí en la frente, la forma en que el anillo de ella brillaba con discreción cuando apoyaba la mano cerca de la ventana.

Y cada vez que lo veía, tenía que recordarse con cierta desesperación interna que aquello no era real.

No era real, no era real, no era real.

Pero su alegría sí lo era.

Y eso hacía el asunto peor.

También más hermoso.

También más peligroso.

Porque aunque la fachada fuera una mentira, la promesa de permanecer juntos no lo era.

La promesa sí le pertenecía.

La había oído.

La había aceptado.

Llevaba el anillo como una señal visible de esa historia inventada y, al mismo tiempo, como una marca íntima de algo mucho más auténtico: que Itachi había pensado en una forma de que nadie pudiera separarlos sin desafiar una lógica social básica.

Y la sola idea de que ella hubiera hecho eso por ellos, por él, por mantener la promesa, le producía una felicidad tan absurda que Glenn a veces tenía que apartar la mirada de la carretera solo un instante para recomponerse.

Cuando el sol descendió lo suficiente como para volver la luz más oblicua, más cálida y más corta, Glenn condujo por un lateral de carretera donde el bosque se cerraba lo bastante para ofrecer cobertura, pero no tanto como para atrapar la autocaravana en una ratonera sin salida.

Itachi observó el entorno durante un largo momento.

Árboles densos.

Terreno razonablemente firme.

Cobertura visual.

Distancia prudente de la vía.

Suficiente separación para que el vehículo no fuera visible de inmediato desde la carretera, pero no tan profundo como para quedar atascados.

Espacio para desmontar, trabajar y volver a salir al amanecer si era necesario.

—Aquí está bien —dijo.

Glenn obedeció y giró lentamente, apartándose del asfalto hasta hundir la autocaravana entre árboles y sombra.

Avanzó lo justo.

No más.

Apagó el motor.

El silencio posterior fue distinto al de la ciudad.

Más natural.

Más profundo.

Pero no menos tenso.

Eran casi las tres de la tarde.

Aquel horario, raro para “acampar”, era en realidad perfecto para lo que necesitaban: suficiente luz para trabajar, suficiente tiempo antes de la noche y una distancia ya razonable con respecto a Atlanta.

Glenn se quedó un momento con las manos todavía sobre el volante.

Exhaló.

El día le pesaba encima de los hombros y, sin embargo, el corazón seguía latiéndole de una manera extraña, no solo por el peligro ni por el cansancio.

Itachi se volvió ligeramente hacia él.

—Vamos a hablar —dijo—.

Crearemos nuestra coartada.

Y luego, a trabajar.

Glenn asintió.

—Así es.

Lo dijo con seriedad, pero por dentro seguía demasiado consciente de ella.

Del anillo.

De su cercanía.

Del hecho de que iban a sentarse a inventar una historia donde ambos eran esposos mientras la luz del atardecer caía sobre el bosque y el mundo se terminaba a unos kilómetros de distancia.

Era ridículo.

Era táctico.

Era perfecto para lo que necesitaban.

Y aun así, al pensarlo, el corazón le latió fuerte otra vez.

Itachi lo sabía.

No porque leyera mentes en ese sentido sencillo y romántico en que lo explicaría otro.

Lo sabía porque Glenn era transparente para ella en las cosas importantes.

No siempre en cada pensamiento concreto, pero sí en los impulsos centrales.

Veía el alivio.

Veía la torpeza contenida.

Veía cómo el anillo en su dedo pesaba más emocionalmente de lo que él querría admitir.

Lo vio, y aun así no lo señaló.

No era necesario.

La función venía primero.

La historia debía ser sólida.

Tenía que resistir preguntas, miradas, sospechas, convivencia.

Tenía que sonar natural.

Había que decidir cuánto tiempo llevaban “casados”, dónde se habían conocido, cómo habían terminado en Atlanta, por qué se mantenían juntos, qué nombres usarían para la familia que no estaba, qué elementos del relato serían verdad modificada y cuáles invención completa.

Pero también estaba lo otro.

La sensación cada vez más presente, más incómoda y más constante de que Glenn ya no era solo un objetivo a proteger para que alcanzara el futuro.

Se estaba volviendo alguien cuya cercanía también alteraba la quietud interna de Itachi.

No de la misma manera en que ocurría con Glenn, no con el mismo desorden cálido y vulnerable.

En ella ocurría de otra forma: un registro creciente de su presencia, de su voz, de cómo el espacio cambiaba cuando estaba ahí, de cómo la promesa hecha había dejado de sentirse solo como una orden a cumplir.

Era… algo más.

No lo nombró.

No todavía.

Pero lo registró.

Glenn, por su parte, giró por fin hacia ella dentro de la luz cansada de la tarde y sintió, otra vez, que le resultaba casi imposible acostumbrarse a verla.

El bosque gris verdoso detrás de las ventanas.

La autocaravana convertida en un refugio semiorgánico lleno de tierra, animales y herramientas.

El fin del mundo sobre ellos.

Y aun así Itachi parecía salida de una visión demasiado hermosa y demasiado letal para ser real.

El traje negro con rojo.

El cabello recogido alto con la flor y el tocado.

El sello rojo en la frente.

El anillo que él le había puesto.

La katana junto a ella.

Y el rostro sereno, perfecto, sin una sola línea desperdiciada.

—Entonces… —dijo Glenn al fin, tratando de enfocar la mente donde debía— ¿cómo nos conocimos?

Itachi apoyó la mano donde el anillo brilló apenas bajo la luz del atardecer.

Y comenzó a construir.

La mentira.

La coartada.

La historia.

La nueva verdad que otros creerían.

Y que, quizá, de algún modo extraño, ya empezaba a parecerse demasiado a una forma futura de realidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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