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ojos carmesí - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 La noche en que la ciudad dejo de fingir
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8: La noche en que la ciudad dejo de fingir.

8: La noche en que la ciudad dejo de fingir.

La tarde terminó de morir sin que ninguno de los dos lo notara de inmediato.

No porque el tiempo se hubiese vuelto más rápido, sino porque todo alrededor de Glenn e Itachi había empezado a comprimirse de una manera distinta.

Las horas ya no eran solo horas.

Eran margen.

Ventana.

Oportunidad.

Retraso.

Error posible.

La luz que se extinguía detrás de las ventanas del apartamento de Glenn ya no era simplemente el final de un día; era el anuncio de que la ciudad iba a entrar en una clase de oscuridad mucho más seria que la nocturna.

La televisión seguía encendida.

Las noticias ya no tenían casi nada de las noticias comunes.

No había una estructura real.

No había narración clara.

Solo fragmentos.

Imágenes que se atropellaban unas a otras.

Presentadores cada vez más tensos.

Reporteros que eran interrumpidos por gritos fuera de cámara.

Cámaras que se movían demasiado rápido.

Imágenes de ciudades.

De hospitales.

De patrullas.

De gente corriendo.

De calles cerradas.

De personas que sangraban.

De cuerpos que no deberían levantarse y se levantaban.

La pantalla hablaba de “violencia extrema”, de “crisis nacional”, de “descontrol”, de “incidentes sin precedentes”, de “evitar salir”, de “mantener la calma”, de “esperar instrucciones”.

Pero la verdad ya no cabía dentro de esas palabras.

Ya no.

Glenn lo sentía.

Lo sentía en la forma en que su cuerpo no conseguía relajarse ni sentado en su propio sofá.

Lo sentía en la garganta, en la respiración, en el ritmo del pensamiento, en esa percepción animal de que algo gigantesco se había roto y todavía no terminaban de oír el estruendo completo.

Lo sentía también, de un modo extraño, cada vez que giraba la cabeza apenas y veía a Itachi sentada cerca, recta, serena, hermosa de una forma casi insoportable incluso allí, incluso en medio del fin.

Ella seguía igual.

No desinteresada.

No distante.

Simplemente contenida de un modo que Glenn no terminaba de comprender.

Tenía la katana junto a ella.

La espalda recta.

Los ojos atentos.

Las manos quietas.

La respiración estable.

Era como si la noche, la sangre, las noticias y la ciudad misma estuvieran empezando a descomponerse alrededor de algo que no iba a moverse.

Y Glenn, sin querer, siguió mirándola.

No pudo evitarlo.

La televisión mostraba un helicóptero sobrevolando una autopista repleta de coches.

Una toma aérea de Atlanta, cortada y comentada por una voz que hablaba demasiado deprisa.

Gente saliendo de algunos edificios.

Gente empujando en tiendas.

Gente llorando.

Gente armándose.

Gente buscando a otros.

Y, a pesar de todo eso, Glenn seguía teniendo la atención dividida.

Mitad mundo.

Mitad Itachi.

O quizá no mitad y mitad.

Quizá algo menos limpio, más confuso: el mundo lo aterraba más precisamente porque Itachi estaba dentro de él ahora.

Porque ella ya no era una vecina rara y hermosa.

Ya no era solo la mujer que había aparecido en el pasillo con un traje negro y rojo y una katana.

Ya no era solo una presencia fascinante que le alteraba el corazón.

Ahora era alguien cuya seguridad importaba dentro del desastre.

Alguien cuya voz empezaba a ordenar su miedo.

Alguien cuya cercanía se estaba volviendo necesaria.

Eso era nuevo.

Y Glenn no estaba preparado para lo rápido que había ocurrido.

Se levantó del sofá después de un rato, incapaz de seguir quieto.

Fue hasta la ventana.

Corrió apenas la cortina y miró hacia abajo.

Atlanta había cambiado.

No toda, no de manera total todavía, pero sí lo suficiente.

Había más coches de los que debería haber.

Más movimiento en la calle.

Más luces encendidas en apartamentos vecinos.

Más personas apresuradas.

Más voces.

Más sirenas.

Más perros ladrando a la vez.

Más portazos.

Más nervios.

Y luego, de pronto, un grito.

No muy cerca al principio.

Uno solo.

Brusco, afilado, demasiado real.

Glenn se quedó quieto.

Luego vino otro, más lejano.

Después una discusión.

Después el sonido de algo cayendo.

Después otra sirena, esta vez más cerca.

Itachi se puso de pie y se acercó también a la ventana.

No demasiado.

Lo justo.

Glenn la sintió a su lado antes de mirarla.

Y cuando volvió apenas la cabeza y la vio allí, a poca distancia, con el rostro sereno y la atención fija afuera, el contraste lo golpeó una vez más con toda su fuerza.

La ciudad estaba entrando en pánico.

Los vecinos comenzaban a reaccionar.

El mundo se inclinaba.

Y ella seguía teniendo esa belleza imposible, limpia, grave, casi celestial, como si no perteneciera del todo a la misma materia que lo demás.

Glenn la observó un instante más de lo que debió.

Y entonces habló.

No porque hubiera decidido hacerlo.

No porque llevara la frase preparada.

No porque fuera el momento lógico.

Simplemente salió.

—No quiero pasar lo que viene sin ti.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Glenn sintió el instante exacto en que comprendió lo que había dicho.

Y se quedó inmóvil.

Su corazón dio un golpe seco.

Luego otro.

Su rostro se calentó tan deprisa que fue casi humillante.

No había querido decirlo así.

No había querido que sonara así de directo, así de desnudo, así de verdadero.

Quería decir muchas cosas distintas a la vez: que no quería enfrentar lo que venía solo, que confiaba en ella, que quería mantenerse cerca, que le daba miedo separarse, que… sí, que no quería pasar aquello sin ella.

Pero oírlo completo, ya dicho, ya fuera de su boca, fue otra cosa.

Bajó la vista un segundo, luego volvió a levantarla hacia Itachi con una mezcla imposible de vergüenza, alarma y sinceridad inevitable.

Ella lo observó.

No con sorpresa abierta.

No con burla.

No con dureza.

Solo lo observó.

Vio el rubor en sus mejillas.

El temblor mínimo en la tensión de la mandíbula.

La manera en que estaba a punto de corregirse o disculparse o intentar convertir lo que había dicho en algo menos íntimo, menos revelador, menos peligroso.

No lo dejó.

—Entonces mantengámonos juntos —dijo Itachi.

Glenn alzó los ojos hacia ella.

La respuesta fue tan directa que lo dejó quieto.

Ella continuó, con la misma voz baja, estable, firme: —No estoy en mi país.

Eres el único que conozco.

Mantengámonos juntos.

Lo repitió.

No como una frase ligera.

No como consuelo improvisado.

Como acuerdo.

El alivio que Glenn sintió fue tan inmediato que casi dolió.

Su pecho se apretó de una manera nueva, tan intensa que durante un segundo no supo si quería reír, respirar más hondo o simplemente quedarse viéndola.

Lo hizo.

La vio.

De verdad.

El rostro serio, perfecto.

La línea limpia de la mandíbula.

La caída oscura del cabello.

Los ojos profundos.

La katana junto a ella.

Su cuerpo entero —elegante, fuerte, hermoso— recortado contra la luz fría de la ciudad en crisis.

Divina, pensó.

No en un sentido religioso.

No exactamente.

Divina como algo que no termina de parecer de este mundo.

Y aun así estaba ahí, a su lado, diciéndole que se mantendrían juntos.

Glenn sonrió, aunque el rubor seguía ahí.

No intentó ocultarlo del todo.

No pudo.

—Sí —murmuró, más bajo—.

Sí.

Afuera, los gritos volvieron.

Más cerca esta vez.

Ambos giraron hacia la ventana.

En uno de los edificios próximos, una mujer estaba llorando en el balcón mientras alguien dentro le gritaba que entrara.

En la calle, dos hombres discutían junto a un coche.

Más abajo, alguien cargaba cajas con demasiado apuro.

Dos vecinos del edificio salieron con maletas y bajaron deprisa, casi tropezando.

Otro, en la ventana del apartamento de enfrente, ya estaba clavando madera sobre el marco.

Una pareja en el estacionamiento metía bolsas en la cajuela de un sedán.

Más a lo lejos, un vehículo pasó demasiado rápido y casi chocó al doblar.

La ciudad no había colapsado del todo.

Pero ya había dejado de fingir.

Glenn se apartó de la ventana y pasó una mano por su nuca.

—La gente está entrando en pánico.

—Sí —dijo Itachi.

—¿Y nosotros?

Ella lo miró.

—Nosotros nos preparamos.

Hablaron más después de eso.

La conversación ya no fue la de dos personas viendo las noticias por curiosidad o discutiendo posibilidades abstractas.

Ahora era concreta.

Táctica.

Inmediata.

Estaban dentro de la primera noche real del colapso.

No total, no todavía, pero sí dentro de la fase en que el error más común era precipitarse sin cálculo o congelarse esperando instrucciones que quizá nunca llegarían.

—No vamos a pasar la noche separados sin estar listos —dijo Glenn.

No era exactamente una pregunta.

Era una necesidad articulándose.

Itachi asintió.

—Voy a preparar lo necesario en mi apartamento.

—¿Y luego?

—Luego vuelvo aquí.

Glenn la observó.

Había una parte de él que quería pedirle que no se fuera ni esos minutos.

Otra parte sabía que era irracional.

Y una tercera parte, más silenciosa y más fuerte, simplemente confiaba en que volvería.

Porque Itachi no daba la impresión de prometer cosas que no pensara cumplir.

Ella se dirigió a la puerta.

—Si vamos a irnos, no será en la noche —dijo antes de salir.

Glenn frunció el ceño.

—Entonces, ¿cómo?

¿Cuándo?

Itachi ya estaba en el umbral cuando respondió: —Antes de que todo se ponga peor.

La noche no es un buen momento.

Falta de visibilidad.

Ruido.

Bloqueos.

Pánico.

Demasiadas variables.

Si vamos a irnos, será en la madrugada.

A primeras horas.

Glenn asintió lentamente.

Tenía sentido.

Todo en ella tenía sentido, incluso cuando el sentido no era lo que él quería oír.

La vio cruzar el pasillo hacia su apartamento.

La puerta se cerró.

Y por primera vez desde que la conocía, Glenn sintió con claridad física el espacio que dejaba ella al ausentarse, aunque solo fuera por unos minutos.

No era solo el pasillo.

Era una diferencia interna.

El aire parecía menos centrado.

La televisión más ruidosa.

Las noticias más caóticas.

Se movió por su sala sin quedarse quieto.

Pensó.

¿Qué harían?

¿Adónde irían?

¿Cuánto tiempo fuera?

¿Era siquiera posible salir de la ciudad al amanecer?

¿Y después qué?

La pregunta del después fue la que terminó por hacerle recordar algo.

Un mapa.

Lo tenía.

En un cajón.

No lo usaba nunca, pero sabía que estaba ahí.

Comenzó a rebuscar entre papeles, recibos, manuales, sobres, cosas guardadas sin mucha lógica precisa.

La televisión seguía encendida al fondo.

Las noticias seguían empeorando.

Afuera seguían oyéndose voces, portazos, coches arrancando.

Cuando por fin encontró el mapa, lo desplegó sobre la mesa.

En ese momento Itachi volvió.

Llevaba una maleta preparada.

No grande.

No excesiva.

Solo lo necesario para sostener la apariencia de alguien que había empacado con criterio y rapidez.

Glenn la miró entrar con el bolso y pensó otra vez lo mismo: incluso cargando una maleta de emergencia seguía viéndose demasiado compuesta, demasiado hermosa, demasiado exacta.

Ella dejó la maleta cerca del sofá y se acercó a la mesa.

—Tienes internet todavía —dijo, mirando la computadora portátil.

—Sí.

Aún.

—Úsalo.

Glenn abrió la laptop y la acercó al mapa.

Se sentaron uno junto al otro, no tan cerca como para tocarse, pero lo bastante como para que la presencia del otro ocupara el mismo espacio de trabajo.

El resplandor de la pantalla se sumó a la luz fría del televisor y a la oscuridad que empezaba a apretarse del otro lado de las ventanas.

—Necesitamos un lugar —dijo Glenn.

—Agua potable —respondió Itachi—.

Que tenga agua.

La comida se puede conseguir.

El agua, no.

Glenn asintió.

Sabía que ella tenía razón.

Llevaban suministros.

Llevaban filtros.

La autocaravana ya estaba preparada con más de lo que cualquiera de los dos podía necesitar durante semanas.

Pero si pensaban en algo más que unos días —y Glenn empezaba a entender que debían hacerlo—, entonces el agua era la condición primera.

Buscaron.

Con el mapa.

Con la laptop.

Con noticias al fondo.

Con el reloj corriendo.

Zonas alejadas.

Espacios abiertos.

Sitios no demasiado poblados.

Lugares desde los cuales pudieran observar sin quedar encerrados.

Acceso razonable.

Agua cercana.

Hablaron mientras buscaban.

De caminos.

De densidad de población.

De cuánto tardaría el pánico en salir de la ciudad hacia las zonas rurales.

De si convenía esconderse o poder moverse.

Glenn empezó proponiendo opciones demasiado urbanas, pequeños suburbios, carreteras secundarias con gasolineras, sitios que parecían lógicos desde la costumbre de alguien que siempre había vivido dentro del ritmo normal del mundo.

Itachi fue descartándolos con calma.

—Demasiadas personas.

—Dependen de servicios.

—No hay agua suficiente.

—Se volverán cuello de botella.

—No dan margen de observación.

No lo humillaba al corregirlo.

Solo afinaba.

Y Glenn, lejos de irritarse, sentía que cada corrección le aclaraba más la mente.

Era como si tener a Itachi al lado redujera el ruido del pánico y lo obligara a pensar mejor.

Pasó bastante rato así.

Hasta que Glenn encontró el sitio y lo señaló con el dedo sobre el mapa, luego lo comparó con la pantalla.

—La cantera —dijo—.

Ahí nos vamos a ir.

¿Qué te parece?

Itachi inclinó ligeramente la cabeza, analizando.

La cantera.

Apartada.

Relativamente contenida.

Con agua cerca.

Con cierta protección natural.

No ideal a largo plazo quizá, no necesariamente un refugio final, pero sí una posición razonable para el momento inmediato, para observar, para descansar, para reorganizarse, para esperar a que el mapa real del colapso se hiciera más visible.

—Por el momento —dijo al fin—, el lugar sirve.

Hasta que sepamos bien cómo están las cosas, es un buen sitio.

Glenn sintió alivio al oírlo.

No solo porque hubieran elegido algo.

Porque ella lo aprobaba.

Eso empezaba a importar demasiado.

Mientras seguían ajustando detalles, Itachi vio la radio portátil sobre un mueble, la misma que Glenn había usado para escuchar música y noticias durante los días anteriores.

—Llévatela —dijo.

Él giró la cabeza.

—¿La radio?

—Sí.

Métela en el bolso.

Va a ser útil.

Glenn asintió.

Fue por ella.

La puso junto al mapa, luego guardó ambos en la mochila de salida rápida.

El gesto era simple, pero para Itachi tuvo valor porque revelaba algo que se había vuelto constante: Glenn ya no recibía sus recomendaciones como si vinieran de una extraña.

Las incorporaba.

Las asumía.

Las hacía suyas.

La confianza seguía creciendo.

La noche avanzó.

Y con ella, las conversaciones también.

No solo del plan.

También de ellos.

No de una manera abierta, no confesional todavía, pero sí como dos personas que, mientras el mundo se deshace afuera, empiezan a revelar más de sí mismas por necesidad, por proximidad y por la forma extraña en que el peligro acelera ciertas verdades.

Glenn hablaba más.

Era inevitable.

Le salían las preguntas, los recuerdos, las asociaciones, incluso el humor breve cuando la tensión se volvía demasiado grande.

Le habló de cómo nunca se había imaginado saliendo de Atlanta en una autocaravana junto a su vecina misteriosa.

De cómo, hasta hacía unos días, su mayor preocupación era el trabajo, el tráfico, el alquiler, cosas pequeñas.

De cómo ahora todo eso parecía ridículo.

De cómo le costaba entender que el mundo pudiera torcerse tan rápido.

Itachi escuchaba.

Analizaba.

No solo las palabras.

Las pausas.

La velocidad.

La forma en que Glenn trataba de no sonar asustado del todo.

La forma en que buscaba sentido hablando.

La forma en que, al narrar, se ordenaba a sí mismo.

Ella respondió lo necesario.

A veces poco.

A veces con frases que Glenn sentía más grandes de lo que parecían.

—Las cosas grandes casi nunca avisan con la claridad suficiente —dijo en un momento, mientras una reportera en televisión trataba de hablar sobre un hospital evacuado.

Él la miró.

—¿Cómo haces para sonar siempre como si ya hubieras pensado eso antes?

—Porque normalmente ya lo pensé antes.

Glenn soltó una risa cansada.

—Sí.

Claro.

Debí imaginarlo.

Pero luego se quedó viéndola de nuevo.

Y otra vez le golpeó la misma verdad: le gustaba escucharla hablar.

Le gustaba incluso cuando respondía con severidad.

Le gustaba cuando era precisa.

Le gustaba cuando corregía.

Le gustaba cuando su voz se mantenía estable en medio de todo.

Le gustaba porque ella, en ese momento, estaba convirtiéndose en el lugar más sólido dentro de una noche que se deshacía por todas partes.

Los análisis de Itachi seguían funcionando por capas.

Una parte de su atención estaba con Glenn.

Otra con las noticias.

Otra con el sonido del edificio.

Otra con la ciudad.

Escuchaba a los vecinos moverse.

Vio, mentalmente, el patrón del miedo: puertas que se abrían y cerraban, ascensores usados en exceso, pasos apurados, conversaciones temblorosas, arrastre de maletas, objetos caídos, un niño llorando más abajo, una discusión en otra planta.

Algunas personas huían demasiado pronto y sin plan.

Otras se encerraban creyendo que las paredes serían suficientes.

Otras tardaban demasiado en aceptar lo que pasaba.

El edificio, como el país, estaba entrando en la fase en que cada quien revelaría su verdadera forma de enfrentar el desastre.

Glenn no era así.

Glenn sentía miedo, sí.

Pero también pensaba.

Preguntaba.

Escuchaba.

Se ajustaba.

Eso lo hacía sobrevivible.

Y mientras hablaba con él, mientras veía la atención con que seguía el mapa y guardaba la radio y reorganizaba la mochila y miraba las noticias y volvía a ella, Itachi registró con nitidez algo que había empezado como una observación táctica y ya no lo era solamente: Glenn quería mantenerla cerca no solo porque lo ayudara.

La quería cerca porque ella ya le importaba.

En cualquier otro contexto, quizá ese crecimiento habría tardado más.

Habría necesitado meses de convivencia, pequeñas escenas, costumbre, certezas.

Pero el colapso había comprimido las escalas.

Lo que en tiempos normales tarda en consolidarse, en el borde del fin puede revelarse en días.

Glenn no tenía aún una palabra limpia para lo que sentía.

Pero su cuerpo sí.

Su mirada sí.

Su alivio sí.

Su necesidad de no pasar aquello sin ella, dicha frente a la ventana, sí.

Más tarde, cuando el cansancio empezó a volver más pesadas las horas, Glenn se dejó caer en el sofá y miró la pantalla con los ojos un poco perdidos.

La televisión mostró otra calle.

Otra ciudad.

Otra sangre.

Otra familia gritando detrás de una puerta.

Otra mentira oficial fallando en directo.

Él exhaló.

—No sé cómo va a verse el mundo mañana.

Itachi lo miró.

—Diferente.

Glenn soltó una media risa sin humor.

—Gracias por la precisión aterradora.

Ella sostuvo su mirada un instante más.

—Mañana seguiremos moviéndonos.

No era consuelo.

Era una línea.

Una promesa de continuidad.

Y Glenn, una vez más, se encontró aceptando la promesa como si bastara.

Porque en ese momento, quizá bastaba.

La noche siguió corriendo.

El plan quedó listo.

La cantera al amanecer.

Autocaravana preparada.

Mapa guardado.

Radio en la mochila.

Maletas listas.

Salir antes de que el caos diurno se volviera peor.

No dormirían realmente.

No en sentido profundo.

Solo esperarían a que las horas se volvieran lo bastante tempranas para partir.

Y mientras la ciudad alrededor del edificio gemía, se tensaba, gritaba, corría, se atrincheraba o huía, Glenn y Itachi permanecieron dentro de ese apartamento compartiendo noticias, mapas, silencio y la clase de cercanía que ya no podía seguir llamándose accidental.

Glenn, con el miedo creciendo y el corazón todavía alterado por lo que había admitido.

Itachi, con la mente metódica, perfecta, calculando rutas y riesgos, y al mismo tiempo observando cómo ese joven de mirada cálida y voz inquieta se convertía, poco a poco, en algo que ya no podía reducirse solo al objetivo de una misión.

La madrugada aún no llegaba.

Pero cuando llegara, se irían juntos.

Y esa decisión, simple y enorme a la vez, ya había cambiado la forma de todo.

Sin fallar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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