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ojos carmesí - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 La verdad que empieza en una mentira
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12: La verdad que empieza en una mentira.

12: La verdad que empieza en una mentira.

Se sentaron uno frente al otro dentro de la autocaravana, con el bosque envolviéndolos desde afuera en una quietud engañosa, con el motor ya apagado, con la luz de la tarde filtrándose a través de las ventanas polarizadas en tonos suaves y apagados, y con todo lo que habían recogido durante el día ocupando el interior como una promesa todavía sin forma definitiva.

Las bolsas de tierra fértil.

Las estructuras desmontadas del invernadero.

Las tablas, tornillos y herramientas.

Las jaulas aún por montar del todo.

Las bandejas.

Las luces de cultivo.

Los conejos y los cuyos en sus compartimentos temporales, emitiendo pequeños sonidos nerviosos, vivos, presentes.

La escena entera tenía algo extraño: no parecía un campamento improvisado del fin del mundo, sino el esqueleto de una vida futura en plena construcción.

Y, en medio de todo ello, Glenn la observaba.

La observaba a ella.

Divina, como siempre.

No importaba si estaban en un apartamento recién pintado, en una joyería abandonada, en el asiento de una autocaravana o en un claro oculto dentro del bosque mientras el mundo se desplomaba a unas millas de distancia.

Itachi seguía viéndose como si la realidad no tuviera derecho a desordenarla.

La luz del atardecer se detenía en su rostro sin atreverse a deformarlo.

El negro y rojo de su traje la hacían parecer más nítida dentro del interior cálido del vehículo.

El cabello recogido alto, la flor roja, el tocado, el sello carmesí en la frente, la línea firme de su garganta, el anillo en su dedo.

Glenn vio el anillo, luego su mano, luego su rostro, y por un instante tuvo que recordarse, otra vez, que todo eso era mentira.

La coartada.

La historia.

La boda inventada.

El matrimonio inexistente.

Pero la forma en que ella llevaba el anillo, con esa calma exacta, casi lograba que la mentira le pareciera una verdad adelantada.

Itachi guardó silencio durante un momento.

No era duda.

Era construcción.

Estaba organizando la historia del mismo modo en que organizaba herramientas, trayectorias, provisiones o amenazas: por capas, por lógica, por puntos fuertes y puntos débiles, por credibilidad, por ritmo, por elementos verificables y detalles emocionales suficientes para volverla humana.

No necesitaban una mentira perfecta en cada rincón.

Necesitaban una mentira sólida.

Una que se sostuviera bajo preguntas casuales, bajo observaciones cotidianas, bajo miradas largas.

Una historia que no tuviera demasiadas adornos, pero sí los correctos.

Una historia que permitiera que Glenn e Itachi permanecieran juntos sin que otros sintieran necesidad de apartarlos.

Itachi observó el anillo en su dedo y empezó.

—Viajaste a Japón por turismo.

Glenn inclinó un poco la cabeza.

—¿Turismo?

—Sí.

La voz de Itachi era tranquila, firme, ya dentro del relato.

—A Tokio —continuó—.

Fuiste por una semana.

Solo una semana.

Glenn la siguió con atención.

—¿Y nos conocimos en una cafetería?

—preguntó, intentando imaginar la escena.

Itachi negó ligeramente.

—No.

Yo iba saliendo de una librería y tú andabas perdido.

No sabías bien cómo llegar a donde ibas.

Yo hablaba inglés y te ayudé.

Glenn sonrió apenas, porque podía visualizarlo.

Podía imaginarse a sí mismo en Tokio, mirando letreros, sintiéndose un poco fuera de lugar, un poco fascinado, tratando de orientarse con un mapa o un teléfono, y a Itachi apareciendo entonces, hermosa y serena, saliendo de una librería.

La imagen era tan coherente con lo que ella era que por un momento no pareció una mentira.

—¿Y entonces?

—preguntó él.

Itachi siguió construyendo.

—Se suponía que el viaje iba a durar solo una semana, pero te quedaste más tiempo porque me conociste.

Empezamos a salir.

Nos enamoramos.

La palabra llegó así de simple.

Nos enamoramos.

Glenn sintió el latido de su corazón cambiar apenas, aunque se obligó a no mostrarlo demasiado.

Era una historia inventada.

Sí.

Una coartada.

Sí.

Y, aun así, oír esa palabra en labios de Itachi, incluso puesta dentro de una mentira, hizo que algo dentro de él la recibiera como si no lo fuera del todo.

Itachi siguió, impecable.

—Después regresaste aquí, a Atlanta.

Tuvimos una relación a distancia.

Volviste a Japón una segunda vez, ya no por turismo, sino para la boda.

Glenn parpadeó.

El anillo volvió a pesarle en el dedo.

—Mi padre estaba muy molesto de que yo me casara con un extranjero —dijo Itachi—, pero al final aceptó y nos casamos.

El tono con el que lo dijo hizo que Glenn sintiera la historia volverse más real.

No porque creyera en ella como verdad, sino porque Itachi sabía construir peso donde hacía falta.

Ese detalle —el padre enojado, el extranjero, la resistencia inicial, la aceptación final— añadía conflicto, tradición, realismo cultural.

Lo bastante concreto como para que cualquier otro sobreviviente pudiera oírlo y asentir sin necesidad de seguir preguntando demasiado.

—Mi padre murió un mes después de la boda —continuó Itachi—.

Yo me quedé en Japón.

Tú tuviste que regresar aquí.

No tuvimos luna de miel.

Glenn sintió una punzada extraña al escuchar eso, absurda y real a la vez.

Porque incluso dentro de la historia falsa, la idea de una boda sin luna de miel, de una separación, de una promesa suspendida, sonaba trágica de una manera íntima.

Itachi la estaba creando demasiado bien.

—Yo vine aquí hace semana y media —siguió diciendo ella—, después de preparar todo para la mudanza, documentos, papeles, trámites.

Compramos una autocaravana para viajar un mes por Estados Unidos antes de establecernos del todo.

Tú dejaste tu empleo.

Glenn asintió lentamente.

Eso también encajaba.

Su semana libre podía convertirse en renuncia reciente.

La autocaravana, en plan de viaje de recién casados.

La presencia de Itachi en Atlanta, en una mudanza real.

Todo se acomodaba.

—Y yo —dijo Itachi, levantando apenas la barbilla—, como mi familia proviene de samuráis, puedo usar la espada.

Iba a abrir una academia para enseñar el uso de la espada en Atlanta.

Glenn sonrió apenas por lo perfecto que sonaba dentro del conjunto.

No ridículo.

No teatral.

Solo lo bastante extraño para que el arma dejara de parecer un misterio incomprensible y se convirtiera en una extensión lógica de su historia.

Itachi terminó la primera estructura del relato con la misma calma con la que otro terminaría una lista de compras.

—Cuando todo comenzó, andábamos de viaje en nuestra autocaravana.

Oímos las noticias.

Nos abastecimos de lo básico.

Luego vinimos hacia la cantera.

Bajó la mirada apenas hacia el anillo.

—Esa va a ser nuestra coartada.

Glenn guardó silencio unos segundos.

No porque no entendiera.

Porque estaba acomodando dentro de sí la extraña belleza práctica de todo aquello.

La historia tenía sentido.

Era fuerte.

Era creíble.

Podía sobrevivir a preguntas simples y a convivencias largas.

Pero también, para Glenn, tenía algo más.

Cada detalle falso rozaba una posibilidad que, en otra vida o en otro tiempo, habría deseado como real.

Viajar a Japón.

Perderse.

Encontrarse con Itachi fuera de una librería.

Enamorarse.

Volver.

Casarse.

Regresar a buscarla.

Tener una boda.

Tener una luna de miel pendiente.

Viajar juntos.

Tuvo que apartar esa parte de sí un poco para poder concentrarse.

—Entonces —dijo—, ¿cuánto tiempo llevamos casados?

Itachi respondió sin dudar.

—Poco.

Menos de dos meses.

—Eso sirve —murmuró Glenn—.

Explica por qué estamos tan… juntos.

Itachi lo miró.

—Sí.

Glenn siguió preguntando.

No por desconfianza.

Porque comprendía que debían afianzar la mentira hasta que pudiera decirla sin esfuerzo.

—¿Tu padre qué hacía?

—¿Cómo se llamaba?

—¿Dónde nos casamos exactamente?

—¿Vivo con tu familia o no?

—¿Qué digo si alguien me pregunta por qué hablas tan bien inglés?

—¿Y si preguntan por mi trabajo?

—¿Y si alguien nota que no sabemos demasiadas cosas uno del otro?

Itachi respondió cada cosa con precisión.

Su padre era severo, tradicional, reservado.

No hacía falta ponerle nombre si no era necesario; demasiados nombres inventados generan grietas.

Se habían casado en una ceremonia pequeña, privada, en Japón, con pocos testigos.

No había vivido con la familia, solo se había quedado un tiempo para ayudar en gestiones y arreglos antes de volver a Atlanta.

Ella hablaba inglés porque lo había estudiado y porque planeaba enseñar en el extranjero.

Glenn había trabajado en Atlanta, algo relacionado con logística, entregas, rutas.

Nada demasiado detallado para no enredarse.

Y si alguien notaba huecos, el hueco mismo podía explicarse: matrimonio reciente, mudanza, vidas en países distintos, poco tiempo real compartido después de la boda.

—No intentes saberlo todo —dijo Itachi—.

Intenta saber lo importante.

—Como qué.

—Cómo nos conocimos.

Que estamos casados.

Que perdí a mi padre hace poco.

Que dejaste el trabajo.

Que íbamos a viajar un mes.

Que queríamos empezar de nuevo aquí.

Lo demás, si no es necesario, no se ofrece.

Glenn asintió.

Eso también encajaba con ella: no llenar de detalles innecesarios, porque cada detalle extra era otro punto vulnerable.

La conversación se extendió.

Ajustaron tonos, ritmos, posibles preguntas.

Glenn hizo observaciones sobre cómo hablaría un esposo reciente.

Itachi le dijo qué cosas serían naturales y cuáles sonarían exageradas.

Él preguntó si debían parecer demasiado enamorados o más reservados.

Itachi dijo que lo natural bastaba: cercanía, atención mutua, preocupación visible, costumbre de moverse juntos, pequeños gestos, el hecho de que Glenn no quisiera perderla de vista y que ella aceptara de forma tranquila esa protección.

Nada teatral.

Nada que llamara demasiado la atención.

Solo una pareja reciente que había sido empujada al fin del mundo antes de poder empezar su vida con normalidad.

En algún momento, cuando la estructura ya estaba firme, Itachi se quedó en silencio.

Glenn la observó.

Había terminado de responder.

Ya tenían lo necesario.

Y, sin embargo, ella no parecía haber terminado de hablar.

Había otra cosa en su mirada.

Otra cosa en la quietud con que sostenía su mano cerca del regazo, donde el anillo brillaba apenas.

Entonces preguntó: —¿No me preguntas?

Glenn frunció ligeramente el ceño.

—¿Sobre qué?

La mirada de Itachi no se apartó.

—Sobre por qué tengo que mentir sobre mi historia.

Sobre mi supuesto padre.

Sobre por qué uso una katana.

Glenn la observó durante un momento largo.

Y lo cierto era que sí.

Lo había pensado.

Había pensado muchas veces que Itachi mentía.

No en el sentido cruel o traicionero de alguien falso.

En el sentido evidente de alguien que llevaba secretos demasiado grandes para el mundo normal.

La katana.

La forma en que se movía.

La forma en que analizaba.

La facilidad con que parecía preverlo todo.

Su serenidad.

Su fuerza.

Su historia demasiado pulida.

Glenn no era tonto.

Sabía que había capas debajo.

Sabía que había una verdad más profunda a la que todavía no tenía acceso.

Pero también sabía otra cosa.

Que confiaba en ella.

Con una claridad rara, irracional, peligrosa quizá, pero completamente real.

Así que respondió con la misma honestidad tranquila con que había respondido tantas veces desde que el mundo empezó a romperse: —Sé que mientes.

Sé que tienes secretos.

Pero también sé que puedo confiar en ti.

Y sé que me los dirás cuando sea necesario.

La frase quedó entre ambos.

Itachi lo observó sin parpadear durante unos segundos.

Esa respuesta no era la más común.

La mayoría de la gente exigía.

Presionaba.

Quería saber para sentirse segura.

Glenn no.

Glenn, en cambio, había decidido algo mucho más difícil y, para ella, mucho más valioso: esperar.

Confiar antes de comprender del todo.

Eso podía ser ingenuidad en otro hombre.

En Glenn, Itachi percibía que nacía de un núcleo distinto.

Una mezcla rara de intuición, bondad y la forma casi dolorosamente pura en que ya había decidido ponerla dentro del círculo de lo suyo.

Itachi se movió entonces.

No rápido.

No para asustarlo.

Se acercó.

Tomó la mano de Glenn.

Y todo el cuerpo de Glenn se estremeció.

El contacto fue simple.

Apenas eso.

La mano de Itachi cerrándose sobre la suya, cálida, firme, real.

Pero para Glenn no fue algo pequeño.

Sintió la descarga recorrerle el brazo, el pecho, la garganta.

Su respiración cambió.

El corazón volvió a golpear demasiado deprisa.

Y, aun así, no apartó la mano.

No habría podido aunque quisiera.

La miró con una atención total.

Itachi sostuvo ese instante y dijo: —Bien.

La palabra fue breve.

Luego añadió: —Porque estoy a punto de contarte uno.

Glenn se tensó por completo.

No de miedo.

De expectación.

La observó con tanta atención que casi dejó de respirar un segundo.

—Tengo un poder —dijo Itachi.

Glenn tardó un instante en procesarlo.

Luego la sorpresa atravesó su rostro sin filtro.

—¿Qué?

Parpadeó.

Otra vez.

—¿Es broma?

—preguntó, incapaz de evitarlo—.

¿Como los superhéroes?

No había burla cruel en la pregunta.

Solo incredulidad humana, la reacción automática de alguien cuyo mundo ya se había salido demasiado de sus márgenes y al que aun así le acababan de añadir una palabra que pertenecía a otro tipo de realidad.

Itachi negó.

—No.

Lo sostuvo con los ojos.

—Sé que no crees —dijo—, pero puedo mostrarlo.

Glenn no dijo nada.

Estaba escuchando.

Y entonces Itachi eligió la versión de la verdad que podía darle sin romperlo todo.

No el chakra.

No Hagoromo.

No Naruto.

No la muerte.

No la reencarnación.

No la transformación completa.

Solo aquello que Glenn podía entender y que además explicaba el siguiente paso.

—Me permite hacer crecer plantas muy rápido.

Glenn la miró fijamente.

La frase, extraña como sonaba, no le pareció imposible viniendo de ella.

Quizá era absurdo.

Quizá una parte de su mente seguía resistiéndose.

Pero otra parte —la más profunda, la que ya había aprendido en pocos días que Itachi nunca decía cosas huecas— entendió algo decisivo: ella no estaba bromeando.

—¿Por eso querías el invernadero?

—preguntó.

Itachi asintió.

—Sí.

—¿Y… puedes mantenerlo?

¿Hacerlo funcionar de verdad?

—Puedo hacer que crezca.

Puedo fortalecerlo.

Hacer que prospere.

Hacer que produzca para los dos.

Glenn sintió una mezcla extraña de asombro, alivio y una especie de vértigo.

Porque si eso era cierto —y una parte cada vez más grande de él ya no dudaba de que lo era—, entonces la autocaravana dejaba de ser solo una caja móvil de recursos limitados.

Se convertía en algo mucho más serio.

En una base viva.

En un refugio capaz de regenerarse.

En una ventaja monstruosa en un mundo donde la comida iba a volverse poder y donde cualquiera mataría por agua, verduras frescas o algo que no viniera de una lata.

—No puedes decirle a nadie —dijo Glenn de inmediato.

La respuesta salió tan rápido que Itachi alzó apenas la vista hacia él con una evaluación silenciosa.

No había vacilado.

No había pedido demostraciones primero.

No había dicho “imposible”.

Lo primero que hizo fue proteger el secreto.

—Eso lo sé —continuó Glenn, más bajo, más firme ahora—.

Solo tú.

Solo yo.

Esa es nuestra promesa.

Sé que es peligroso, y más como está el mundo.

Lo vimos ahora con esos hombres y esa mujer en la plaza.

Lo sé.

Itachi siguió observándolo.

La sinceridad era total.

No había codicia visible.

No había intención de usarla.

No había cálculo frío.

Solo entendimiento inmediato del peligro.

—No le diré a nadie —repitió Glenn—.

Solo tú.

Solo yo.

Entonces Itachi asintió.

—Bien.

Y, en ese sencillo acuerdo, algo se selló entre ambos con una fuerza más profunda incluso que la de la coartada.

Salieron de la autocaravana.

El claro del bosque los recibió con luz inclinada, con tierra firme bajo los pies, con árboles rodeándolos por todos lados y el aire más limpio de lo que había sido en Atlanta.

Allí trabajarían.

No porque fuera seguro para siempre.

Porque era suficiente para ese día.

Suficiente para montar la siguiente capa de su supervivencia.

Comenzaron bajando las estructuras.

Una por una.

Los muebles de cultivo desmontados primero.

Las tablas.

Los soportes.

Las repisas.

Luego las herramientas.

El taladro, los tornillos, los anclajes.

Después el módulo posterior de la autocaravana, aquel pequeño enganche cerrado pensado como extensión del vehículo, que hasta entonces había sido solo un compartimento útil y que, bajo las manos de ambos, iba a transformarse en algo más.

Las imágenes que Glenn le había mostrado a Itachi tiempo atrás encontraron su forma allí.

No como un jardín bonito para decorar viajes, sino como un pequeño invernadero cerrado, de dimensiones limitadas pero extraordinariamente bien aprovechadas.

Un vagón posterior protegido, con ventanas polarizadas que dejaban entrar la luz sin permitir ver con claridad desde afuera, creando una cámara de crecimiento discreta, útil, invisible para quien no supiera lo que cargaban.

Glenn observó el espacio y habló mientras cargaban la primera estructura armada.

—La electricidad va a ser un problema.

Itachi negó.

—No.

Levantó apenas la vista hacia las paredes del pequeño invernadero.

—La luz solar nos permite crecer.

Lo bueno es que las ventanas son polarizadas.

La luz entra, pero nadie puede ver lo que hay aquí adentro.

Glenn siguió la línea de su razonamiento y asintió.

Era una ventaja enorme.

No solo cultivo.

Cultivo oculto.

Vida protegida de los ojos ajenos.

—Sí —murmuró—.

Es una ventaja.

Entonces Itachi añadió, casi como si fuera un dato menor cuando en realidad era otra prueba de hasta qué punto siempre había pensado unos pasos por delante: —Además, en la ferretería conseguí un pequeño panel solar suficiente para este vagón.

Glenn alzó la vista.

—¿Lo vas a instalar?

—Sí.

Y comenzaron de verdad.

El trabajo fue largo y físico.

Glenn sudó, cargó, sostuvo, ajustó y aprendió sobre la marcha.

Itachi hacía lo mismo, pero con esa diferencia constante que parecía definirla en todo: donde Glenn trabajaba con voluntad y adaptación, ella trabajaba con precisión.

Medía con los ojos antes de medir con herramientas.

Veía el encaje antes de atornillar.

Anticipaba la tensión de un soporte antes de levantarlo.

El pequeño invernadero fue tomando forma a través de ambos, pero organizado completamente por la visión de Itachi.

Pusieron primero los muebles en las paredes.

Estructuras verticales aseguradas con tornillos y anclajes.

Repisas de madera clara, una sobre otra.

Soportes firmes.

Estantes de varios niveles.

Espacios para bandejas superiores de brotes y semilleros.

Niveles medios para lechugas, hierbas, tomates pequeños y raíces.

Zonas bajas para macetas más hondas y tierra adicional.

Cada sección fue taladrada, fijada y probada para evitar que el movimiento del vehículo terminara destruyéndolo todo.

Glenn sostuvo una repisa mientras Itachi aseguraba la otra.

Después ella sostuvo y él atornilló.

Repetían, ajustaban, revisaban equilibrio, resistencia, peso.

El objetivo no era solo que se viera bien.

Era que no se derrumbara en un giro brusco, en una frenada, en una carretera mala, en una huida.

Luego llenaron las estructuras con la lógica inicial, aunque todavía sin sembrar.

Tierra fértil en bolsas abiertas, listas.

Contenedores y macetas distribuidos por tamaño.

Bandejas rectangulares esperando brotes.

Luces de cultivo montadas sobre los niveles superiores.

Cableado ordenado.

Panel solar pequeño listo para integrarse al sistema básico del vagón.

Poco a poco el espacio se transformó.

Ya no parecía solo una extensión de carga.

Empezaba a parecer, en su esqueleto inicial, uno de esos huertos compactos y bellos que Glenn había mostrado como idea y que ahora, dentro del fin del mundo, parecían un milagro de planificación: estanterías de madera limpias, niveles de cultivo, espacio para brotes y hierbas, una cámara protegida donde la vida verde podía crecer en capas.

En uno de los laterales instalaron el mueble de los animales.

Alto.

Fuerte.

Asegurado también a pared.

Dos niveles principales, amplios y ventilados.

Abajo irían los conejos, en dos jaulas largas, con espacio suficiente para moverse, descansar, reproducirse después.

Arriba, los cuyos, también en dos módulos largos, contenidos, limpios, protegidos.

El diseño recordaba esas estructuras modulares de madera clara y malla, fuertes, elegantes y funcionales a la vez, con divisiones internas y puertas prácticas.

No sería una improvisación fea y precaria.

Itachi no construía así.

Si iba a crear un pequeño sistema de vida dentro de una autocaravana, iba a ser sólido, armónico y eficiente.

Glenn notó eso también.

Y lo impresionó de nuevo.

Había pensado “supervivencia” muchas veces en esas últimas horas.

Pero para Itachi, supervivencia no significaba solo aguantar.

Significaba ordenar.

Construir.

Sostener dignidad.

Crear sistemas.

Crear continuidad.

Las jaulas no eran solo cajas para animales.

Eran parte de una estructura más grande, donde conejos, cuyos, tierra, brotes, hierbas, luz y herramientas convivían como piezas de un plan.

El trabajo duró bastante.

Cuando por fin estuvieron seguros de que todo estaba firmemente montado, asegurado a las paredes y listo para recibir vida sin derrumbarse, Itachi se quedó de pie dentro del invernadero móvil, observando lo que habían hecho.

Las repisas.

Las luces.

La tierra esperando.

Las bandejas vacías.

Las jaulas montadas.

Las herramientas a un lado.

Todavía no había verde brotando.

Todavía no había animales instalados en sus espacios definitivos.

Todavía no había semillas puestas, ni raíces, ni agua escurriendo por sustrato fresco.

Pero ya existía el sistema.

Ya estaba el recipiente.

Ya estaba el orden listo para llenarse.

Glenn, desde el umbral del vagón, respiró hondo.

Estaba cansado.

Los brazos le pesaban.

Las manos tenían tierra y marcas de trabajo.

La espalda le recordaba cada estructura cargada.

Y, aun así, al mirar el interior sintió una satisfacción profunda, casi absurda para el fin del mundo.

Habían construido algo.

En medio del colapso, de la huida y la muerte, habían levantado un pequeño lugar para el crecimiento.

Itachi giró apenas hacia él.

—Bien —dijo.

Su voz resonó suave dentro del espacio de madera, vidrio oscuro y tierra preparada.

—Ahora los animales y las plantas.

Glenn miró hacia las jaulas temporales.

Después a las bandejas de semilleros.

Después a ella.

Sabía que venía la parte que todavía no entendía del todo.

Quería verla.

Quería ver el poder.

Quería comprobar con sus propios ojos que Itachi no había exagerado, que aquello era real, que podía hacer brotar vida a voluntad.

Y, al mismo tiempo, sintió un estremecimiento nuevo porque comprendía que lo que estaba a punto de presenciar pertenecería solo a ellos.

Solo tú.

Solo yo.

La promesa seguía viva.

Itachi, por su parte, observó a Glenn y vio exactamente eso: expectativa, asombro anticipado, confianza, la emoción contenida de quien está a punto de recibir una verdad imposible y ya decidió creer en ella incluso antes de verla.

Lo registró todo.

También la forma en que el bosque afuera empezaba a cambiar de luz con la tarde cayendo, la forma en que aún tenían tiempo antes de que llegara la noche, la ventaja que supondría dejar todo listo, y la calma extraña que le producía estar allí, en un claro apartado, con Glenn, construyendo algo vivo mientras el resto del mundo se precipitaba hacia la ruina.

Se quedó inmóvil un segundo más.

El invernadero aún vacío a su alrededor.

Las jaulas aguardando.

La tierra lista.

Las semillas esperando.

Glenn frente a ella, observándola con esa atención completa que ya se había vuelto parte de su propia respiración.

Y en ese momento suspendido entre trabajo y milagro, entre mentira y verdad, entre coartada y promesa, Itachi comprendió con absoluta claridad que lo que estaban levantando no era solo una herramienta para sobrevivir.

Era el comienzo visible de un mundo compartido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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