ojos carmesí - Capítulo 13
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13: Vida dentro del fin.
13: Vida dentro del fin.
Entonces Itachi dijo: —Bien.
Pongamos los animales.
La tarde, ya inclinándose hacia un dorado más suave, más cansado, envolvía el claro del bosque con una luz tranquila que parecía pertenecer a otro mundo, a una realidad donde todavía existían días normales, huertos domésticos, viajes largos y personas que plantaban cosas pensando en la semana siguiente.
Pero ese mundo había quedado atrás.
Lo que Glenn e Itachi estaban construyendo ahora no era un pasatiempo, ni una comodidad, ni una excentricidad bonita en medio del caos.
Era una estructura de supervivencia.
Un pequeño ecosistema concentrado.
Una respuesta.
Una negativa silenciosa a dejar que el fin del mundo los arrastrara al hambre, al desorden y a la simple espera pasiva de la decadencia.
Movieron primero las jaulas temporales.
Los cuyos fueron instalados en la sección superior del módulo de animales, en dos compartimentos largos de madera clara reforzada con malla, firmemente anclados al costado derecho del vagón.
El espacio había sido diseñado para mantenerlos seguros, ventilados, protegidos del movimiento de la autocaravana y con una separación suficiente para que no se aplastaran entre sí cuando el vehículo avanzara por caminos difíciles.
Abajo, en la parte inferior, quedaron los conejos.
Habían decidido llevar más de seis al final.
Más de los que Glenn habría considerado razonable unas horas atrás, pero Itachi había visto con demasiada claridad lo que significaba la reproducción a mediano plazo, la carne como proteína futura, el estiércol como nutriente para el cultivo, la propia lógica cerrada de un sistema que debía alimentarse a sí mismo.
Así que habían cargado tantos como habían podido sin convertir el espacio en una crueldad inmediata.
Machos y hembras.
Jóvenes.
Sanos.
Nerviosos, sí, pero vivos.
Al ir pasándolos uno por uno a sus compartimentos nuevos, Glenn sentía la vibración pequeña de sus cuerpos bajo las manos, el movimiento rápido de patas, orejas y corazones diminutos, y comprendía, con una claridad cada vez más sobria, que estaba tocando el principio de una continuidad que jamás había imaginado construir.
Itachi supervisó cada sección con precisión exacta.
Agua colocada donde no se derramara al primer movimiento brusco.
Heno y alimento inicial distribuidos sin exceso, solo lo necesario por el momento.
Separaciones firmes.
Cierres probados dos veces.
Malla revisada.
Espacios despejados.
Y, mientras lo hacía, Glenn no pudo evitar volver a sentir aquella impresión que ya empezaba a volverse constante dentro de él: Itachi no hacía nada a medias.
No había en ella improvisación emocional, no había gestos por apariencia, no había ternura inútil ni brutalidad desordenada.
Había cuidado, sí.
Pero un cuidado de soldado.
De alguien que entendía que amar una vida —incluso la de un animal pequeño encerrado dentro de una jaula— también significaba asegurar el entorno, prevenir la caída, anticipar el daño.
Los cuyos quedaron arriba.
Los conejos abajo.
Dos largas líneas de vida animal listas para empezar a existir dentro del pequeño mundo que ambos estaban levantando en la parte trasera de la autocaravana.
Luego llegó la tierra.
Bolsas abiertas.
Contenedores.
Bandejas.
Recipientes rectangulares.
Estructuras de varios niveles ya firmemente aseguradas al costado izquierdo del invernadero móvil.
Glenn ayudó a llenar uno por uno los espacios.
La tierra fértil, oscura, esponjosa, viva, fue ocupando cada bandeja y cada macetero con una promesa silenciosa.
Itachi elegía la profundidad según lo que iría en cada sitio.
Zanahorias en recipientes más hondos.
Lechugas y hojas verdes en camas más amplias pero no demasiado profundas.
Tomates pequeños en zonas con buen soporte y acceso a luz constante.
Papas en cajas más densas, preparadas para sostener volumen y raíces.
Hierbas medicinales y aromáticas distribuidas con cuidado, no solo por gusto ni por cocina, sino por utilidad: albahaca, menta, romero, tomillo, orégano, cebollín, perejil, salvia, melisa, manzanilla, lavanda, incluso pequeñas hojas de té.
Itachi también agregó pepinos y otras hojas verdes capaces de aportar hidratación, frescura y nutrientes tanto para ellos como, en algunos casos, para los animales.
Había en su selección una mezcla precisa entre sabor, medicina, rendimiento, reproducción y valor nutricional.
Glenn la veía moverse entre las bandejas llenas de tierra, inclinándose apenas, tomando semillas, revisando brotes, evaluando posiciones, y de nuevo pensó lo mismo: la palabra “hermosa” ya se le había quedado corta hacía tiempo.
El pequeño invernadero fue transformándose ante sus ojos incluso antes del milagro.
A un costado, las estructuras verticales de madera clara formaban niveles limpios y proporcionados, como pequeños balcones internos donde cada bandeja parecía tener un lugar exacto.
Más arriba, los estantes preparados para brotes tiernos y semilleros.
En el centro y en los niveles medios, espacio para las lechugas, las hojas verdes, los tomates, las hierbas.
Abajo, recipientes más hondos donde las zanahorias y las papas podrían afirmarse.
Los paneles translúcidos del techo curvado dejaban entrar la luz del final del día con una calidez casi irreal, y las pequeñas luces de cultivo instaladas bajo cada nivel estaban listas para complementar la noche o los días nublados.
Del otro lado, la hilera de jaulas de madera y malla creaba un contraste ordenado: vida animal y vida vegetal, alimento y crecimiento, todo dentro de un mismo vagón alargado, angosto, perfectamente aprovechado.
El pasillo central quedaba libre para moverse entre ambas líneas, con suelo suficiente para trabajar sin tropezar, un corredor estrecho pero cómodo que convertía aquel espacio no solo en un contenedor de recursos, sino en una especie de jardín-vivero-cobertizo de vida intensiva.
Cuando todo estuvo sembrado, cuando cada semilla, cada brote, cada plántula y cada raíz de inicio estuvo donde debía estar, Itachi se volvió hacia Glenn.
La luz del atardecer atravesaba el techo curvo y se detenía sobre su rostro, sobre el sello carmesí de la frente, sobre el cabello oscuro sujeto todavía con parte del tocado, sobre el negro y rojo de su traje, sobre las manos finas cubiertas de polvo de tierra que de algún modo seguían viéndose impecables.
Glenn tuvo la absurda impresión de que incluso la tierra la obedecía.
—¿Estás listo?
—preguntó ella.
Glenn la observó.
No dijo sí enseguida, no porque dudara, sino porque en ese instante sintió con absoluta claridad que iba a presenciar algo que le cambiaría para siempre la idea de lo posible.
Hasta ese momento, una parte de él había creído.
Porque Itachi se lo había dicho.
Porque confiaba en ella.
Porque ella no mentía cuando algo importaba.
Pero creer de una forma íntima y ver son cosas distintas.
Ahora iba a verlo.
Asintió.
—Sí.
Itachi hizo lo mismo.
Y entonces sus manos se movieron.
No de forma apresurada.
No teatral.
No como alguien que quiere impresionar.
Como alguien que conoce el lenguaje exacto de lo que va a convocar.
Sus dedos formaron sellos.
Uno, luego otro.
Una secuencia fluida, precisa, silenciosa.
Glenn observó cada movimiento con la respiración suspendida, incapaz de apartar la vista.
La expresión de Itachi no cambió mucho, pero en ella apareció una concentración diferente, más honda, más antigua, como si de pronto una capa más profunda de su existencia se hubiera alineado con algo que estaba fuera del mundo ordinario.
Entonces dijo, en japonés, con voz baja y firme: —木遁・万物生長.
Mokuton.
Crecimiento del mundo vegetal.
Glenn no entendió las palabras, no del todo.
Pero entendió el efecto antes incluso de comprenderlo con la mente.
La energía pareció cambiar el aire.
No hubo explosión.
No hubo relámpagos.
No hubo estruendo.
Hubo vida.
La sintió antes de verla, como una oleada sutil que recorrió el pequeño invernadero.
Una vibración silenciosa naciendo bajo la tierra, entrando por las raíces, trepando por los tallos, afirmándose dentro de la materia verde.
Itachi guió la energía con una serenidad perfecta.
Sus manos, los sellos, la postura de su cuerpo, la mirada enfocada en las bandejas y cajones, todo ello parecía formar parte de un circuito invisible que unía su voluntad con la tierra que acababan de preparar.
Y entonces ocurrió.
Las raíces se aferraron primero.
Glenn lo vio.
No como una metáfora.
No como una impresión.
Lo vio.
Vio cómo la tierra se acomodaba sutilmente, cómo las raíces recién puestas empezaban a penetrar, a afirmarse, a extenderse con una velocidad imposible, buscando profundidad y estructura.
Después vinieron los tallos.
Los brotes.
Las hojas.
La vida vegetal empezó a crecer, no de forma grotesca ni salvaje, sino hermosa.
Ordenada.
Plena.
Fuerte.
Las lechugas se abrieron en verdes apretados y frescos, amplios, crujientes.
Las zanahorias afirmaron su raíz y levantaron hojas finas y sanas.
Los tomates alzaron sus tallos, extendieron hojas, fortalecieron nudos y mostraron el principio de una futura fructificación.
Las hierbas medicinales y aromáticas se volvieron densas, fragantes, sanas: la albahaca brillante, la menta viva, el romero firme, el tomillo espeso, la salvia suave, la manzanilla delicada, el perejil abundante.
Los pepinos ganaron fuerza y espacio.
Las papas se afirmaron con promesa de volumen enterrado.
Las hojas de té, pequeñas pero decididas, levantaron su verde nuevo con una suavidad casi ceremonial.
Todo el vagón se llenó de verde.
No un verde cualquiera.
Un verde pleno.
Vivo.
Nutritivo.
Sano.
Hermoso.
Los estantes que antes habían sido madera, tierra y promesa vacía se convirtieron en un corredor de vida exuberante.
Los niveles de cultivo quedaron cubiertos por lechugas amplias, hojas frescas, brotes firmes, zanahorias con follaje sano, tomates ascendiendo, hierbas derramando aroma.
La pequeña luz instalada bajo cada nivel encendió reflejos suaves en el follaje, mezclándose con la luz dorada del atardecer que todavía entraba por el techo curvo translúcido.
El vagón entero parecía ahora un jardín cultivado por meses, no por horas.
Un corredor estrecho de abundancia, casi como la imagen que ambos habían visualizado solo que más perfecto, más vivo, más imposible.
A un costado, la madera cálida de los cajones repletos de verde.
Al otro, las jaulas de los animales, ya habitadas, ordenadas, iluminadas por pequeñas luces cálidas y por la claridad filtrada del exterior.
El suelo central parecía más corto ahora, porque todo alrededor estaba vivo.
Glenn no se movió.
No pudo.
Observó a Itachi primero.
Porque el milagro no estaba solo en las plantas.
Estaba en ella.
El poder fluía a través de sus manos, a través de la quietud perfecta de su cuerpo, a través del sello carmesí en la frente, de su mirada fija, de esa belleza demasiado exacta que en otro momento él había llamado divina casi como una exageración interna.
Ya no lo era.
Ya no tenía otro nombre posible.
Glenn no la vio como una herramienta.
No la vio como un recurso.
No la vio siquiera como alguien “útil” dentro del fin del mundo.
La vio como un ser que, en medio de una realidad destinada a la descomposición, a la putrefacción, al hambre, a la decadencia y a la muerte que vuelve a levantarse, era capaz de crear vida.
Vida.
No ilusión.
No consuelo verbal.
Vida real.
Hojas.
Raíces.
Alimento.
Color.
Aroma.
Continuidad.
Y para Glenn, en ese instante, no hubo otra lógica posible.
Al final sí tenía razón, se dijo a sí mismo, en la profundidad quieta y desordenada de sus propios pensamientos.
Es divina.
Porque era la única explicación que le quedaba.
Era la única forma en que su mente, todavía humana, todavía demasiado pequeña para lo que estaba viendo, podía contenerlo sin romperse.
En un mundo que ya estaba consagrado a la decadencia, ella podía crear vida.
No corregía un daño pequeño.
No remendaba.
No apenas salvaba.
Hacía crecer.
Fortalecía.
Multiplicaba.
Eso, para Glenn, no podía pertenecer a una mujer cualquiera.
No podía pertenecer solo a “alguien especial”.
No.
Era algo más alto.
Más hondo.
Más hermoso y más terrible.
Cuando Itachi terminó, el aire volvió a quedarse quieto.
No pesado.
Lleno.
Ella bajó las manos lentamente.
La energía dejó de fluir en esa forma visible, pero el resultado quedó allí, respirando delante de ambos.
Las plantas ya establecidas, las raíces ya firmes, los tallos ya fuertes.
El invernadero móvil había dejado de ser una estructura preparada para la vida.
Ahora era vida en sí.
Un corredor compacto de alimento y futuro.
Un lado lleno de cajones de madera con lechugas frescas, zanahorias aún jóvenes pero sanas, tomates, papas, hierbas medicinales y aromáticas, hojas verdes listas para seguir creciendo.
El otro lado ocupado por el orden animal: conejos abajo, cuyos arriba, todos contenidos en jaulas modulares de madera clara y malla, con paja, recipientes y espacios definidos.
Arriba, el techo curvado atrapando la luz.
A lo largo, pequeñas luces cálidas complementando el verdor.
En el centro, el pasillo libre, como si aquel pequeño vagón se hubiera convertido en un santuario práctico donde cada centímetro trabajaba en contra del fin.
Itachi volvió el rostro hacia Glenn.
—¿Qué opinas?
Glenn tardó en responder.
Seguía observándolo todo.
Seguía observándola a ella.
Seguía tratando de ordenar lo que sentía.
No era solo asombro.
No era solo gratitud.
No era solo deseo.
No era solo reverencia.
Era una mezcla enorme, hermosa, peligrosa, casi dolorosa de todas esas cosas juntas.
—Es… —empezó, y tuvo que detenerse un segundo porque ninguna palabra le parecía suficiente— es increíble.
Itachi lo observó con esa atención silenciosa que siempre parecía ver un poco más.
Glenn dio un paso lento dentro del vagón, mirando las repisas llenas, las hojas, la estructura completa.
—No.
No.
“Increíble” se queda corto —dijo, más bajo—.
Esto es… vida.
En medio de todo lo demás.
Es como… como si hubieras metido un pedazo de mundo correcto dentro del fin del mundo.
Itachi recibió la frase sin interrumpirla.
Glenn pasó la mano, sin tocar, apenas por encima de una fila de lechugas frescas, como si temiera romper el hechizo por la sola cercanía.
—Pensé que el invernadero iba a ser útil.
Bonito, incluso.
Pero esto… —exhaló una risa pequeña, desbordada de incredulidad y admiración— Esto parece una respuesta.
Como si te hubieras negado a dejar que todo se muera.
Itachi guardó silencio un segundo.
Después dijo: —Morirán muchas cosas.
Pero no todo.
La respuesta le apretó el pecho a Glenn con una ternura brusca.
Porque sí, esa era ella.
Incluso después de hacer crecer un vagón entero de vida como si estuviera corrigiendo la lógica del mundo, seguía hablando con precisión seca, sin adornar, sin dejarse arrastrar por la emoción.
Y, aun así, dentro de esa sequedad había esperanza.
Una esperanza más real que la de cualquier presentador, cualquier autoridad o cualquier discurso vacío.
No una esperanza tonta.
Una esperanza construida con tierra, madera, semillas, animales y poder.
La noche llegó después, como todas las noches terminan llegando aunque uno esté ocupado sosteniendo milagros.
Terminaron de revisar puertas, cierres, fijaciones, las luces de cultivo, la instalación básica del pequeño panel solar, el aseguramiento de las jaulas y el estado general del interior.
Todo quedó funcional.
Todo quedó limpio.
Todo quedó listo para el día siguiente.
Lo único que faltaba era una cuestión mucho más humana y mucho menos estructural: dormir.
La autocaravana tenía una sola habitación.
Lo bastante grande para dos personas, sí.
No enorme.
No lujosa.
Solo cómoda.
Un colchón amplio, suficiente espacio a los costados, una pequeña lámpara lateral, almacenamiento ajustado.
No había otra cama real.
No había dos cuartos.
No había una solución limpia que evitara lo que Glenn llevaba horas intentando no pensar demasiado.
Cuando por fin se encontró frente a esa realidad, después de haberse aseado y cambiado, habló antes de que la tensión lo paralizara del todo.
—Puedo dormir en el suelo —dijo—.
Podemos poner una de las carpas.
O puedo dormir en uno de los sillones, donde está el comedor.
Itachi lo miró.
—No.
Ineficiente.
Necesitas descansar.
La frase era tan ella que, por un segundo, Glenn casi sonrió.
Casi.
Pero la tensión seguía ahí.
Ella sostuvo sus ojos y añadió con una calma insoportable: —Somos esposos, ¿no?
Glenn tragó saliva.
—Sí, pero aun así… no quiero quitarte espacio y que te sientas incómoda.
Itachi negó.
—No lo haces.
Luego, con absoluta naturalidad, dijo: —Cámbiate y acuéstate a dormir.
Él obedeció porque no sabía qué otra cosa hacer.
Porque discutir con Itachi cuando ya había decidido algo era inútil.
Porque, además, una parte de él no quería irse a otro sitio.
Y porque otra parte, más débil y más honesta, estaba demasiado consciente de que compartir una cama con ella iba a ser una prueba brutal para su autocontrol.
Itachi tomó la ropa de su maleta y entró al baño.
Glenn ya cambiado —camiseta de algodón, pantalón de chándal, lo más sencillo posible— se sentó en el borde de la cama y trató de respirar.
No había mucho espacio para huir dentro de sí mismo.
Había pasado el día entero viéndola actuar como una sombra armada, como una guerrera imposible, como una creadora de vida, como el centro inmóvil de todo lo que no se derrumbaba.
Y ahora iba a verla dentro de algo mucho más íntimo, más humano, más cercano.
Cuando Itachi volvió, Glenn no estaba preparado.
No de verdad.
Ella llevaba un camisón negro de seda, de tirantes, sobrio y elegante, que caía hasta la mitad de la pierna con una suavidad que no era vulgar ni ostentosa, pero que delineaba con precisión el contorno esbelto de su cuerpo, la cintura estrecha, la firmeza delicada de su figura, la curva de sus caderas, la gracia natural con la que se movía incluso descalza.
Sobre los hombros llevaba una bata negra también, de seda ligera, lo bastante suelta para cubrir sin ocultar por completo la intimidad nueva de aquella imagen.
Se había quitado el tocado.
Ya no llevaba los tacones.
Ahora su cabello caía suelto, largo, negro, liso y profundo, descendiendo por la espalda hasta casi la parte baja, más largo de lo que Glenn había imaginado plenamente hasta ese momento.
Sin la arquitectura del peinado, Itachi se veía distinta.
No menos hermosa.
Más cercana.
Más humana.
Más íntima.
Como si de pronto él estuviera viendo no solo a la guerrera, no solo a la mujer imposible que parecía salida de una pintura ceremonial, sino a la persona que existía cuando el combate y la imagen pública quedaban a un lado.
Glenn la observó.
Intenso.
Asombrado.
Hermoso ya no le parecía una palabra suficiente.
Ni bellísima.
Ni perfecta.
Era todo eso y algo más.
Había en ella una mezcla imposible de suavidad y autoridad, de intimidad y de peligro, de cercanía y de algo casi sagrado.
Glenn sintió el corazón desbocarse otra vez, y esta vez el desborde no venía de la sangre o del miedo del día.
Venía de ella.
De verla así.
De saber que compartirían ese espacio.
De la forma en que el simple hecho de que Itachi existiera delante de él en aquel estado alteraba por completo la temperatura de la habitación.
Itachi era consciente.
No tuvo que preguntarlo.
Lo veía en la forma en que Glenn la miraba sin poder disimularlo del todo.
En cómo su respiración cambiaba apenas.
En la rigidez de sus hombros.
En la atención total de sus ojos.
Y, aun así, no se molestó.
No se apartó.
No endureció el rostro.
No hizo nada para castigarlo por sentir lo que sentía.
Simplemente dobló con orden la ropa que se había quitado, la colocó bien sobre la maleta y luego volvió la mirada hacia él.
—Acuéstate.
Glenn lo hizo.
Primero se sentó con suavidad sobre el colchón, como si temiera ocupar más espacio del permitido.
Luego se acostó a la orilla, rígido, casi demasiado controlado, dejando una distancia respetuosa, excesiva, como si la prudencia pudiera apagarle el cuerpo.
Itachi lo observó un momento más.
Y dijo: —Estás tenso.
Glenn dejó escapar una pequeña exhalación, mitad resignación, mitad risa sin humor.
—Créeme que lo intento —murmuró—.
Pero no eres consciente de ti misma.
Itachi ladeó apenas el rostro.
—¿Cómo?
Glenn cerró los ojos un segundo, abrió de nuevo y decidió que, después de todo lo que ya había dicho en los últimos días, fingir ahora sería inútil.
—Eres una mujer hermosísima.
Bellísima.
Y yo soy un hombre joven con el que vas a compartir una habitación esta noche —dijo, y luego corrigió con honestidad total—.
Una cama.
Claro que estoy tenso.
Mi corazón reacciona.
Mi cuerpo reacciona.
Es inevitable.
Itachi lo miró.
Y entonces sonrió apenas.
No una sonrisa amplia.
No burlona.
Solo una pequeña curvatura de la boca, breve, cálida en su mínima medida.
Suficiente para hacer que Glenn sintiera otro golpe terrible en el pecho.
—Lo sé —dijo ella—.
Soy consciente.
La sinceridad de la respuesta lo dejó sin palabras un segundo.
—Te lo dije ya —continuó Itachi—.
No me molestas.
Duerme.
Mañana va a ser un día largo.
Siempre tan eficiente, pensó Glenn, casi con ternura, casi con resignación.
Lo dijo en voz baja: —Siempre tan eficiente.
—Sí —respondió Itachi.
Glenn se movió un poco más hacia el centro de la cama.
No demasiado.
Lo suficiente.
—¿Ahí está bien?
—preguntó.
Itachi analizó la distancia.
El espacio.
Su propia comodidad.
La de él.
—Bien —dijo.
Después subió ella también a la cama, acomodándose en la parte del fondo, con una serenidad que a Glenn le pareció casi inhumana y profundamente fascinante al mismo tiempo.
Cuando apagó la lámpara lateral, la oscuridad se apoderó de la habitación, pero no del todo.
La luz de la luna entraba por el ventanal de la autocaravana en un resplandor tenue, plateado, que dibujaba contornos suaves sobre las sábanas, sobre el borde de la bata de seda negra, sobre el cabello extendido de Itachi sobre la almohada.
Glenn siguió mirándola unos segundos.
No con descaro.
Con una mezcla de agradecimiento, asombro y una calma nueva que no sabía explicar.
Entonces habló.
—Gracias.
Solo eso.
Una palabra.
Pero dentro de ella iba todo.
No solo por no haberlo dejado dormir en el suelo.
No solo por la promesa.
No solo por estar ahí.
No solo por el anillo.
No solo por la coartada.
No solo por enseñarle a sobrevivir.
No solo por mostrarle el poder.
No solo por construir vida en medio del fin.
Por todo.
Itachi lo sabía.
No respondió con un discurso.
No lo necesitaba.
Solo emitió un sonido bajo, un hm apenas perceptible, y luego dijo con voz serena: —Duerme.
Glenn asintió en la oscuridad.
—Sí.
Su cuerpo seguía tenso, sí.
Su corazón seguía acelerado.
Compartir una cama con Itachi no era algo que pudiera normalizar en una noche.
Pero entonces empezó a notar otra cosa.
El aroma de ella.
Su presencia.
La forma en que el aire cambiaba a su lado.
No la estaba tocando.
Ni siquiera se estaban rozando.
Y aun así, de manera casi involuntaria, su cuerpo comenzó a relajarse.
No por cansancio solamente.
Por ella.
Por la certeza inconsciente de que Itachi estaba ahí.
Lo había prometido.
Seguían juntos.
Él podía oír, casi sentir, la respiración tranquila de ella al otro lado de la pequeña distancia compartida.
Y esa sola presencia, esa cercanía mínima, fue desarmando poco a poco la rigidez de sus músculos, el desorden de su mente y el golpe insistente de su propio corazón.
No supo en qué momento exacto se durmió.
Solo pasó.
Como si el cuerpo, por fin, hubiera encontrado una razón suficiente para soltarse.
Itachi también cerró los ojos.
No del mismo modo.
No con abandono.
No con la confianza plena de alguien que se entrega al sueño profundo.
Descansó lo justo.
Lo necesario.
Lo básico.
Seguía siendo un soldado.
Seguía siendo un arma.
Seguía siendo alguien para quien incluso el descanso era una función y no un lujo.
Pero, aun así, en esa noche dentro de la autocaravana detenida en un claro del bosque, con el invernadero vivo a unos pasos, los animales seguros, la ciudad de Atlanta quedando cada vez más atrás y Glenn dormido a su lado, Itachi permitió que el cuerpo entrara en reposo suficiente para esperar el nuevo día.
La luna siguió entrando por la ventana.
El bosque permaneció quieto.
Y dentro de ese pequeño cuarto compartido, entre seda negra, respiraciones acompasadas y una promesa todavía nueva brillando en oro, rojo y negro sobre dos manos distintas, el mundo exterior siguió cayéndose mientras ellos, por primera vez desde que todo había comenzado, descansaban dentro de algo que se parecía peligrosamente a la paz.
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