ojos carmesí - Capítulo 14
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14: Lecciones antes del nuevo mundo.
14: Lecciones antes del nuevo mundo.
La mañana siguiente llegó demasiado rápido.
O quizá no fue que llegara rápido, sino que la noche había sido demasiado breve, demasiado frágil, demasiado suspendida entre la necesidad de descanso y la certeza de que el mundo, allá afuera, no se había detenido ni un segundo mientras ellos cerraban los ojos.
El bosque seguía existiendo.
La autocaravana seguía allí, oculta en el claro.
El pequeño vagón de cultivos, vivo, verde, respirando alimento y promesa, seguía anclado detrás del vehículo como una negación hermosa del derrumbe.
Pero Atlanta, la civilización, el orden, el idioma del antes, todo eso seguía quebrándose a la distancia.
Cuando Glenn abrió los ojos, Itachi ya no estaba en la cama.
El primer pensamiento no fue racional.
No fue ordenado.
Fue una punzada rápida, instintiva, desagradable.
La mano de Glenn rozó apenas las sábanas, como si el cuerpo quisiera confirmar por sí mismo lo que ya sabía: el espacio del fondo estaba vacío.
El calor de su presencia se había reducido a un recuerdo tenue en la tela.
El ventanal dejaba entrar la claridad pálida de una mañana nueva, y durante ese segundo corto, todavía medio atrapado entre el sueño y la vigilia, Glenn sintió un pequeño apuro animal, una incomodidad inmediata al no verla donde debía estar.
Se incorporó enseguida.
La habitación pequeña del RV parecía demasiado quieta sin ella.
El cabello aún desordenado por el sueño, la camiseta de algodón arrugada, el cuerpo todavía a medio despertar, Glenn salió al pasillo corto de la autocaravana y la buscó con los ojos.
La encontró casi de inmediato.
Estaba en la pequeña cocina.
Todavía llevaba el camisón negro de seda, sencillo y elegante, que caía sobre su cuerpo con una suavidad imposible de ignorar.
El cabello seguía suelto, largo, negro, deslizándose por la espalda como una corriente oscura y brillante.
La luz de la mañana se filtraba por las ventanas y tocaba el contorno de su figura con una calidez tenue, convirtiendo una escena completamente doméstica en algo que para Glenn rozaba lo irreal.
Itachi frente a una estufa pequeña, preparando desayuno.
Itachi moviéndose entre tazas, utensilios, platos y el vapor temprano de la mañana.
Itachi sin la rigidez del peinado formal, sin la armadura visible del día, sin la katana en la mano, y aun así tan compuesta, tan hermosa, tan imposible de apartar de la vista.
Glenn se quedó observándola.
No mucho tiempo.
Solo unos segundos.
Los suficientes para que el pecho le cambiara otra vez el ritmo.
Sin volverse, Itachi habló.
—Buenos días.
No lo había mirado.
No necesitaba hacerlo.
Lo había sentido.
Había sentido el instante exacto en que él despertó, el segundo de tensión al no encontrarla, el crujido mínimo del colchón cuando se incorporó, la respiración todavía cargada de sueño al cruzar la pequeña distancia hasta el pasillo.
Glenn volvió a sorprenderse, como casi siempre, de la facilidad con la que ella percibía el mundo.
—Buenos días —respondió.
La voz le salió un poco más baja de lo normal, aún tibia por el sueño y por el peso íntimo de aquella escena.
Itachi siguió cocinando con la misma eficiencia de siempre.
Un desayuno sencillo.
Funcional.
Bien hecho.
Olor a café, a pan caliente, a algo salteado suavemente en mantequilla, a la clase de mañana que en otro universo habría pertenecido a una vida completamente distinta.
—Ya está casi listo —dijo ella—.
Le quedan unos minutos.
Luego giró apenas el rostro, lo justo para incluirlo en la tarea que venía a continuación.
—¿Puedes salir y regar las plantas en el vagón de cultivos?
También darles de comer a los conejos y a los cuyos.
Echarles un poco de agua.
Glenn asintió de inmediato.
—Sí.
Vuelvo enseguida.
—Bien.
Tomó aire, se pasó una mano rápida por el cabello y caminó hacia la parte posterior del RV.
Abrió la puerta que comunicaba con el pequeño vagón de cultivos y entró.
La visión volvió a golpearlo.
Aunque ya lo había visto la tarde anterior, aunque había estado allí cuando Itachi hizo crecer las plantas con aquel poder imposible, la impresión no disminuyó.
Al contrario.
La mañana acentuaba la belleza del espacio de una forma distinta.
La luz, más pálida y más limpia, se filtraba por el techo translúcido y tocaba los niveles de cultivo con una claridad serena.
Las lechugas frescas, abiertas, verdes.
Las zanahorias afirmadas con sus hojas finas.
Los tallos de tomate subiendo con decisión.
Las hierbas aromáticas llenando el pequeño aire de fragancias vivas: albahaca, romero, menta, tomillo, salvia, perejil, melisa.
Las hojas de té pequeñas, concentradas, silenciosas.
Los niveles de madera clara.
Las luces de cultivo apagadas de momento, porque la mañana bastaba.
El otro costado ocupado por las jaulas: cuyos arriba, conejos abajo, todos ya más calmados que el día anterior, respirando dentro de su nueva estructura.
El pasillo central, estrecho pero habitable, parecía el corredor de un milagro práctico.
Glenn se quedó quieto un instante.
Recordó los poderes de Itachi.
Recordó el movimiento de sus manos.
Recordó la energía entrando en la tierra.
Recordó el crecimiento.
Y no pudo hacer otra cosa que maravillarse otra vez.
Era demasiado.
Demasiado hermoso.
Demasiado útil.
Demasiado imposible.
Con cuidado, con delicadeza, empezó a regar.
No quiso hacerlo deprisa.
No quiso cometer errores.
Usó el agua con la atención casi reverente de quien entiende que aquello no es simplemente un jardín, sino una línea real entre la continuidad y la carencia.
Recorrió cada nivel.
Regó las bandejas sin ahogar raíces.
Moho no.
Exceso no.
Lo justo.
Luego revisó las zonas de hierbas, las macetas más profundas, los recipientes de zanahorias, las hojas verdes, las camas de brotes.
Después pasó a los animales.
Añadió alimento a los conejos.
Luego a los cuyos.
Revisó sus recipientes y echó agua fresca.
Vio sus pequeños movimientos, sus narices inquietas, sus ojos alertas, su forma diminuta de existir en medio de una catástrofe demasiado grande para comprenderla.
Cuando terminó, volvió a mirar el vagón entero.
La vida.
La belleza.
La lógica feroz de Itachi convertida en verde, madera, tierra y respiración.
Regresó a la autocaravana principal con el mismo pensamiento todavía latiendo en el pecho.
Itachi ya tenía el desayuno servido en la pequeña mesa extensible.
También había puesto café.
La escena, una vez más, lo golpeó con una domesticidad tan intensa que casi le dolió.
Itachi seguía en el camisón negro de seda, moviéndose con la serenidad exacta de quien ya ha empezado el día mucho antes que los demás.
Las tazas.
El vapor del café.
La mesa pequeña.
Los platos.
Afuera, el bosque.
Dentro, ellos dos.
Glenn tomó asiento.
Y entonces preguntó, porque la noche anterior no se había ido realmente con el sueño: —¿Has visto las noticias?
¿Has escuchado las noticias?
Itachi alzó apenas la taza.
—Sí.
Mientras cocinaba escuché algo.
Lo observó.
—Come.
Después podemos hablar de eso.
Glenn dejó salir una pequeña exhalación, casi una sonrisa cansada.
—Tienes razón.
Es… muy pesado para la comida.
Un tema muy pesado para la comida.
Así que comieron.
Tranquilos.
No en completo silencio, pero sí en un silencio cómodo, interrumpido por conversación ligera.
Glenn comentó algo sobre los conejos, sobre que parecían menos alterados esa mañana.
Itachi respondió que era normal: refugio estable, agua y alimento reducen el estrés inmediato.
Glenn preguntó cuánto tiempo tardarían en reproducirse.
Itachi le respondió con una estimación breve y útil.
Luego hablaron del panel solar, de lo bien que había quedado asegurado el módulo de cultivo, de si las hierbas aromáticas ayudarían también con medicina ligera, digestión o conservación.
Itachi escuchaba.
Respondía lo necesario.
Y Glenn, mientras hablaba y comía frente a ella, tuvo una realización que lo golpeó con la misma suavidad demoledora con la que lo habían hecho otras escenas en los últimos días.
Esto se veía demasiado doméstico.
Demasiado íntimo.
Demasiado parecido a una verdad.
La historia inventada volvió a su mente.
Compramos el RV para viajar juntos.
Para vivir juntos.
Para empezar de nuevo.
Y Glenn pensó, mientras la veía levantar la taza con la mano donde brillaba la alianza, mientras la luz de la mañana le rozaba el rostro y el cabello todavía suelto, que en otra vida eso pudo haber sido real.
Que en otra vida quizá ese desayuno habría sido simplemente eso: el desayuno de dos personas que se amaban, viajando, compartiendo un espacio pequeño, hablando de plantas y del día.
No una coartada.
No una mentira.
No una estrategia para atravesar el fin del mundo.
Una vez más, Glenn se repitió a sí mismo: Es una fachada.
Es una mentira.
Pero la mentira se desdibujaba cada vez más.
No porque dejara de serlo en los hechos.
Porque la realidad emocional que nacía alrededor de ella empezaba a parecerse demasiado a la forma de una verdad.
Itachi era consciente.
No de cada pensamiento concreto en el orden verbal exacto, pero sí del conjunto.
Del modo en que Glenn la observaba.
Del cambio de su respiración.
De la ligera tensión en hombros y manos cada vez que la escena se volvía demasiado íntima.
De cómo, a pesar de sus esfuerzos por comportarse con naturalidad, el simple acto de desayunar frente a ella en el espacio compartido del RV lo alteraba de una forma cálida y profunda.
No le molestaba.
En términos puramente tácticos, un apego emocional por parte de Glenn facilitaba su misión.
Facilitar el cuidado.
La protección.
La permanencia.
La obediencia en situaciones críticas.
El deseo de permanecer a su lado.
Todo eso volvía más simple parte del objetivo.
Pero esa explicación ya no cubría del todo la realidad.
Porque Itachi empezaba a notar que el apego de Glenn ya no solo le servía.
También empezaba a importarle.
No exploró esa idea demasiado.
No aún.
Solo sostuvo una conclusión básica y antigua, una conclusión que había guiado toda su vida: Sin fallar.
Y Itachi Uchiha jamás había fallado en una misión.
Cuando terminaron el desayuno, Glenn dejó la taza a un lado y preguntó: —¿Y cuál es el plan?
¿Qué sigue ahora?
Itachi se levantó primero.
No respondió de inmediato.
Fue a la pequeña radio portátil, la encendió y ajustó la frecuencia.
La estática dio paso a voces.
Informativos.
Tensión.
Urgencia.
Ya no era el tipo de noticia que se escucha por curiosidad.
Era información de colapso.
Ambos guardaron silencio.
Escucharon.
La voz de un presentador, cada vez menos entrenada para ocultar el miedo, hablaba de nuevas evacuaciones fallidas, de disturbios, de hospitales completamente sobrepasados.
Otra periodista, en un corte posterior, hablaba desde una carretera convertida en fila inmóvil de vehículos abandonados, donde las autoridades pedían a la población “permanecer en lugares seguros” mientras admitían que varias zonas urbanas ya no estaban “bajo control operativo normal”.
Luego otro fragmento: “Autoridades federales piden a la población evitar contacto con individuos infectados.
Se han reportado múltiples ataques asociados a fluidos contaminantes.
Equipos médicos advierten que la progresión de síntomas puede variar de forma significativa entre personas expuestas…” Otro: “La Guardia Nacional ha sido desplegada en varios estados.
Sin embargo, fuentes locales reportan interrupciones severas en comunicaciones, pérdida de control en instalaciones médicas y aumento de violencia civil ligada a compras desesperadas, robos y disturbios…” Y otro más, más crudo: “Fuentes sin confirmar hablan de personas fallecidas que vuelven a levantarse tras la muerte clínica.
Las autoridades no han validado oficialmente estas afirmaciones, pero recomiendan evitar exposición directa, mordidas, rasguños y contacto con sangre o fluidos…” Glenn escuchó.
Y mientras lo hacía, recordó con total claridad una frase de Itachi, dicha casi de paso el día en que rentaron la autocaravana.
Si las cosas siguen como yo preveo, no va a haber necesidad de devolverla.
En ese momento había comprendido algo.
Ahora lo comprendía por completo.
No iba a haber necesidad de devolverla porque no iba a haber sistema al cual devolver.
No empresa.
No contrato.
No orden administrativo.
No civilización estable.
Caída.
Caída total.
Volvió los ojos hacia Itachi.
—Eso… eso fue lo que quisiste decir —murmuró—.
Que no habría necesidad de devolverla porque no va a quedar nada a lo que devolver.
Itachi lo observó.
Y asintió.
—Sí.
No adornó la verdad.
No la suavizó.
Glenn absorbió la respuesta con una lentitud pesada.
No era una metáfora.
No era alarmismo.
No era paranoia.
Era el análisis de Itachi.
Y cada hora que pasaba, cada noticia, cada testimonio, cada carretera colapsada, cada hospital roto, le demostraba que ella había visto mejor que todos los demás.
Itachi siguió, ya dentro de la explicación.
—El gobierno demoró demasiado la información.
No comprendió que ocultarla aumentaba enormemente el riesgo.
La exposición siguió.
La gente no se protegió.
No supo qué evitar, qué aislar, qué destruir.
Glenn la escuchaba con la atención total de quien ya no quiere solo saber qué está pasando, sino entender por qué se está desmoronando todo tan rápido.
—Si hubieran hablado con la verdad desde el inicio —continuó Itachi—, la gente se habría preparado.
Se habría aislado.
Habría evitado exponerse.
Habría entendido el riesgo de los cuerpos, de los fluidos, de las mordidas.
Habría sobrevivido suficiente gente para mantener estructuras básicas.
Policía.
Hospitales.
Comunicaciones.
Transporte.
Suministro.
Pero no lo hicieron.
La radio seguía sonando al fondo.
Otra voz.
Otro informe.
Otro colapso parcial.
Itachi siguió como si estuviera trazando el mapa de una derrota militar.
—Mintieron demasiado tiempo.
Y cuando la verdad ya fue imposible de ocultar, la gente reaccionó tarde, mal y desde el pánico.
Lo vimos ayer.
La gente ya está perdiendo el orden.
No hay policía visible en las calles como antes.
Deben estar concentrados en operativos mayores.
Y por cómo suenan las noticias… esos operativos están fallando.
Glenn respiró hondo.
Le costaba, todavía, escuchar un análisis tan frío de algo tan enorme sin sentir que el suelo mismo se le movía un poco bajo los pies.
Pero al mismo tiempo necesitaba escucharlo.
Necesitaba entender.
Necesitaba aprender a mirar como miraba ella.
—¿Y la infección?
—preguntó—.
Dijeron algo esta mañana, ¿no?
En la radio… sobre el contagio.
Itachi asintió.
—Mordida.
Fluidos de la criatura.
Rasguños con contaminación.
Glenn frunció el ceño.
—¿Solo eso?
—Eso es lo que pudieron confirmar.
Si te muerde, si te rompe la piel, si entras en contacto directo con ciertos fluidos, el riesgo es alto.
Él se tensó un poco más.
—¿Y qué pasa después?
Itachi respondió con la misma exactitud.
—Fiebre.
Debilidad.
Alteración neurológica.
Empeora rápido.
Pero el problema es que varía según la persona.
Puede tardar horas.
Puede tardar minutos.
No es estable.
Glenn guardó silencio.
Eso lo hizo peor.
Mucho peor.
No solo muerte.
Imprevisibilidad.
La imposibilidad de saber cuánto tiempo quedaba, cuánto duraría el proceso, cuándo alguien dejaría de ser quien era y se volvería otra cosa.
Itachi lo dijo con claridad: —Eso vuelve la enfermedad especialmente peligrosa.
Porque no puedes calcular con certeza cuánto margen tienes.
Y en una situación de grupo, eso significa que el infectado puede seguir conviviendo con otros sin que nadie mida bien el riesgo.
Glenn apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
Pensaba.
Demasiado.
Pero de una manera distinta a días atrás.
Ya no pensaba como quien simplemente se asusta.
Empezaba a pensar como alguien que intenta absorber una lógica nueva, brutal, necesaria.
Y mientras lo hacía, Itachi lo observaba casi del mismo modo en que habría observado el proceso de aprendizaje de un shinobi joven: qué información entraba primero, cuál lo bloqueaba, cuál lo hacía crecer, cuál tocaba directamente el centro de su forma de mirar el mundo.
Hablaron largo rato.
No solo del virus, o de los caminantes, o del colapso técnico.
Hablaron del impacto humano.
Glenn fue el primero en ponerlo en palabras.
—El mundo va a cambiar —dijo—.
La gente va a cambiar.
Itachi lo miró.
—Sí.
—Se va a hacer más cruel.
—Más cruel —confirmó ella—.
Más cínico.
Más práctico.
Más desconfiado.
Y entonces, en vez de dejar la frase flotando, profundizó.
—Ayer viste a esos hombres con la mujer y el niño.
No necesitaban golpearla para llevarse el bolso.
Lo hicieron porque podían.
Porque el desastre ya les ofrecía justificación.
En un mundo ordenado eso sigue existiendo, pero está contenido.
Hay policía.
Ley.
Testigos.
Vergüenza pública.
En un desastre, muchas de esas barreras caen.
Lo que queda es la persona real.
Glenn volvió a ver la escena.
La camioneta.
La mujer.
El niño.
El golpe.
La facilidad del gesto.
—¿Entonces la mayoría es así?
—preguntó.
Itachi negó ligeramente.
—No la mayoría.
Pero sí suficientes.
Y bastan.
No necesitas que todos sean monstruos.
Solo que haya suficientes para arruinar la estructura.
La frase quedó ahí.
Y Glenn entendió.
No hacía falta que el mundo entero se volviera horrible.
Solo bastaba una cantidad suficiente de hombres crueles, cobardes, armados, desesperados o dispuestos a aprovecharse del miedo ajeno para quebrar lo que quedara de civilización.
Itachi continuó: —También habrá los otros.
Los que intenten ayudar demasiado.
Los que quieran salvar a todos.
Los que crean que aún pueden actuar como antes, sin medir el costo.
Ésos también morirán rápido, si no aprenden.
Glenn la miró de inmediato.
Sabía.
Sabía que estaba hablando de él también.
No se ofendió.
Porque reconocía la verdad.
Siempre había sido así.
Siempre demasiado dispuesto a ayudar.
A correr por otros.
A creer.
A mirar primero la necesidad ajena antes que el riesgo propio.
Eso, en el mundo anterior, era virtud.
En el nuevo… podría matarlo.
Itachi lo sostuvo con los ojos.
Y entonces le dijo, con una calma que lo obligó a escuchar cada palabra por separado: —Glenn.
Tu corazón es muy puro.
Él soltó una exhalación casi incrédula.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé.
No hubo duda en la respuesta.
Y eso le hizo más efecto que si ella le hubiera hablado con ternura abierta.
Porque Itachi no decía cosas así sin pesarlas.
No halagaba por halagar.
Si decía lo sé, era porque había observado, deducido y concluido.
—Pero tienes que aprender una cosa —continuó ella—.
No todos tienen que ser salvados.
No todos merecen ser salvados.
No puedes salvar a una persona poniendo en riesgo a los que te importan.
Glenn guardó silencio.
La frase quedó trabajando dentro de él.
No por crueldad.
Por verdad.
Itachi no estaba diciendo “no ayudes a nadie”.
Estaba diciendo: aprende a elegir.
Aprende a diferenciar.
Aprende que tu bondad sin criterio puede convertirse en traición hacia quienes dependen de ti.
Él lo sabía, en el fondo.
Lo había visto ya en las noticias.
Lo había visto en los disturbios.
Lo había visto con los hombres de la camioneta.
Lo había visto en la forma en que la gente peleaba por recursos, mentía, empujaba, golpeaba y abandonaba.
Lo había visto en la facilidad con la que el colapso quitaba capas de cortesía y revelaba hambre.
—Tienes razón —dijo al final, más bajo—.
Supongo que… siempre fui muy ingenuo.
Itachi no suavizó la palabra.
—Sí.
Luego añadió, sin dureza, pero sin dejar espacio a escapatoria: —No tienes que perder tu humanidad.
Solo dejar de ofrecerla sin criterio.
Glenn alzó la vista.
Eso le gustó más.
No convertirse en alguien cruel.
No matar lo mejor de sí.
Solo aprender a no entregarlo como si todos fueran dignos de recibirlo.
Itachi prosiguió.
—La compasión sin análisis te vuelve fácil de manipular.
Fácil de usar.
Fácil de matar.
La compasión con criterio puede mantenerte humano sin volverte débil.
Glenn la escuchaba como si cada frase reordenara un poco más su mente.
Y, de hecho, lo hacía.
Porque en otro tiempo quizás habría necesitado meses para aceptar una visión así sin resistirse.
Ahora el mundo lo estaba obligando a procesarla en días.
Y porque venía de Itachi, no la recibía como una filosofía cruel.
La recibía como una lección dura, pero destinada a mantenerlo vivo.
Siguieron oyendo la radio.
Más disturbios.
Más avisos.
Más quiebres.
“Se reportan saqueos en supermercados y estaciones de servicio en distintos condados…”“Autoridades piden no intentar trasladarse por rutas principales…”“Se recomienda destruir el cerebro del infectado ante amenaza inminente…”“Los hospitales en varias áreas ya no están recibiendo pacientes…”“Se interrumpe la señal…”“No hay respuesta de…”“Manténganse en sus hogares…”“Eviten…” Las frases llegaban rotas, como si el mundo mismo estuviera perdiendo la capacidad de narrarse.
Glenn dejó salir aire lentamente.
—Esto no va a mejorar.
Itachi asintió.
Ambos ya lo sabían.
No discutieron eso.
No hacía falta.
Entonces Glenn se volvió un poco más hacia ella.
—¿Y qué haremos hoy?
Itachi respondió sin vacilar.
—Hoy vas a entrenar.
Glenn parpadeó.
—¿Entrenar?
—Sí.
—¿Con la katana?
—Sí.
La certeza de su tono no dejó espacio para la queja fácil.
—Lo suficiente para que dos o tres de esos caminantes no sean un riesgo para ti.
Glenn analizó la frase.
Y comprendió que tenía razón antes incluso de terminar de pensarla.
Sí, Itachi era capaz de defenderlos a ambos.
Sí, la había visto cortar cabezas con una facilidad sobrenatural.
Sí, él confiaba en que podía protegerlo.
Pero eso no significaba que debiera cargar sola con todo.
Había algo casi vergonzoso en la sola idea de depender por completo de ella mientras el mundo se llenaba de amenazas físicas que él también podía aprender a enfrentar.
Itachi lo dijo con exactitud: —Habrá veces en que estemos juntos.
Pero no podré resolver yo todo sola.
Tienes que aprender a defenderte, Glenn.
Él sostuvo su mirada y asintió.
—Tienes razón.
La decisión, una vez tomada, pareció asentarse con claridad.
No era heroísmo.
No era orgullo herido.
Era necesidad.
Después de eso lavaron los trastos.
Glenn se ocupó de una parte.
Itachi de otra.
El gesto volvió a tener algo peligrosamente doméstico, pero Glenn ya no intentó luchar tanto contra esa impresión.
Solo la dejó estar.
Luego Itachi volvió a su habitación y reapareció transformada una vez más: el traje negro y rojo en su sitio, el tocado recompuesto, el maquillaje preciso, los tacones altos de punta fina como si el bosque mismo tuviera que aceptar que ella iba a seguir moviéndose así por decisión propia.
Era absurdo.
Era hermoso.
Era completamente Itachi.
Glenn, ya con ropa apta para moverse, volvió a mirarla con esa mezcla habitual de asombro y tensión cálida.
Ella lo vio.
No dijo nada al respecto.
Solo se ajustó la katana y habló con la misma claridad de siempre: —Misión del día: entrenar.
Y así, con el invernadero vivo detrás de ellos, el bosque quieto alrededor y la civilización terminándose a lo lejos, salieron.
El nuevo día ya tenía forma.
Y Glenn, sin saber exactamente en qué momento se había convertido en esto, salió a aprender a sobrevivir bajo la mirada de la mujer que más le alteraba el corazón… y en quien más confiaba en todo el mundo.
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