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ojos carmesí - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 La mano que hiere y la mano que cura
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15: La mano que hiere y la mano que cura.

15: La mano que hiere y la mano que cura.

El claro del bosque, detrás de la autocaravana, se convirtió en el campo de entrenamiento.

La mañana ya había avanzado lo suficiente para secar un poco el rocío sobre la hierba baja y sobre la tierra oscura entre los árboles.

La luz bajaba a través de las ramas en franjas limpias, doradas y verdes, y el aire todavía conservaba esa frescura de las primeras horas que hacía más fácil respirar, moverse, pensar.

A unos pasos del RV, la pequeña estructura del invernadero móvil seguía viva, callada, llena de hojas nuevas y animales despiertos.

Más allá, el bosque.

Más allá del bosque, la carretera.

Más allá de la carretera, un mundo que se estaba terminando.

Itachi se plantó frente a Glenn con la katana en la mano.

Ya llevaba de nuevo su traje negro con rojo, el tocado, el sello en la frente, el cabello recogido en aquella arquitectura hermosa y rigurosa que parecía convertir incluso la guerra en algo ceremonial.

Los tacones negros de punta fina no parecían adecuados para un entrenamiento en el bosque.

Glenn lo había pensado ya demasiadas veces como para volver a formularlo.

Y, aun así, allí estaba ella, perfectamente estable, sin hundirse, sin perder equilibrio, sin hacer ruido innecesario, como si la propia tierra hubiera decidido sostenerla mejor que a nadie.

Glenn la observó un segundo de más.

Le seguía ocurriendo.

No importaba que estuvieran en mitad del apocalipsis, con animales en la autocaravana y noticias de colapso aún resonándole en la cabeza.

Mirar a Itachi siempre lo sacaba un poco del eje.

La veía como se ve una aparición demasiado hermosa para pertenecer por completo al mismo plano que el resto de las cosas.

Luego recordaba que iba a ponerle una espada en las manos, que tendría que aprender a moverse, a cortar, a no morir, y se obligaba a volver al presente.

Itachi levantó apenas el arma.

—Otra vez —dijo.

No había dureza en el tono.

Tampoco indulgencia.

Solo la firmeza exacta de quien espera que la repetición haga el trabajo que la intuición no puede.

Glenn obedeció.

Sujetó la espada como ella le había enseñado.

Intentó acomodar los pies.

La postura.

La distancia del torso.

El ángulo de los hombros.

Y, en cuanto empezó el primer movimiento, Itachi corrigió.

—No tanto el brazo.

—El codo más cerca.

—No subas el hombro.

—Mira el objetivo, no la hoja.

—La cabeza.

Siempre la cabeza.

—Otra vez.

Glenn lo hizo.

Y otra vez.

Y otra vez.

Al principio sus movimientos eran demasiado rígidos.

Luego demasiado amplios.

Después demasiado cuidadosos, como si el miedo a equivocarse lo volviera lento.

Itachi lo veía todo.

Se movía a su alrededor con la paciencia severa de alguien que no desperdicia palabras, pero tampoco castiga innecesariamente el error cuando el error todavía pertenece al aprendizaje y no a la torpeza voluntaria.

—No cortes como si estuvieras dudando —dijo—.

Si dudas a medias, no cortarás nada.

—Otra vez.

—Más limpio.

—Menos fuerza inútil.

—Otra vez.

—No arrastres el pie.

—Otra vez.

Glenn respiraba cada vez más fuerte.

No por falta total de condición.

Porque moverse con un arma era distinto a todo lo que había hecho antes.

El cuerpo no sabía todavía dónde colocar el peso, cuándo tensar, cuándo dejar suelta la muñeca, cómo no pelearse con el filo, cómo dejar que el movimiento terminara donde debía terminar.

Itachi le hacía repetir patrones básicos una y otra vez.

Avance.

Corte.

Retroceso.

Ajuste de pies.

Control de distancia.

Ángulo al cuello.

Golpe a la cabeza.

Recuperación de postura.

No había nada heroico en ello.

No había grandes escenas.

Solo repetición.

Pero en la repetición había algo más.

Glenn la miraba.

La forma en que ella demostraba un movimiento y luego volvía a la quietud era insoportable de hermosa.

La katana en su mano no parecía un objeto que blandía: parecía una prolongación de su brazo, de su espalda, de su voluntad.

A Glenn le ocurría algo absurdo cada vez que ella intervenía para corregirlo.

Aunque supiera que lo estaba entrenando para matar caminantes, aunque supiera que esa lección era la diferencia entre vivir o morir, seguía habiendo una parte de él que se perdía un poco al verla moverse.

Itachi lo notó desde la segunda o tercera corrección.

No dijo nada.

Simplemente empezó a compensarlo con frases más cortas, más exactas, obligándolo a fijarse en la técnica.

—Aquí.

—No ahí.

—Más alto.

—Menos abierto.

—Otra vez.

Lo acercó para corregir el agarre.

Sus dedos rodearon por un segundo la posición de las manos de Glenn sobre la empuñadura y eso bastó para desordenarle el ritmo del corazón.

Glenn tensó la mandíbula y trató de concentrarse.

Itachi siguió como si no hubiera notado el efecto, aunque sí lo había notado.

La variación de la respiración.

El microtenso en la muñeca.

El aumento súbito de atención hacia ella más que hacia el arma.

—Ya viste lo que pasa cuando te distraes —dijo con calma—.

No me mires a mí.

Mira la línea de corte.

Glenn tragó saliva.

—Lo intento.

—Inténtalo mejor.

Y siguieron.

Otra vez.

Otra vez.

Otra vez.

El sol subió un poco más.

El bosque cambió de temperatura.

El cuerpo de Glenn empezó a resentir el trabajo.

Le dolían los antebrazos.

Los hombros.

La espalda baja.

La mano derecha ya estaba más cansada de lo que quería admitir.

Aun así, siguió.

Porque Itachi seguía.

Porque si ella no consideraba la sesión terminada, entonces no lo estaba.

En algún momento, al cambiar el ángulo del corte descendente, Glenn hizo exactamente lo que ella había tratado de corregirle desde el principio: movió mal la muñeca, abrió demasiado el codo, cruzó la trayectoria de forma torpe y dejó que el filo pasara demasiado cerca de su propia mano.

El corte no fue superficial.

Tampoco profundo hasta el hueso.

Fue un corte medio, limpio y rápido, lo bastante serio como para abrir la piel con claridad.

Glenn soltó el arma a medias con un siseo brusco.

El dolor llegó un segundo después.

La sangre brotó enseguida.

No demasiada todavía, pero suficiente.

Itachi ya se había movido antes de que él terminara de reaccionar.

Le sujetó la mano herida con una firmeza instantánea y segura, elevándola lo justo para evitar que la sangre cayera más de lo necesario.

Con la otra mano hizo sellos.

Rápidos.

Perfectos.

Glenn apenas alcanzó a ver el movimiento de sus dedos antes de que ella hablara con voz baja, estable, precisa: —医療忍術・掌仙術.

Ninjutsu médico.

Palma mística.

Una luz verde apareció.

No una luz cualquiera.

No la luz fría de una linterna ni el reflejo artificial de una pantalla.

Una luz viva.

Suave y poderosa al mismo tiempo, envolviendo primero la mano de Itachi, luego la de Glenn, como si algo parecido a la magia —aunque Itachi sabía que no era magia, sino chakra— se hubiera derramado en torno a la herida.

Glenn se quedó inmóvil.

El dolor se redujo con una rapidez casi imposible.

Sintió calor.

No quemadura.

Calor curativo.

Una presión extraña en la piel, como si la carne misma recordara de pronto cómo debía cerrarse.

Y el corte se cerró.

Rápido.

La sangre dejó de fluir.

La piel volvió a unirse bajo aquella luz verde que tembló una vez más y luego se apagó.

Glenn observó en shock.

No era la primera vez que veía algo imposible de Itachi.

Ya la había visto hacer crecer plantas, llenar de vida un espacio muerto, convertir tierra y bandejas en un jardín de supervivencia.

Pero esto era distinto.

Aquello había sido vida vegetal.

Esto era carne.

Sangre.

Dolor humano.

Su propia mano.

Su propia piel cerrándose bajo la voluntad de ella.

Divinidad, pensó de inmediato.

Porque alguien que da vida, alguien que sana, alguien que cura, alguien que prospera… no podía ser otra cosa más que un ser divino.

Glenn no encontró otra lógica.

No la quiso encontrar.

Estaba demasiado cerca del milagro como para seguir fingiendo que pertenecía al mundo ordinario.

Levantó la vista hacia Itachi, todavía sosteniéndole la mano, todavía con el rostro sereno, hermoso, intacto, y lo pensó con una claridad casi dolorosa: Es divina.

Itachi soltó su mano solo cuando estuvo segura de que la herida había cerrado por completo.

Observó el resultado.

Luego lo observó a él.

—Bueno —dijo—.

Supongo que ese es otro de mis secretos.

Glenn la siguió mirando.

No respondió enseguida.

La mente le iba más rápido que la boca.

No por miedo.

Por cálculo.

Por comprensión súbita del peligro.

Eso… eso era demasiado.

Mucho más peligroso que la capacidad de hacer crecer plantas.

Las plantas ya eran poder.

Ya eran recurso.

Ya eran motivo de codicia.

Pero sanar… sanar a una persona así, cerrar una herida en segundos, detener el sangrado, devolver la integridad del cuerpo… eso podía destruirla si otros lo sabían.

Querrían poseerla.

Querrían usarla.

Querrían convertirla en una herramienta, en una ventaja, en una esclava brillante dentro del fin del mundo.

Y Glenn —el Glenn que ya la quería más de lo que estaba dispuesto a admitir, el Glenn que aunque no pudiera todavía nombrarlo con limpieza ya la amaba en ese lugar callado donde el amor empieza a echar raíces antes de ser dicho— pensó primero en protegerla.

Actuó antes de terminar de ordenar la frase.

—Solo tú y yo —dijo.

Itachi observó cada microexpresión que cruzó por su rostro.

El shock.

La admiración.

El miedo por ella, no por él.

La conclusión inmediata de peligro.

La decisión de guardar.

La lealtad.

No dijo nada al principio.

Y Glenn continuó, ahora más bajo, más firme: —Solo tú y yo, Itachi.

Sabes lo que implica que alguien lo sepa.

Ella siguió mirándolo.

Sí.

Lo sabía.

Sabía exactamente lo que implicaba.

Sabía lo que los hombres hacían con el poder útil.

Sabía lo que una comunidad haría con alguien capaz de sanar heridas cuando el mundo entero se estuviera llenando de sangre, mordidas y fiebre.

Sabía lo que significaba el hambre de otros, no solo por comida, sino por ventaja.

—Lo sé —dijo.

Y luego añadió, con una honestidad que Glenn sintió golpearle el pecho: —Pero porque eres tú, no me importa que lo sepas.

El silencio que siguió fue breve.

Pero enorme.

Porque Glenn escuchó la frase entera con todas sus implicaciones.

No no me importa que alguien lo sepa.

No da igual.

No es necesario.

No.

Porque eres tú.

Esa era la razón.

Él.

Glenn.

Su reacción.

Su cuidado.

Su manera de mirar.

Su promesa.

Su presencia.

Todo lo que era él había entrado ya en la categoría de lo suficientemente importante como para que Itachi le abriera otra capa de verdad.

Ella se quedó un momento en silencio.

Luego preguntó: —¿No me preguntas?

Glenn, todavía demasiado consciente del calor fantasma que quedaba en su mano curada, parpadeó.

—¿Sobre qué?

—Sobre por qué puedo hacer lo que puedo hacer —respondió ella—.

Sobre por qué puedo hacer crecer las plantas.

Sobre por qué puedo curar.

¿No me preguntas?

Glenn bajó la vista un segundo hacia la mano sana.

Luego volvió a mirarla.

Y contestó con una sinceridad tranquila, sin grandilocuencia, sin juego, sin necesidad de forzar algo que ya era verdad desde hacía tiempo: —Tengo preguntas.

Realmente tengo muchas preguntas.

No por desconfianza, sino porque quiero conocer más.

Saber más de tu historia, de ti.

Pero sé que todo tiene un tiempo.

Y en el tiempo que tú digas que yo puedo saberlo, ese es el tiempo correcto.

Itachi lo observó.

Y una microexpresión —tan leve que otro la habría perdido— cruzó por su rostro.

No una sonrisa abierta.

No algo que distorsionara su compostura.

Solo un suavizarse breve en la boca y en los ojos.

Glenn la vio.

Y eso bastó para que el corazón volviera a latirle de forma completamente absurda.

El cuerpo de Glenn seguía obedeciendo a Itachi con una fidelidad casi humillante: una frase suya, una mirada suya, una casi sonrisa suya, y él quedaba alterado por dentro como si el mundo no se estuviera terminando a unos kilómetros de allí.

Itachi habló al fin.

—Bueno.

Solo eso.

Luego, como si acabaran de no tocar una verdad inmensa, volvió a corregir la postura de su espada.

—Ya viste lo que pasa si la agarras de esa forma.

Glenn soltó una exhalación entre nerviosa y resignada.

—Sí.

—Entonces otra vez.

Y siguieron entrenando.

Otra vez.

Y otra vez.

Y otra vez.

El cuerpo de Glenn ya estaba más cansado, pero ahora había algo nuevo entre ambos.

No solo la lección de espada.

No solo la disciplina.

También el secreto compartido, ensanchado, más hondo.

Itachi corrigió su postura con la misma paciencia sobria de antes, pero Glenn ya no la miraba exactamente igual.

O sí, la seguía mirando como si fuera demasiado hermosa para ser real, pero ahora se sumaba otra capa: reverencia.

No una reverencia sumisa.

Una reverencia nacida de haber visto la vida y la curación salir de sus manos.

Itachi tampoco lo miraba exactamente igual.

Ya había visto la reacción que importaba: la de proteger el secreto antes que explotarlo, la de aceptar el tiempo de la verdad sin reclamarlo, la de elegir confianza sobre curiosidad egoísta.

Eso tenía peso.

Más del que Glenn sabía.

Ella lo hizo repetir patrones básicos hasta que las piernas empezaron a responder con menos torpeza y más memoria.

A corregir los hombros.

A usar mejor el giro de cadera.

A no cruzar la línea del filo contra sí mismo.

A recuperar equilibrio.

A no desperdiciar energía.

A cortar desde la intención y no desde el miedo.

—Más corto el movimiento.

—No dejes el codo abierto.

—Tu problema sigue siendo que piensas demasiado antes de terminar el corte.

—Otra vez.

—Bien.

—Otra vez.

—Eso estuvo menos mal.

Glenn casi sonrió al oírlo.

—Viniendo de ti, creo que es un elogio.

—Lo es.

El entrenamiento se alargó hasta que el cuerpo de Glenn empezó a resentirse de verdad.

Los músculos del brazo le ardían.

Las piernas le pesaban.

El sudor se le pegaba a la ropa.

El control mejoraba, pero todavía estaba lejos de ser natural.

Itachi lo vio antes de que él lo dijera.

No solo por el cansancio físico.

También por la forma en que la concentración empezaba a volverse más irregular.

—Pasta por ahora —dijo al fin—.

Preparemos el almuerzo.

Glenn bajó la espada, agradecido y un poco frustrado consigo mismo al mismo tiempo.

—Sí.

Entraron de nuevo a la autocaravana con el hambre encima y el cuerpo cargado del tipo de cansancio que deja el aprendizaje real.

Itachi se movió hacia la cocina con la misma eficiencia de siempre.

Habían preparado carne en conserva suficiente para varios días; sacó una porción, no demasiado, solo lo necesario para ambos.

Mientras ella se ocupaba de poner agua, utensilios y sartén en orden, Glenn fue al vagón de cultivo.

Recogió un par de tomates.

Un pepino.

Una zanahoria.

Dos papas.

Lo hizo con un respeto casi absurdo, como si siguiera sin acostumbrarse del todo a tomar alimento de un sitio que veinticuatro horas antes no existía de esa forma.

Volvió con ellos, ayudando a Itachi con una ensalada sencilla y con los ingredientes para completar la comida.

La escena volvió a adquirir esa intimidad práctica que ya era casi una costumbre entre ambos: él trayendo los vegetales, ella cocinando la pasta y la carne, el espacio pequeño compartido con una facilidad cada vez menos forzada.

El almuerzo transcurrió entre comida, radio y conversación.

Glenn, todavía con el entrenamiento reciente en el cuerpo, fue el primero en llevar el tema hacia lo que ambos venían rumiando desde la mañana.

—Eso era lo que querías decir antes, ¿no?

—preguntó mientras la radio murmuraba noticias al fondo—.

Sobre Atlanta.

Itachi asintió.

—Sí.

Tomó un poco de pasta antes de continuar.

—Atlanta es una ciudad muy poblada.

Aparte del riesgo de tantos contagiados al mismo tiempo, también está la violencia del ser humano.

Glenn la escuchó.

La radio cortó entonces con otro informe breve: “Se reportan enfrentamientos en supermercados y centros de distribución.

Fuentes locales confirman muertos por saqueos en distintas zonas de la ciudad…” Glenn frunció el ceño.

—Ya empezó.

—Ya había empezado ayer —corrigió Itachi—.

Hoy solo es más visible.

Ella siguió desarrollando la idea.

—Las ciudades grandes concentran recursos.

Comida.

Medicinas.

Vehículos.

Combustible.

Armas.

Y cuando la gente comprende que el sistema ya no va a repartir esas cosas con orden, las busca por sí misma.

Primero compra.

Luego empuja.

Luego roba.

Luego golpea.

Después mata.

Glenn tragó con lentitud.

No porque no lo entendiera.

Porque le dolía entenderlo.

—¿Tan rápido?

Itachi lo miró.

—La civilización es más frágil de lo que parece.

No se sostiene solo por leyes.

Se sostiene por la expectativa de que mañana seguirá habiendo comida, luz, agua, policía, hospitales, turnos, salario, consecuencias.

Quita eso y ves lo que queda.

La radio volvió a entrar.

“Autoridades estatales no han podido retomar control total de varios accesos a la ciudad.

Se recomienda a la población no intentar desplazamientos innecesarios…” Glenn dejó el tenedor un segundo.

—Lo peor es que muchos van a escuchar eso… y van a hacer exactamente lo contrario.

—Sí —dijo Itachi—.

Porque el miedo vuelve egoísta al que ya lo era y desesperado al que aún no sabía que podía serlo.

Hablaron largo.

Más largo de lo que Glenn había esperado al sentarse a comer.

Preguntó qué pasaría con los barrios residenciales.

Con las carreteras.

Con los hospitales.

Con los grupos pequeños.

Con la comida.

Con las familias.

Con la policía.

Itachi respondió con la misma mente analítica del soldado que lo había impresionado desde el principio, pero ahora Glenn la comprendía mejor.

No era solo frialdad.

Era estructura.

Veía causas.

Consecuencias.

Encadenamientos.

No se perdía en el horror del detalle porque estaba mirando el patrón más grande.

—Los hospitales van a colapsar primero —dijo—.

Porque la gente herida irá ahí.

Los infectados también.

El personal no tiene información suficiente ni tiempo.

Habrá exposición.

Pánico.

Falla interna.

—¿Y la policía?

—Demasiadas llamadas.

Muy pocos efectivos reales.

Y además… —Itachi hizo una pausa breve— si los policías tienen familia, muchos van a dejar de priorizar el uniforme.

Glenn bajó la vista un instante.

No lo había pensado así.

—¿Y los grupos?

—Se formarán rápido.

Familiares.

Vecinos.

Gente armada.

Gente útil.

Gente que solo quiera seguir a alguien fuerte.

Algunos grupos sobrevivirán.

Otros se destruirán desde dentro.

—¿Por qué?

—Por liderazgo.

Por recursos.

Por miedo.

Por la incapacidad de aceptar que el mundo anterior ya no existe.

La radio soltó otra voz, más tensa: “Videos sin verificar muestran enfrentamientos entre civiles armados por control de combustible y medicamentos.

La Guardia Nacional pide no acercarse a centros urbanos…” Glenn soltó aire lentamente.

—Esto no deja de empeorar.

Itachi asintió apenas.

—No va a dejar de hacerlo por un tiempo.

Glenn pensó en la mujer del día anterior.

En los hombres de la camioneta.

En las noticias de saqueos.

En el vecino devorado en la madrugada.

En la forma en que Atlanta se había ido quedando atrás no solo como ciudad, sino como idea de refugio.

—La gente va a cambiar —murmuró otra vez, pero ahora con más peso—.

De verdad.

Itachi lo observó.

—Sí.

—Se va a hacer más cruel.

—Más cruel.

Más práctico.

Más cínico —repitió ella—.

Y algunos usarán la crueldad como excusa para llamarse realistas.

Otros seguirán siendo buenos, pero demasiado blandos.

Ésos morirán o serán usados.

Glenn se quedó callado unos segundos.

Sabía que esa parte también iba dirigida a él.

No como ataque.

Como advertencia.

Lo aceptó.

Y siguió escuchando.

Cuando terminaron de comer, lavaron los platos con una eficiencia ya compartida, casi automática.

Luego Itachi volvió a cambiarse del todo, retomando la versión de sí misma que Glenn ya había aprendido a asociar con acción: el traje negro y rojo en su lugar, maquillaje preciso, tocado firme, tacones impecables.

Glenn también se puso ropa más adecuada para moverse otra vez.

Salieron.

El bosque seguía allí.

La vida seguía allí, concentrada dentro de la autocaravana.

El mundo seguía cayendo.

Y el día, ahora sí, tenía misión clara: entrenar.

Glenn respiró hondo, tomó de nuevo la espada y miró a Itachi.

Ella ya estaba lista.

—Otra vez —dijo.

Y Glenn, con la mano ya sana, con más verdades encima, con más miedo comprendido y con más confianza en ella que nunca, asintió.

—Otra vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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