ojos carmesí - Capítulo 16
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16: Lo que se dice en la oscuridad.
16: Lo que se dice en la oscuridad.
La tarde pasó así.
Repetición.
Corte.
Paso.
Corrección.
Respiración.
Otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
Hasta que el cuerpo de Glenn empezó a ceder no por voluntad, sino por límite real.
Los músculos de los brazos temblaban ligeramente después de cada movimiento.
Los hombros ya no respondían con la misma precisión.
Las piernas comenzaban a sentirse pesadas, más lentas en los cambios de apoyo.
El sudor le corría por la nuca, por la espalda, por el pecho, pegándole la ropa al cuerpo y volviendo más áspero el aire que tragaba entre una instrucción y otra.
Había mejorado, sí.
Lo suficiente como para que incluso él mismo empezara a notarlo.
Pero mejorar no borraba el cansancio.
Solo lo justificaba.
Itachi lo vio antes de que él dijera nada.
Vio la pérdida mínima de firmeza en la muñeca.
Vio el retraso en la recuperación de la postura.
Vio el modo en que el corte ya no terminaba limpio porque el cuerpo estaba gastando más de lo que podía devolver en ese momento.
No dejó que se empujara hasta el error serio.
—Basta —dijo al fin.
La palabra cayó con autoridad simple.
No como regaño.
Como conclusión.
Glenn bajó la espada, respirando hondo, y asintió sin intentar discutir.
No habría podido aunque quisiera.
La gratitud del cuerpo ante esa orden fue inmediata.
Sintió cómo los hombros descendían apenas.
Cómo la tensión dejaba de sostenerse por orgullo.
Cómo el cansancio, por fin, se permitía existir del todo.
Itachi lo observó un segundo más.
Luego añadió: —Es suficiente por hoy.
Glenn volvió a asentir.
Y entonces ella dijo, con la misma sobriedad con la que daba todas las cosas que realmente importaban: —Mejoraste.
La frase fue breve.
Pero para Glenn tuvo un peso inmenso.
No porque necesitara elogios como un niño necesitado de aprobación.
Sino porque venía de ella.
De Itachi.
De una mujer que no desperdiciaba palabras.
Que no endulzaba una verdad solo para hacerla más fácil de recibir.
Si ella decía que había mejorado, entonces había mejorado de verdad.
Glenn dejó salir un pequeño sonido, apenas una exhalación que fue mitad cansancio y mitad una sonrisa demasiado agotada para terminar de formarse.
—Gracias —murmuró.
Volvieron a la autocaravana cuando el sol ya se estaba inclinando hacia una luz más tibia, más baja, más cansada también.
El bosque alrededor del claro había empezado a cambiar de temperatura.
El aire se volvía más fresco.
Los sonidos del día empezaban a reorganizarse en algo más nocturno, más contenido.
Dentro del RV, en cambio, seguía esa sensación nueva y extraña de hogar provisional.
Un espacio pequeño, sí.
Un refugio construido deprisa, sí.
Pero un lugar que ya guardaba costumbre.
Itachi se cambió primero.
Volvió al camisón negro de seda y a la bata negra ligera que caía sobre sus hombros con una elegancia tranquila, íntima.
Deshizo de nuevo la arquitectura del tocado y dejó que el cabello cayera libre, largo, negro, profundo, resbalando por la espalda como si el día no hubiera conseguido dejarle ni una sola huella indecorosa encima.
Descalza, sin la estructura visual del traje de combate y sin la rigidez exterior del mundo, Itachi se veía distinta.
No menos hermosa.
Más cercana.
Más peligrosa por lo íntima que se volvía esa belleza.
Glenn, por su parte, se secó el sudor, se cambió otra vez a la ropa sencilla de la noche anterior —camiseta de algodón, pantalón de chándal— y bebió un vaso de agua como si el cuerpo quisiera absorber no solo líquido, sino el derecho a detenerse por unas horas.
Cuando ambos estuvieron listos, tomaron agua, un vaso cada uno, y después se dirigieron a la habitación.
Esta vez el cuerpo de Glenn no estaba tan tenso como la noche anterior.
No del mismo modo.
El cansancio físico ayudaba.
El entrenamiento lo había vaciado lo suficiente como para que el cuerpo no pudiera sostener exactamente el mismo nivel de alerta íntima.
Pero aun así, cuando se acostó y quedó mirando el techo en la penumbra suave del cuarto, el pensamiento volvió.
Y volvió con una fuerza distinta.
Hasta cierto punto, Glenn no podía creer su suerte.
No de una manera infantil.
De una manera casi dolorosa.
Estaba acostado en una habitación pequeña dentro de una autocaravana escondida en un bosque, mientras el mundo se iba deshaciendo a unos kilómetros de distancia.
Y, aun así, compartía ese espacio con la mujer más bella que había visto en su vida.
Al menos para él.
No solo por el rostro, por la perfección extraña de sus rasgos o por la forma imposible en que el negro y rojo parecían pertenecerle incluso cuando no los llevaba puestos.
No solo por su cuerpo, por la elegancia de sus movimientos, por esa mezcla de firmeza y delicadeza que parecía imposible de reunir en una sola persona.
Era más que eso.
Compartía ese espacio con una mujer cuya inteligencia superaba con creces a la del resto.
Con una mujer capaz de ver patrones antes de que otros siquiera entendieran que había un problema.
Con una mujer de carácter controlado, estable, disciplinado.
Con una mujer que no entraba en pánico cuando todos los demás se quebraban.
Con una mujer que podía curar.
Con una mujer que podía hacer crecer la vida dentro del fin del mundo.
Con una mujer divina.
Y, aun así, pensó Glenn, está aquí conmigo.
Aun así me hizo esa promesa a mí.
Se movió en la cama, acomodándose de lado.
Giró el cuerpo hacia ella.
Itachi estaba acostada sobre su espalda, mirando el techo, pensando.
Glenn lo supo sin que tuviera que decirlo.
Había una quietud particular en ella cuando analizaba.
No era distracción.
Era profundidad.
El día.
El entrenamiento.
La cantera.
La historia que sostendrían.
Las decisiones del día siguiente.
Todo estaba pasando por ella con la precisión metódica que definía su mente.
Sintió el movimiento de Glenn.
No volvió el cuerpo completo.
Solo giró apenas el rostro y lo miró.
Él la miró de vuelta.
Y se quedaron así.
En silencio.
Observándose.
No era un silencio vacío.
Era un silencio lleno de todo lo que Glenn quería decir y no sabía cómo.
Quiso decirle que se había vuelto muy importante para él.
Quiso decirle que estaba agradecido, no de una manera pequeña, sino de una forma que le atravesaba la vida entera.
Quiso decirle que no se fuera.
Quiso decirle que esa mentira que sostenían sobre su matrimonio se volvía, dentro de él, cada vez menos una simple fachada y cada vez más una forma de deseo.
Quiso decirle que, tal vez en otra vida, aquello habría sido verdad: dos recién casados compartiendo cama dentro de una autocaravana, hablando del día siguiente, de comida, de rutas, de la forma de seguir vivos.
Abrió la boca.
La cerró.
Lo intentó otra vez.
Las palabras parecían insuficientes.
Torpes.
Demasiado pequeñas para todo lo que quería poner dentro de ellas.
Itachi lo observó.
Y dijo simplemente: —Lo sé.
Glenn sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
Desarmada.
Y le creyó.
Porque sabía que Itachi lo leía de una forma tan exacta que su transparencia frente a ella ya no le sorprendía del todo.
Seguía avergonzándolo a veces, sí, pero también se había vuelto una forma particular de descanso.
No tenía que fingir con ella.
No del todo.
No en lo importante.
Hubo un silencio más.
Luego Glenn preguntó: —¿Qué haremos mañana?
Itachi giró el cuerpo entonces.
Se recostó de lado, mirándolo de frente.
La oscuridad de la habitación, suavizada por la luz de luna que entraba por el ventanal, volvía aquella postura aún más íntima.
El cabello suelto.
La línea de su cuello.
La seda negra.
El rostro sereno.
Y sus ojos sobre él, directos.
—Nos dirigiremos a la cantera —dijo al fin—.
Seguro habrá más gente.
La frase se quedó entre ambos.
Sí.
Claro que habría más gente.
Personas que hubieran pensado parecido.
Personas que buscaran agua, resguardo, espacio, altura, aislamiento parcial.
Personas buenas.
Personas desesperadas.
Personas crueles.
Grupos.
Jerarquías.
Conflictos.
Tras un segundo de silencio, Itachi volvió a hablar.
—Glenn.
Él la miró con atención inmediata.
—El vagón, los animales, los cultivos… Pero no terminó.
No porque no supiera cómo seguir.
Porque Glenn habló primero.
—Lo sé.
La interrumpió con una firmeza que no era brusca, sino íntima.
—Solo tú y yo.
Sé que soy muy ingenuo a veces, pero esto… esta autocaravana, ese vagón, incluso los recursos que recolectamos para el desastre… son tuyos y míos.
Nuestro seguro.
No te arriesgaré.
Eres mi prioridad.
La frase salió de él sin vacilación.
No como estrategia.
No como forma de quedar bien.
Como verdad pura.
Itachi lo observó.
Y durante un instante no dijo nada.
Analizó.
No la frase en sí.
La estructura emocional detrás.
Glenn ya no hablaba de proteger solo la coartada.
No hablaba solo de recursos.
No hablaba solo del secreto del poder.
Hablaba de ella como eje.
Como prioridad.
Como alguien por quien ya estaba dispuesto a reordenar sus decisiones.
Eso tenía peso.
Uno enorme.
—Tú la mía —dijo después.
Nada más.
No lo adornó.
No lo suavizó.
No necesitó decir “también” ni explicar.
Y Glenn sintió esa respuesta de un modo tan directo que tuvo que apartar apenas la vista un segundo para no delatar cuánto le afectaba.
Itachi continuó, volviendo la conversación hacia lo práctico sin borrar lo anterior.
—Si alguien, por el motivo que sea, ve lo que tenemos en el vagón —dijo—, diremos lo siguiente: como samurái, me gustaba comer comida saludable.
Mejor para el cuerpo.
Mejor para el entrenamiento.
Así que siempre cultivé mi comida y crié animales.
Cuando nos casamos y compramos la autocaravana, comencé a cultivar y criar a los animales.
De esa forma evitábamos gastar tanto en alimentos en el camino.
Glenn asintió.
La historia era brillante en su sencillez.
Daba explicación al vagón sin volverlo sospechoso.
Hacía de la disciplina alimenticia de Itachi una costumbre previa y verosímil.
Convertía el sistema entero en una extensión de su estilo de vida y de su entrenamiento.
Y lo volvía algo que cualquier otro grupo podría aceptar como excentricidad práctica, no como milagro ni secreto monstruoso.
—Tiene sentido —murmuró Glenn—.
Mucho sentido.
Itachi guardó silencio un momento.
Luego dijo, mirándolo con la misma seriedad con la que habría corregido una postura o definido una ruta: —Mi amor.
El corazón de Glenn se descontroló.
Literalmente.
Sintió un golpe brutal en el pecho, luego otro, luego una oleada de calor subiéndole al rostro con una rapidez casi humillante.
—¿Quieres matarme?
—murmuró.
Itachi lo observó.
Y volvió a repetir, con la misma serenidad exacta: —Mi amor.
Así te llamaré.
Tardó un segundo.
Solo uno.
Pero Glenn comprendió.
No era crueldad.
No era juego.
No era improvisación.
Era práctica.
Si iban a sostener una mentira de recién casados, necesitarían lenguaje íntimo.
Formas naturales de nombrarse.
Algo que no sonara ensayado cuando llegara el momento.
Y, aun así, comprenderlo no evitó el efecto.
Glenn tragó saliva, todavía demasiado rojo, demasiado alterado, demasiado consciente de que en otra circunstancia habría querido escuchar esas palabras por razones que ya no podía fingir que no existían.
Entonces respondió, buscando un equivalente que también encajara, que también sonara natural, que también pudiera dolerle y gustarle al mismo tiempo: —Entonces… mi vida.
Itachi sostuvo su mirada un momento.
Luego asintió.
—De acuerdo.
Y siguieron.
Hablaron de cómo actuarían.
No grandes escenas.
No exageración.
No una teatralidad que pudiera levantar sospechas.
Solo lo bastante.
Tomarse de la mano.
Rozarse con naturalidad.
Un abrazo corto si el contexto lo pedía.
Caricias ligeras en el cabello o en la mejilla.
La costumbre de acercarse sin pedir permiso verbal.
El modo en que un recién casado mira al otro buscando confirmación en medio de tensión.
La protección mutua visible.
Itachi explicaba y Glenn escuchaba, preguntando a veces cómo distinguir lo natural de lo excesivo, dónde trazar la línea entre lo creíble y lo performático.
Ella respondía con la misma lógica sobria de siempre: no se trataba de actuar mucho.
Se trataba de no actuar desde afuera.
Si ya se movían juntos, si ya se miraban así, si ya se buscaban así, entonces bastaba con no esconderlo.
—No necesitas fingir cercanía que ya existe —dijo Itachi—.
Solo dejar que se vea.
La frase le hizo algo terrible al pecho de Glenn.
No respondió enseguida.
Porque tenía razón.
La cercanía ya existía.
No tendrían que inventarla desde cero.
Eso volvía la mentira más fácil.
Y más peligrosa para él.
También hablaron de límites.
Si encontraban gente organizada como grupo, no entrarían a la autocaravana.
Ese espacio era suyo.
Solo suyo.
No era solo por el secreto del vagón.
No era solo por los animales o las plantas.
No era solo por el chakra de Itachi.
Era por todo.
La autocaravana se había convertido en más que un vehículo.
Era su hogar.
Su fortaleza.
El lugar donde su mentira podía respirarse como algo casi verdadero.
El sitio donde habían dormido juntos por primera vez.
Donde compartían comida.
Donde ella cocinaba por la mañana.
Donde Glenn la veía con el cabello suelto y la seda negra.
Donde el mundo se cerraba a un tamaño manejable y ambos cabían dentro.
—No entrará nadie —dijo Itachi con absoluta claridad—.
Podemos ayudar afuera.
Hablar afuera.
Comer afuera.
Pero este espacio no se comparte.
—Sí —dijo Glenn—.
Este lugar… es nuestro.
La palabra salió sin pensar mucho.
Nuestro.
Y la verdad fue tan sencilla que ninguno la corrigió.
Siguieron afinando la historia.
Dónde habían dormido la noche anterior dentro de la ficción.
Cómo hablaban entre ellos cuando había otros cerca.
Qué recuerdos falsos podían usar para reforzar el relato si hacía falta.
Cómo justificar la alianza.
Cómo justificar el acento.
Qué partes convenía nunca explicar demasiado.
La conversación se extendió.
A ratos Glenn se reía bajo por lo absurdo de algunas precisiones.
A ratos Itachi corregía con una paciencia firme que lo hacía sentir, otra vez, que cada aspecto de la supervivencia con ella se volvía más claro.
A ratos ambos guardaban silencio breve, midiendo el peso de lo que construían.
Y debajo de todo eso, Glenn no podía dejar de pensar una cosa: él deseaba que fuera real.
No lo admitió en voz alta.
Pero lo sintió.
Con una intensidad creciente.
Deseaba que esa autocaravana fuera de verdad su hogar compartido.
Deseaba que ese vagón vivo detrás fuera suyo y de ella.
Deseaba que el anillo en su dedo no fuera solo coartada.
Deseaba que esas palabras —mi amor, mi vida— no tuvieran que justificarse en la práctica de una mentira.
Deseaba que otra vida existiera donde no necesitaran fingir nada.
Itachi, por su parte, registraba todo.
El cambio en su respiración cuando lo llamó así.
El rubor.
La manera en que la palabra “nuestro” se había asentado en él.
La forma en que no discutía la necesidad de preservar ese espacio como una frontera íntima.
Y aunque no lo nombró, entendió algo con una nitidez cada vez mayor: Glenn ya no estaba diferenciando con limpieza la mentira de lo que deseaba como realidad.
La coartada se volvía, dentro de él, una forma de anhelo.
Y eso no era un problema.
No para ella.
No para su misión.
Quizá incluso era parte de la respuesta a esa última orden del Sabio, la más extraña de todas: hacerlo feliz.
Itachi no sabía aún del todo cómo se construía la felicidad.
Pero empezaba a intuir que no era una sola cosa.
No era salvarlo una vez.
No era alimentarlo.
No era solo protegerlo de caminantes o de hombres crueles.
Era también esto: crear un espacio donde pudiera respirar.
Darle una promesa.
Darle un “siempre juntos”.
Dejar que algo parecido a una verdad íntima creciera dentro de una mentira necesaria.
Se quedaron hablando hasta que la noche se volvió más cerrada.
El bosque afuera crujía de tanto en tanto.
El mundo seguía avanzando hacia una forma más dura de desastre.
Pero dentro de la habitación pequeña del RV, las voces de ambos habían dibujado algo nuevo: una historia de recién casados, sí, pero también un pacto, una complicidad, una forma de nombrarse, un conjunto de gestos y límites que ya no pertenecían solo a la supervivencia.
Cuando por fin callaron, el silencio ya no era incómodo.
Era compartido.
Y Glenn, acostado frente a Itachi en esa oscuridad suave de luna y respiración contenida, supo con una certeza terrible y dulce al mismo tiempo que el lugar donde más quería estar ya no era una ciudad, ni una casa anterior, ni siquiera una cantera prometedora.
Era allí.
En esa autocaravana.
Con ella.
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