ojos carmesí - Capítulo 17
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: La calma antes de la guerra 17: La calma antes de la guerra La mañana llegó con una suavidad engañosa.
No entró al bosque con estrépito ni con señales grandiosas del fin del mundo.
No trajo sirenas, ni disparos, ni gritos inmediatos.
Llegó como llegan casi todas las mañanas en lugares donde los árboles todavía saben guardar silencio: con una claridad tenue filtrándose entre las ramas, con el aire fresco pegado a las hojas, con una luz pálida entrando poco a poco por las ventanas del RV hasta tocar la madera, el metal, las mantas, el borde de la cama.
Y, sin embargo, el mundo seguía cayéndose más allá del claro.
La civilización seguía desmoronándose mientras el bosque fingía, por unas horas más, que nada había cambiado.
Cuando Glenn abrió los ojos, Itachi ya no estaba a su lado.
Lo primero que sintió fue esa misma punzada rápida, instintiva, desagradable, que ya había sentido la mañana anterior.
No pánico.
No todavía.
Pero sí una ausencia demasiado evidente en un espacio que, en apenas unos días, se le había vuelto insoportablemente asociado a ella.
La cama parecía más fría cuando Itachi no estaba.
El aire se sentía distinto.
La habitación pequeña del RV se volvía, por un segundo, un lugar demasiado vacío.
Se incorporó.
Miró el espacio donde ella había dormido.
Nada.
Entonces salió al pasillo corto de la autocaravana y la vio.
Y la escena, esa escena, la que sin querer había empezado a amar aunque le diera miedo admitirlo porque dolía de un modo extraño, volvió a golpearlo con la misma intensidad que el día anterior, quizá más.
Itachi estaba en la pequeña cocina.
Aún llevaba el camisón negro de seda y la bata de seda negra sobre los hombros.
Su cabello caía suelto por la espalda, largo, oscuro, suave, una línea viva de noche deslizándose hasta más abajo de la cintura.
La luz de la mañana tocaba apenas su perfil, el cuello, los hombros, el movimiento preciso de sus manos mientras terminaba el desayuno.
No había en ella prisa.
No había rigidez.
No había todavía traje, ni tocado, ni katana visible, ni la presencia severa del combate.
Solo esa otra versión suya, más silenciosa, más doméstica, más íntima.
Y Glenn se quedó mirándola un instante de más, como si una parte de él quisiera guardar esa imagen en algún lugar del cuerpo para no perderla nunca.
Le daba miedo admitirlo.
Porque lo volvía vulnerable.
Porque aquello ya no era simple atracción, ni simple fascinación.
Era apego.
Era costumbre naciente.
Era la forma en que un corazón empieza a reconocer una escena como refugio.
—Buenos días —dijo Glenn al fin, con la voz todavía tibia por el sueño—.
Iré a atender a los cuyos y los conejos… y a regar las plantas del vagón.
Itachi giró apenas el rostro lo suficiente para incluirlo en la escena, aunque claramente ya lo había sentido despierto desde antes.
—Buenos días —respondió.
Su voz era baja, serena, todavía envuelta en la quietud de la mañana.
Glenn asintió y caminó hacia la parte posterior del RV.
Abrió la puerta que comunicaba con el vagón de cultivos y entró.
La vida lo recibió.
No era una metáfora.
Era literal.
El pequeño invernadero móvil, todavía joven, todavía reciente, respiraba.
Las hojas verdes tenían esa frescura tensa y vibrante de lo recién fortalecido.
Las lechugas se abrían en capas compactas, crujientes, sanas.
Las zanahorias levantaban su follaje delicado.
Los tomates seguían afirmando su crecimiento.
Las hierbas aromáticas llenaban el aire con un perfume tenue de albahaca, menta, romero, tomillo.
Las hojas de té pequeñas y firmes ocupaban su lugar como si hubieran esperado ese vagón toda la vida.
Del otro lado, los cuyos y los conejos ya empezaban a moverse con una calma distinta, menos caótica que el primer día, más acostumbrados al agua, al alimento y al espacio seguro.
Glenn comenzó a trabajar con cuidado.
Llenó los recipientes de agua.
Añadió alimento.
Revisó que las jaulas siguieran bien firmes.
Regó las plantas con la misma delicadeza casi reverente que ya había desarrollado desde que vio a Itachi hacerlas crecer.
Y mientras lo hacía, pensaba.
Pensaba en el día que se venía encima.
En el viaje a la cantera.
En la posibilidad de encontrar más gente.
En la posibilidad de no encontrar a la gente correcta.
En la posibilidad de hallar hombres como los de la camioneta, hombres que vieran recursos antes que personas, debilidad antes que necesidad, ventaja antes que humanidad.
Pensó en la mujer y el niño tirados en el suelo.
Pensó en lo rápido que la crueldad había florecido en las primeras horas del colapso.
Pensó en la frase de Itachi: no todos merecen ser salvados.
Y aunque le doliera aceptar lo dura que sonaba, ya no podía negar su verdad.
También pensó en otra cosa.
En que iban a llegar como una mentira.
Como esposos.
Como una historia fabricada para sobrevivir.
Y que cada día esa mentira le costaba más sentirla solo como táctica.
Mientras regaba una de las hileras de hojas verdes, con la mirada perdida y el ceño apenas fruncido, Glenn no se dio cuenta de que Itachi ya había dejado el desayuno listo sobre la mesa plegable y había venido hacia él en silencio.
Lo observó primero.
No habló enseguida.
Lo vio con la regadera en la mano, siguiendo el gesto casi mecánico de alguien que estaba haciendo una tarea, sí, pero con la mente lejos, demasiado lejos.
Vio el pliegue entre las cejas.
La respiración algo más profunda.
El modo en que el cuerpo seguía cumpliendo con cuidado mientras la cabeza estaba atrapada en pensamientos menos dóciles.
Lo analizó.
No necesitó demasiado.
Preocupación.
Anticipación.
Violencia posible.
Miedo no solo a los caminantes, sino a los vivos.
No se detuvo a racionalizar por qué hizo lo siguiente.
Simplemente lo hizo.
Se acercó.
Rodeó con ambos brazos la cintura de Glenn desde atrás y se abrazó a su espalda, encajando el rostro en su hombro.
La reacción en Glenn fue devastadora.
No porque el gesto fuera sexual.
No lo era.
No porque buscara provocarlo de esa forma.
No era eso.
Fue devastador porque fue íntimo, inesperado y exacto.
Porque lo desarmó de una manera casi imposible.
Todo su cuerpo se relajó de forma automática, como si el sistema entero hubiera recibido una orden nueva: estás a salvo por un segundo, aquí, ahora.
El corazón empezó a latirle como loco.
Los pensamientos se le interrumpieron a mitad de sí mismos.
La mano que sostenía la regadera se quedó quieta.
La otra apenas reaccionó, sin saber si tocarla, si girarse, si quedarse quieto para no romper el momento.
Itachi habló sin apartarse.
—Estás conmigo.
La frase, dicha así, con el rostro contra su hombro y los brazos cerrados sobre su cintura, fue casi demasiado para Glenn.
—¿Qué haces…?
—preguntó al fin, no con molestia, no con rechazo, sino con una necesidad genuina de comprender por qué un gesto tan pequeño había tenido sobre él un efecto tan absoluto.
Itachi respondió con la misma lógica exacta de siempre.
—Práctico.
Hizo una pausa mínima.
—Evita que te preocupes de más.
Glenn soltó una risa suave.
No porque le pareciera ridícula.
Porque era completamente acertada.
Completamente Itachi.
Tan lógica, tan extrañamente correcta, tan real que solo pudo aceptarla como otra de esas cosas que en ella funcionaban mejor de lo que deberían.
—Un momento más —murmuró Glenn.
Itachi no se movió.
Y durante ese pequeño tiempo suspendido, Glenn dejó que la calma le recorriera el cuerpo sin pelearse con ella.
El aroma de Itachi.
La presión ligera de sus brazos.
El calor de su cuerpo apoyado contra su espalda.
El peso mínimo de la frase estás conmigo instalándose dentro de él como una verdad mucho más poderosa que cualquier explicación racional sobre la cantera, los caminantes o los grupos.
Cuando Itachi se apartó, lo hizo sin dramatismo.
Simplemente lo suficiente.
Y ambos caminaron hacia la mesa donde el desayuno estaba servido.
Comieron.
Como el día anterior, la escena habría parecido doméstica para cualquiera que la mirara desde afuera.
Una pareja en una autocaravana.
Desayuno.
Café.
Silencio cómodo.
La radio encendida.
El bosque alrededor.
Pero la radio arruinaba cualquier ilusión de normalidad antes de que pudiera instalarse por completo.
Las noticias sonaban peores.
Más alarmantes.
Más rotas.
Más cercanas a la caída real de las cosas.
La voz de un locutor, con un esfuerzo visible por mantener la compostura, decía: “Se reportan asesinatos por provisiones en varios puntos de Atlanta y sus alrededores.
Las autoridades no han logrado retomar el control de supermercados, estaciones de servicio y centros médicos…” Luego otro corte: “Equipos de emergencia piden evitar desplazamientos innecesarios.
Se han registrado ataques de civiles armados contra familias en movimiento.
Testigos describen emboscadas para robar vehículos, combustible y comida…” Otro más: “La Guardia Nacional continúa movilización parcial, pero múltiples accesos permanecen bloqueados.
Fuentes locales hablan de fallas severas en la cadena de mando…” Glenn comía, pero el cuerpo iba tensándose poco a poco bajo cada noticia.
Itachi lo notó.
También notó que esta vez el miedo no lo desordenaba del todo.
Lo empujaba a pensar.
Cuando terminaron, se vistieron nuevamente.
Itachi volvió a componerse como si el mundo no tuviera derecho a encontrarla desarreglada.
El traje negro y rojo, impecable.
El tocado en el cabello.
El maquillaje preciso.
Los tacones negros altos, absurdamente elegantes para una carretera en colapso y, sin embargo, perfectamente integrados a ella.
La katana a su costado.
Serena.
Suave.
Hermosa.
Glenn, por su parte, volvió a la ropa oscura y funcional.
También tomó su espada.
La mañana los encontró listos cuando la radio todavía seguía hablando de muertos, saqueos, incendios, grupos armados y carreteras detenidas.
Subieron a la autocaravana.
Partieron hacia la cantera.
El motor encendió con una vibración estable, casi tranquilizadora, y poco a poco el claro quedó atrás.
El bosque se abrió lo suficiente para dejar paso al camino.
La carretera apareció de nuevo entre árboles, tierra, asfalto viejo y ese aire suspendido que acompaña a los lugares donde el desastre todavía no ha entrado con toda su fuerza, pero ya se siente venir.
Mientras las horas pasaban, la radio siguió sonando.
A ratos la señal se ensuciaba.
A ratos cambiaba de estación por interferencia.
A ratos una voz desaparecía a mitad de una frase.
Pero los fragmentos que lograban oír seguían construyendo el mismo mensaje: la situación empeoraba.
Más barrios incomunicados.
Más grupos armados.
Más heridos.
Menos respuesta.
Más gente huyendo.
Más muertos.
Menos orden.
Menos verdad.
Más desesperación.
Y mientras el camino avanzaba, Glenn e Itachi se preparaban para el día.
No solo físicamente.
También por dentro.
Glenn, al volante, seguía pensando en la cantera.
En lo que encontrarían.
En si habría una comunidad ya formada.
En si tendrían que mentir de inmediato.
En si alguien miraría demasiado la autocaravana.
En si sabría proteger el secreto de Itachi si el momento llegaba.
En si sería capaz de reconocer la diferencia entre una persona necesitada y una amenaza disfrazada.
La voz de Itachi del día anterior le seguía dando vueltas: la compasión sin análisis te vuelve fácil de manipular.
Y Glenn sabía que, si quería sobrevivir a lo que venía y estar a la altura de ella, iba a tener que aprender más deprisa de lo que nunca había aprendido nada en su vida.
Itachi, sentada a su lado, analizaba.
La ruta.
El estado del tráfico.
La calidad del silencio entre las noticias.
El tiempo real antes del colapso completo.
Los puntos ciegos del camino.
El nivel de tensión de Glenn.
La estabilidad de la historia que iban a sostener.
Las posibles respuestas si encontraban gente primero en el camino y no en la cantera.
La velocidad con la que el mundo estaba perdiendo capacidad de sostener mentira oficial.
Había también otra capa, una más silenciosa, menos táctica y por eso más difícil de nombrar: el hecho de que el gesto de esa mañana —los brazos alrededor de su cintura, el rostro contra su hombro, la frase estás conmigo— había surgido sin que ella lo planeara del todo y había funcionado más allá de lo práctico.
Había calmado a Glenn.
Sí.
Había ayudado.
Sí.
Pero también le había dejado a ella una huella particular.
Una conciencia nueva del lugar que Glenn empezaba a ocupar no solo como misión, sino como alguien cuya inquietud le importaba suficiente como para actuar sin cálculo previo.
No lo examinó demasiado.
Todavía no.
El camino siguió.
La radio habló otra vez: “Autoridades advierten que no intenten traer familiares infectados a hospitales.
Los centros de atención han colapsado o están siendo abandonados por personal…” Glenn apretó un poco más el volante.
Itachi oyó el cambio mínimo en su respiración.
Pero no dijo nada enseguida.
A veces, pensó, el silencio también era una forma de prepararse.
Y así siguieron avanzando.
Hacia la cantera.
Hacia más gente.
Hacia el siguiente rostro del fin del mundo.
Juntos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com