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ojos carmesí - Capítulo 18

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  3. Capítulo 18 - 18 La cantera y Ojos ajenos
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18: La cantera y Ojos ajenos.

18: La cantera y Ojos ajenos.

Cuando el camino hacia la cantera se dividió y la autocaravana tomó la entrada de grava y tierra que descendía hacia el hueco abierto en la tierra, Glenn sintió de inmediato que estaban entrando en otro tipo de territorio.

Ya no era carretera.

Ya no era bosque.

Ya no era la falsa sensación de aislamiento que habían sostenido durante el trayecto.

Aquello era un punto de reunión.

Uno precario, improvisado, todavía pequeño, todavía tembloroso, pero claramente humano.

Había huellas de vehículos recientes.

Algunas marcas frescas de neumáticos.

Basura dispersa en lugares donde la basura no habría aparecido si alguien no hubiera permanecido allí más de unas horas.

Humo antiguo de fogata.

Unas lonas.

Dos o tres automóviles aparcados en posiciones desordenadas pero ya estabilizadas por la costumbre.

Y, más importante todavía, gente.

No demasiada.

No una multitud.

Pero suficiente.

Suficiente para confirmar lo que Itachi y Glenn ya habían sospechado desde el día anterior: si ellos habían pensado en la cantera como refugio temporal por el agua, la cobertura y el aislamiento relativo, entonces otros también.

Glenn aminoró la velocidad.

Las piedras crujieron bajo las ruedas de la autocaravana.

El pequeño vagón de cultivos, oculto y protegido, se movió apenas detrás de ellos con una solidez silenciosa.

Itachi, a su lado, ya había dejado de mirar solo el camino.

Ahora estaba observando personas.

Distribución.

Posturas.

Distancias.

Relaciones visibles.

Quién hablaba más.

Quién vigilaba.

Quién parecía armado.

Quién se movía como si sintiera pertenencia al sitio.

Quién tenía miedo.

Quién estaba cansado.

Quién mandaba sin necesidad de decir que mandaba.

Al detener el vehículo, el campamento entero reaccionó.

No como una sola criatura, pero sí como un cuerpo alertado.

Cabezas que se giraban.

Conversaciones interrumpidas a mitad.

Miradas que iban del tamaño del vehículo a la cabina, del vagón trasero a las puertas, de las ventanas a las manos de quienes fueran a bajar.

Itachi fue la primera en decidir cómo sería leído ese momento.

Cuando salieron, ella se posicionó apenas un poco delante de Glenn.

No exageradamente.

No como escudo obvio.

Lo suficiente para sugerir dos cosas a la vez: que no le temía a nadie allí y que, si hacía falta, interpondría su cuerpo antes que permitir que algo o alguien alcanzara a Glenn sin pasar por ella.

Su mano buscó la de él.

Glenn se la tomó enseguida, apretándola con una fuerza silenciosa que Itachi registró sin volver la cabeza.

La mano tomada.

La posición de ella apenas delante.

La katana de Itachi en su mano con la naturalidad de una extensión del brazo.

La espada de Glenn aún sostenida como alguien que estaba aprendiendo.

La alianza brillando.

Todo eso hablaba incluso antes de que ellos abrieran la boca.

Fue Shane Walsh quien se acercó primero.

Caminó hacia ellos con el paso de alguien que ya había empezado a asumirse como responsable del grupo, aunque el mundo llevara apenas días desmoronándose.

Había en él cansancio, tensión, autoridad impuesta por necesidad y esa clase particular de energía que se forma cuando alguien se convence de que, si no toma el control, nadie más lo hará.

Su cuerpo seguía siendo el de un policía acostumbrado a plantarse ante desconocidos evaluando amenaza, mentira, utilidad y riesgo en el mismo movimiento mental.

Se detuvo a una distancia prudente.

Lo bastante cerca para hablar sin gritar.

Lo bastante lejos para reaccionar si algo salía mal.

—Hola —dijo Shane—.

Mi nombre es Shane Walsh.

Era policía.

Glenn e Itachi lo observaron.

Itachi lo analizó en segundos.

No su nombre.

No su presentación solamente.

Todo.

El modo en que distribuía el peso del cuerpo.

La mirada que iba de los rostros a las manos.

La postura de quien está acostumbrado a imponer presencia antes que confianza.

El hecho de presentarse primero por el oficio, aunque ya no sirviera en la práctica.

La necesidad de seguir siendo “alguien” en medio del colapso.

Shane, por su parte, también los analizó.

Primero al hombre.

Joven.

Asiático.

Delgado.

Atento.

La espada en la mano todavía le sentaba extraña, sí, pero no la sostenía como un completo inútil.

Había cansancio en él, pero no la clase de cansancio de quien va a colapsar.

Luego a la mujer.

Y entonces tuvo que detener el análisis un segundo más.

Porque la mujer era… demasiado.

Demasiado hermosa.

Demasiado compuesta.

Demasiado elegante para aquel sitio de tierra, miedo, mantas, vehículos mal aparcados y olor a supervivencia improvisada.

No era la belleza simple de una mujer linda en el campamento.

No.

Había en ella algo que alteraba la comparación misma.

Una belleza tan precisa que primero desconcertaba y después obligaba a seguir mirando.

El traje negro con rojo, las flores, el lazo, la katana, la espalda recta, el cabello recogido con aquella arquitectura imposible y la flor roja prendida como una herida hermosa, el sello carmesí en la frente, los tacones que no se hundían en la tierra, la forma en que se mantenía inmóvil sin parecer rígida.

Y, por encima de todo, la sensación extraña de que no era un adorno.

Se notaba.

No estaba ahí para ser protegida.

No estaba ahí para verse bonita.

Estaba ahí como si pudiera partirle la garganta al primer hombre que se acercara mal a su esposo.

Shane no lo dijo.

Pero lo notó.

Glenn habló primero.

—Soy Glenn.

Glenn Rhee —dijo.

Y después, sin soltar la mano de Itachi, añadió con la naturalidad ensayada que en esos momentos ya casi no se sentía ensayada: —Ella es mi esposa, Itachi.

La gente del campamento se había acercado lo suficiente para oír.

No todos al frente.

Algunos detrás de Shane.

Otros asomándose desde la distancia.

Otros fingiendo que seguían ocupados mientras claramente no apartaban la mirada.

Y esa mirada, casi al mismo tiempo, cayó sobre Itachi.

Sobre su belleza.

Sobre su porte.

Sobre su elegancia imposible.

Sobre la katana.

Sobre la mano que sostenía la de Glenn.

Sobre el modo en que su sola presencia parecía desplazar las coordenadas normales del lugar.

Lori fue una de las primeras en sentir el golpe visual de la comparación.

Había vivido los últimos días en una cantera, entre polvo, ansiedad, decisiones improvisadas, una maternidad amenazada y la constante presión de un mundo que ya no daba margen para arreglarse ni para sostener del todo la vieja idea de sí misma.

Ver a Itachi fue como mirar a una criatura salida de otro mundo, de otro tiempo o de un sueño cruel.

No sintió únicamente celos, aunque una parte animal y automática de cualquier mujer podía reaccionar así ante alguien tan evidentemente bella.

Sintió sobre todo extrañeza.

¿Cómo podía alguien verse así y, a la vez, sostener una katana como si le perteneciera desde la cuna?

¿Cómo podía una mujer caminar sobre tacones en aquel terreno y aun así parecer la más estable de todos?

¿Cómo podía verse tan delicada y al mismo tiempo transmitir la impresión de que no habría un solo hombre en esa cantera capaz de tomarla por sorpresa?

Andrea también la observó con un análisis distinto.

En ella no surgió primero la comparación de belleza, aunque la notó con la misma fuerza que los demás.

Surgió más bien el reconocimiento del peligro.

Andrea veía mujeres.

Las medía.

Las leía.

Y lo que leyó en Itachi fue que aquella mujer no pertenecía a la categoría de “alguien que habría que proteger”.

No.

Era alguien que obligaría a otros a reconfigurar el espacio a su alrededor.

Bella, sí, pero no en el sentido tranquilizador de algo ornamental.

Bella en el sentido de una hoja afilada bien pulida.

Una belleza que venía con costo, con historia, con disciplina, con amenaza.

Carol la miró con una mezcla más silenciosa, más dolorosamente atenta.

Había pasado demasiado tiempo apagándose a sí misma, encogiéndose para ocupar menos espacio del que merecía, aprendiendo a existir bajo la sombra del miedo doméstico y de la voz de Ed.

Ver a Itachi fue ver, por un instante, una forma de feminidad que no conocía: no sumisa, no dulcificada, no construida para agradar, sino para existir con una entereza absoluta.

Y eso, más que celos, le produjo una clase de tristeza admirada.

Como si se diera cuenta de golpe de que había maneras de ser mujer que el mundo jamás le había permitido imaginar para sí misma.

Amy la vio casi como se mira algo fantástico.

Sofía, desde la altura de una niña que todavía no comprendía del todo los matices del poder adulto, la vio como una princesa rara con espada.

Merle la miró con una mezcla más sucia, más vulgar al principio, pero esa vulgaridad no duró intacta mucho tiempo; la forma en que Itachi se plantaba y la forma en que sostenía el arma le hicieron entender rápido que cualquier comentario mal elegido podía terminar muy mal para él.

T-Dog la registró con atención cautelosa.

Daryl la miró menos por la belleza —aunque no fuera inmune a ella— y más por la katana, por los pies, por la postura, por el silencio, por la posibilidad real de que aquella mujer supiera matar mejor que varios de los hombres presentes.

Shane, mientras tanto, ya había vuelto a la conversación.

—Veo —dijo—.

¿Y qué los trae por aquí?

Itachi respondió antes que Glenn.

—Lo mismo que te trajo a ti aquí.

Shane casi sonrió.

No una sonrisa completa.

Una curva breve, casi reconocimiento.

Sí.

La respuesta había sido buena.

Seca.

Sin suplicar.

Sin dramatizar.

Sin hacerse la tonta.

Eso también le gustó menos de lo que estaba dispuesto a admitir, porque obligaba a tratarla como igual, no como recién llegada vulnerable.

—Veo —repitió Shane—.

¿Es suyo ese vehículo?

—Sí —respondió Itachi.

—Es nuestro hogar —añadió Glenn.

La palabra hogar hizo que varios intercambiaran miradas.

Shane levantó apenas las cejas.

—¿Hogar?

Glenn asintió.

La historia estaba lista.

La habían afilado.

La habían rehecho en la oscuridad de una cama compartida.

Y ahora salía de su boca con una naturalidad que incluso a él le sorprendía un poco.

—Viajábamos por carretera, como en luna de miel, cuando la cosa se puso fea —dijo—.

Pasamos por un pueblito, nos abastecimos de lo básico y después buscamos un lugar con agua, resguardo y menos gente.

Terminamos viniendo aquí.

Shane lo observó.

No había huecos obvios.

No todavía.

—¿Luna de miel?

—repitió Shane.

—Sí —dijo Glenn, antes de que Itachi hablara, porque ya había entendido cuándo convenía que la historia saliera de él y cuándo de ella.

Shane dejó que la mirada descendiera entonces hacia las espadas.

Primero la de Glenn.

Luego la de Itachi.

La diferencia entre ambas formas de sostenerlas era lo bastante clara como para que incluso un hombre sin entrenamiento particular pudiera verla.

Glenn la llevaba como alguien que aún se estaba acostumbrando al peso.

Itachi, no.

Itachi sostenía la katana como si el metal simplemente hubiera vuelto al sitio al que pertenecía.

—¿Y esa espada?

—preguntó Shane—.

¿Las espadas?

Glenn soltó una respiración breve.

—Larga historia.

Shane ladeó un poco la cabeza.

—Pues acórtala.

Itachi habló entonces.

—Soy japonesa.

La frase, dicha en su voz serena y baja, detuvo incluso parte de las respiraciones ajenas.

—Provengo de un linaje de samuráis.

Mi padre fue samurái.

Yo era… —hizo una pausa casi imperceptible, y luego corrigió con una firmeza simple— soy una samurái.

Nos entrenan con la espada prácticamente desde que nacemos.

La cantera entera parecía escuchar.

La forma en que lo dijo no sonó ridícula.

No sonó como un delirio.

No sonó como alguien inventando una identidad exótica porque el fin del mundo le permitía hacerlo.

Sonó cierto.

No solo por las palabras.

Por la forma en que las respaldaba su cuerpo.

Por la postura.

Por la mirada.

Por la katana.

Por el equilibrio imposible de los tacones en aquella tierra.

Por el hecho de que ni una sola parte de ella parecía discordante con lo dicho.

Glenn continuó, siguiendo el relato sin esfuerzo: —Viajé a Japón.

Nos conocimos.

Nos enamoramos.

Nos casamos.

Yo regresé a Atlanta mientras ella se quedó organizando papeles.

No tuvimos luna de miel en ese momento.

Después de que pudo mudarse, compramos la autocaravana y empezamos el viaje.

Itachi añadió, con la misma naturalidad: —Glenn todavía está aprendiendo a usarla.

No necesitó señalar la espada en su mano.

La frase bastó.

Shane volvió a observarlos.

Y, por primera vez desde que se acercó, no encontró una grieta inmediata.

La forma en que Glenn sostenía el arma sí coincidía con alguien en entrenamiento.

La forma en que Itachi la llevaba coincidía con alguien que había hecho de eso parte del cuerpo.

La alianza en sus dedos.

El modo en que sus manos seguían entrelazadas incluso al hablar.

La posición protectora de ella un poco delante de él al bajar del vehículo.

La manera en que Glenn la miraba no como quien presume un trofeo hermoso, sino como quien sinceramente no quiere perderla de vista.

Todo encajaba demasiado bien.

—Veo —dijo Shane de nuevo—.

¿Y por qué viajaban?

Itachi no tardó.

—En parte por la luna de miel.

Por otro lado, esperando a que estuviera lista la construcción.

—¿Construcción?

—Una academia —dijo Itachi—.

Iba a empezar a enseñar el uso de la katana.

Hubo un movimiento casi colectivo entre quienes escuchaban.

Porque la idea, en cualquier otro contexto, habría sonado exótica, incluso absurda.

Pero allí, frente a esa mujer, sonaba tan verosímil que la rareza dejaba de importar.

Lori la imaginó sin esfuerzo dando clases, recta, silenciosa, cortante.

Andrea también.

Daryl, que seguía escuchando desde más atrás, pensó que probablemente nadie en esa cantera querría ponerse frente a ella con un cuchillo en la mano para averiguarlo.

No alcanzaron a decir mucho más.

Porque otro sonido de motor llegó hasta la cantera.

Todos se voltearon.

No fue un sobresalto caótico.

Fue una reacción tensa, coordinada a medias por el miedo colectivo.

Nuevos ojos, nuevos cuerpos tensándose, nuevas manos acercándose a armas improvisadas.

El vehículo que descendía era otra autocaravana.

Más vieja.

Más gastada.

Pero claramente otra casa móvil llevada hasta el mismo refugio por la misma lógica de supervivencia.

Cuando se detuvo, bajaron un hombre mayor y dos mujeres rubias.

Hablaron.

Se presentaron.

Dale Horvath, con la mirada de alguien que todavía trataba de sostener cierta decencia intelectual dentro del desastre; Andrea, más dura, más alerta; Amy, más joven, todavía más abierta a la impresión y al miedo.

Contaron su historia con rapidez básica: carretera, peligros, búsqueda de sitio seguro, agua, aislamiento, necesidad de detenerse.

Todos escuchaban.

Shane dejó salir una exhalación breve que casi se convirtió en broma.

—Bueno —dijo—.

Parece que todos los dueños de autocaravana se pusieron de acuerdo hoy en venir.

La frase, ligera en la superficie, no desarmó del todo la tensión.

Pero ayudó a que el campamento respirara un poco.

Luego volvió a lo serio.

—Instálense.

Nos reuniremos en la fogata después.

Tenemos que hacer más preguntas, confirmar que no son un peligro.

Glenn asintió antes de que Itachi hablara.

—Es lógico.

Shane lo miró.

Glenn añadió, con una honestidad que además reforzaba la credibilidad de todo: —Si ahorita yo estuviera más o menos organizando las cosas aquí, tampoco permitiría riesgos.

Eso le gustó a Shane.

No porque lo dijera otro hombre.

Porque demostraba cabeza.

Aun así, mientras seguía hablando, su mirada se desviaba una y otra vez hacia Itachi.

No era solo deseo.

Sí lo había, claro, en el nivel más básico y masculino de reacción frente a una mujer tan extraordinariamente hermosa.

Pero había más.

Había evaluación.

Había interés táctico.

Había curiosidad por la fuerza real que ocultaba esa elegancia.

Shane notaba sus tacones y el hecho de que no se hundían.

Notaba que no la había oído moverse al bajar del vehículo.

Notaba la forma en que se mantenía recta, el peso perfectamente distribuido, la katana asentada como algo inseparable.

Notaba que no estaba ante una mujer bella a la que un hombre defendía, sino ante una mujer bella que probablemente podía defender a su hombre y después mirar a todos los demás con una calma insoportable.

Eso alteró también la manera en que el resto de mujeres la procesaron.

No solo era más hermosa.

Era más preparada.

Y esa combinación cambiaba todo.

Lori sintió un pinchazo de comparación amarga, sí, pero también de inseguridad más honda: en un mundo que se venía abajo, ¿qué lugar ocupaba una mujer como ella frente a otra como Itachi?

Andrea sintió desafío.

No personal todavía, pero sí la clase de alerta que aparece al detectar a alguien que modifica jerarquías apenas pisa un lugar.

Carol sintió algo más parecido a admiración triste.

Amy fascinación.

Sofía directamente asombro silencioso.

Incluso Ed, desde su rincón miserable de autoridad doméstica degradada, la miró con la hostilidad automática del hombre que sabe reconocer, demasiado tarde, a una mujer imposible de controlar.

Itachi, por supuesto, lo sintió todo.

No cada emoción exacta con nombre y apellido, pero sí el patrón completo.

La comparación de las mujeres.

La codicia cauta de algunos hombres.

La curiosidad.

La desconfianza.

La evaluación de Shane.

La atención calculadora de Daryl.

La vulgaridad contenida de Merle.

La cautela más limpia de T-Dog.

No reaccionó.

No les ofreció ni una grieta.

Solo mantuvo la mano de Glenn, la postura, la calma y la apariencia de una mujer que no tenía nada que probar porque la sola existencia le bastaba.

Cuando llegó el momento de mover la autocaravana a una posición más estable dentro del campamento, Glenn e Itachi dieron la vuelta y subieron de nuevo.

Ya dentro, Glenn soltó aire de golpe.

No era pánico.

Era la liberación física de haber sostenido la entrada, la historia, las miradas y la tensión sin cometer un error.

Itachi se sentó un segundo, pero ya estaba analizando posiciones.

—Más allá —dijo—.

No ahí.

Glenn maniobró con cuidado.

Rodeó una zona de coches, una fogata apagada y un espacio donde algunas tiendas improvisadas empezaban a definir la geometría básica del campamento.

Itachi siguió evaluando hasta que señaló el punto exacto.

—Aquí.

Glenn frenó despacio.

Ella explicó: —Tenemos cobertura.

Tenemos también vista.

Y tenemos un camino despejado si tenemos que irnos.

Señaló ligeramente.

—Y estamos cerca del agua.

Glenn asintió.

Sí.

Era cierto.

El sitio les daba línea visual suficiente para observar el conjunto del campamento sin quedar al centro.

Estaban lo bastante periféricos como para no ser bloqueados por otros vehículos.

Lo bastante cerca del agua como para justificar su interés si alguien preguntaba.

Y lo bastante cerca de una ruta de salida limpia como para huir si las cosas se torcían.

Eso también le recordó, una vez más, que Itachi no dejaba nada al azar.

No ni siquiera dónde aparcar.

Dale Horvath, sin quererlo y sin mala intención visible, movió también su autocaravana hasta una posición no muy lejana de la de ellos.

No bloqueaba el camino.

No invadía demasiado.

Pero quedaba cerca.

Glenn lo notó.

Itachi también.

No dijo nada en ese momento, solo archivó la información.

Cercanía involuntaria.

Potencial de observación mutua.

Riesgo y ventaja moderados.

Cuando por fin apagaron el motor y el silencio momentáneo del vehículo volvió a cerrarse en torno a ellos, ambos respiraron profundamente.

Se miraron.

No era una mirada larga.

No hacía falta.

Ambos sabían lo que venía.

No solo compartir fogata.

No solo responder preguntas.

No solo convivir.

Venía lo más difícil: descubrir si esa gente iba a ser problema, amenaza, carga, oportunidad o una mezcla peligrosa de todo ello.

Glenn bajó la vista a sus manos.

Todavía sostenía la de Itachi.

Ella no la había soltado.

Y esa sola continuidad, en medio de lo desconocido, tuvo sobre él un efecto inmediato.

Le permitió ordenar la respiración.

Enderezar la espalda.

Volver a centrar la mente en lo práctico.

Itachi también lo sintió.

La mano tomada ya no era solo parte del papel.

También era dirección.

—Estamos bien —dijo Glenn, más para fijárselo a sí mismo que porque necesitara oírlo.

Itachi lo miró.

—Por ahora.

La precisión de la respuesta lo hizo casi sonreír.

Claro.

Por ahora.

Salieron.

El campamento estaba ahí, respirando con esa mezcla caótica de temor, vigilancia y esperanza mínima que define a los primeros núcleos humanos después del derrumbe.

A lo lejos, alguien movía una olla.

Un niño hablaba bajo.

Una mujer recogía ropa.

Merle fumaba con el descaro hostil de quien quiere dejar claro que no teme a nada.

Daryl observaba.

Shane organizaba.

Lori se mantenía cerca de Carl.

Carol sostenía a Sofía con una tensión invisible.

Andrea y Amy terminaban de instalarse con Dale.

T-Dog miraba todo como quien aún busca una manera decente de sostenerse moralmente en medio del desastre.

Y Glenn e Itachi, con las manos aún unidas, se prepararon para enfrentar al campamento.

No como dos extraños.

No como dos sobrevivientes cualquiera.

Como una unidad.

Como una mentira cada vez más peligrosa de sostener porque, para ambos, comenzaba a sentirse demasiado parecida a una forma de verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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