ojos carmesí - Capítulo 19
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19: La fogata, los ojos y las reglas.
19: La fogata, los ojos y las reglas.
Itachi y Glenn bajaron de la autocaravana con la calma medida de dos personas que sabían perfectamente que, a partir de ese instante, cada gesto sería observado, pesado y archivado por los demás.
Antes de alejarse del vehículo, Itachi tomó las llaves que Glenn le había entregado.
Las separó con movimientos pequeños, discretos, sin apresurarse, sin llamar la atención.
Una de las copias la guardó entre los pliegues internos de la parte superior de su ropa, dentro del busto de su traje, con una naturalidad controlada, sin vulgaridad, sin exhibicionismo, sin intención de ser vista por nadie.
Nadie del campamento lo notó.
Nadie excepto Glenn.
Y Glenn, por supuesto, se sonrojó de inmediato.
No porque el gesto fuera provocador.
No lo era.
Fue la intimidad práctica de la acción lo que lo golpeó.
La naturalidad con que Itachi había decidido dónde guardar su copia.
La confianza.
La domesticidad extraña del gesto.
La certeza inmediata de que ella estaba pensando en rutas de salida, llaves separadas, contingencias… mientras él seguía reaccionando también como un hombre joven demasiado consciente de ella.
Itachi lo miró apenas de reojo y dijo, en voz baja: —Esta es mi copia.
La tuya no te la separes.
Y guárdala bien.
Glenn asintió enseguida.
—Sí.
Ella no añadió nada más.
No hacía falta.
La instrucción era clara.
Si algo salía mal, ambos debían poder acceder al vehículo sin depender por completo del otro.
Separar las llaves no era paranoia.
Era preparación.
Glenn entendió eso al instante.
Y aun así, el rubor tardó un poco más en irse.
Cerraron la autocaravana.
Aseguraron la puerta.
Y luego caminaron hacia la fogata.
El campamento entero ya estaba allí o acercándose.
Dale, Andrea y Amy, como recién llegados al igual que ellos, también estaban presentes, todavía rodeados por esa capa de atención que recae sobre lo nuevo cuando el mundo se ha vuelto demasiado pequeño para tolerar riesgos.
A la luz del fuego todavía joven —un fuego más funcional que cálido, hecho para ver rostros, leer intenciones y extender la noche el tiempo suficiente para una conversación importante— fueron reuniéndose todos los demás.
Shane.
Lori.
Carl.
Carol.
Sofía.
Ed.
T-Dog.
Merle.
Daryl.
Y algunos otros rostros del campamento, todavía secundarios, todavía difusos, pero atentos, porque en una cantera llena de miedo todo nuevo cuerpo puede convertirse en amenaza, recurso, problema o salvación.
Glenn y Itachi se acercaron juntos.
No demasiado pegados.
No de manera forzada.
Lo bastante como para que la cercanía pareciera natural y no actuación.
Se sentaron donde les indicaron, sin soltar por completo la unidad entre ambos.
Y fue entonces cuando Shane, asumiendo otra vez el centro de la reunión, habló con esa energía de hombre acostumbrado a convertir grupos frágiles en estructuras obedientes.
—Bien —dijo—.
Comiencen la historia.
Dale fue el primero en hablar.
Su voz tenía la clase de cansancio que no se origina solo en el cuerpo, sino en la memoria.
Se sentó un poco más recto antes de empezar, como si necesitara darle a la propia historia una dignidad mínima antes de entregarla a desconocidos.
—Yo viajaba en mi autocaravana —dijo—.
Cuando mi esposa aún vivía, la habíamos comprado.
Ya estábamos retirados ambos.
Mi esposa murió de cáncer un año después… y yo me quedé viajando en ella.
Vivía ahí.
Vivía de mi pensión.
Cuando todo comenzó, reuní suministros, pocos, pero suficientes.
Y cuando venía de camino hacia la cantera, un lugar que mi esposa y yo solíamos visitar cuando ella estaba viva, me encontré con las dos muchachas, Amy y Andrea, en el camino.
Las monté.
Y aquí estamos.
Hubo un silencio breve.
No incómodo.
Solo el tipo de silencio que deja una viudez dicha con sencillez.
Itachi observó a Dale mientras hablaba.
No solo lo que decía.
Cómo lo decía.
La tristeza asentada ya no como llanto, sino como una forma de postura.
El dolor viejo, no reciente.
El hecho de que no intentara adornarse.
Dale no olía a peligro inmediato.
Olía a hombre que había aprendido a convivir con la pérdida antes incluso de que el mundo se cayera.
Después habló Andrea.
—Yo era abogada antes de todo esto —dijo.
Su voz tenía un borde más firme, más filoso que el del resto.
Incluso sentada alrededor de una fogata improvisada, Andrea conservaba algo del tipo de mujer que en otro tiempo había usado las palabras como defensa y arma—.
Cuando la cosa se puso fea, hubiéramos querido salir antes, prepararnos mejor, traer más cosas, pero nos quedamos encerradas en casa, como decían las noticias.
Cuando vimos que no iba a mejorar, tomamos una mochila con lo que teníamos cada una: comida, lo básico… y salimos.
Amy siguió después, más suave, más transparente en su forma de hablar.
—Yo era estudiante antes de esto —dijo—.
También nos preparamos cuando ya vimos que no había vuelta atrás y partimos para la cantera.
Cuando salimos de la ciudad, Dale nos encontró.
Y aquí estamos.
La historia quedó allí.
Simple.
Creíble.
Dolorosamente común.
Shane asintió una vez.
Luego miró hacia Glenn.
Glenn y Itachi ya habían contado su historia antes, lo suficiente para la primera impresión.
Pero eso no eliminaba las preguntas.
La fogata existía precisamente para eso: para raspar un poco más la superficie de los recién llegados y ver si debajo aparecía nervio, mentira, contradicción o peligro.
—Veo —dijo Shane—.
¿Y tú qué eras antes?
Se dirigía a Glenn.
Glenn alzó apenas la cabeza.
—¿Yo?
—Sí.
Glenn respondió con la misma naturalidad que ya había practicado y repetido hasta convertirla en una línea estable.
—Trabajaba en una empresa de repartos.
Logística, rutas, recorridos.
En Atlanta.
Shane asintió despacio.
Eso también encajaba.
Un hombre joven.
Coreano.
Ciudad.
Empresa de rutas.
Nada de eso chirriaba.
—Veo —repitió Shane—.
Bueno, aquí todos estamos organizados.
Todos tenemos tareas.
Labores.
¿Qué pueden hacer?
Dale fue el primero en contestar: —Puedo vigilar.
Observar.
Sé un poco de mecánica.
Arreglar algunas cosas.
Andrea y Amy se miraron apenas antes de responder también.
—Nosotras sabemos pescar —dijo Andrea.
Shane asintió de nuevo.
—Entonces ustedes pescarán.
No lo dijo como sugerencia.
Lo dijo como reparto.
Como asignación.
Como el comienzo visible de una jerarquía.
Glenn lo notó.
Itachi también.
Y justo cuando Glenn iba a hablar, Shane se adelantó, ya viendo en él una utilidad distinta.
—Tú trabajaste con rutas y caminos.
Conoces bien Atlanta.
Necesitamos más suministros.
La frase cayó directa.
Sin adorno.
Sin margen.
Y Glenn se tensó de inmediato.
El cuerpo reaccionó antes que la razón.
No porque no entendiera la lógica.
La entendía demasiado bien.
Era justo el tipo de tarea que alguien como Shane asignaría a un hombre como él: conocimiento de la ciudad, juventud, movilidad, capacidad de encontrar entradas, rutas, callejones, lugares aún saqueables.
Pero también era exactamente el tipo de tarea que más riesgo implicaba.
Atlanta ya no era una ciudad.
Era una herida abierta llena de caminantes, saqueos, violencia y hombres como los de la camioneta.
Itachi habló antes de que Glenn pudiera responder.
—Iré con él.
Shane giró la vista hacia ella.
—No —dijo—.
Sabes pelear.
Te necesitamos aquí para otra cosa.
No especificó para qué.
No hacía falta.
La implicación quedaba flotando: una mujer que sabe usar una katana como extensión de sí misma es un recurso del campamento.
Alguien a quien conviene mantener cerca.
Alguien que puede servir donde el grupo la vea más útil.
Itachi lo miró a los ojos.
Y respondió sin elevar la voz, sin desafiarlo de forma abierta, sin entrar en una pelea de poder masculina, pero con una claridad tan firme que obligó a todos a escucharla.
—No.
No voy a dejar a mi marido solo yendo a la ciudad a arriesgar su vida para que todos puedan comer.
No está entrenado.
No sabe pelear lo suficiente.
Yo peleo.
Él guía.
Así funciona mejor.
El fuego chasqueó apenas.
Nadie interrumpió.
Shane la sostuvo con la mirada.
Y en ese instante, varias cosas pasaron dentro de él al mismo tiempo.
La parte del líder reconoció que tenía sentido.
La parte táctica también.
Glenn conocía la ciudad.
Itachi peleaba.
Juntos eran, de hecho, una mejor unidad de salida que por separado.
Eso era puro cálculo.
Pero la otra parte de Shane —la parte más silenciosa, más incómoda, más masculina en el peor sentido del término, la parte que ya había registrado la belleza de Itachi con una intensidad peligrosa y que, incluso estando junto a Lori, incluso sabiendo lo que implicaba, no podía dejar de volver a mirarla— sintió algo distinto.
Sintió un rechazo sordo a verla cerrarse así en torno a su esposo.
Una molestia irracional ante la claridad con la que reclamaba el derecho de ir con Glenn.
Como si, sin decirlo, Itachi estuviera trazando un límite ante todos: este hombre es mío, y donde él vaya yo decido si lo acompaño.
Shane no era tan idiota como para no reconocerse un poco en ese gesto.
Por eso mismo lo irritó y le gustó a la vez.
La analizó.
No vio capricho.
No vio histeria.
No vio manipulación emocional.
Vio coherencia.
Vio lógica.
Y vio a una mujer que no estaba luchando por estatus dentro del grupo, sino por conservar una unidad que consideraba necesaria.
Así que asintió.
—Bien —dijo Shane al final—.
Entonces irá mañana.
Itachi inclinó apenas la cabeza.
—Sí.
Fue Lori quien habló después, y su tono hizo evidente que el tema que traía ya venía cargado de incomodidad previa.
—Y en las autocaravanas… —empezó, con una naturalidad que quería sonar práctica y terminó sonando más invasiva de lo que ella misma quizá había planeado— ¿será que el baño está disponible?
Dale respondió primero, porque la pregunta lo incluía también.
—Sí —dijo—.
Pueden usarlo, siempre y cuando lo cuiden y lo limpien.
No.
La respuesta de Glenn e Itachi salió al mismo tiempo.
Fue tan exacta la coincidencia que varias personas se volvieron de inmediato hacia ellos.
Glenn habló esta vez antes.
—Creo que nuestro hogar debe respetarse.
No subió el tono.
No se puso hostil.
Pero sí dejó algo muy claro: aquella no era una conversación secundaria para él.
—Esa fue nuestra casa —continuó—.
Es nuestra casa.
Es cierto que estamos actuando como grupo, pero no dejas entrar a cualquiera a tu hogar.
Itachi completó, sin alterar el ritmo de su voz: —Es nuestro espacio.
Espero que se respete.
Lori apretó la mandíbula casi de inmediato.
—Pero somos un grupo —dijo.
Itachi la miró.
No con agresividad.
No con desprecio.
Con verdad.
—Somos desconocidos.
La frase hizo que varios apartaran la mirada por un instante, porque era demasiado cierta como para desmentirla sin quedar ridículos.
Itachi siguió: —Todos.
Incluso entre ustedes.
Este desastre no lleva más de cinco días pasando.
No creo que aquí se hayan hecho amistades de toda la vida.
No dejas a un desconocido entrar a tu casa.
Y esa autocaravana es nuestro hogar.
Hubo silencio.
Y lo que hizo más fuerte la posición de Glenn e Itachi no fue solo la lógica del argumento, sino la forma en que lo dijeron.
No como egoísmo mezquino.
No como rechazo al grupo.
Como frontera.
Shane fue el primero en ceder hacia la sensatez.
—Tienen razón —dijo al fin—.
Un baño basta.
Con el de Dale es suficiente.
Glenn añadió, antes de que Lori pudiera volver a empujar: —Además, ya estamos arriesgando la vida volviendo hacia Atlanta para traer suministros.
No creo que sea necesario pedir más de lo que damos.
La frase golpeó distinto.
Porque puso el intercambio en su lugar real.
No eran carga.
No eran bocas extra solamente.
Ya habían aceptado el riesgo de ser útiles.
Lori calló, pero su rostro se endureció.
No le gustaba.
No le gustaba nada.
No solo porque necesitara un baño más cómodo y privado.
No solo porque la negativa la hubiera dejado expuesta delante del grupo.
Era más complejo.
Más íntimo.
Más amargo.
La seguridad de Glenn.
La firmeza de Itachi.
La forma en que Shane había cedido ante ellos.
La forma en que la mirada de Shane, incluso cuando intentaba mantenerse en lo práctico, se desviaba siempre un poco demasiado hacia Itachi.
Lori lo conocía.
Lo había visto.
Reconocía esa clase de interés, aunque fuera apenas el principio.
Y la irritaba con una profundidad vieja y agria.
Le molestaba la belleza de Itachi.
Le molestaba su letalidad serena.
Le molestaba que no fuera una mujer inútil, que no fuera solo adorno, que no fuera un problema fácil de ubicar dentro de una jerarquía simple.
Itachi era todo lo que Lori no podía permitirse ser en ese mundo: controlada, peligrosa, admirada, hermosa sin esfuerzo visible, y completamente segura del hombre que la acompañaba.
Carol observó en silencio.
Entendió antes que muchos lo que realmente había ocurrido: Glenn e Itachi no solo habían protegido un baño.
Habían protegido un límite íntimo.
Y Carol, que sabía demasiado bien lo que significa vivir sin derecho a ese tipo de límites, sintió una punzada de comprensión triste.
No los juzgó.
Al contrario.
Una parte de ella los admiró más por eso.
Andrea también lo vio.
Más aún: lo respetó.
Porque si algo había empezado a entender desde el colapso era que la gente que no sabe defender sus espacios termina perdiéndolo todo demasiado rápido.
Merle, desde su lugar, masculló algo bajo que no se oyó del todo, pero no lo bastante alto como para desafiar de frente la decisión.
Daryl lo registró y lo ignoró.
T-Dog también comprendió el punto y no encontró motivo para discutirlo.
Ed pareció molesto por el simple hecho de que una mujer hablara así y fuera escuchada.
Sofía solo miró el fuego.
Carl, en cambio, miró a Itachi con una clase de atención distinta.
No entendía todos los matices de los adultos, pero entendía cuando alguien decía las cosas con la seguridad de quien no va a retroceder.
Shane retomó el control de la reunión antes de que el tema se pudriera más.
—Bueno —dijo—.
Me imagino que ustedes trajeron carpas —se dirigía a Andrea y Amy.
—Sí —dijo Andrea.
Dale habló enseguida.
—Tengo una habitación extra en la autocaravana.
Pueden quedarse ahí ambas.
Tiene cama.
Amy y Andrea intercambiaron una mirada.
—Gracias —dijo Amy primero.
Andrea asintió después, aceptándolo.
Shane cerró entonces la reunión con el tono de un hombre que necesita convertir una comunidad todavía blanda en algo funcional antes de que el miedo la devore desde dentro.
—Mañana comienza de verdad —dijo—.
Todos colaboramos.
No era exactamente cierto, pensó Itachi.
Ya había comenzado.
Para algunos, mucho antes que para otros.
Pero no corrigió nada.
La frase servía para ellos.
Para ese grupo.
Para esa ilusión de estructura recién nacida.
Uno a uno, la gente del campamento empezó a dispersarse.
Las conversaciones se quebraron en grupos pequeños.
La fogata siguió respirando.
Los niños fueron llevados hacia sus lugares de descanso.
Las mujeres comenzaron a ordenar algunas cosas.
Los hombres revisaron armas, coches, mantas, comida.
Dale se sentó en un tronco que, sin quererlo, conectaba la zona visual de su autocaravana con la de Glenn e Itachi.
Glenn fue hasta el otro extremo y se sentó también.
Itachi se colocó a su lado, lo bastante cerca como para que pudieran hablar en voz muy baja sin ser oídos con claridad por nadie más.
Y mientras el campamento fingía que ya era una comunidad, mientras Shane seguía organizando, Lori seguía observando, Daryl seguía midiendo y la noche se espesaba alrededor de la cantera, Glenn e Itachi, todavía con las manos cerca una de la otra y el cuerpo orientado como una sola unidad, se prepararon para lo siguiente.
No la fogata.
No las tareas.
No la cantera.
Lo siguiente real era más difícil: averiguar si aquella gente sería un problema… o una amenaza.
Y la noche aún era joven.
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