ojos carmesí - Capítulo 20
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20: A la vista de todos.
20: A la vista de todos.
Y así, sentados en el tronco, lo suficientemente cerca para susurrarse sin que nadie más alcanzara a oír el contenido real de sus palabras, Glenn dejó salir el aire lentamente, como si recién entonces el cuerpo le permitiera aceptar del todo el peso de lo que acababa de ocurrir alrededor de la fogata.
El fuego seguía ardiendo a unos pasos, crepitando con esa insistencia hipnótica que tienen las llamas cuando mucha gente se reúne a su alrededor y, aunque fingen tranquilidad, en realidad están midiendo a todos los presentes en silencio.
La cantera respiraba miedo contenido, cansancio, hambre, vigilancia.
La noche se extendía arriba, negra y abierta.
La luz del fuego dibujaba sombras inestables sobre los rostros del campamento.
Y en medio de todo eso, Glenn e Itachi se habían apartado lo suficiente como para parecer una pareja conversando en privado, pero no tanto como para levantar sospecha.
Era un equilibrio delicado.
Uno más.
Y, como casi todo desde que Itachi había entrado en su vida, también parecía funcionar.
Glenn habló primero.
—Eso estuvo intenso —murmuró.
Itachi respondió con un sonido bajo.
—Mhm.
Nada más.
Pero Glenn ya conocía lo suficiente sus silencios como para entender que ese mhm no significaba desinterés.
Significaba que estaba pensando.
Desmenuzando.
Clasificando.
Ella había estado haciendo eso desde el instante en que la autocaravana bajó por la entrada de la cantera.
Quizá antes.
Itachi no dejaba de analizar nunca de verdad.
Glenn giró un poco la cabeza hacia ella.
—¿Qué opinas?
Itachi también lo miró.
Y, desde afuera, la escena se veía exactamente como debía verse: una esposa y su marido hablando en voz baja después de una reunión con desconocidos, buscando consuelo en la cercanía del otro, sosteniéndose con miradas breves y confidencias pequeñas.
Pero debajo de esa apariencia, debajo de la alianza, de la mano cercana, del tono íntimo, ellos dos estaban haciendo algo muy distinto.
Estaban estudiando el campamento.
Estudiándolo como si fuera un terreno de guerra, una estructura social en formación y un riesgo potencial al mismo tiempo.
Sus rostros quedaron demasiado cerca al girarse uno hacia el otro.
Glenn lo notó tarde.
El calor le subió de nuevo al rostro, rápido, inevitable.
Itachi lo observó.
No hizo comentario sobre el rubor.
Solo empezó a hablar, baja, precisa, con esa serenidad insoportable que a Glenn le estaba volviendo imposible seguir fingiendo que ella no se había convertido en algo demasiado central dentro de él.
—Shane Walsh —dijo primero—.
Se ha adjudicado la posición de liderazgo.
De momento, los demás lo aceptan porque actúa rápido, habla primero y reparte tareas.
No es un líder por consenso; es un líder por vacío.
Nadie más quiso tomar el peso.
Él sí.
Glenn escuchaba con atención total.
—¿Confiable?
Itachi pensó un segundo antes de responder.
—Útil.
No es lo mismo.
Glenn dejó salir una exhalación corta, casi una sonrisa cansada.
Sí.
Eso sonaba exactamente a algo que ella diría.
Itachi continuó.
—Su problema es que mezcla tres cosas: deber, necesidad de control y ego.
Eso puede sostener un grupo por un tiempo… o romperlo.
Glenn frunció apenas el ceño.
—También te miró mucho.
Itachi no apartó los ojos.
—Sí.
No hizo drama de eso.
No se mostró incómoda.
Solo lo confirmó, como si se tratara de un dato más dentro del análisis del entorno.
Glenn apretó la mandíbula.
—Hay gente aquí que te ve de una forma que no me gusta.
Itachi sostuvo su mirada un segundo más.
—Mhm.
—Ed.
Merle.
Shane.
—Sí —dijo ella.
Hubo una pausa breve.
No era tensión entre ellos.
Era la tensión natural de una verdad pronunciada con demasiada claridad.
Glenn no estaba celoso de forma inmadura, ni irracional, ni violenta.
Lo que sentía era otra cosa.
Una mezcla de rechazo instintivo y necesidad protectora cada vez más arraigada, porque veía cómo algunos hombres del campamento la observaban y sabía —con una certeza incómoda y feroz— que no todos la estaban mirando con respeto.
Itachi habló primero de Ed.
—Ed es débil.
Glenn parpadeó.
No era la palabra que esperaba.
—¿Débil?
—Sí.
Pero la debilidad no lo hace menos peligroso.
Lo vuelve mezquino.
Controla a quien cree que puede controlar y se vuelve más pequeño delante de quien le resulta amenazante.
Me observó como observan los hombres inseguros a una mujer que no pueden reducir dentro de sus categorías.
Eso genera resentimiento.
Glenn volvió la vista apenas hacia el fuego, donde a cierta distancia Ed hablaba algo con el tono áspero de quien siempre parece disgustado por existir.
—No me gustó cómo mira a Carol.
Itachi siguió la dirección de su pensamiento.
—Carol le teme.
La frase fue simple.
Seca.
Casi quirúrgica.
Glenn la sintió como una verdad triste apenas dicha.
Se quedó callado un segundo.
—Sí —murmuró—.
También lo noté.
Itachi siguió.
—Merle es más sencillo de leer.
Violento.
Vulgar.
Instintivo.
La clase de hombre que intenta imponer dominio haciendo ruido.
Si la situación se desordena, será un problema.
—Sí —dijo Glenn enseguida—.
Ese tipo me pone nervioso.
—Hazle caso a ese instinto.
Otra pausa.
Luego Glenn preguntó, más bajo: —¿Y Shane?
Esta vez Itachi se tomó un poco más de tiempo.
No porque no supiera.
Porque Shane era más complejo que Merle o Ed, y la complejidad siempre exigía precisión.
—Shane no es débil —dijo al final—.
Y no es estúpido.
Tampoco es puramente cruel, lo cual sería más fácil.
El problema con él es que es un hombre que se cree necesario.
Y a veces los hombres que se creen necesarios empiezan a pensar que también tienen derecho sobre las personas, sobre las decisiones, sobre el espacio de los demás.
Glenn bajó la vista un instante.
Sabía exactamente de qué estaba hablando.
—Le gustas.
Itachi no sonrió, no se apartó, no fingió no entender.
—Sí.
Otra vez, esa calma.
Esa infuriante calma.
Glenn exhaló por la nariz.
—No me gusta.
—Lo sé.
—Y no es solo eso.
Es la forma en que te miró cuando dijiste que ibas conmigo mañana.
Como si hubiera querido decidir por ti.
Como si… Itachi completó la idea.
—Como si le molestara que yo decidiera sola.
—Sí.
Ella asintió apenas.
—Eso también lo vi.
La conversación siguió creciendo de manera natural, orgánica, más larga y más densa.
Ya no eran dos o tres comentarios lanzados a la oscuridad.
Era un informe mutuo, íntimo y preciso.
Glenn preguntaba.
Itachi respondía.
Luego Glenn añadía observaciones que quizá a ella no le interesaban en lo táctico, pero sí en lo humano.
Y Itachi las incorporaba.
Así funcionaban ya, incluso si ninguno se había sentado nunca a decirlo claramente: él veía matices emocionales y sociales que ella no siempre priorizaba primero; ella veía estructuras, riesgos y patrones de conducta que Glenn aún estaba aprendiendo a identificar.
—No me gusta Lori —dijo Glenn en un momento, y enseguida añadió, con cierta culpa—.
No es que quiera hablar mal de ella, pero la forma en que habló… la forma en que exigió… Itachi no respondió de inmediato.
Miró brevemente hacia donde Lori estaba sentada con Carl, a una distancia prudente del resto, con esa energía tensa de mujer que no se ha permitido desmoronarse todavía porque tiene un hijo demasiado cerca para darse ese lujo.
—Lori está cansada —dijo Itachi—.
Asustada también.
Y frustrada.
Glenn esperó más.
Sabía que eso no era todo.
—No le gusta que no la necesiten para validar sus decisiones —continuó Itachi—.
Está acostumbrada a cierta estructura.
A cierto lugar social.
A cierto tipo de influencia.
Este mundo ya no le garantiza nada de eso.
Ver llegar a otra mujer que no pide permiso, que marca límites, que no se pliega… le resulta incómodo.
Glenn tragó saliva.
—También vio a Shane mirarte.
—Sí.
Lo dijo sin vanidad.
Como otro dato.
—Y eso le molestó.
Glenn soltó una exhalación baja.
—A mí también.
Itachi giró la vista hacia él de nuevo.
—Lo sé.
La frase tuvo sobre él el mismo efecto extraño de siempre: una mezcla de vergüenza leve, alivio y la sensación de que con ella no había caso en fingir lo que ya estaba demasiado expuesto.
—No es porque desconfíe de ti —aclaró Glenn, casi de inmediato, porque necesitaba que eso quedara claro—.
Es… no sé.
Solo no me gusta.
—No tienes que justificarlo.
La respuesta fue tan simple que Glenn se quedó callado un segundo.
No tenía que justificarlo.
No con ella.
Eso seguía siendo una de las cosas más desarmantes de Itachi: la forma en que le permitía sentir ciertas verdades sin humillarlo por ellas.
Glenn volvió entonces al tema que realmente necesitaba escuchar.
—¿Y qué opinas de nuestra actuación?
—preguntó—.
¿Fue buena?
¿Crees que lo creyeron?
Itachi lo observó de frente.
Las llamas de la fogata se reflejaban apenas en sus ojos oscuros.
—Sí —dijo—.
Lo creyeron.
Glenn sintió que el cuerpo soltaba una tensión que ni siquiera había notado que seguía cargando.
—¿Todos?
—Lo suficiente.
Glenn asintió despacio.
Eso bastaba.
Tenía que bastar.
El silencio entre ambos se volvió más suave durante unos segundos.
Glenn bajó la mirada al anillo en su dedo.
El fuego arrancó un destello rojo del rubí central por un instante.
Y entonces habló, más bajo, más vulnerable, con esa honestidad que solo parecía salirle así cuando estaba con ella.
—Gracias.
Itachi no preguntó por qué.
Sabía.
Aun así, Glenn lo dijo.
—Por esto.
Por la mentira.
Por todo.
Pero sigo sintiendo que… eres demasiado buena para mí.
Que con esto tú sales perdiendo.
Itachi no apartó la vista.
—No lo hago.
Glenn la miró.
Ella había respondido tan rápido que le dolió un poco el pecho.
Y entonces él, que ya sabía que con Itachi la transparencia no era una opción sino una condición, dejó salir una preocupación que llevaba días creciendo dentro de sí, silenciosa y absurda y a la vez completamente sincera.
—¿Pero qué pasa si tú… —se humedeció apenas los labios antes de seguir— qué pasa si el día de mañana te enamoras de otro hombre y no puedes hacer nada porque estás atada a mí?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Era una pregunta llena de dolor preventivo.
De miedo.
De la consciencia íntima de un hombre que sabe que la mujer frente a él es demasiado extraordinaria y que, incluso aunque la tenga al lado ahora, siente que quizá no tiene derecho real a esperarla siempre.
Itachi lo observó.
Luego su mano se movió.
Con una delicadeza casi insoportable, apartó uno de los cabellos que habían caído sobre la frente de Glenn.
Sus dedos rozaron apenas la piel.
Glenn contuvo el aliento de forma tan evidente que el gesto casi habría sido tierno si no hubiera sido tan brutal el efecto que tuvo en él.
—Eso no va a pasar —dijo ella—.
Te lo prometo.
Glenn sintió un golpe profundo dentro del pecho.
Pero aún así preguntó, quizá porque necesitaba oírlo dos veces, quizá porque la vulnerabilidad ya estaba demasiado abierta como para cerrarla a medias.
—¿Y si pasa?
Itachi negó muy ligeramente.
—No lo hará.
Lo dijo con la misma convicción con la que habría dicho que el fuego quema o que un caminante cae si se le destruye la cabeza.
Luego se quedó en silencio un momento más y habló de nuevo.
—Pero si tú, Glenn, te enamoras de una mujer y ya no quieres seguir con esta mentira… dímelo.
Planearemos un supuesto divorcio.
Y puedes ser feliz con esa mujer.
Seguiré a tu lado.
Cumpliré mi promesa.
Siempre juntos, tú y yo.
La reacción de Glenn fue inmediata.
No pensada.
No razonada.
Su mano bajó por reflejo y se apoyó sobre la pierna de Itachi, apretándola con una fuerza que no buscaba dañarla, solo anclarla, detener la posibilidad misma de lo que ella había dicho.
—No —dijo.
El pecho se le apretó con dolor verdadero.
La palabra divorcio le pareció repugnante de una forma casi física.
—No —repitió—.
No digas eso.
Itachi lo observó.
No con sorpresa.
Con atención.
Como si la intensidad de su reacción le confirmara algo que ya sabía pero que escuchar así, sin filtro, volvía todavía más nítido.
—Entonces estamos bien —dijo.
Glenn tragó saliva.
La mano seguía en la pierna de ella.
No la retiró enseguida.
No pudo.
—Siempre juntos, tú y yo —repitió Itachi.
Glenn asintió.
—Sí.
Entonces Itachi sonrió apenas.
Solo para él.
Una microsonrisa.
Breve.
Pequeña.
Pero suficiente para que el corazón de Glenn volviera a perder el ritmo con una facilidad absurda.
Y después hizo algo más.
Se acercó.
No mucho.
Lo justo para sentarse aún más junto a él.
Ahora sus muslos se rozaban.
El calor de ella llegó de inmediato, real, delicado, devastador.
Luego Itachi apoyó la espalda contra el pecho de Glenn con una naturalidad tan serena que por un segundo él dejó de pensar por completo.
La parte posterior de la cabeza de Itachi tocó su hombro, la línea del cuello quedó cerca de él, y Glenn se puso rojo hasta las orejas.
Itachi, mirando el fuego, dijo en un murmullo que no era una orden dura, pero sí una instrucción clara dentro de la lógica de lo que estaban construyendo: —Entonces, mi amor, toma mi cintura.
Glenn sintió que el cerebro se le vaciaba y se le llenaba de ruido al mismo tiempo.
—¿Qué?
—Me escuchaste —dijo Itachi.
Glenn tragó saliva.
—No quiero incomodarte.
Ella no volvió la cabeza.
—No lo haces.
Se quedó ahí, con la espalda apoyada en él, mirando el fuego como si la cercanía no le alterara el pulso en absoluto.
Y quizá no se lo alteraba del mismo modo que a él, pero Glenn ya entendía que eso no significaba que el gesto fuera vacío para ella.
Itachi no hacía cosas sin sentido.
Así que Glenn obedeció.
Lentamente.
Le rodeó la cintura con la mano.
Y comprendió de inmediato dos cosas: la primera, que la cintura de Itachi era increíblemente estrecha.
La segunda, que aun así el cuerpo de ella tenía una firmeza real, viva, no la fragilidad de una fantasía imposible, sino la solidez cálida y precisa de alguien que existía de verdad y estaba apoyándose contra él.
Su mano se afirmó un poco más, apretándola apenas contra su cuerpo.
—Dios —murmuró.
Itachi no dijo nada.
Solo siguió ahí.
Los segundos que pasaron después fueron demasiado para Glenn y al mismo tiempo no lo suficiente.
Respiró hondo una vez.
Luego otra.
El campamento seguía allí.
El fuego.
La noche.
Las miradas de otros que, aunque no oían las palabras, sí podían ver el lenguaje del cuerpo.
La supuesta pareja de recién casados, inclinándose uno hacia el otro, buscándose, tocándose con naturalidad.
Glenn habló entonces, más bajo, dejándose llevar un poco por la lógica del papel y un poco por el deseo real que se le estaba volviendo imposible distinguir del todo.
—Está bien así, cariño.
Itachi giró apenas el rostro lo suficiente para observarlo de perfil.
Asintió.
—Está bien así, mi amor —respondió.
Y se quedaron en silencio unos segundos más.
Luego siguieron hablando, todavía en esa posición, con la espalda de Itachi apoyada en Glenn, la mano de él firme en su cintura, los muslos tocándose, la fogata delante y el campamento mirándolos de reojo sin escuchar una sola palabra real.
Hablaron de Shane otra vez.
De la posibilidad de que quisiera controlar más de lo que decía.
Del riesgo de Merle.
De la utilidad tranquila de Dale.
De Andrea y su atención filosa.
De Lori y su incomodidad.
De Daryl, que parecía observar sin exhibirse.
De T-Dog, que aún conservaba una clase de cordura decente.
De Carol, que daba la impresión de estar siempre encogiéndose sobre sí misma.
—Daryl no me preocupa de inmediato —dijo Itachi—.
Observa más de lo que habla.
Eso puede ser bueno o malo.
Todavía no lo sé.
—¿Y Dale?
—No parece peligroso.
Pero sí perceptivo.
—¿Andrea?
—Inteligente.
Va a notar cosas.
—¿Como qué?
Itachi inclinó apenas la cabeza, sintiendo quizá el latido de Glenn contra su espalda.
—Como nosotros.
Glenn guardó silencio un segundo.
—¿Nosotros?
—Que no fingimos desde cero.
La frase le atravesó el pecho.
No respondió de inmediato.
Porque sabía que tenía razón.
Porque esa era quizá la parte más peligrosa de toda la mentira: que estaba demasiado cerca de la verdad emocional.
Mientras tanto, el campamento observaba.
No podían oír lo que decían.
Pero sí podían verlos.
Y esa visión alimentaba pensamientos distintos en cada persona.
Shane los vio primero como una confirmación incómoda: sí, eran pareja.
Y no una pareja fría, ni una alianza de conveniencia obvia.
Había intimidad física verdadera allí.
La forma en que Itachi se había sentado contra Glenn.
La mano de Glenn en su cintura.
Las palabras mudas intercambiadas al oído.
Shane sintió una irritación silenciosa ante la solidez de esa imagen.
Porque hacía más difícil pensar en ella fuera de esa estructura.
Y aun así, no dejaba de mirarla.
Lori los vio con los dientes apretados.
No necesitaba oír para entender demasiado.
Itachi no solo era hermosa y fuerte.
También era querida, elegida, cuidada con la atención total de un hombre joven que la miraba como si fuera el centro del mundo.
Y eso, en el contexto de la tensión que Lori arrastraba con Shane, con Rick ausente, con el niño a su lado y el mundo roto, le produjo una mezcla agria de resentimiento y tristeza.
No odiaba a Itachi.
Pero sí le dolía lo que la existencia de Itachi revelaba por contraste.
Andrea los observó con la clase de atención que se reserva para aquello que podría convertirse en un eje importante dentro de un grupo.
Vio la cercanía física y creyó la historia un poco más.
Vio también otra cosa: la mujer no dominaba al hombre ni el hombre a la mujer.
Había una rareza en la composición.
Parecían protegerse en ambas direcciones.
Eso la intrigó.
Amy los miró casi con romanticismo.
Para ella, todavía lo bastante joven como para no haber perdido del todo la fascinación por las escenas tiernas incluso dentro del desastre, parecían exactamente lo que decían ser: recién casados, asustados, agarrándose uno al otro en medio del fin.
Dale los vio con ojos más profundos.
Había vivido lo suficiente, amado lo suficiente y perdido lo suficiente como para reconocer cuándo dos personas se movían juntas con una costumbre real, aunque fuera reciente.
Le parecieron sinceros.
O al menos sinceros en lo que importaba.
Carol sintió algo parecido a dolor suave al observarlos.
La forma en que Itachi permitía la mano de Glenn en su cintura.
La forma en que él la sostenía sin posesión agresiva.
La cercanía sin miedo.
Todo eso le mostró una intimidad posible que no conocía en su propia vida.
No apartó la vista enseguida.
Ed los miró con la hostilidad automática del hombre que odia, sin nombrarlo, todo vínculo en el que no puede ejercer poder.
Una mujer así lo irritaba por existir.
Un hombre que la tocaba con cariño y no con dominio también.
Merle bufó hacia un lado, incómodo sin saber si por deseo frustrado, por simple vulgaridad o porque ver una pareja tan claramente unida le recordaba que ciertas mujeres no estaban disponibles ni para fantasía fácil ni para intimidación.
Daryl no los romantizó.
No le interesaba eso.
Pero sí registró una cosa esencial: ambos se movían como si ya hubieran aprendido a contar el uno con el otro sin pensarlo.
Eso, en su experiencia, importaba más que muchas palabras.
Carl, con los ojos de un niño que todavía observaba a los adultos tratando de entender qué significaba cada forma de estar juntos, los vio y simplemente asumió que así debía verse una pareja que se quería.
No tenía la malicia de los mayores ni sus comparaciones.
Solo vio lo que vio.
La conversación entre Glenn e Itachi siguió.
Más baja.
Más cercana.
Más íntima en la forma, más táctica en el contenido.
Y mientras el fuego bajaba un poco, mientras la cantera entera seguía midiendo el peso de los recién llegados, quedó claro para todos —aunque cada uno lo interpretara a su manera— que Glenn e Itachi no se soltarían con facilidad.
Ni esa noche.
Ni probablemente, nunca.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com