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ojos carmesí - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 La vecina del pasillo
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3: La vecina del pasillo 3: La vecina del pasillo Itachi ya había tomado una decisión respecto al apartamento: por fuera, por dentro, en disposición, en olores, en apariencia, en pequeños detalles visibles, aquel lugar debía parecer una vivienda común.

No un refugio.

No una base operativa.

No un santuario de guerra.

Una casa.

Un apartamento modesto, limpio, habitable, con muebles suficientes, con cocina funcional, con algunas cajas aún por abrir, con ciertos elementos todavía sin colocar en su lugar definitivo.

Nada que llamara la atención.

Nada que insinuara que, detrás de aquella calma doméstica, había una estructura logística capaz de sostener a decenas de personas durante años.

Todo lo verdadero —los pergaminos, el armamento, los suministros médicos, los alimentos, las semillas, la gasolina, los libros, las herramientas, las reservas enteras que sus clones ya comenzaban a arrancar del mundo antes de que el mundo supiera que estaba a punto de derrumbarse— iría almacenado dentro del sello vinculado a su tatuaje ANBU en el deltoide derecho.

A simple vista, no tendría nada.

En realidad, tendría demasiado.

Ese era el objetivo.

Cuando terminó de reorganizar las últimas cajas decorativas en la sala, Itachi dejó que el apartamento respirara una normalidad fabricada.

Algunas cajas junto a la pared.

Una mesa todavía sin fijar.

Dos sillas.

Un sofá armado, pero no ubicado del todo.

Una pequeña lámpara.

Artículos de cocina visibles.

Unas cuantas telas.

Un par de libros puestos con naturalidad calculada.

Todo lo bastante real para que Glenn —o cualquier vecino— pudiera entrar, mirar alrededor y concluir, sin esfuerzo, que una mujer recién llegada estaba todavía instalándose.

Fue entonces cuando volvió a oír pasos en el pasillo.

No necesitó abrir la puerta para saber que era él.

Glenn.

Lo había registrado desde que el sonido de sus llaves cambió de bolsillo al acercarse a su piso.

Su manera de caminar ya comenzaba a volverse reconocible para ella: ligera, rápida, sin pesadez, como si su cuerpo siempre estuviera algunos segundos por delante de su mente.

Había gente que caminaba ocupando espacio.

Glenn, no.

Glenn se movía atravesándolo, resolviéndolo.

Itachi abrió la puerta justo cuando estaba terminando de meter una de las últimas cajas al interior.

Glenn venía de regreso a su apartamento, y al verla, volvió a detenerse.

Esa vez su sorpresa fue menor.

La curiosidad, no.

Sus ojos se posaron otra vez sobre ella con esa mezcla de interés sincero y desconcierto que todavía no lograba ocultar del todo.

Seguía vistiendo el mismo traje negro con rojo.

La seda oscura se adhería a ella con la elegancia precisa de algo demasiado hermoso para un pasillo ordinario.

El cabello negro recogido alto, con mechones sueltos junto al rostro.

La flor roja.

El maquillaje impecable.

La calma.

Solo la katana no estaba visible.

Glenn registró de inmediato esa ausencia, aunque no dijo nada al respecto.

—¿Segura que no necesitas ayuda?

—preguntó de nuevo, con una media sonrisa educada, señalando apenas la caja.

Itachi lo observó un segundo antes de responder.

—No es necesario.

La voz salió serena, baja, sin brusquedad.

Exactamente la misma combinación del día anterior: una negativa clara que no sonaba a rechazo personal.

Glenn lo notó.

Y aun así, sintió la extraña decepción mínima que uno siente cuando quería seguir hablando un poco más de lo socialmente necesario y no encuentra una excusa inmediata.

Asintió, recuperándose con rapidez.

—Bueno… —dijo, acomodándose las llaves entre los dedos— conozco bien la zona.

Si necesitas algo, dímelo.

Aquello sí hizo que Itachi lo estudiara con un poco más de atención.

No el ofrecimiento en sí.

El tono.

Había en Glenn una amabilidad sencilla, sin pretensión.

No era la ayuda grandilocuente del hombre que quería impresionar.

Era más bien la oferta práctica de alguien que de verdad se imaginaba a una persona nueva en la ciudad sin saber dónde comprar algo, cómo moverse, qué calles evitar.

No esperaba recompensa.

No esperaba intimidad.

Solo era así.

Entiende a otros con facilidad, pensó Itachi.

Y responde antes de que se lo pidan del todo.

—Lo recordaré —dijo.

No añadió gracias esta vez.

No porque no correspondiera, sino porque la frase debía quedar un poco más abierta, un poco más personal.

Glenn pareció percibirlo así.

Sonrió apenas, más cómodo, más satisfecho de lo que habría estado dispuesto a admitir.

—Bien —respondió—.

Entonces… bienvenida otra vez.

Itachi inclinó ligeramente la cabeza.

Glenn siguió hasta su puerta, entró a su apartamento y, cuando la cerró detrás de sí, se quedó inmóvil unos segundos con la mano aún sobre la cerradura.

No tenía sentido.

O sí lo tenía, pero no quería pensarlo demasiado pronto.

Había hablado con ella apenas dos veces.

Dos intercambios cortos.

Nada más.

Y, sin embargo, ya ocupaba demasiado espacio dentro de su cabeza.

Era la clase de presencia que alteraba la temperatura de un sitio sin tocar nada.

Seguía sin saber su nombre.

Seguía sin saber de dónde venía.

Seguía sin saber por qué se vestía así o por qué parecía no hacer ruido al moverse.

Pero cuanto menos sabía, más quería saber.

Se dejó caer en el sofá y exhaló.

Bueno, Glenn, pensó con una mezcla de diversión y vergüenza privada, claramente te interesa tu nueva vecina.

Lo pensó sin malicia.

Sin fantasía desbordada.

Con la simple honestidad de quien reconoce que alguien le ha llamado demasiado la atención demasiado rápido.

Volvió a imaginar su rostro.

Sus ojos.

El negro y rojo de la ropa.

La forma en que había dicho lo recordaré.

La manera en que cargaba cajas como si no pesaran.

Y otra vez apareció la pregunta.

¿Quién eres?

A la mañana siguiente, Glenn tenía el día libre.

En realidad, tenía más que eso.

Toda la semana.

Itachi ya lo sabía.

Lo sabía porque había observado su rutina, porque había recogido información sin esfuerzo, porque uno de sus clones había leído, con una interferencia mínima, una nota interna relacionada con los turnos y los cambios de horario de su trabajo.

Sabía a qué hora solía salir.

Sabía qué días estaba más apurado.

Sabía qué recorridos repetía.

Sabía incluso qué tienda de conveniencia prefería cuando quería algo rápido sin alejarse demasiado.

Sabía todo lo que necesitaba saber.

Pero la clave de una inserción perfecta no era el conocimiento.

Era parecer que no se tenía.

Por eso esperó a encontrarlo en el momento adecuado.

Glenn salió de su apartamento entrada la mañana, vestido de forma casual, con esa soltura especial de los días libres.

No llevaba encima el ritmo comprimido del trabajo.

Su cuerpo se movía un poco más lento, sus hombros más sueltos.

Itachi abrió la puerta apenas unos segundos después, como si coincidieran por azar, y Glenn levantó la vista enseguida.

La sorpresa en su cara fue real.

La satisfacción involuntaria también.

Ella seguía vistiendo el mismo tipo de atuendo oscuro, impecable, con el cabello recogido y la elegancia imposible de quien no parecía pertenecer a la arquitectura gris del edificio.

La katana seguía ausente, almacenada dentro del sello del tatuaje.

Sin ella, su imagen resultaba menos abiertamente intimidante, pero no menos llamativa.

Glenn se descubrió pensando que, incluso desarmada, parecía más compuesta que cualquier persona que conociera.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días —respondió Itachi.

Pausa breve.

Entonces ella hizo exactamente lo que había planeado.

—¿Puedo preguntarte algo?

La simple frase tuvo un efecto absurdo en Glenn.

Enderezó un poco la postura, como si una parte de él hubiese estado esperando desde el día anterior una oportunidad así.

—Sí, claro.

Itachi sostuvo su mirada con esa serenidad que a él seguía desconcertándolo.

—Necesito pintura para el apartamento.

No conozco la zona todavía.

¿Sabes dónde podría conseguirla?

El interés de Glenn se volvió inmediato, práctico, casi alegre.

—Sí.

Sí, claro.

Hay una tienda buena no muy lejos.

Bueno, depende de qué tipo necesites, pero… sí, te puedo llevar.

Itachi lo observó un instante.

—¿No sería una molestia?

—No —respondió él demasiado rápido, y luego se aclaró la garganta con una pequeña sonrisa—.

No, para nada.

Además, ya te dije que conozco bien la zona.

Ella asintió.

—Entonces te lo agradeceré.

Caminaron juntos.

Y durante los primeros minutos, el silencio entre ambos no fue incómodo, aunque sí notable.

Glenn era consciente de ella de un modo demasiado agudo.

De su presencia a su lado.

Del perfume tenue, no dulce en exceso, sino limpio, elegante, apenas insinuado.

De la forma en que la tela negra y roja se movía con sus pasos.

De cómo la gente volteaba a verla.

De cómo algunos miraban primero con curiosidad y luego otra vez, con auténtico desconcierto.

También era dolorosamente consciente de que él mismo llevaba rato queriendo seguir observándola sin parecer raro.

Intentó controlar eso.

No siempre lo logró.

—Entonces… —empezó, procurando sonar casual— ¿ya sabes cómo quieres decorar el apartamento?

Itachi lo miró de reojo.

—Sí.

—¿Tienes algún color en mente?

—Oscuro, pero no demasiado cerrado.

Quiero que se vea habitable.

Glenn sonrió apenas.

—Bueno, eso ayuda bastante.

Itachi registró la sonrisa.

Pequeña.

Fácil.

Honesta.

Tenía razón Hagoromo.

Había algo en Glenn que hacía más simple el espacio a su alrededor.

—¿Tú pintarías el tuyo de algún color en especial?

—preguntó ella, como si se tratara de una conversación ordinaria.

Él pareció pensarlo de verdad.

—No sé… tal vez algo claro.

No blanco-blanco, pero sí algo que haga ver todo más grande.

Supongo que depende del apartamento.

Del tipo de luz.

Del humor que quieras que tenga.

Itachi analizó la respuesta.

No era superficial.

Él pensaba en funcionalidad, sí, pero también en sensación.

En ambiente.

En cómo un espacio podía cambiar según el color y la luz.

Más sensibilidad de la que su propia imagen rápida, práctica, casi inquieta, hacía prever.

—Eso tiene sentido —dijo.

Glenn la observó un segundo, sorprendido de lo mucho que quería seguir escuchando su voz.

Había algo en ella que no se parecía a las demás.

No era solo que fuera bonita —que lo era, muchísimo, de una forma que le seguía pareciendo casi irreal—.

Era la manera de hablar.

Como si cada palabra saliera ya pensada, ya medida, ya limpia.

Sin muletillas.

Sin relleno.

Sin ruido.

Mientras avanzaban, Glenn empezó a fijarse en detalles nuevos.

Las manos de Itachi eran hermosas, sí, pero también extrañamente firmes.

No había descuido en ellas.

Las uñas rojas estaban perfectas.

Su postura era impecable.

Su espalda recta, sus pasos fluidos.

No caminaba como alguien que duda del espacio que ocupa.

Tampoco como alguien arrogante.

Más bien como alguien que había aprendido a no desperdiciar movimiento.

Eso lo hizo preguntarse, por segunda o tercera vez, si realmente solo estaba ante una mujer elegante o si había algo más raro, más complejo, detrás de ella.

—No te he preguntado tu nombre —dijo finalmente, casi con vergüenza por tardar tanto.

Ella giró apenas hacia él.

—Itachi.

Glenn parpadeó.

El nombre lo tomó por sorpresa.

—Itachi —repitió, probándolo en voz alta, casi con cuidado—.

Es… bonito.

Ella lo observó.

—¿Y tú?

Él sonrió, un poco más cómodo ahora que la conversación había cruzado esa línea.

—Glenn.

Glenn Rhee.

—Glenn —repitió Itachi.

Y para él fue una experiencia extrañamente íntima escuchar su nombre en aquella voz serena.

No debería haber importado tanto.

Importó.

—Bueno, entonces ya no eres “mi nueva vecina misteriosa” —dijo él con una ligereza que intentaba bromear consigo mismo.

Itachi alzó apenas una ceja.

—¿Ese era mi título?

Glenn soltó una risa breve.

—Algo así.

Y, por primera vez, vio una reacción casi imperceptible en ella.

No exactamente una sonrisa completa, pero sí una suavización mínima en la mirada, una alteración tan leve que otro quizá ni la habría notado.

Glenn sí.

Y se sintió absurdamente recompensado por haberla provocado.

Al mismo tiempo, lejos de aquel paseo aparentemente simple, los clones seguían trabajando.

Uno se deslizaba entre los pasillos de un gran centro de distribución, el Sharingan activo bajo un genjutsu que volvía invisible su presencia ante cámaras y vigilantes.

Cajas enteras de alimentos secos, conservas, agua, artículos médicos, pilas y productos de higiene desaparecían dentro de pergaminos abiertos por segundos y cerrados antes de que nadie notara un cambio en el aire.

Otro atravesaba una librería universitaria, llevándose no novelas al azar, sino conocimiento en bloques precisos: medicina general, anatomía, cirugía básica, farmacología, enfermería, electricidad, agricultura, botánica, mecánica, construcción, química, microbiología, conservación de alimentos, psicología, crianza infantil, historia militar, gestión de desastres.

Nada se hacía sin criterio.

Todo lo recogido respondía a una pregunta futura: ¿qué necesitarán los vivos cuando el mundo ya no produzca esto?

Un tercer clon vaciaba una tienda especializada en herramientas.

Taladros, cajas de brocas, martillos, sierras, clavos, tornillos, niveles, soldadoras, generadores, extensiones, cintas, mascarillas, guantes, cajas enteras de repuestos.

Otro recogía semillas de maíz, tomate, cebolla, repollo, papa, frijol, calabaza, lechuga, zanahoria, trigo.

Otro llegaba a un almacén farmacéutico.

Otro a un depósito de combustible.

Otro a un proveedor agrícola.

Otro a una base donde armamento y chalecos comenzaban a desaparecer con una eficiencia tan absoluta que, horas más tarde, cuando alguien notara un faltante, ya sería demasiado tarde para comprender la magnitud.

Los clones no pensaban como individuos separados, pero sí percibían.

Percibían el tamaño del país.

La fragilidad de su abundancia.

Lo fácil que resultaba extraer civilización cuando nadie imagina tener que defenderla de una fuerza así.

A través de ellos, Itachi recibía todo: la textura del metal, la clasificación de las municiones, el olor de los libros viejos, la visión de graneros llenos, la disposición de hospitales, la cantidad de antibióticos en cada lote, la proporción de anestesia disponible, la calidad de la tierra fértil, la variedad de fertilizantes, la capacidad de cada tanque de gasolina.

Era como tener siete guerras logísticas ocurriendo a la vez detrás de los ojos.

Y, aun así, caminaba al lado de Glenn con expresión serena, como una mujer común que solo iba a comprar pintura.

En la tienda, Glenn terminó ayudándola más de lo necesario.

Primero fue mostrándole qué pintura cubría mejor.

Luego explicó por qué cierto acabado era más resistente.

Después le habló de brochas, de rodillos, de lijas, de espátulas, de cinta para bordes, de plásticos para cubrir muebles, de cubetas, de guantes, de bandejas.

Itachi ya conocía, por observación y por lectura rápida, la función de cada cosa, pero fingió desconocer lo justo para que Glenn siguiera hablando.

Y él habló.

No sin pausa, no nervioso, pero sí con una entrega natural que a ella le resultó interesante.

Glenn tenía algo que Itachi rara vez había encontrado: cuando se sentía útil, se volvía todavía más luminoso.

Sus ojos se activaban.

Su voz se soltaba.

Sus manos acompañaban las explicaciones.

Había energía en él, pero no una energía torpe.

Una clase de entusiasmo sincero que nacía de querer facilitarle algo a otra persona.

Mientras elegían colores, Glenn la observó varias veces de reojo.

Seguía sin acostumbrarse a lo hermosa que era.

No de una manera vacía, no solo por rasgos o por cuerpo, aunque todo eso saltaba a la vista con demasiada facilidad.

Era el conjunto.

El cabello oscuro recogido con ese aire extraño, elegante, casi antiguo.

Los ojos profundos.

La piel pálida.

La línea limpia del cuello.

La perfección del maquillaje sin parecer pesado.

La ropa oscura que hacía que cualquiera a su alrededor pareciera desteñido.

Incluso inclinada sobre un catálogo de pinturas, parecía demasiado compuesta para existir en una tienda común un martes cualquiera.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Preguntando si cierto tono se vería demasiado cerrado con poca luz.

Tomando una brocha entre los dedos con esa atención exacta que parecía darle importancia hasta a los objetos más simples.

Escuchándolo.

Su voz, además, lo seguía afectando de una manera particular.

Glenn no se consideraba especialmente poético, pero si hubiera intentado explicarlo, habría dicho que la voz de Itachi parecía siempre venir desde un lugar más quieto que el resto del mundo.

Como si todo en ella hubiera sido pasado antes por una especie de filtro de silencio.

Cuando terminaron de pagar y salieron con las bolsas, Itachi hizo la siguiente jugada con la misma precisión con la que un shinobi coloca un kunai.

—Gracias por tu ayuda —dijo—.

¿Quieres subir?

Puedo ofrecerte una bebida.

Glenn la miró.

La invitación fue simple.

Pero a él le golpeó con una intensidad desproporcionada.

—Sí —respondió, y luego intentó sonar menos inmediato—.

Sí, claro.

Volvieron al edificio.

Dentro del apartamento de Itachi, Glenn se encontró mirando a su alrededor con una curiosidad difícil de disimular.

El lugar estaba ordenado, mucho más de lo que esperaba para una mudanza reciente, aunque seguía teniendo señales visibles de proceso: cajas apiladas junto a la pared, algunos muebles armados pero todavía sin fijar, piezas decorativas sin colocar, la cocina funcional pero no completamente personalizada.

Todo estaba limpio.

Todo estaba medido.

Todo parecía tener un lugar, incluso antes de ocuparlo.

Era un apartamento normal.

Y, al mismo tiempo, había algo en él que se sentía demasiado… controlado.

No frío.

Pero sí contenido.

Como si incluso el desorden hubiese sido permitido solo hasta cierto punto.

Itachi le ofreció una bebida.

Glenn aceptó.

Mientras ella se movía hacia la cocina, él la observó con discreción, o con lo que él esperaba que pareciera discreción.

La manera en que se desplazaba seguía siendo una anomalía.

No arrastraba pasos.

No chocaba con nada.

No dudaba.

Era silenciosa y eficiente hasta para abrir un refrigerador.

Cuando le entregó la bebida, Glenn volvió a mirar las paredes.

—Así que lo vas a pintar —dijo.

—Sí —respondió Itachi.

—Aunque primero tienes que descascarar la pintura, supongo.

—Sí.

Glenn asintió, entendiendo enseguida la magnitud del trabajo.

Miró las paredes otra vez, el estado del recubrimiento anterior, la textura, los bordes.

—¿Quieres ayuda?

Itachi bebió un sorbo antes de contestar.

—No es necesario.

Ya hiciste demasiado.

Glenn soltó una pequeña risa nasal, negando con la cabeza.

—Oye, es mi día libre.

De hecho, tengo toda la semana libre, así que no me molesta.

Itachi ya lo sabía.

Aun así, dejó pasar un breve silencio, como si considerara por primera vez una información nueva.

Luego asintió.

—Bien.

Pero yo invito la cena.

Glenn sonrió.

—Trato hecho.

Y así empezaron.

Trabajar junto a Glenn resultó… sencillo.

Itachi no lo habría descrito en términos emocionales, pero el hecho permanecía.

La tarea era ordinaria: mover muebles un poco más al centro, cubrir el suelo, separar herramientas, comenzar a descascarar la pintura vieja con espátula y lija allí donde estaba peor.

Sin embargo, había algo en la presencia de Glenn que cambiaba el ritmo del espacio.

No interrumpía.

No estorbaba.

No hablaba por llenar.

Cuando decía algo, tenía función.

Cuando callaba, el silencio no se volvía pesado.

Itachi lo observó mientras trabajaba.

Se arremangó con naturalidad.

Se inclinó a revisar una esquina de la pared.

Le explicó por qué convenía empezar por ciertos sectores antes que por otros.

Golpeó apenas con los nudillos una parte del muro para comprobar el estado del material debajo.

Había una inteligencia práctica en él que no necesitaba exhibirse para existir.

—Esto va a tomar más tiempo del que parece —dijo Glenn, raspando una sección amplia.

—No importa.

—Bueno, a mí no me importa.

Es tu apartamento el que va a parecer zona de guerra por unas horas.

—Puedo tolerarlo.

Glenn la miró de reojo y sonrió.

—Sí, me imagino.

Itachi notó que empezaba a comprender algo de ella.

No la entendía aún, ni de cerca, pero comenzaba a captar patrones.

Que no se quejaba.

Que no hablaba de más.

Que todo en ella parecía hecho con una extraña exactitud.

Que incluso en una tarea tan doméstica como raspar pintura, se movía con rapidez y limpieza sorprendentes.

Glenn llegó a la conclusión, todavía imprecisa, de que Itachi debía haber sido criada de una forma muy distinta al resto de personas que él conocía.

No parece alguien que improvisa, pensó.

Parece alguien que ya tiene un plan hasta cuando está en silencio.

Y eso, en vez de alejarlo, lo atraía más.

Hablaron mientras trabajaban.

No de grandes cosas al principio.

De la zona.

De qué tiendas servían y cuáles no.

De qué calles se volvían molestas con tráfico.

De cuánto tardaban ciertos arreglos en edificios viejos.

De pinturas.

De muebles.

De restaurantes cercanos.

Itachi lo dejaba hablar, respondía cuando era necesario, y entre cada respuesta iba aprendiendo todavía más de él.

Glenn no solo conocía la ciudad.

La vivía.

La había hecho suya a fuerza de moverse, de adaptarse, de resolver.

Había calidez en su memoria de las cosas.

No era solo “la tienda de la esquina”; era “la tienda de la esquina donde una vez pasó algo gracioso” o “el lugar donde conviene ir temprano porque después se llena”.

Todo en él convertía el espacio en algo un poco más humano.

En cierto punto, Glenn se detuvo y la vio trabajar.

Ella estaba inclinada frente a una pared, raspando la pintura con una velocidad constante, casi impecable.

Los movimientos eran limpios.

Precisos.

Eficientes.

No desperdiciaba fuerza.

No parecía cansarse.

El cabello oscuro, recogido alto, dejaba al descubierto la línea del cuello y algunos mechones cerca del rostro.

El traje seguía siendo extraño para una jornada así, pero sobre ella no parecía absurdo.

Parecía correcto.

Sus manos, con las uñas rojas, se movían con firmeza sobre la espátula.

Había polvo de pintura en el borde de una manga negra.

Y aun así seguía viéndose inalcanzablemente compuesta.

Glenn sintió otra vez aquella impresión confusa.

Hermosa, sí.

Pero también… distinta de un modo más hondo.

No lograba verla solo como “una mujer muy bonita”.

Era eso y algo más.

Algo que su mente no terminaba de nombrar.

Disciplina.

Quietud.

Peligro tal vez, aunque no en el sentido de amenaza directa.

Más bien la sensación de que Itachi vivía según una estructura interna mucho más rígida que la del resto.

Como si viniera de otro lugar no solo geográfico, sino casi mental.

—Eres muy rápida —dijo antes de pensarlo demasiado.

Itachi no dejó de trabajar.

—Estoy acostumbrada a trabajar con las manos.

Glenn arqueó apenas las cejas.

—Sí, ya lo había notado.

Ella giró un poco hacia él.

—¿Qué habías notado exactamente?

La pregunta no llevaba coquetería.

Llevaba atención.

Eso puso a Glenn en una situación incómodamente honesta.

—Que… —se rió un poco de sí mismo— bueno, que no te mueves como alguien que no sabe lo que está haciendo.

Ni cuando cargabas cajas.

Ni ahora.

Itachi sostuvo su mirada un instante.

—La ineficiencia me molesta.

Glenn volvió a sonreír.

—Sí.

Eso también lo creo.

Hubo un silencio pequeño, cómodo.

Y Glenn pensó, sin decirlo, que también empezaba a gustarle esa parte de ella.

La claridad.

La economía de palabras.

La forma en que una sola frase suya parecía decir más de lo que otras personas lograban en cinco minutos.

A cientos de kilómetros, los clones continuaban.

Uno de ellos, en una tienda enorme de productos de belleza e higiene, se detenía no por frivolidad, sino por comprensión total del futuro.

Champús, jabones, cremas, protectores solares, maquinillas, pinzas, algodón, toallas sanitarias, pasta dental, cepillos, productos para cuidado de la piel, jabón antibacteriano.

La dignidad humana no desaparece cuando el mundo cae; solo se vuelve más difícil de mantener.

Itachi lo sabía.

Por eso no recogería solo lo “esencial” según la lógica estrecha de la guerra.

Recogería también lo que ayuda a seguir sintiéndose persona.

Otro clon vaciaba literatura infantil.

Otro, manuales escolares.

Otro, herramientas de parto.

Otro, antibióticos veterinarios y suministros ganaderos.

Otro, mapas topográficos y radios.

A través de todos ellos, Itachi percibía una misma conclusión: el mundo estaba lleno de cosas que la humanidad daba por eternas.

No lo eran.

Ella sí se aseguraría de que, al menos para Glenn, la pérdida no fuera absoluta.

En el apartamento, el trabajo siguió avanzando.

El polvo aumentó.

Las paredes fueron revelando secciones más limpias.

Glenn se quitó un poco de residuo del antebrazo y soltó aire.

—Creo que subestimé esto —admitió.

—Lo hiciste.

—Gracias por confirmarlo con tanta compasión.

Itachi lo miró.

—No estabas equivocado por completo.

Él se rió.

—Eso, viniendo de ti, creo que es casi un elogio.

Otra vez, esa mínima alteración en la mirada de ella.

Ese casi-amago de sonrisa que lo recompensaba más de lo razonable.

La tarde fue cayendo poco a poco.

Y Glenn, sin darse cuenta, dejó de pensar en el tiempo.

Eso también llamó la atención de Itachi.

Con otras personas, el silencio largo tendía a incomodar.

Con Glenn, no.

Podían pasar varios minutos trabajando sin hablar, y cuando una conversación volvía a surgir, lo hacía con naturalidad.

No había exigencia en él.

No había necesidad de ocupar todo espacio con ruido.

Eso lo hacía… fácil de tener cerca.

Comprendo la elección del Sabio, pensó Itachi, mientras limpiaba con la espátula una línea de pintura vieja.

No era solo que Glenn debiera ser salvado.

Era que seguía siendo alguien digno de ser salvado sin corromperse en el proceso.

Al final, Glenn se apoyó un momento en una pared ya despejada y miró el apartamento otra vez.

—Va a quedar bien.

Itachi se volvió hacia él.

—¿Sí?

—Sí.

Ya se nota.

Solo hacía falta empezar.

La respuesta fue simple.

Pero por alguna razón, Itachi la archivó con más cuidado del necesario.

Porque era exactamente el tipo de frase que Glenn decía sin saber que podía aplicarse a otras cosas.

Al apartamento.

A una ciudad.

A una vida.

A ella, quizá.

Itachi lo observó un segundo más.

Luego habló con la misma calma de siempre.

—Entonces me aseguraré de terminarlo.

Glenn sostuvo su mirada.

Y en ese instante, sin entender por qué, tuvo la certeza extraña de que cuando Itachi decía algo así, no se refería nunca solo a pintura, paredes o muebles.

Como si detrás de cada frase existiera siempre algo más grande.

Algo no dicho.

Algo que él todavía no alcanzaba a ver.

Pero quería.

Quería seguir mirándola hasta entenderlo.

Quería seguir oyéndola hablar.

Quería aceptar esa cena.

Quería volver mañana, y pasado, y quizá el resto de la semana, aunque ya no hiciera falta raspar paredes.

Y mientras la tarde se cerraba sobre el edificio y los clones seguían vaciando estados enteros para construir un futuro que nadie más sabía que necesitaba, Glenn Rhee permanecía en el apartamento de Itachi cubierto de polvo de pintura, con una bebida a medio terminar cerca de la mesa, sintiendo que una vecina hermosa y misteriosa acababa de desplazarse demasiado rápido del territorio de la curiosidad al de algo mucho más peligroso.

Interés.

Apego naciente.

Necesidad de volver.

E Itachi, sin apartarse de su misión, sin olvidar una sola vez el mandato del Sabio, comprendía con claridad creciente que acercarse a Glenn no sería la parte difícil.

Lo difícil sería permanecer cerca de él sin que algo dentro de ella empezara a cambiar también.

Porque Glenn Rhee, sin saberlo, ya había comenzado a hacer lo que Hagoromo había insinuado desde el principio: volver habitable un espacio que antes solo conocía el deber.

Y eso, quizá, era el inicio real de la misión.

Sin fallar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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