ojos carmesí - Capítulo 22
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22: Primer Saqueo, Primera Victoria.
22: Primer Saqueo, Primera Victoria.
La mañana siguiente llegó con esa clase de luz suave que, por un instante breve, podía engañar a cualquiera y hacerle creer que el mundo seguía siendo el mismo.
El cielo sobre la cantera se aclaró despacio, el aire fresco se deslizó entre los árboles y sobre el agua, y dentro de la autocaravana el silencio todavía conservaba esa intimidad cálida, casi frágil, que solo existía cuando la puerta estaba cerrada y el resto del campamento quedaba afuera, como un ruido distante, como una realidad aparte.
Itachi había despertado temprano.
No porque el cuerpo le exigiera más descanso.
No porque necesitara un despertar lento.
Eso ya no existía en ella del mismo modo que en otras personas.
Había dormido lo justo, lo suficiente, lo necesario.
Soldado.
Arma.
Kunoichi.
Pero también, ahora, algo más.
Se había levantado con el pensamiento del día claro y completo en la mente: desayuno, revisar el vagón, dejar un clon, salir con Glenn, observar el pueblo, enseñarle, volver.
Todo en orden.
Todo sin fallar.
Cuando Glenn abrió los ojos, ella ya estaba terminando de cocinar.
La sensación fue inmediata.
Ese pequeño vacío en el pecho, ya conocido, ya casi vergonzosamente familiar, apareció en el segundo exacto en que su mirada fue primero a la cama, al lado vacío, y no la encontró allí.
Fue rápido.
Menos doloroso que la primera vez.
Más costumbre que sobresalto.
Porque Glenn sabía, incluso antes de levantarse, dónde estaba.
Aun así, el cuerpo la buscó por reflejo.
Y, cuando se incorporó y caminó por el pasillo corto del RV, la encontró donde esperaba encontrarla.
En la pequeña cocina.
Tan hermosa que dolía.
Una vez más, divina.
Pero de una forma íntima, silenciosa, privada, que no pertenecía al campamento ni al mundo exterior.
Seguía con el camisón negro de seda y la bata ligera sobre los hombros.
El cabello le caía suelto por la espalda, oscuro y largo, como una cascada de tinta viva.
La luz de la mañana la tocaba de costado, delineándole el cuello, la mejilla, la curva exacta del rostro, y Glenn tuvo, otra vez, esa sensación absurda de que ninguna mañana de su vida anterior había valido tanto como el simple hecho de verla así.
Se acercó.
—Buenos días —murmuró.
Itachi volvió apenas el rostro hacia él.
—Buenos días.
La voz le salió baja, serena, todavía cubierta por la quietud de la mañana.
Glenn asintió.
—Bien —dijo—.
Iré a encargarme de los cuyos, los conejos… y de los cultivos del vagón.
Itachi asintió también.
—Ya casi termino aquí.
Glenn caminó hacia la parte posterior del RV y abrió la puerta del vagón de cultivos.
La vida lo recibió otra vez.
Ya no como sorpresa imposible, sino como maravilla renovada.
El corredor seguía hermoso, ordenado, profundamente vivo.
De un lado, los cajones y niveles de madera clara repletos de hojas frescas, lechugas abiertas, hierbas aromáticas, tomates creciendo con promesa, raíces fuertes afirmadas en la tierra.
Del otro, las hileras de jaulas firmes con conejos abajo y cuyos arriba, todos ya más tranquilos, ya más acostumbrados, respirando con esa calma que solo existe cuando una criatura pequeña comprende que tiene agua, comida y refugio.
Glenn se movió con cuidado.
Alimentó primero a los animales.
Revisó sus recipientes.
Les cambió el agua.
Observó si alguna jaula había cedido.
Luego pasó a las plantas.
Y mientras lo hacía, se acordó de la noche anterior.
De la historia.
De la Diosa Conejo.
Del árbol.
Del chakra.
De Hagoromo.
De los clanes.
De la guerra.
Del clan Uchiha.
De la masacre.
Del niño de cuatro años que cometió su primer asesinato.
Y del beso en la frente.
Ese beso volvió a él con una fuerza absurda, casi física, mientras tomaba la regadera y empezaba a distribuir agua con paciencia y reverencia entre los cultivos.
No era solo el gesto.
Era lo que había significado.
La respuesta de Itachi.
Su manera de escuchar.
Su forma de acercarse después de una verdad tan dura.
Glenn seguía sintiéndolo ardiéndole en la piel como una promesa pequeña y silenciosa.
Regaba con calma.
Con paz.
Con una especie de devoción tranquila.
Y no se dio cuenta de que Itachi había terminado de poner el desayuno sobre la mesa y se había acercado hasta la puerta del vagón.
Se quedó observándolo primero.
No habló.
Solo lo miró.
Vio el cuidado.
La forma exacta en que Glenn levantaba la regadera para no dañar las hojas tiernas.
El modo en que revisaba la tierra, los animales, el agua.
La seriedad con que trataba aquello que ella había creado.
No como un recurso cualquiera.
No como simple ventaja.
Lo trataba con respeto.
Con gratitud.
Con valor real.
Itachi recordó entonces las palabras que Glenn le había dicho durante la noche.
Te quiero a mi lado.
No había habido duda.
No había retroceso.
No había asco, ni miedo, ni rechazo después de saber quién era de verdad.
Y algo pequeño, mínimo, sin nombre claro todavía, se movió dentro de ella.
Se acercó en silencio.
Y, como el día anterior, volvió a abrazarse a la espalda de Glenn.
Encajó el rostro en su hombro.
Glenn se relajó por completo en el instante en que la sintió.
Fue automático.
Como si el cuerpo ya la hubiera aprendido.
Como si la sola presión de sus brazos alrededor de su cintura hubiera encontrado un mecanismo secreto dentro de él y lo hubiera desactivado todo: preocupación, anticipación, ruido mental.
El corazón, en cambio, hizo justo lo contrario.
Comenzó a latirle con locura.
Glenn habló sin girarse del todo.
—¿Practicaste de nuevo?
—preguntó, recordando el gesto de la mañana anterior.
Itachi no respondió enseguida.
No necesitó hacerlo.
Simplemente apretó un poco más el abrazo.
Luego, con una suavidad mínima, movió el rostro contra el hombro de Glenn una vez… dos… tres.
No exactamente un roce accidental.
No del todo una caricia consciente.
Algo entre ambos.
Un gesto que, en otra persona, habría parecido tímido.
En Itachi, que casi nunca se permitía ternura física espontánea, fue devastador.
Glenn lo sintió.
El corazón le golpeó el pecho con una fuerza absurda.
Itachi habló al fin: —Ya está el desayuno.
Pero ninguno de los dos se movió.
Se quedaron así.
Solo unos segundos.
O quizá un poco más.
La mano libre de Glenn dejó la regadera y fue a posarse sobre las manos de Itachi, donde lo abrazaban.
No se apresuró.
No quiso romper nada.
Solo cubrió sus dedos y los sostuvo allí, como si la simple confirmación de ese contacto le importara demasiado.
Después murmuró: —Gracias, mi vida.
Itachi respondió con un pequeño sonido bajo.
—Mhm.
Y se quedaron un rato más.
Para Glenn aquello era casi insoportable de tan bueno.
Esa parte de Itachi, esa forma de ser tan cariñosa, de arrimarse a él sin anunciarlo, de envolverlo con una cercanía que no pedía nada a cambio, era nueva.
Era reciente.
Era la primera vez que la estaba sintiendo así.
Y no necesitó más para comprender algo terrible y simple: ya se había vuelto adicto.
Cuando Itachi se separó, lo hizo con la misma calma de siempre.
Glenn dejó la regadera en su sitio, respiró una vez, otra, tratando de volver a un ritmo menos ridículo, y ambos fueron a comer.
Ninguno de los dos comentó la escena.
No hizo falta.
Había importado.
Los dos lo sabían.
Desayunaron en silencio cómodo, con la radio sonando de fondo.
Pero ahora las noticias eran más escasas.
Menos estaciones.
Menos voces todavía en pie.
Menos estructura.
Y las pocas que quedaban eran alarmantes hasta lo imposible.
Ya no hablaban solo de la infección, de los caminantes, de hospitales caídos.
Hablaban de la violencia humana sin filtros.
Saqueos convertidos en ejecuciones.
Carreteras convertidas en cacerías.
Familias atacadas por comida.
Gente matando por combustible, por botellas de agua, por medicamentos, por miedo.
La radio soltó un fragmento entre estática: “…se reportan cuerpos abandonados en estaciones de servicio y supermercados.
Testigos afirman que los responsables no eran infectados, sino civiles armados…” Otro después: “…las líneas de emergencia ya no están respondiendo en múltiples condados.
Se recomienda evitar desplazamientos sin armamento y no confiar en grupos no verificados…” Glenn y Itachi comieron escuchando.
La comida no perdió sabor, pero sí adquirió el peso de la urgencia.
En un momento, Itachi murmuró, casi como si estuviera pensando en voz alta: —Deberíamos conseguir un tocadiscos.
Y algunos discos.
La radio pronto va a dejar de transmitir.
Glenn alzó la vista hacia ella y asintió.
—Sí.
Un poco de música para las mañanas suena bien.
La frase parecía pequeña, casi ridícula al lado del colapso del mundo.
Y sin embargo no lo era.
Porque ese era el tipo de pensamiento que hacía distinta la supervivencia con Itachi.
Ella no pensaba solo en no morir.
Pensaba en sostener vida interior.
Ritmo.
Espacio mental.
Un mundo propio dentro del fin del mundo.
Cuando terminaron, lavaron los platos.
Después Itachi se volvió hacia Glenn y murmuró: —Listo, Glenn.
Él ya sabía lo que venía.
Asintió.
—Sí.
Itachi lo observó unos segundos.
Luego levantó las manos y sus dedos empezaron a moverse en aquella secuencia precisa que Glenn ya reconocía como señal de algo imposible.
—Kage Bunshin no Jutsu —dijo.
Hubo un pequeño puf.
Una nube breve de humo blanco.
Y cuando el humo se dispersó, allí estaba.
Otra Itachi.
Igual.
Con el mismo camisón negro de seda.
La misma bata ligera.
El mismo cabello suelto.
El mismo rostro perfecto.
Los mismos ojos.
La misma presencia imposible.
El corazón de Glenn se volvió completamente ridículo.
Su rostro se puso rojo.
—Dios —murmuró—.
Tener dos de ti para mí es demasiado.
Las dos Itachis lo observaron.
La original supo exactamente a qué se refería.
Supo también qué estaba haciendo el cuerpo de Glenn: acelerarse, confundirse, maravillarse, reaccionar como reacciona un hombre joven cuando el universo decide burlarse de él de la forma más hermosa posible.
No dijo nada al respecto.
La otra Itachi giró apenas la cabeza hacia la original.
—¿Proteger?
—preguntó.
—Sí —dijo la original—.
Nadie entra.
Nadie toca nada.
Nadie se acerca.
—Bien.
El clon asintió y, con la misma calma antinatural de la verdadera, fue a sentarse en el comedor, no a la mesa central, sino en el pequeño asiento plegable con buena vista hacia la puerta y el interior.
Se quedó allí como si fuera perfectamente normal que una segunda Itachi, íntima y silenciosa, custodiara la autocaravana en camisón y bata mientras ellos salían al mundo exterior.
Glenn siguió mirándola un segundo más de lo necesario.
Después volvió la vista a la original.
—¿Alistarnos?
—preguntó.
—Sí.
Se prepararon rápido.
Glenn con ropa oscura, funcional, la katana que aún estaba aprendiendo a usar en la mano y la mochila ligera pero útil al hombro.
Itachi, una vez más, volvió a componerse hasta convertirse en esa visión perfecta y letal que el campamento ya empezaba a reconocer: traje negro con rojo, tocado en el cabello, maquillaje preciso, katana en mano, tacones imposibles que no parecían perder nunca estabilidad, belleza serena hasta lo insultante.
Salieron.
Cerraron.
Y caminaron hacia el centro de la cantera.
Itachi sintió de inmediato las miradas.
Las mismas del día anterior.
Las mismas, pero con algo más de tiempo para procesarla.
Más conciencia.
Más curiosidad.
Más irritación en algunos.
Más atención en otros.
Glenn también lo notó.
Shane ya se les estaba acercando cuando llegaron a la zona de la fogata.
—¿Van a partir?
—preguntó.
Glenn asintió.
—Sí.
Shane le dio dos bolsos más, lo bastante grandes como para cargar cosas útiles, no tan grandes como para que se volvieran un estorbo en una retirada rápida.
—Llenen estos también —dijo.
Glenn los tomó.
—Bien.
Itachi no habló.
Solo observó, luego giró un poco hacia Glenn, lo miró a los ojos apenas un segundo y ambos comenzaron a moverse.
Coordinados.
Cerca.
Como una unidad.
Glenn desplegó el mapa.
Itachi caminó a su lado sobre la grava del camino de salida con esa elegancia antinatural que no se alteraba ni siquiera en terreno irregular.
Cuando dejaron atrás la cantera y empezaron a caminar hacia el exterior, Glenn señaló algunos puntos en el mapa.
—Aquí podemos llegar primero —dijo—.
Y luego aquí.
Se refería a un pequeño pueblo en las afueras de Atlanta.
No el centro.
No el caos mayor.
Itachi asintió.
—Sí.
Revisaremos esos puntos primero.
Caminaron en silencio un tramo.
No necesitaban hablar para estar cómodos.
El ruido de sus pasos sobre grava y tierra.
El viento leve entre árboles.
El mapa en manos de Glenn.
La mano de Itachi cerca de la katana.
Todo tenía una armonía sobria que ya parecía natural entre ellos.
Cuando llegaron a las afueras del pueblo, Itachi disminuyó el ritmo.
—Observa primero —dijo—.
Entradas.
Salidas.
Rutas.
Glenn alzó la mirada desde el mapa y siguió la dirección que ella marcaba con la barbilla.
La calle principal era pequeña.
Un minisúper.
Una farmacia.
Un local viejo que podía ser tienda de música o empeños.
Una ferretería.
Algún restaurante ya muerto.
Vehículos mal abandonados.
Vidrios intactos en algunos sitios, rotos en otros.
Silencio pesado.
—No sabemos cuántos caminantes hay dentro de las tiendas —continuó Itachi.
—¿Y cómo hacemos?
—preguntó Glenn.
Itachi respondió sin apartar los ojos del entorno.
—Nunca pelees en un lugar cerrado.
Atráelos hacia afuera.
Si no salen, bien.
Pero si salen, prefieres estar en un lugar donde puedas moverte sin obstrucciones.
La frase quedó grabada en Glenn como parte de una lección mayor.
Itachi tomó una piedra pequeña y la lanzó contra la fachada lateral del minisúper.
El golpe seco resonó en el silencio del pueblo.
Después hizo un ruido más fuerte, golpeando la puerta metálica.
Esperaron.
Entonces salieron.
Cuatro caminantes.
Lentos.
Arrastrados.
Pero suficientes.
Itachi habló sin mirarlo: —Tres para mí.
El último, cuando yo termine, lo manejarás tú.
Glenn sintió un nudo rápido en el estómago.
No de terror puro.
De conciencia.
Iba a matar solo.
A uno.
Pero solo.
Itachi se movió primero.
La katana apareció y tres cuerpos dejaron de ser amenaza casi antes de que Glenn terminara de registrar el primer movimiento completo.
Uno.
Dos.
Tres.
Todo limpio.
Todo preciso.
Todo sin esfuerzo visible.
El cuarto quedó para él.
Glenn respiró.
Apretó la empuñadura.
El caminante avanzó.
Itachi se colocó cerca, lo bastante para intervenir si era necesario, no tanto como para robarle la acción.
Glenn lo supo.
Ella le estaba dando espacio real para hacerlo.
No lo estaba probando por crueldad.
Le estaba entregando el momento.
El primer movimiento de Glenn no fue elegante.
No fue perfecto.
Pero fue suficiente.
Corrigió el ángulo a tiempo, se movió, golpeó otra vez y, cuando el filo encontró por fin el punto correcto, el caminante cayó.
Su primer caminante.
Su primera muerte real en ese mundo.
Glenn se quedó mirándolo un segundo.
No sintió triunfo.
Sintió peso.
Peso y una especie de incredulidad quieta.
Itachi observó el resultado.
Luego a él.
Y asintió.
—Bien.
Una sola palabra.
Pero le bastó.
Entraron al minisúper después.
Se movieron con rapidez.
Glenn iba aprendiendo a mirar como ella le había enseñado: útil primero, peso después, fragilidad al final.
Latas.
Conservas.
Agua pequeña.
Baterías.
Linternas.
Cargadores.
No vidrio.
No cosas que se rompieran.
No objetos bonitos sin valor real.
Cuando Glenn fue a tomar un frasco de vidrio, Itachi habló de inmediato: —No.
Eso se quiebra.
Él asintió y lo devolvió.
Siguieron buscando.
No hacían acopio por ansiedad.
No vaciaban por vaciar.
Seleccionaban.
Llenaron una de las mochilas casi al tope con comida útil, ligera, durable.
Cuando terminaron, Itachi dijo: —Bien.
Ahora, farmacia.
Glenn asintió.
Pero antes de salir del minisúper, Itachi vio algo más.
Tarros de café.
Abrió la mochila de Glenn y metió tres con movimientos rápidos.
Glenn alzó la vista.
—Dos para nosotros —dijo Itachi—.
Uno para Dale.
Glenn la observó y luego sonrió apenas.
—Fue muy amable anoche.
Itachi asintió.
—Sí.
La farmacia requirió el mismo procedimiento.
Ruido afuera.
Esperar.
Confirmar salidas.
Eliminar caminantes.
Entrar.
Tomar lo útil.
Vendajes.
Analgésicos.
Alcohol.
Desinfectante.
Medicamentos básicos.
Gasa.
Guantes.
Termómetro.
Cosas pequeñas.
Nada de lujo.
Nada de peso inútil.
Mientras llenaban otra bolsa parcialmente, Glenn preguntó: —¿Y si no encontramos más paneles?
—Entonces usaremos lo que ya tenemos mejor —dijo Itachi—.
Pero primero buscamos.
Salieron.
Revisaron la ferretería.
Rebuscaron.
Movieron cajas.
Abrieron estantes.
Y, aunque no encontraron grandes sistemas, sí hallaron cuatro paneles solares pequeños, portátiles, lo bastante compactos como para cargar, lo bastante útiles como para sumar energía real a la autocaravana.
Medían aproximadamente lo que Itachi había anticipado: pequeños, funcionales, suficientes.
Ella los sostuvo un momento, evaluándolos.
—Creo que esto es suficiente.
Glenn asintió.
—Sí.
Itachi abrió la mochila personal de Glenn y los metió con cuidado junto con cables y conectores.
—Las herramientas no hacen falta —dijo Glenn—.
Ya las tenemos.
—Sí.
Entonces ahora, el tocadiscos.
La búsqueda del tocadiscos fue distinta.
Menos urgente.
Casi absurda al lado del resto.
Y, aun así, a Glenn le pareció una de las partes más extrañamente humanas del día.
Encontraron una tienda pequeña, medio abandonada, con discos viejos, aparatos portátiles, estantes desordenados y olor a cartón, polvo y nostalgia.
Itachi miró los objetos sin demasiada referencia emocional.
—No sé mucho de la música de este mundo —admitió.
Glenn sonrió un poco.
—Escogeré yo.
Y lo hizo.
Country.
Jazz.
Algo suave.
Algo clásico.
Algo que pudiera sonar por la mañana mientras ella cocinaba y él despertaba y el mundo, por unos minutos, parecía no haberse roto por completo.
Itachi lo observaba escoger con una atención tranquila.
No fingía interés que no tenía.
Lo desarrollaba a través de él, y eso a Glenn le gustó más de lo que debería haberle gustado.
El tocadiscos portátil fue a la mochila de Itachi.
Los discos, cuidadosamente elegidos, a otra sección.
Cuando terminaron, Itachi miró el peso de ambas mochilas, el estado del pueblo, la hora y la ruta de regreso.
—Bien —dijo—.
Es hora de volver.
Y Glenn, cansado, alerta, un poco más fuerte que esa mañana y todavía demasiado consciente de lo hermosa que se veía ella incluso en medio del saqueo calculado de un pueblo moribundo, asintió.
Habían salido por recursos.
Volvían con más que eso.
Con comida.
Con medicinas.
Con paneles solares.
Con música.
Y con la primera confirmación real de que Glenn podía matar y volver con vida.
Para Itachi, eso importaba.
Para Glenn, también.
Mucho más de lo que todavía sabía decir.
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