ojos carmesí - Capítulo 23
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23: Regreso con Provisiones.
23: Regreso con Provisiones.
Dale Horvath estaba vigilando el campamento cuando los vio regresar a la distancia.
No fue una visión borrosa ni una sospecha nacida del deseo de que volvieran.
Los vio con claridad suficiente desde su posición cerca de la autocaravana: dos figuras avanzando por el camino de grava, una un poco más alta, un poco más ancha de hombros, la otra recta, elegante, imposiblemente serena incluso desde lejos.
Glenn e Itachi.
Ambos cargaban sus mochilas personales al hombro y, además, las dos maletas que Shane les había dado al salir.
Y Dale, que había pasado demasiadas horas del día esperando malas noticias, sintió cómo algo dentro del pecho se aflojaba apenas.
No gritó con desesperación.
No hizo un escándalo.
Solo alzó la voz lo suficiente, clara, firme, para que el campamento lo oyera sin atraer demasiado ruido innecesario desde fuera de la cantera.
—Están de vuelta.
Aquello bastó.
La atención del campamento cambió de eje de inmediato.
Donde antes había pequeñas conversaciones sueltas, manos limpiando utensilios o gente ordenando cosas mínimas para matar el tiempo, ahora hubo movimiento.
Shane volvió el rostro.
Lori también.
Andrea y Amy alzaron la vista.
T-Dog dejó de hacer lo que hacía.
Merle se incorporó un poco más desde donde estaba.
Carol buscó a Sofía con la mirada antes de mirar al camino.
Incluso Daryl, que parecía no mirar nunca de frente lo que le importaba registrar, lo hizo.
Dale bajó de su autocaravana despacio y caminó hacia la zona de la fogata, reuniéndose con los demás mientras los recién llegados se acercaban.
Y cuando Glenn e Itachi estuvieron lo bastante cerca como para que el fuego y la luz de la tarde tardía los alcanzaran bien, la imagen se hizo todavía más impactante.
Itachi parecía tan limpia como cuando había partido.
No tenía polvo visible sobre el traje negro y rojo.
No tenía manchas.
No llevaba el caos pegado encima.
Caminaba sobre la grava con esa misma elegancia antinatural de siempre, la katana en una mano y la mochila sobre el hombro opuesto, como si el pueblo muerto y los caminantes no hubieran sido más que una interrupción breve dentro de una jornada cualquiera.
Glenn también se veía entero, aunque un poco más cansado.
El esfuerzo se notaba en la respiración apenas más profunda, en la sombra de agotamiento que el día le había dejado en el cuerpo.
Pero venía de pie.
Firme.
Volvía.
Y eso, por sí solo, ya era una clase de victoria en un mundo donde salir y regresar no era garantía de nada.
Además, caminaban en sincronía.
No exactamente igual, no como dos personas actuando conscientemente cada paso, pero sí con la coordinación real de quienes ya han aprendido el ritmo del otro.
Las manos que no llevaban carga sostenían las katanas.
Las otras cargaban las bolsas.
Y la sola visión de ambos regresando así, enteros, armados, funcionales, hizo que el campamento, aunque no lo admitiera en voz alta, empezara a percibirlos de una forma distinta a la del día anterior.
Ya no eran solo recién llegados.
Ya no eran solo la pareja hermosa y extraña de la autocaravana.
Ahora eran dos que habían salido… y habían vuelto.
Cuando estuvieron junto a la fogata, Glenn e Itachi dejaron las maletas al frente.
Shane habló primero.
—¿Todo bien?
Glenn asintió.
—Sí.
Amy, que todavía no había aprendido a esconder del todo la preocupación en ese mundo, preguntó enseguida: —¿Encontraron muchos caminantes?
Glenn respondió: —Sí.
Algunos.
Veinte en total, más o menos.
La reacción fue casi instantánea.
Varias respiraciones se cortaron.
Carl abrió más los ojos.
Amy frunció el ceño.
Carol apretó los labios.
Andrea miró de Glenn a Itachi con un interés mucho más agudo que el del día anterior.
—¿Están bien?
—volvió a preguntar Amy.
Glenn asintió otra vez.
—Sí.
Mi esposa se encargó de la mayoría.
De hecho, yo maté… unos tres.
Itachi, sin alterar la expresión del rostro, sin cambiar el tono, dijo con esa calma que ya empezaba a ser tan temible como fascinante: —Está mejorando.
Glenn la miró de reojo y sonrió apenas.
No era una broma.
No un consuelo.
Sabía ya que cuando Itachi decía algo así, lo decía en serio.
Por eso la frase, aunque breve, tuvo un efecto extraño sobre él: orgullo modesto, sí, pero también una sensación de estar siendo visto de verdad.
Shane bajó la vista hacia las bolsas.
—Bien.
Estas son las provisiones.
Itachi asintió.
—Sí.
Se repartirán equitativamente entre todos.
Glenn también lo confirmó.
—Sí.
Y justo cuando parecía que la conversación iba a mantenerse en ese carril funcional, Lori habló.
Lo hizo con una suavidad aparente que no ocultó el filo debajo.
—¿Y lo que llevan en sus mochilas?
—preguntó—.
¿Lo están acaparando?
El ambiente cambió.
No de forma explosiva.
De forma precisa.
Porque la acusación estaba disfrazada de pregunta, pero era acusación igual.
Y porque no venía de una preocupación inocente, sino de algo que llevaba rato creciendo en Lori: incomodidad, resentimiento, comparación, y la sensación agria de que Glenn e Itachi ocupaban dentro del grupo una posición cada vez más difícil de controlar.
Itachi la observó.
Y rodó los ojos.
Fue un gesto evidente.
Pequeño, pero evidente.
Tan claro que todos lo vieron.
No lo hizo como una adolescente caprichosa.
Lo hizo como alguien a quien acaba de resultar molesta una injusticia demasiado torpe.
Luego respondió: —En caso de que lo hiciéramos, tenemos derecho.
Lo dijo con verdad.
Sin brutalidad.
Sin levantar la voz.
Sin convertir la frase en insulto.
Y aun así dolió.
Dolió porque era cierto.
Porque Glenn e Itachi habían salido.
Habían peleado.
Habían arriesgado la vida.
Habían traído provisiones.
Y Lori no podía contestar a eso con una moralidad abstracta sin quedar en mala posición.
Itachi siguió, igual de directa: —Nosotros salimos ahí, a luchar, a arriesgarnos, para traer comida para todos.
No creo que tú seas capaz de hacer lo mismo.
No había crueldad innecesaria en la forma en que lo dijo.
Pero sí una sinceridad sin relleno.
Una verdad desnuda.
Y esa verdad le pegó a Lori justo donde más le dolía: en la distancia entre lo que ella quería poder exigir y lo que realmente estaba dispuesta o era capaz de ofrecer en aquel momento.
Nadie habló enseguida.
No porque no hubiera nada que decir.
Porque Itachi aún no había terminado.
Con una calma total, se acercó a la mochila personal de Glenn, la abrió y sacó uno de los tarros de café.
Se volvió hacia Dale y se lo entregó.
—Toma.
Dale la miró.
La sorpresa fue tan limpia que por un segundo se le suavizó completamente el rostro.
—No era necesario —dijo.
Itachi respondió sin teatralidad: —Solo quería.
Y ahí, en ese gesto mínimo, cambió el tono completo de la escena.
Porque no solo defendió su derecho a guardar cosas.
También mostró exactamente qué clase de persona era con aquello que decidía reservarse.
No codiciosa.
No mezquina.
No egoísta.
Simplemente dueña de su criterio.
Dale entendió el gesto de inmediato.
Comprendió que no venía de una necesidad de quedar bien ni de hacer política de grupo.
Venía de reconocimiento.
Él había sido amable la noche anterior.
Y ella, que no prodigaba afecto en palabras fáciles, pagaba la amabilidad con acciones.
Pero Itachi no había terminado.
Volvió a la mochila de Glenn, tomó uno de los cuatro paneles solares portátiles con su cable y se lo entregó también a Dale.
—Para tu autocaravana —dijo—.
Pensé que sería bueno para cargar los focos… las linternas.
No es mucho, pero sirve.
Dale bajó la vista al panel y luego volvió a alzarla hacia ella.
—Gracias —dijo esta vez, más serio.
Porque ya no era solo un detalle bonito.
Era utilidad real.
El panel, aunque pequeño, servía.
Y no solo para él.
Cualquier mejora en la autocaravana de Dale podía beneficiar indirectamente a otros.
Cargar linternas.
Mantener una radio viva.
Tener algo de luz si el campamento la necesitaba.
El gesto de Itachi había sido a la vez personal y práctico.
Dale lo entendió.
Shane también.
Entonces Itachi cerró la mochila de Glenn y miró otra vez a Lori.
—No me gusta tu veneno —dijo.
La frase cayó limpia, precisa, implacable.
No fue gritada.
No fue sobreactuada.
No fue histérica.
Y precisamente por eso pesó más.
Luego giró hacia Shane.
—Espero que todo sea repartido equitativamente.
Shane la observó.
Durante un instante, quizá demasiado largo, se quedó mirándola como si la frase se hubiera instalado dentro de él en varios niveles a la vez.
La parte del líder reconocía que ella tenía razón, otra vez.
La parte táctica entendía que había salido, había cumplido, había vuelto, había traído más de lo que prometió y, aun así, había conservado recursos personales sin egoísmo ciego.
La parte masculina, la parte de él que ya no lograba no sentirse atraída por Itachi incluso sabiendo que era la esposa de Glenn, la miraba con una fascinación cada vez más peligrosa: bella y letal, sí, pero también justa, directa, no codiciosa, no manipuladora de forma vulgar.
Cuanto más la veía, menos encajaba en una categoría que pudiera manejar con comodidad.
Asintió.
—Creo que así será.
—Bien —dijo Itachi.
Y entonces Shane encargó a Yaki que se ocupara del reparto.
Andrea y Amy también se acercaron a ayudar.
Era lógico.
Lo traído debía abrirse, revisarse, clasificarse, distribuirse sin generar disputas inmediatas.
Mientras Yaki se inclinaba sobre las maletas, Andrea y Amy empezaron a sacar cosas una por una.
Latas.
Conservas.
Agua.
Baterías.
Linternas.
Medicinas.
Vendajes.
Alcohol.
Desinfectante.
Analgésicos.
El grupo observaba.
Y, aunque nadie lo dijo todavía, todos comprendieron algo: las palabras de Itachi habían sido ciertas.
No había buscado discutir por placer.
No había luchado por dominar la fogata.
No había querido humillar a Lori por gusto.
Había defendido sus acciones, las de Glenn, y su derecho.
Después había sido amable con Dale.
Había sido útil con todos.
Había marcado un límite y, al mismo tiempo, había entregado algo que beneficiaba al grupo.
Eso tenía peso.
Mucho más que muchas sonrisas vacías.
Cuando todo quedó en manos de Yaki, Andrea y Amy, Glenn e Itachi se giraron y caminaron de regreso a la autocaravana, todavía con sus mochilas personales al hombro.
Abrieron.
Entraron.
Y allí estaba el clon.
Perfecto.
Sentado en calma.
Vigilando.
La visión seguía siendo ligeramente absurda incluso para Glenn, que ya había visto el kage bunshin aparecer esa misma mañana.
Pero al entrar y encontrar a otra Itachi dentro de la intimidad del RV, con la misma serenidad, el mismo cuerpo, el mismo rostro y el mismo silencio, el efecto volvió a golpearlo un segundo.
Itachi habló con su propia copia como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—¿Alguna novedad?
El clon negó.
—Bien —dijo la original.
Y el clon se dispersó.
El humo pequeño se deshizo en el aire del RV y Glenn se quedó un segundo observando el sitio donde había estado.
Todavía seguía maravillándolo.
Todavía seguía descolocándolo.
Y todavía seguía haciendo cosas indecentes con su corazón ver dos Itachis dentro del mismo espacio.
Mientras tanto, afuera, en la fogata, el campamento seguía reunido alrededor de las provisiones.
Y allí, donde ya no estaban Glenn ni Itachi para controlar la conversación, empezaron a emerger las observaciones reales, los juicios, las molestias, la fascinación, las defensas, los orgullos heridos.
Lori fue la primera en explotar, aunque no del todo en voz alta al principio.
Sentía la humillación todavía caliente bajo la piel.
La palabra veneno le había caído como una bofetada.
No porque no supiera que había sido venenosa.
Lo sabía.
Precisamente por eso dolía más.
Porque la habían visto.
Porque Shane no la había defendido.
Porque Glenn, un muchacho al que hasta hacía unos días quizá habría considerado apenas útil para mandados, se había parado firme frente a ella sin temblar.
Porque Itachi había hablado con una seguridad y una legitimidad que Lori no había podido romper.
Y porque, encima de todo, el grupo ahora tenía una razón concreta para admirarla.
—No tenía que hablarme así —murmuró Lori, más para sí que para el resto.
Pero Andrea la oyó.
—Tampoco tenías que decir lo que dijiste —respondió, sin dureza innecesaria, pero sin regalarle una salida.
Lori la miró, irritada.
—Solo hice una pregunta.
Andrea alzó apenas una ceja.
—No.
Hiciste una acusación disfrazada de pregunta.
Amy, que seguía ayudando con el reparto, miró a Lori y luego a Andrea, incómoda pero sin contradecir a su hermana.
También ella había sentido que Lori había ido demasiado lejos.
Y más después de ver lo que Glenn e Itachi habían traído.
Yaki seguía sacando objetos, clasificándolos con ayuda de ambas.
—Esto va con las medicinas.
—Esto al montón de las latas.
—Las linternas aquí.
—Las baterías al lado.
Dale, mientras tanto, sostenía aún el tarro de café y el pequeño panel solar, como si siguiera pesando en ellos el gesto entero de Itachi.
Shane se acercó un poco más.
—Te cayó bien rápido —murmuró Shane.
Dale soltó una respiración baja, casi divertida.
—No me “cayó bien rápido”.
Vi lo que hizo.
Shane no respondió enseguida.
Dale siguió, mirando el panel.
—Hay gente que te sonríe y no te da nada.
Hay gente que te contradice y luego te entrega algo útil.
Yo sé cuál de las dos me parece más confiable de momento.
Shane bajó apenas la vista.
La frase le gustó menos de lo que debería, porque era verdad.
Lori, que seguía tensa, volvió a hablar, esta vez con esa mezcla amarga entre defensa herida y necesidad de no quedar sola en el error.
—Ella se cree demasiado.
Fue Carol quien, para sorpresa de casi todos, respondió primero.
Su voz fue baja.
Casi insegura.
Pero salió.
—No creo que sea eso.
Todos la miraron.
Carol bajó apenas la vista, pero continuó.
—Creo que… solo sabe quién es.
El silencio posterior fue breve.
Pero significativo.
Porque Carol casi nunca intervenía.
Y, cuando lo hacía, no era para tomar partido con esa claridad.
Ed soltó un sonido áspero desde donde estaba.
—Claro.
Ustedes encantadas con la princesa samurái.
La frase llevaba veneno propio.
Daryl, apoyado a cierta distancia, lo oyó y bufó apenas por la nariz.
Merle soltó una risa corta, desagradable, pero no añadió mucho más.
Ambos, sin embargo, estaban pensando cosas distintas.
Merle seguía irritado de una manera vulgar.
Le gustaba mirar a Itachi, sí, pero la imposibilidad de reducirla a un objeto pasivo lo llenaba de una incomodidad que disfrazaba con desprecio.
No le gustaban las mujeres que no entraban fácil en las bromas sucias.
Menos aún las que podían abrirle la garganta antes de que acabara la frase.
Daryl, en cambio, estaba pensando más en la salida.
En que habían vuelto.
En que el muchacho había dicho que mató tres.
En que ella se encargó del resto.
En que no parecían haber mentido al respecto.
Y eso, para él, valía más que toda la belleza del mundo.
Andrea también pensaba en la utilidad.
—¿Veinte?
—murmuró hacia Amy mientras ambas ordenaban latas—.
Si el chico mató tres de verdad, entonces no es solo un marido bonito detrás de ella.
Amy la miró.
—No creo que lo sea.
Andrea asintió apenas.
—No.
Pero ella… —dejó la frase sin terminar.
No necesitaba.
Amy sabía.
Todos sabían ya.
Itachi no era solo hermosa.
No era solo extraña.
No era solo refinada.
Era peligrosa.
Útil.
Preparada.
Segura.
Y eso alteraba el equilibrio del campamento más de lo que Shane quería admitir.
Shane lo sentía con claridad.
Mientras observaba a Yaki distribuir y a Andrea y Amy ayudar, mientras escuchaba el ruido pequeño de las latas acomodadas y las conversaciones bajas alrededor, no podía dejar de pensar en Itachi.
En cómo había llegado.
En cómo había hablado.
En la forma exacta en que había defendido a Glenn.
En la forma en que había protegido sus recursos sin caer en avaricia.
En la seguridad de su cuerpo.
En sus tacones sobre la grava.
En la katana.
En la cara de Lori cuando la llamó venenosa.
En la manera en que ella no había necesitado alzar la voz para imponerse.
Y sí, se sentía cada vez más atraído.
Lo sabía.
Y también sabía lo mal que venía eso en aquel momento, con Lori a pocos pasos, con la cantera como refugio precario, con el mundo roto, con un grupo que dependía de él, al menos por ahora.
Pero la atracción no desaparecía solo porque fuera inoportuna.
Al contrario.
Crecía precisamente porque Itachi no le daba nada fácil.
No lo buscaba.
No lo complacía.
No giraba hacia él como otras personas hacían hacia quien detentaba la autoridad del momento.
Lo había obligado a conceder con lógica.
Y eso, para Shane, era más potente que el simple deseo.
Dale, por su parte, observaba el conjunto con otra clase de preocupación.
No le interesaba la tensión masculina de Shane ni las heridas narcisistas de Lori.
Le interesaba el grupo.
La forma en que nuevas presencias reconfiguran lo que ya se estaba formando.
Y veía con claridad que Glenn e Itachi no eran simples incorporaciones.
Eran una fuerza propia.
Una pareja con recursos, con límites, con movilidad, con hogar independiente, con capacidad de pelea y con una lógica interna que el campamento no iba a romper fácilmente.
Y eso podía ser excelente.
O peligroso.
O ambas cosas a la vez.
Yaki siguió repartiendo.
Shane se acercó lo bastante como para supervisar, pero no tanto como para parecer controlador en exceso.
—Asegúrate de que todos reciban algo —dijo.
—Lo estoy haciendo —respondió Yaki sin molestia.
Andrea le pasó una pequeña bolsa de analgésicos.
Amy colocó las linternas aparte.
Dale sostuvo el panel solar bajo el brazo.
Lori permaneció callada demasiado tiempo, atrapada entre el orgullo herido y la conciencia de que insistir más la dejaría peor.
Carol recogía en silencio lo que le tocaba.
Carl observaba todo con los ojos atentos de quien está aprendiendo más de los adultos en un fin del mundo que en cualquier escuela.
Ed seguía mascullando.
T-Dog ayudaba donde hacía falta.
Merle fumaba.
Daryl miraba.
Y la cantera, alrededor de la fogata, seguía descubriendo algo que todavía no sabía nombrar: que Glenn e Itachi no habían llegado para diluirse dentro del grupo.
Habían llegado como una unidad completa.
Con casa.
Con historia.
Con límites.
Con recursos.
Con fuerza.
Y eso, más temprano que tarde, iba a obligar a todos a posicionarse respecto a ellos.
Dentro de la autocaravana, mientras el clon ya se había dispersado y el pequeño mundo privado volvía a cerrarse sobre ambos, Glenn dejó las mochilas y exhaló largo.
Habían vuelto.
Habían traído mucho.
Habían cruzado la fogata y el juicio de los demás.
Y ahora, otra vez, estaban puertas adentro.
Pero afuera, alrededor del fuego, el campamento seguía hablando de ellos.
Y seguiría haciéndolo.
Porque a veces basta un solo regreso con provisiones, una sola discusión bien ganada y una sola mujer imposible para alterar el corazón entero de un refugio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com