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ojos carmesí - Capítulo 24

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24: Lo que ven cuando los miran.

24: Lo que ven cuando los miran.

Cuando Glenn e Itachi estuvieron solos dentro de la autocaravana nuevamente, con la puerta cerrada a sus espaldas y el murmullo del campamento reducido a un rumor lejano, el aire pareció cambiar de textura.

Afuera seguían existiendo la cantera, la fogata, las miradas, Shane Walsh, Lori, Merle, el hambre, la necesidad de repartir y de fingir una clase de normalidad que nadie sabía realmente cómo sostener.

Pero adentro, dentro de aquel espacio que ya era suyo, el silencio volvía a pertenecerles.

No era un silencio vacío.

Era un silencio cálido, doméstico, casi sagrado en comparación con el resto del mundo.

Las mochilas fueron puestas primero sobre la mesa.

Las katanas quedaron apoyadas al lado, con el respeto natural que ambos ya les tenían, como si incluso al descansar siguieran formando parte del cuerpo y de la vida.

El polvo del camino, del pueblo, de la grava y de las entradas y salidas fue retirado con un trapo húmedo y agua limpia.

Glenn se limpió el rostro, el cuello, las manos, los antebrazos.

Itachi hizo lo mismo con esa precisión suya que volvía incluso el gesto más simple una ceremonia de orden.

Después, ella sirvió un vaso de agua para Glenn y otro para sí misma.

Bebieron.

El agua estaba fresca.

No fría del todo, pero sí suficiente para sentirse casi lujosa después de la caminata, de los caminantes, de la carga de las mochilas, de la tensión social del regreso y de la fogata.

Itachi lo observó entonces, con el vaso aún en la mano, y dijo con la misma sobriedad con la que siempre decía las cosas importantes: —Lo hiciste bien hoy.

Glenn sonrió.

No una sonrisa social.

No una sonrisa para el campamento.

Una sonrisa real, nacida solo para ella, limpia, cansada y feliz de haberle oído eso.

Porque seguía siendo así de simple: cuando Itachi decía algo, Glenn le daba peso.

No porque ella fuera infalible para él, aunque a veces sintiera que lo era, sino porque nunca hablaba por hablar.

Si decía que lo había hecho bien, entonces lo había hecho bien.

—Gracias —dijo.

Y enseguida, porque el pensamiento ya lo traía desde la ferretería, añadió: —Deberíamos instalar los paneles.

Itachi asintió.

—Sí.

Entonces comenzaron.

Trabajaron juntos dentro del RV con la clase de coordinación que cada día se volvía menos novedad y más costumbre.

Glenn sostuvo herramientas, cables, conexiones, mientras Itachi evaluaba dónde fijar mejor cada cosa para maximizar la carga sin desperdiciar espacio ni eficiencia.

Los paneles quedaron integrados con el sistema de la autocaravana, conectados con un orden limpio, firme, útil.

No era una instalación torpe.

No parecía algo improvisado por el desastre.

Parecía el tipo de mejora que habría hecho una pareja obsesivamente práctica antes de salir de viaje, como si de verdad hubieran tenido meses de vida compartida allí dentro en vez de solo días.

El tocadiscos encontró también su lugar.

Quedó precioso.

Pequeño, discreto, con algo casi ridículamente doméstico en su presencia entre la madera cálida, los gabinetes bien cerrados, el pequeño refrigerador, la cafetera, el microondas, las luces del techo y la sensación envolvente de hogar que aquella autocaravana había adquirido.

El interior se veía como la imagen de una vida real: sofás claros, madera pulida, una mesa donde podrían desayunar, un rincón donde la música ahora tendría un sitio, la cocina funcional, el refrigerador activo, la cama al fondo como una promesa constante de descanso compartido.

Un lugar bello no por lujo inútil, sino porque estaba vivo.

Porque ellos lo estaban llenando con intención.

Cuando terminaron, se quedaron ambos observando alrededor.

La luz eléctrica funcionando.

El refrigerador activo.

La cafetera lista.

El microondas utilizable.

El tocadiscos en su sitio.

Los paneles conectados.

El vagón de cultivo sostenido también por el sistema.

Itachi dijo, como quien emite un juicio técnico después de comprobar una estructura: —Es eficiente.

Glenn la miró, sonrió otra vez y respondió: —Sí.

Nos permite usar el microondas, la cafetera, el tocadiscos e incluso el refrigerador y las luces que alumbran toda la autocaravana.

Itachi volvió la vista al sistema instalado y añadió con el mismo tono sereno: —Tres de ellos son suficientes para toda la autocaravana, además de los que ya están conectados al vagón de cultivos.

Glenn asintió.

Miró alrededor otra vez.

El sitio seguía pareciéndole demasiado correcto para el fin del mundo.

—Me gusta esto —dijo.

Y la frase salió con una sinceridad simple que hizo que Itachi girara los ojos hacia él.

—Lo que construimos.

Tú y yo.

Itachi lo observó mientras él contemplaba el interior con esa mezcla de orgullo, alivio y apego creciente que ella ya sabía leer casi sin esfuerzo.

Y algo en la quietud de ese momento —la autocaravana funcionando mejor, el vagón vivo detrás, los paneles ya instalados, el tocadiscos listo, el campamento afuera, ellos dos adentro— pareció llevarla otra vez a ese espacio donde la necesidad práctica y el gesto íntimo se tocaban.

Se acercó.

Tomó entre sus manos las dos mejillas de Glenn y, poniéndose de puntillas —porque incluso con tacones seguía siendo apenas más baja que él— le hizo inclinar un poco la cabeza.

Y besó su frente otra vez.

El cuerpo de Glenn reaccionó con la misma intensidad absurda y total de la noche anterior.

El corazón le golpeó el pecho con una fuerza completamente desproporcionada para un gesto tan simple.

Pero no era simple.

No para él.

No cuando venía de ella.

No cuando el espacio entero parecía decir esto es nuestro.

—Tú y yo —dijo Itachi.

Glenn sonrió, mirándola como si una parte de él todavía no pudiera creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad.

—Sí —dijo—.

Tú y yo.

Luego guardaron las mochilas en uno de los cajones.

Pusieron las katanas en su lugar.

Todo volvió a ordenarse.

El orden, para ambos, ya era parte del descanso.

—Deberíamos salir —dijo Glenn.

Itachi asintió.

—Sí.

Cerraron.

Bajaron.

Y caminaron hacia los troncos cercanos a la fogata.

Dale ya estaba sentado allí, esperando la caja de ración que le correspondía.

Jaqui —no Jackie, sino Jaqui— con ayuda de Andrea y Amy había terminado de racionarlo todo.

El trabajo se notaba en las pequeñas cajas distribuidas, una para cada unidad o grupo, cada familia improvisada, cada combinación de adultos y niños que esa cantera intentaba reconocer como una estructura viable.

Glenn se sentó al otro lado del tronco, cerca de Dale.

E Itachi, esta vez sin preguntar, se sentó directamente en el regazo de Glenn.

El corazón de Glenn latió fuerte.

No fue un sobresalto puro.

Fue reconocimiento, deseo, ternura, sorpresa feliz, todo junto.

La mano de Glenn rodeó la cintura de Itachi casi automáticamente.

La acercó más a él con esa facilidad instintiva que parecía decir sin palabras: perteneces aquí, conmigo, sobre mí, a mi lado, como tú quieras, pero aquí.

Itachi sintió el significado de ese gesto en la forma en que su brazo la sostuvo, en la firmeza contenida, en la falta total de vacilación.

No se movió.

No se apartó.

Solo se acomodó con naturalidad, como si esa también pudiera ser una costumbre.

Mientras Glenn y Dale hablaban, Glenn preguntó por el panel.

—¿Ya lo instalaste?

Dale soltó una exhalación baja, casi divertida.

—Todavía no.

No sé muy bien cómo hacerlo, pero lo averiguaré.

Glenn asintió.

—Mañana te ayudo.

Dale le devolvió una mirada agradecida.

—Te lo agradecería.

En eso Jaqui se acercó con la caja de provisiones de Glenn e Itachi.

—La puse junta —dijo—.

Las cosas de ambos.

Pensé que era más fácil.

Itachi la observó, luego abrió la caja, comprobó el contenido con una revisión rápida, exacta, y asintió.

—Sí.

Glenn tomó la caja y la dejó a un lado de ambos.

Alrededor de la fogata, el resto del campamento también revisaba sus cajas.

Una familia improvisada abría latas.

Otra separaba agua.

Un hombre joven revisaba linternas.

Alguien buscaba algo de abrigo.

Dale observó lo que le había tocado a él y luego guardó con cuidado el café que Itachi le había dado aparte.

Andrea y Amy ya estaban también con su parte.

Lori con Carl.

Carol con Sofía.

Morales con su familia.

T-Dog revisando en silencio.

Merle con la expresión agria de quien siempre cree recibir menos de lo que merece.

Daryl apartando solo lo básico.

Andrea alzó la vista hacia Glenn e Itachi.

—¿Irán mañana otra vez?

—No —dijo Glenn.

Shane, que estaba lo bastante cerca para oírlo todo, volvió el rostro hacia ellos enseguida.

—¿Por qué?

Itachi respondió esta vez.

—Descanso corporal.

Trajimos suficientes cosas para unos días.

Es ineficiente cansar el cuerpo si no es necesario.

Glenn lo desarrolló.

—Un día de descanso, un día de trabajo.

De nada nos sirve salir afuera si estamos sobrecargados.

Es más un riesgo que una buena estrategia.

Shane lo pensó un segundo y asintió.

—Tienen razón.

Y eso, otra vez, tuvo un efecto en el grupo.

No porque Shane cediera sin importancia.

Porque cada vez que Shane aceptaba su lógica, Glenn e Itachi ganaban más peso.

El campamento empezó a llenarse de conversaciones serenas, pequeñas, fragmentadas, no porque la gente estuviera realmente bien, sino porque necesitaba sostener una apariencia mínima de humanidad.

Hablar de lo que hicieron durante el día.

De la ropa que lavaron.

De quién pescó.

De quién fue por agua.

De quién patrulló el borde.

De qué encontraron en el lago.

De cómo vigilaron la cantera.

De qué niños no quisieron dormir la siesta.

De cuántas mantas quedaban limpias.

De si la radio seguía diciendo algo útil.

Cada uno, dentro de su caja de provisiones, trataba de construir con palabras la ficción de que seguían teniendo una vida más o menos organizada.

Glenn, mientras tanto, seguía sosteniendo a Itachi en su regazo, las manos sobre su cintura estrecha.

Itachi hablaba en susurros, apenas para que ambos se oyeran.

—¿Qué opinas del campamento?

Glenn bajó un poco la voz también.

—No me gusta Lori.

Itachi observó el fuego.

—Lo sé.

—No es que quiera hablar mal de ella —murmuró Glenn—, pero la forma en que exige, la forma en que mira, la forma en que intentó acusarnos… no me gusta.

Itachi la había analizado desde la llegada.

—Es insegura.

Está frustrada.

Y quiere recuperar control donde puede.

Glenn apretó apenas la cintura de Itachi.

—Tampoco me gustan las miradas que recibes.

Itachi no preguntó de qué miradas hablaba.

Ya sabía.

—Shane.

Merle.

Ed —murmuró Glenn—.

Algunas son codiciosas.

Algunas interesadas.

Algunas… vulgares.

No me gusta.

Realmente no me gusta.

Itachi volvió apenas el rostro hacia él.

—No me amenazan.

No me interesan.

—No es correcto —dijo Glenn, y la sinceridad con que lo dijo hizo que Itachi se quedara en silencio un segundo.

—Lo sé —respondió al fin.

Y mientras ellos hablaban así, como una pareja de esposos recién casados en apariencia, los demás observaban la cercanía, la armonía, la confianza que había entre ambos.

No oían el contenido.

Pero veían mucho.

Dale los observaba con la clase de serenidad melancólica de quien ya había vivido un amor largo, había perdido a una esposa y sabía reconocer qué partes de un vínculo son actuación y cuáles no.

No se tragaba todo sin pensar, pero sí sabía que había algo auténtico entre ellos.

La forma en que Glenn la sostenía.

La naturalidad con que ella se sentó en su regazo.

El modo en que ninguno parecía forzar el contacto.

Le recordaba algo que extrañaba demasiado como para nombrarlo.

Andrea miraba con atención analítica.

No le interesaba solo la imagen romántica.

Le interesaba lo que esa intimidad revelaba como estructura.

No eran débiles.

No eran frágiles.

Funcionaban mejor juntos.

Se movían como una unidad.

Y eso, en un campamento naciente, los convertía en algo valioso y también incómodo.

Andrea veía cómo Shane los registraba, cómo Lori se endurecía cada vez que volvía la vista hacia ellos, cómo Merle no lograba dejar de mirar a Itachi.

Y comprendía que esa pareja se estaba volviendo un centro de gravedad más rápido de lo que el grupo estaba preparado para aceptar.

Amy los miraba de otra forma.

Para ella seguían siendo, sobre todo, la pareja nueva.

Hermosos.

Un poco misteriosos.

Inusuales.

Pero tiernos también.

Ver a Itachi sentada sobre Glenn, ver cómo él la rodeaba con el brazo sin esfuerzo, ver las pequeñas inclinaciones de sus cabezas al hablar en susurros, le producía una especie de esperanza ingenua y suave.

Como si el mundo todavía permitiera algo bonito.

Lori los observaba con la mandíbula tensa.

No podía evitarlo.

Cada vez que Shane volvía la mirada en dirección a Itachi, Lori lo veía.

Cada vez que Glenn e Itachi parecían más unidos, más sólidos, más seguros de su propio espacio y de su vínculo, Lori sentía un pinchazo agrio dentro del pecho.

No era solo celos de mujer.

Era comparación.

Ella veía a Itachi bella, fuerte, letal, segura, sin mendigar aprobación, sin bajar la cabeza, sin depender de nadie para existir, y veía a Glenn dispuesto a sostenerla con una devoción que ya casi no ocultaba.

Y eso le molestaba porque hacía aún más visible todo lo que no podía nombrar sobre Shane y sobre sí misma.

Merle los observaba con desagrado y deseo mal disimulado.

Itachi le parecía demasiado hermosa para no seguir mirándola, y demasiado fuera de su alcance como para no irritarlo.

La posición en el regazo de Glenn, además, lo incomodaba.

No porque le importara la moral.

Porque le recordaba que esa mujer estaba colocándose abiertamente en un lugar donde él no podía entrar.

T-Dog los miraba con menos emoción y más sentido común.

Veía una pareja funcional, trabajadora, que salía, volvía y no armaba escándalos inútiles.

Eso, en medio del fin del mundo, le parecía más valioso que muchas otras cosas.

Morales observaba desde su lugar con el tipo de atención de un hombre de familia.

Veía la cercanía y pensaba menos en deseo o comparación y más en lo que significaba tener a alguien así al lado: un punto fijo.

Un compañero.

Un hogar dentro de la crisis.

Lo comprendía.

Lo respetaba.

Daryl, apoyado a cierta distancia, no los romantizaba, pero sí registraba su química con una nitidez casi animal.

Se movían juntos.

Eso era lo que importaba.

La mujer era peligrosa, sí.

El muchacho estaba aprendiendo, sí.

Pero juntos se volvían otra cosa.

Daryl reconocía esa clase de cosa.

No confianza frágil.

Confianza de verdad.

Shane los miraba con una mezcla cada vez más problemática.

El líder en él veía utilidad.

El hombre en él veía belleza, poder y una atracción que no estaba sabiendo enterrar.

Ver a Itachi sentada en el regazo de Glenn, sostenida así, tranquila, tan claramente cómoda en ese lugar, le provocó una molestia sorda, irracional.

No porque tuviera derecho alguno.

Precisamente porque no lo tenía.

Y eso lo volvió aún más consciente de ella.

Carl preguntó entonces, desde el otro lado del fuego, con esa mezcla extraña de miedo y fascinación que solo tienen los niños cuando el horror todavía no les ha robado del todo la curiosidad: —¿En serio mataron tantos caminantes hoy?

Itachi volvió la mirada hacia él y asintió.

Glenn respondió también.

—Sí.

Pero son muy feos y dan miedo… y son difíciles de matar.

Carl abrió más los ojos.

Y entonces Itachi dijo, con una sinceridad tan directa que para muchos resultó casi absurda al compararla con el pánico que ellos sentían ante uno solo: —No lo son.

Solo en la cabeza.

Un golpe y basta.

El silencio que siguió duró un segundo de más.

Porque escuchar a alguien hablar así de matar caminantes, con esa naturalidad casi simple, como si hablara de partir leña o cortar fruta, resultaba desconcertante.

Para el grupo, un caminante todavía era terror.

Un monstruo.

Un recordatorio de que el mundo había muerto.

Para Itachi, un caminante era ya una variable técnica.

—Fácil decirlo —masculló Merle desde algún lugar.

Itachi no se volvió hacia él.

—Más fácil hacerlo cuando dejas de entrar en pánico —dijo simplemente.

Daryl soltó apenas una exhalación por la nariz.

Shane la miró otra vez.

Glenn sonrió un poco sin quererlo, porque seguía siendo así: Itachi decía lo más duro con la voz de quien simplemente describe la gravedad.

Las conversaciones continuaron.

Dale comentó que había pasado buena parte del día revisando el motor de la autocaravana y vigilando.

Amy contó que había ayudado con el racionamiento y con agua.

Andrea mencionó la pesca, aunque con pocos resultados.

Morales habló de haber limpiado y asegurado una de las zonas.

T-Dog comentó sobre patrullas cortas.

Carol dijo poco, pero admitió que había lavado ropa y cuidado a Sofía.

Lori habló del almuerzo y de Carl, más seca que el resto.

Ed se quejó de cosas menores.

Merle fanfarroneó un poco.

Daryl dijo casi nada.

Jaqui mencionó que había organizado provisiones y ayudado a clasificar medicinas.

En medio de todo eso, Glenn e Itachi siguieron hablando por debajo de las voces.

No solo del campamento.

También de los ritmos.

De cómo integrarse sin ceder demasiado.

De cómo sostener el espacio propio.

De quiénes podrían volverse problemas.

De quiénes podrían ser útiles.

De a quiénes ayudar sin abrir demasiado la puerta.

Y siempre, entre los susurros, quedaba también otra cosa: la sensación visible para todos de que se entendían sin esfuerzo.

Como si las pausas les pertenecieran.

Como si el mundo roto alrededor no pudiera romper la pequeña armonía que ambos seguían construyendo.

La fogata ardía.

Las cajas de provisiones se iban abriendo.

Las latas se preparaban.

La noche avanzaba.

La cantera intentaba parecer un hogar.

Y allí, en uno de los troncos cercanos al fuego, con Itachi sentada en el regazo de Glenn y la mano de él afirmada sobre su cintura, todos podían ver algo que quizá no sabían explicar, pero que ya intuían: no era solo una pareja nueva.

No era solo un matrimonio en luna de miel interrumpida por el fin del mundo.

Era algo más firme.

Más difícil de mover.

Más importante de lo que parecía.

Y eso, dentro de un grupo aún frágil, nunca pasaba desapercibido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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