ojos carmesí - Capítulo 25
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
25: La costumbre de volver al otro.
25: La costumbre de volver al otro.
Itachi seguía sentada en el regazo de Glenn cuando, en medio del murmullo del campamento y del crujir constante de la fogata, volvió apenas el rostro hacia él.
No fue un movimiento grande.
Apenas una inclinación mínima, lo suficiente para estudiar su expresión de cerca, para ver el efecto que la cercanía ya tenía sobre él incluso sin necesidad de tocarlo más de lo que ya lo estaba tocando.
Glenn la observaba con esa mezcla suya de devoción, nervios y una ternura cada vez menos disimulada.
Y entonces Itachi, sin anunciar nada, besó suavemente la mandíbula de Glenn.
Fue un roce breve.
Un gesto pequeño.
Pero para Glenn fue devastador.
Todo su cuerpo reaccionó como si la piel hubiera recibido una descarga directa de calor.
El corazón se le disparó con una fuerza absurda, alegre, desordenada, tan visible en su respiración que Itachi no necesitó mirarlo dos veces para saber exactamente lo que había provocado.
Luego murmuró, todavía cerca de su rostro: —Deberíamos ir a descansar, mi amor.
Las manos de Glenn, que seguían en la cintura de Itachi, se tensaron de inmediato, apretándola un poco más contra él.
La miró con una mezcla de incredulidad divertida y rendida.
—Vas a hacerlo a propósito.
Itachi sostuvo su mirada, impasible de una forma que solo ella podía conseguir.
—No sé de qué hablas —murmuró—.
Pero deberíamos ir a descansar.
Glenn negó con una sonrisa suave, cansada y feliz.
La conocía lo suficiente como para saber que sí, que probablemente entendía demasiado bien lo que le hacía.
Y al mismo tiempo no la conocía tanto como para saber hasta dónde sus gestos eran estrategia, costumbre naciente o algo todavía más profundo que ninguno de los dos había terminado de nombrar.
Itachi se levantó primero.
Después Glenn se puso de pie también y tomó la caja de ración que les habían repartido.
Caminaron juntos de regreso a la autocaravana, cruzando la cantera bajo la luz cambiante del fuego y la oscuridad creciente de la noche.
A sus espaldas quedaron las conversaciones del grupo, las latas abriéndose, los ojos que aún se desviaban hacia ellos, la curiosidad, la comparación, la atención incómoda de algunos hombres y el silencio más reflexivo de otros.
Cuando llegaron al RV, Glenn abrió.
Itachi entró.
Luego él entró detrás de ella, cerró la puerta y la enllavó.
El sonido del seguro cerrándose tuvo algo profundamente íntimo.
No solo porque los separara del campamento.
Porque marcaba, una vez más, el retorno a lo suyo.
Dentro de la autocaravana, el calor suave de las luces y de la madera los recibió como una extensión natural del cuerpo.
Dejaron la caja de suministros sobre la mesa y comenzaron a ordenarlo todo.
Glenn sacaba latas y las clasificaba por tamaño y tipo.
Itachi decidía qué iba en cada gabinete, qué debía quedar más accesible, qué podía ir al refrigerador, qué cosas convenía guardar para el día siguiente.
El trabajo fue tranquilo, casi doméstico en su plenitud.
Una pareja organizando su comida al volver del día.
Una escena que habría sido completamente normal en otra vida y que, precisamente por eso, a Glenn le golpeaba el pecho de una manera cada vez más profunda.
Cuando terminaron de guardar la mayor parte, escogieron algo de lo recibido y lo complementaron con verduras del huerto del vagón.
Tomates frescos.
Un poco de hojas verdes.
Alguna zanahoria.
Algo ligero, pero suficiente.
Itachi preparó la cena con la misma eficiencia elegante de siempre, mientras Glenn la ayudaba sin necesidad de grandes instrucciones.
Y esta vez, por primera vez desde que habían traído el aparato, encendieron el tocadiscos.
El sonido fue suave al principio.
Una ligera estática.
Luego música.
No demasiado alta.
Solo lo suficiente para llenar la autocaravana con una calidez nueva.
Glenn no había exagerado cuando dijo que la música para las mañanas y las noches sería buena.
En cuanto empezó a sonar, el espacio pareció completarse de otro modo.
Ya no era solo funcional.
Ya no era solo refugio.
Era hogar.
Cenaron juntos.
Con calma.
Sin necesidad de llenar el silencio con demasiadas palabras.
La música hacía parte del trabajo.
El sonido del cubierto.
La luz cálida.
El movimiento preciso de Itachi.
La sensación de que, por unos minutos, el fin del mundo estaba lejos, muy lejos, y solo quedaban ellos dos dentro de ese espacio que habían construido a fuerza de orden, riesgo y promesas.
Cuando terminaron, lavaron los trastos.
Todo volvió a quedar limpio.
En orden.
Cálido.
Vivo.
Después se cambiaron.
Glenn volvió a su camisa de algodón y a su pantalón de chándal.
Itachi se cambió a su camisón negro de seda y a la bata del mismo tono.
El cabello volvió a caerle suelto por la espalda, largo y oscuro, y Glenn tuvo otra vez esa sensación completamente posesiva, completamente irracional y completamente feliz de que esa versión de ella —íntima, descalza, silenciosa, no hecha para el campamento sino solo para el interior de la autocaravana— le pertenecía de una forma que ninguna otra imagen de Itachi podría pertenecerle jamás.
Cuando terminaron de organizar todo y las luces quedaron más bajas, se metieron en la habitación.
Allí el mundo siempre parecía reducirse a lo esencial.
Glenn la observó un momento.
Luego tomó suavemente una de las manos de Itachi, la acercó a sus labios y la besó.
El gesto fue lento.
Consciente.
Lleno de algo más grande que gratitud simple.
—Gracias por hoy —dijo.
Itachi lo observó con atención silenciosa y dejó escapar un murmullo bajo, apenas un mmm, como si la palabra ya le hubiera dicho suficiente.
Hablaron entonces de cosas pequeñas, casi sin importancia y, precisamente por eso, valiosas.
El día.
La caminata.
El peso de las mochilas.
El tocadiscos.
El café para Dale.
El panel que había quedado instalado.
El modo en que la cantera olía distinto de noche.
Lo cansado que estaba Glenn de los hombros.
El hecho de que los tacones de Itachi, de alguna forma absurda, no parecieran molestarle nunca.
Y luego Glenn preguntó, con el tono de quien ya espera que la mañana siguiente tome forma a través de la mente de ella: —¿Qué haremos mañana?
Itachi pensó solo un segundo.
—Bueno —dijo—, estaba pensando que podríamos lavar la ropa y rellenar el tanque de agua de la autocaravana.
Glenn asintió enseguida.
—Suena como una buena idea.
Itachi continuó.
—Y conseguir un poco de pescado en el río.
Almorzar pescado asado.
Glenn sonrió.
—Mhm.
Me gusta cómo suena eso.
—Después —añadió Itachi— podrías ayudar a Dale a instalar el panel solar.
Glenn volvió a asentir.
—Sí.
Itachi inclinó apenas la cabeza.
—Podemos hacer eso después del desayuno y lo demás a lo largo del día.
Glenn llevó la mano de Itachi otra vez a sus labios y la besó de nuevo.
No con ansiedad.
Con ternura.
Con una gratitud cada vez más llena de algo que ya no tenía sentido seguir llamando solo cariño.
Itachi lo observó.
Luego, de pronto, soltó su mano.
Glenn parpadeó apenas, pensando que el gesto había terminado, pero ella se movió antes de que pudiera interpretar nada más.
Le dio la espalda y, al mismo tiempo, jaló del brazo de Glenn para pasarlo sobre su propia cintura, acercándolo a ella por detrás.
—Ven aquí —murmuró.
El corazón de Glenn latió con una fuerza alegre, segura, casi infantil de lo feliz que lo hizo esa simple orden.
No tuvo que pensarlo.
Se acercó a ella desde atrás y la abrazó, enterrando el rostro en la curva tierna del cuello y el hombro de Itachi.
El olor de ella lo envolvió.
El calor del cuerpo de ella contra el suyo lo hizo soltar una respiración más profunda.
Y casi por impulso, llevado por una ternura que ya no sabía contener bien, besó suave su hombro.
Después se abrazó más a ella.
Más firme.
Más rendido.
Y murmuró, con honestidad total: —Por favor, después no te arrepientas de esto, mi amor.
Itachi lo escuchó sin moverse.
Su cuerpo permaneció dentro del abrazo de Glenn con una naturalidad que en ella ya empezaba a volverse significativa.
No solo lo toleraba.
Lo permitía.
Lo aceptaba.
Lo buscaba incluso, aunque aún no terminara de explicárselo con el mismo lenguaje con que explicaba rutas, estrategias o estructuras de poder.
—No lo haré —respondió.
Glenn se apretó un poco más contra ella.
—Bien —murmuró—.
Porque creo que después de esta noche no podré dormir si no es abrazado a ti.
La respuesta de Itachi llegó sin vacilar.
—Ese es el punto.
Recuerda: tú y yo.
Glenn cerró los ojos un instante.
La frase cayó dentro de él como una promesa, como una pertenencia, como una condena feliz.
—Sí —murmuró—.
Tú y yo.
Siempre.
Y así se quedaron.
La noche cayó del todo alrededor de la autocaravana.
Afuera, el campamento seguía respirando sus propias miserias, sus turnos, sus resentimientos y su sueño ligero.
Adentro, Glenn terminó por rendirse al cansancio real del día, pero lo hizo abrazado a Itachi, con una ternura que ya no tenía remedio.
Antes de dormirse del todo, una última claridad lo atravesó con la fuerza de algo que ya no podía negar ni frente a sí mismo: la amaba.
Le costaba admitirlo con palabras limpias.
Le parecía demasiado pronto.
Ridículo, incluso, conocer a alguien menos de dos semanas y sentir que quería a esa persona para siempre en su vida.
Pero la verdad no cambiaba por parecer absurda.
La quería.
Siempre.
Y eso ya era irreversible.
Desde el punto de vista de Glenn, el cuerpo de Itachi dentro de sus brazos se sentía como el lugar correcto.
No solo por belleza.
No solo por deseo.
Había en ella una paz exacta, una solidez que volvía soportable hasta la existencia del fin del mundo.
Glenn pensaba en todo lo que había aprendido de ella en tan poco tiempo: las plantas, el chakra, los caminantes, la disciplina, la manera en que lo corregía, lo protegía, lo cuidaba, le cocinaba, le daba un hogar dentro de una mentira cada vez menos mentira.
Pensaba en cómo cada gesto suyo —un abrazo por la espalda, un beso en la frente, una mano en la mejilla, ese simple ven aquí— bastaba para ordenar cosas dentro de él que ni siquiera sabía que estaban rotas.
No tenía sentido, pero tampoco lo necesitaba ya.
Solo sabía que dormir abrazándola era lo más cercano a la felicidad que había sentido desde antes del fin del mundo.
Desde el punto de vista de Itachi, la noche también era distinta.
No dormía como Glenn.
Nunca lo haría.
Había aprendido demasiado pronto a mantener partes de sí despiertas incluso cuando cerraba los ojos.
Pero ahora, dentro de ese abrazo, con el brazo de Glenn firme sobre su cintura y su rostro escondido cerca de su cuello y hombro, se encontró analizando algo menos táctico y más extraño: sus propias acciones.
Había sido ella quien lo llamó.
Ella quien jaló su brazo.
Ella quien dijo ven aquí.
No era práctica pura, o no solo.
Sí, entendía el efecto que Glenn tenía cuando dormía abrazándola.
Se calmaba.
Descansaba mejor.
Pensaba menos.
Su paz mental aumentaba.
Su cuerpo dejaba de estar en guardia.
Todo eso era útil.
Todo eso facilitaba su misión.
Pero también había algo más que no estaba explicando con esa lógica.
Porque si todo fuera solo utilidad, no habría besado su frente dos veces.
No se habría abrazado a su espalda por la mañana.
No habría apoyado la espalda en su pecho junto al fuego.
Y, sin embargo, lo había hecho.
Glenn, por su parte, era cada vez más transparente para ella en el mejor y en el más peligroso de los sentidos.
No solo podía leer su respiración o sus microexpresiones.
Ya empezaba a anticipar cómo lo afectarían ciertas palabras, ciertos gestos, ciertas distancias.
Y lo más llamativo de todo era que, lejos de resultar molesto o incómodo, eso estaba empezando a importarle.
La alegría sencilla con la que él reaccionaba a una pequeña muestra de cercanía.
La forma en que se tensaba y luego se relajaba al tocarla.
El cuidado casi reverente con que trataba el espacio que habían construido.
La forma en que la elegía una y otra vez incluso sabiendo quién era realmente.
Todo eso estaba dejando huellas.
Itachi no era una mujer criada para interpretar esas huellas como romance.
No del modo normal.
No con la educación que había tenido.
No con la historia que la había hecho.
Pero sí sabía reconocer lo que era importante.
Y Glenn ya lo era.
Mucho.
Permaneció quieta unos instantes más, sintiendo el peso confiado de él contra su espalda, el abrazo, el calor, el modo en que su respiración fue volviéndose más profunda hasta rendirse al sueño.
Y entonces cerró los ojos también.
Lo justo.
Lo necesario.
Lo suficiente.
Afuera, el mundo seguía roto.
Adentro, el pequeño hogar que habían levantado con paneles, música, cultivos, agua, orden y promesas sostenía una paz mínima, íntima, suya.
Y en esa paz, por una noche más, Itachi Uchiha permitió que Glenn Rhee la abrazara como si ella pudiera ser, además de un arma, además de una ninja, además de un fantasma traído de otro mundo… alguien a quien amar
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com