ojos carmesí - Capítulo 26
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26: La ropa, la energía y las miradas.
26: La ropa, la energía y las miradas.
La mañana llegó a la cantera con un frío húmedo que se metía por las costuras de las carpas, endurecía los músculos y obligaba a muchos a despertarse antes de tiempo solo para avivar el fuego y sentir que el cuerpo todavía les pertenecía.
En distintos puntos del pequeño campamento, hombres y mujeres se incorporaban con lentitud, frotándose los brazos, enderezando espaldas doloridas, recogiendo mantas ásperas, suspirando por el peso de la noche mal dormida.
El mundo seguía roto.
El suelo seguía siendo duro.
El aire seguía oliendo a humo, agua estancada, latas abiertas y miedo contenido.
Y, sin embargo, dentro de la autocaravana de Glenn e Itachi la mañana empezó de otra manera.
Glenn despertó con calor.
No un calor sofocante, ni incómodo, ni accidental.
Un calor agradable, sereno, casi adictivo.
El tipo de calor que el cuerpo reconoce antes que la mente y decide no soltar todavía.
No necesitó abrir los ojos para saber que seguía abrazado a Itachi.
Lo supo por la forma exacta en que su brazo descansaba sobre la cintura de ella, por la suavidad del tejido bajo sus dedos, por la presencia viva y precisa de su cuerpo contra el suyo.
La abrazó aún más cerca, instintivamente, con una gratitud muda que le llenó el pecho de una paz extraña.
Entonces comprendió otra cosa: Itachi estaba despierta.
Eso lo hizo todavía más feliz.
Porque significaba que se había despertado… y no se había alejado.
Había permanecido ahí.
En sus brazos.
Glenn escondió un poco más el rostro en el cuello de Itachi y murmuró, todavía con voz espesa de sueño: —Buenos días.
Itachi respondió con un sonido bajo.
—Mhm.
Glenn sonrió apenas, los ojos todavía cerrados.
—Gracias.
No era una frase casual.
No era gratitud por nada práctico.
Itachi lo supo sin necesidad de preguntarlo.
Gracias por no irte.
Gracias por haberte quedado.
Gracias por haber dormido así.
Gracias por permitirle despertar con ella todavía allí.
Y eso, precisamente por venir de Glenn, por lo transparente que era con ella, tuvo un peso que Itachi registró aunque no lo mostrara del todo en el rostro.
Después dijo, con suavidad: —Deberíamos levantarnos.
—Sí —murmuró Glenn.
Con cuidado, retiró apenas la mano de la cintura de Itachi.
Entonces lo vio: la bata de seda se había deslizado un poco de uno de sus hombros, dejando la piel al descubierto en ese espacio íntimo entre cuello y brazo donde la mañana parecía tocarla con demasiada delicadeza.
Glenn actuó antes de pensar.
Se inclinó y besó suavemente su hombro.
No con prisa.
No con hambre.
Con cariño.
Con una reverencia casi devota que a él mismo le habría avergonzado si no se sintiera tan absurdamente feliz haciéndolo.
Después acomodó otra vez la bata sobre la piel desnuda, como si quisiera proteger incluso esa mínima exposición del aire.
Itachi se giró apenas para mirarlo.
—Haré el desayuno —dijo.
Glenn asintió.
—Y yo me encargaré de los cuyos, los conejos y el huerto del vagón.
Itachi aceptó con una inclinación leve de la cabeza.
Y así lo hicieron.
La mañana dentro de la autocaravana volvió a desplegarse con esa perfección doméstica que se les estaba haciendo costumbre.
Glenn fue al vagón de cultivos, abrió la puerta y entró en ese pequeño mundo verde que ya sentía tan suyo como de ella, aunque supiera perfectamente de quién había sido el milagro que lo hizo posible.
Alimentó a los animales.
Les cambió el agua.
Revisó sus jaulas.
Luego pasó a las plantas, regándolas con la misma paciencia y el mismo cuidado que en días anteriores, pero ahora con una conciencia aún más profunda del valor de todo lo que Itachi había creado.
Cada hoja, cada caja, cada raíz firme en la tierra le hablaba ya no solo de supervivencia, sino de ella.
De su poder.
De su historia.
De la diosa, del árbol, del chakra.
De esa otra realidad inmensa que se había desplegado la noche anterior dentro de la cama del RV.
Y también del beso en la frente.
Glenn seguía sintiendo ese gesto en la piel como si se hubiera quedado allí, tibio, grabado.
Dentro, Itachi preparaba el desayuno y servía café.
Y el tocadiscos, por primera vez en una mañana completa, sonaba suave, llenando la autocaravana con música y un calor humano que convertía el espacio en algo todavía más vivo.
Ella seguía descalza.
Se movía por la cocina con la naturalidad de quien pertenece a cada rincón del lugar.
La escena, cuando Glenn volvió del vagón y la encontró ya sentada frente a él con la comida servida, fue tan simple y tan devastadora que apenas pudo procesarla sin quedar mirando demasiado.
Se sentaron a desayunar.
Hablaron poco.
Cosas suaves.
El día.
La ropa.
El agua.
El panel de Dale.
El pescado del río.
La música de fondo.
Y ahora que Glenn ya había aceptado para sí mismo que la amaba, aunque todavía no estuviera listo para poner esa palabra en voz alta frente a ella, su mirada había cambiado por completo.
Era más dulce.
Más rendida.
Más pura en su devoción.
Más tranquila, incluso, porque ya no peleaba tanto contra la verdad de lo que sentía.
Después lavaron los trastes ambos.
Luego se cambiaron de ropa.
Itachi tomó otro conjunto limpio de su uniforme ANBU y se lo puso.
De nuevo, la transformación fue exacta: de la mujer íntima y descalza del interior del RV a la figura perfecta, serena y letal que el campamento veía y no sabía cómo clasificar sin sentirse intimidado.
Glenn también se vistió para el día.
Tomaron la ropa sucia de ambos, incluyendo los pijamas de la noche anterior, y la pusieron dentro de un canasto de mimbre.
Glenn tomó un jabón en barra pequeño.
Itachi llevó una tabla de madera para lavar.
Ambos colgaron sus katanas.
Glenn ya la llevaba con más naturalidad.
No como Itachi, jamás como Itachi, pero sí con menos torpeza y más pertenencia.
Enllavaron la autocaravana.
Y salieron.
El campamento ya estaba despierto por completo.
Había latas abiertas.
Gente calentando provisiones sobre llamas pequeñas.
Ojos aún somnolientos.
Niños medio vestidos.
Mantas colgadas para airear.
Alguien limpiando botas.
Alguien revisando una linterna.
El humo subía de la fogata principal.
Carol, que desayunaba con Sofía a su lado, fue una de las primeras en fijarse en el canasto de mimbre que Glenn cargaba.
Vio las prendas dobladas de cualquier manera funcional, una manta, telas que sin duda eran ropa sucia.
Carol habló con esa suavidad prudente suya: —Si quieren, pueden dejármela.
Pienso ir a lavar a la laguna más tarde.
Itachi respondió antes.
—No es necesario.
Glenn asintió enseguida.
—Sí.
Nos gusta encargarnos de nuestra ropa.
No lo dijeron con desdén.
Ni con desconfianza grosera.
Pero la verdad quedaba allí, clara: su ropa era algo privado.
Sus cosas.
Su intimidad.
Glenn podía tocar lo de Itachi.
Itachi podía tocar lo de Glenn.
Algo tan simple y tan íntimo como sus prendas lavadas, sus pijamas usados, sus telas todavía cargadas del calor del cuerpo.
Nadie más.
Carol lo entendió al instante.
No se ofendió.
—Bien —dijo—.
Está bien, entonces.
Dale, que ya había terminado de desayunar hacía rato y sostenía una taza de café entre las manos, se volvió hacia Glenn.
—¿Estás listo, Glenn?
Glenn sonrió.
—Sí.
—Termina tu café y vamos —dijo Dale.
—Ya terminé —respondió el viejo.
Glenn volvió apenas el rostro hacia Itachi.
—¿Quieres venir, amor?
Itachi asintió.
—Bien.
Y así, los tres se dirigieron a la autocaravana de Dale.
Él los invitó a pasar con la cortesía vieja de alguien que aún se resiste a perder la educación aunque el mundo haya decidido no recompensarla.
—Pasen, pasen.
—Con permiso —dijo Itachi.
—Sí, con permiso —añadió Glenn.
Dale sonrió.
—No se preocupen.
Realmente no me molesta que entren.
Y entiendo bien por qué protegen tanto su privacidad, pero… yo solo soy un viejo que vive solo.
Así que no me molesta.
Itachi le ofreció una inclinación breve de cabeza.
—Eres muy amable.
Dale soltó una exhalación casi divertida.
—Igual que ustedes.
Solo que de forma diferente.
Glenn sonrió también.
El panel fue instalado entre los tres, aunque en la práctica Dale ayudó poco.
No por mala voluntad, sino porque no sabía.
Observaba.
Aprendía.
Glenn sostenía piezas, cables y conexiones.
Itachi evaluaba ubicación, ángulo, luz y practicidad.
Dale los veía moverse y no podía evitar sentirse enternecido de una forma que le pinchaba el pecho con el recuerdo de otra vida.
Trabajaban juntos sin necesidad de dar órdenes largas.
Sin discutir.
Sin sobreexplicar.
Uno ya entendía lo que el otro necesitaba.
Glenn se adelantaba a sostener algo.
Itachi pedía lo justo.
Itachi movía una mano.
Glenn comprendía.
Eran, como pensó Dale en silencio, como imanes.
No solo atraídos.
También calibrados.
Una pareja que ya no necesitaba mucho lenguaje externo para coordinarse.
Cuando estuvo terminado, Itachi dijo: —Hay que probarlo.
Glenn asintió.
—Cierto.
¿Tienes algo que quieras conectar para cargar?
Dale asintió enseguida.
—Sí.
Uno de mis focos necesita carga.
—Conéctalo —dijo Glenn.
Dale lo hizo.
La pequeña lucecita indicadora del foco se encendió.
El viejo sonrió de verdad.
—Parece que está funcionando.
Itachi asintió.
—Correcto.
Dale volvió la vista entre ambos.
—Gracias por esto —repitió.
Itachi aceptó el agradecimiento con un gesto mínimo.
Glenn sonrió.
—Bueno, nos vemos después.
Tenemos que ir a lavar ropa.
—Bien —dijo Dale.
Itachi tomó el canasto.
Glenn salió detrás de ella.
Y mientras ambos se alejaban hacia la laguna, llevando consigo la tabla, el jabón, el cesto y esa armonía silenciosa que parecía no romperse nunca del todo, Dale regresó hacia la fogata.
No volvió desayunando.
Volvió con la clase de noticia pequeña que, dentro de un campamento como aquel, podía parecer un avance real.
Se aclaró la garganta un poco y habló lo bastante alto para que quienes estaban cerca lo oyeran.
—Itachi y Glenn ya instalaron el panel.
Si alguien necesita cargar algo, puede hacerlo.
Está disponible.
Nada más rótense.
No lo acaparen.
La reacción fue inmediata y variada.
Amy alzó la vista con alivio genuino.
—Eso ayuda muchísimo.
Andrea asintió.
—Sí.
Bastante.
T-Dog soltó una exhalación baja.
—Poder cargar una linterna sin tener que rezar por encontrar baterías nuevas no está nada mal.
Morales coincidió: —Y el radio.
Dale levantó apenas una mano.
—Exacto.
Radios, focos, linternas.
Lo que haga falta.
Con orden.
Lori, que estaba sentada cerca de Carl, murmuró entonces con una mezcla evidente de molestia y veneno todavía no digerido del todo: —Ahora sabe de electricidad.
El tono hizo que varias personas volvieran la vista hacia ella.
Dale fue el primero en intentar suavizar el filo del comentario.
—Sí.
Al parecer ella y Glenn, cuando compraron la autocaravana para mudarse y comenzar su luna de miel, instalaron ellos mismos paneles en su vehículo.
Supongo que son gente bien preparada.
Andrea apoyó la idea.
—Tiene lógica.
Lori volvió el rostro hacia ella.
—¿Cómo?
Andrea se acomodó un poco.
—Bueno, si van a hacer un viaje por carretera, tener electricidad ayuda bastante.
Mantenerla con paneles solares es mejor que depender de una estación de recarga o de una fuente externa cada tantos kilómetros.
Tenían una autocaravana moderna.
No me parece raro que pensaran en eso.
Dale asintió.
—Lo bueno es que ya quedó eso instalado.
—La verdad es que sí —dijo Amy—.
Es útil para todos.
Lori no se quedó ahí.
Seguía molesta.
No solo con Itachi.
Con la incomodidad que Itachi le generaba.
Con la mirada cada vez más clara de Shane hacia ella.
Con el hecho de que el grupo, poco a poco, empezaba a girar hacia Glenn e Itachi con una mezcla de respeto y fascinación que no podía controlar.
—Si sabían hacerlo —dijo—, si tenían electricidad… ¿por qué no ofrecieron la de su autocaravana?
¿Por qué no permiten que entremos?
Hubo un silencio breve.
No porque nadie tuviera respuesta.
Porque varias personas parecían decidir si valía la pena responderle o no.
Fue Carol quien habló.
Y eso, otra vez, hizo que más de uno se sorprendiera.
Carol bajó apenas la vista antes de decirlo, pero lo dijo con claridad: —Porque es su hogar.
Lori la miró.
Carol continuó, esta vez un poco más firme, como si una vez empezada la frase ya no pudiera permitirse retroceder.
—Porque supongo que quieren mantener sagrado su hogar.
Su refugio.
Un lugar para ellos dos.
Si lo construyeron antes del apocalipsis, si lo compraron y lo reformaron de forma que fuera cómodo, utilizable y práctico para ellos, es lógico que no quieran que ningún extraño entre.
Y tú, Lori, exigiéndolo así… —Carol respiró una vez antes de terminar— todos somos desconocidos.
Itachi tenía razón.
La fogata quedó callada unos segundos.
Carol rara vez hablaba tanto.
Mucho menos así.
—Ellos no tienen ninguna obligación con nosotros —añadió—.
Ni contigo.
Y aun así trajeron un panel para la autocaravana de Dale, para que todos podamos usarlo.
Deja de exigir algo cuando no has hecho ningún esfuerzo.
La frase cayó con un peso enorme.
No solo por el contenido.
Por quién la había dicho.
Lori sintió la humillación en la cara.
No respondió enseguida.
Fue Jaqui quien habló entonces, ordenando unas cosas a un lado de la fogata mientras alzaba apenas la cabeza: —Cuando noto que no te ha costado nada, sí.
Lori giró hacia ella.
—Ahora los defienden.
Jaqui se encogió apenas de hombros.
—No lo hacemos.
Solo vemos lo que es cierto y lo que es correcto.
Amy asintió, aunque no intervino con palabras.
Andrea también, en silencio.
T-Dog evitó meterse, pero en su rostro se vio que no encontraba nada que objetar.
Morales, más cuidadoso, siguió en silencio.
Dale sorbió un poco de café y no contradijo a ninguna de las dos.
Carol volvió la vista a Sofía, como si de pronto se sintiera demasiado expuesta por haber hablado tanto.
Lori se quedó callada.
Molesta.
Herida.
Y, más que nada, furiosa consigo misma por saber que no tenía razón y aun así no poder evitar seguir sintiéndolo como una afrenta personal.
A partir de ahí, la conversación se fue desviando hacia lo práctico.
La oportunidad de volver a tener energía.
La posibilidad de cargar radios.
Las linternas.
Los focos.
El hecho de que, por primera vez desde que llegaron, algo pequeño pero tangible había mejorado.
Dale explicó por turnos cómo pensaba organizarlo.
Amy preguntó si podrían cargar una radio en la tarde.
Andrea sugirió que se hiciera una lista.
T-Dog dijo que bastaba con un turno simple.
Morales comentó que eso ayudaría mucho por la noche.
Pero debajo de esa conversación útil, otras cosas seguían moviéndose.
En la mente de Merle, la vulgaridad y la obscenidad con que deseaba a Itachi crecían cada vez más.
Una mujer fuerte.
Hermosa hasta lo irreal.
Casi divina.
Inteligente.
Letal.
No sumisa.
No débil.
Todo eso lo volvía todavía más sucio en la manera en que la imaginaba, porque había hombres que, ante lo que no podían alcanzar con facilidad, respondían con deseo maltratado, con imaginación sucia, con necesidad de rebajar mentalmente aquello que en realidad los intimidaba.
Merle era uno de ellos.
Y ese pensamiento obsceno lo hacía sonreír de lado como si guardara una broma que nadie más merecía oír.
Shane la deseaba de otra manera.
No menos problemática.
Más profunda.
No solo veía en Itachi un cuerpo hermoso ni una mujer distinta.
Veía carácter.
Fuerza.
Inteligencia.
Control.
La forma exacta en que ella no necesitaba la aprobación de nadie.
La forma exacta en que hablaba con lógica incluso cuando estaba marcando límites.
Y eso, para un hombre como Shane, era todavía más atractivo que la belleza.
Lori lo notaba.
Lo había notado el día anterior.
Lo seguía notando ahora.
Cada vez que el nombre de Itachi salía en conversación, cada vez que alguien mencionaba lo que habían traído, cada vez que se hablaba del panel o de la salida con Glenn, Shane volvía la vista como si sin quererlo estuviera ya orbitando alrededor de una posibilidad que no debía permitirse.
Andrea observaba ese patrón también.
Y no le gustaba.
Porque entendía mejor de lo que Amy o Carl podían entender qué tipo de tensiones podían romper un grupo por dentro.
Una mujer como Itachi, un hombre como Shane, una Lori que lo veía, un campamento demasiado pequeño para esconder miradas… no era una combinación limpia.
Daryl, desde donde estaba, no se involucraba en esa dinámica con palabras.
Pero la registraba.
Lo veía todo.
Veía a Merle mirarla.
Veía a Shane medirla.
Veía a Lori darse cuenta.
Veía a Carol callar cosas.
Y lo archivaba.
Porque Daryl todavía no confiaba del todo en nadie, pero ya empezaba a formar un mapa claro de dónde podían nacer los problemas reales.
Carl, por su parte, escuchaba mucho más de lo que los adultos suponían.
No entendía por completo la naturaleza de ciertas miradas o ciertos silencios, pero sí sabía que Glenn e Itachi no eran como el resto.
Que su autocaravana era distinta.
Que parecían más preparados.
Que Itachi hablaba de los caminantes como si no les debiera miedo.
Y eso, más que asustarlo, le despertaba curiosidad.
Sofía veía menos.
Sentía más.
La voz tensa de Lori.
El cansancio de su madre.
El humo.
El hambre.
Los nombres que se repetían.
La sensación de que los recién llegados eran importantes aunque no supiera por qué.
Mientras tanto, alejándose cada vez más hacia la laguna, Glenn e Itachi seguían juntos.
Y en la fogata, aunque ya nadie lo dijera abiertamente, empezaba a asentarse una verdad simple: la presencia de ambos estaba cambiando el equilibrio del campamento.
No solo porque trajeran recursos.
No solo porque peleaban.
No solo porque tuvieran una autocaravana moderna y un vagón lleno de vida.
Sino porque, juntos, obligaban a los demás a mirarse en espejo.
Y no a todos les gustaba lo que veían.
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