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ojos carmesí - Capítulo 27

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27: La laguna y los ojos de Daryl.

27: La laguna y los ojos de Daryl.

Daryl se apartó de la fogata antes de que la conversación terminara de envenenarse.

No lo hizo con dramatismo, ni con una frase seca, ni con una mueca evidente.

Simplemente se levantó, tomó la ballesta y caminó hacia la laguna con esa forma suya de desaparecer de las conversaciones sin pedir permiso, como si el cuerpo mismo supiera encontrar los bordes donde los demás dejaban de mirar.

La tensión que Lori había levantado alrededor del fuego se le quedó pegada un rato en la piel, desagradable.

No le interesaban las discusiones donde la gente decía una cosa y quería decir otra, donde la amabilidad era apenas una sábana encima de la molestia real.

Por eso se alejó.

Pero no se fue tan lejos.

Lo suficiente para no interrumpir.

Lo suficiente para no invadir.

Lo suficiente para observar.

Daryl no era hombre de demasiadas palabras, pero sí de atención.

Miraba.

Archivaba.

Aprendía.

Y Glenn e Itachi, desde que habían llegado, le habían dado demasiado que mirar como para ignorarlos.

Se sentó cerca de la laguna, en una roca apartada, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, la ballesta a un lado.

Desde ahí los veía sin estar encima de ellos.

No le interesaba hablarles.

No todavía.

No sabía si le interesaría nunca.

Pero vigilarlos y entenderlos era otra cosa.

Eso sí importaba.

Glenn e Itachi llegaron poco después.

Traían el canasto de mimbre con la ropa, el jabón, la tabla de lavar.

Glenn cargaba con la naturalidad creciente de quien ya no estaba haciendo algo ajeno, sino parte de su propia rutina.

Itachi caminaba a su lado como siempre: recta, perfecta, demasiado limpia para el fin del mundo, demasiado elegante incluso para una tarea tan doméstica como ir a lavar a la laguna.

Y, sin embargo, nada en ella parecía fuera de lugar.

No porque la escena fuera normal.

Porque ella era el tipo de persona que alteraba el entorno hasta hacerlo parecer una extensión de sí misma.

Cuando llegaron a la orilla, Glenn observó el agua, luego el RV y después a Itachi.

—¿Cómo hacemos esto?

Itachi miró el borde de la laguna, el ángulo del terreno y el lugar donde la autocaravana había quedado más lejos de lo que convenía.

—Bueno… —dijo con calma—, ¿puedes acercar la autocaravana hacia acá, por favor?

Glenn asintió enseguida.

—Ya vuelvo, mi amor.

Itachi inclinó apenas la cabeza.

—Bien.

Daryl observó en silencio cómo Glenn volvía al vehículo, lo encendía y lo movía con cuidado hacia la orilla, sin acercarlo demasiado como para correr riesgo, pero sí lo suficiente para facilitar el trabajo.

Eso, pensó Daryl, ya decía cosas.

El muchacho no discutía por discutir.

No le temblaba el orgullo por obedecer una sugerencia útil.

Se movía con la costumbre de alguien que confía.

Cuando el RV estuvo en posición, Itachi abrió una compuerta lateral y sacó una tina mediana de madera y una pana también de madera.

Las apoyó cerca de la orilla y comenzó a llenarlas.

Primero agua.

Luego más agua.

Se movía con la misma eficiencia silenciosa con que había peleado, cocinado, organizado provisiones y caminado por la cantera.

Daryl seguía sin acostumbrarse a esa combinación.

Aquella mujer podía parecer una princesa de un cuadro antiguo y, un segundo después, actuar como una soldado entrenada para sobrevivir cualquier cosa.

Mientras tanto, Glenn abrió el compartimento del tanque de agua.

—Debería ir llenando el filtro —dijo.

Itachi asintió.

—Sí, puedes.

Así que Glenn se inclinó, soltó la compuerta del sistema de agua, revisó el nivel y empezó a llenar el tanque.

El filtro trabajó con un sonido suave, continuo, casi doméstico.

Daryl, desde donde estaba, vio cómo Glenn se tomaba el tiempo de revisar bien el nivel y no limitarse a echar agua sin pensar.

—Lo hicimos bien —dijo Glenn después de un momento—.

Para estar tantos días en carretera, lo hicimos bien.

Solo está un cuarto vacío.

—Sí —respondió Itachi.

No fue un elogio grande.

No hacía falta.

Era una confirmación.

Una pieza más de esa vida compartida que ambos parecían construir con una facilidad que Daryl no veía a menudo en los demás.

Mientras Glenn seguía con el tanque, Itachi ya había puesto la ropa oscura dentro de la tina con agua y jabón.

Hizo espuma con las manos, colocó la tabla de lavar dentro del agua y comenzó a restregar.

No había torpeza.

No había queja.

Tampoco había dramatismo.

Solo trabajo.

Lavaba como quien comprende exactamente cuánto vale cada prenda limpia, cada tela seca, cada pijama libre de sudor y polvo cuando el mundo se ha venido abajo.

Daryl la observó con atención fría, detallista.

Parecía demasiado delicada para la tarea, y sin embargo no lo era.

Lavaba sin perder postura.

Sin ensuciarse más de lo necesario.

Sin sudar.

Sin romper la línea serena de su cuerpo.

Hasta un trabajo tan doméstico como ese parecía obedecerle.

Glenn volvió cuando el tanque estuvo listo.

—Déjame terminar, te ayudo.

Itachi no levantó del todo la vista al principio.

—No te apures.

—Bien —dijo Glenn.

Terminó de asegurar el compartimento del agua, lo cerró y lo enllavó con esa atención constante que Daryl ya empezaba a reconocer en él.

Después se acercó a la tina y tomó el relevo.

Itachi ya había dejado varias piezas aparte, bien restregadas.

Solo faltaban algunas prendas más grandes, entre ellas unas sábanas.

Glenn empezó a lavar sin quejarse.

Sin incomodidad.

Sin ese orgullo estúpido que a muchos hombres les habría hecho mirar una tabla de lavar como si fuera humillante.

Eso también lo notó Daryl.

No porque le importaran las normas de lo masculino como tal.

Porque le importaba entender qué clase de hombre era Glenn.

Y un hombre que no se negaba a lavar ropa, a cargar agua, a seguir indicaciones, a llenar un tanque, a ayudar en cocina, a hacer el trabajo pequeño del día sin montar un espectáculo… era un tipo de hombre diferente al que abundaba alrededor de la fogata.

Itachi lo observó un rato mientras Glenn lavaba.

Luego enjuagó sus manos.

Se acercó.

Y besó la frente de Glenn.

Daryl lo vio todo.

Vio el gesto.

Vio cómo Glenn alzó los ojos hacia ella con una devoción tan limpia que resultaba casi violenta por contraste con el resto de los hombres del campamento.

No había posesión vulgar en esa mirada.

No había hambre sucia.

Había algo peor y mejor al mismo tiempo: amor o algo peligrosamente parecido, creciendo a una velocidad que Glenn seguramente no sabría ocultar mucho tiempo.

Itachi se apartó después del beso como si nada extraordinario hubiera pasado.

Volvió al RV.

Sacó otro bowl y lo dejó sobre una roca.

Entonces, todavía con tacones, todavía con esa elegancia absurda para una orilla de laguna, se subió a unas piedras con una quietud total.

Daryl tensó apenas la atención, sabiendo que algo iba a pasar.

Glenn también la miró mientras seguía lavando, pero no preguntó nada.

Eso también importó.

No cuestionarla a cada segundo.

No interrumpir con una necesidad torpe de explicación.

Simplemente mirar y confiar en que ella sabía lo que hacía.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Itachi sacó la espada.

Se movió.

Dos estocadas rápidas.

Limpias.

Casi imposibles de seguir con precisión si uno pestañeaba en mal momento.

Cuando salió del agua, ya tenía dos peces ensartados en la hoja.

Daryl no cambió de expresión, pero por dentro reconoció la clase de control que acababa de ver.

No era solo habilidad.

Era dominio.

El tipo de dominio que solo se consigue repitiendo miles de veces una acción hasta que el cuerpo deje de pensar y actúe como ley.

Itachi retiró los peces, enjuagó la hoja, la guardó otra vez y comenzó a caminar entre las rocas con el bowl en la mano.

Movía una piedra.

Levantaba otra.

Metía la mano en el agua.

Sacaba algo.

Lo miraba.

Clasificaba.

Si servía, lo dejaba dentro del bowl.

Si no, lo devolvía a la laguna.

Pequeños cangrejos de río.

Almejas.

Algún molusco adherido a las piedras.

Cosas mínimas, sí, pero útiles.

El tipo de comida que una persona común habría pasado por alto o habría considerado demasiado engorrosa.

Itachi no.

Daryl la vio moverse de roca en roca y comprendió algo que no le gustó ni le disgustó; solo archivó como verdad: aquella mujer no desperdiciaba nada.

Ni una oportunidad.

Ni un recurso.

Ni una sombra de ventaja.

Y mientras ella buscaba comida, Glenn seguía lavando.

Daryl volvió a notar lo mismo: el muchacho no parecía sentirse disminuido por el trabajo doméstico.

No lo hacía con vergüenza.

No miraba alrededor para comprobar si alguien lo estaba juzgando.

Simplemente lo hacía.

Eso, para Daryl, era raro de ver y por eso llamativo.

Cuando Itachi consideró que ya tenía suficiente, se acercó a Glenn.

Venía con el bowl en la mano, el agua escurriendo de los dedos recién enjuagados, el rostro tan sereno como si encontrar peces y mariscos en la orilla fuera lo más normal del día.

—Cambio de planes, mi amor —dijo.

Glenn alzó apenas una ceja.

—¿Qué te parece una sopita de pescado?

Glenn se inclinó hacia el bowl, vio el contenido y sonrió.

—¿Por qué no?

Me parece una excelente idea.

La sonrisa que le dedicó a Itachi fue cálida, llena de esa dulzura agradecida que a Daryl le estaba empezando a resultar imposible ignorar.

—¿Por qué no te adelantas?

—añadió Glenn—.

Yo termino aquí con la ropa.

Itachi asintió.

La autocaravana había quedado lo bastante cerca de la laguna como para que la distancia no fuera problema.

Ella subió, abrió y entró.

Glenn terminó de enjuagar la ropa.

La escurrió lo mejor que pudo.

Luego sacó desde el RV un perchero de madera extensible y lo colocó afuera, al costado.

Colgó allí las sábanas, el traje de Itachi, su pijama y también su propia ropa.

Todo con el orden sobrio que ya parecía haberse convertido en parte de su forma de hacer las cosas.

Luego llegó a los interiores.

Y Daryl lo vio enrojecer.

No mucho.

Lo bastante.

Observó el cesto.

Las telas pequeñas, delicadas, claramente íntimas.

Y la expresión de Glenn cambió.

Primero rubor.

Luego dureza.

No rabia, exactamente.

Más bien resolución.

Daryl entendió enseguida.

No hacía falta ser un genio.

El muchacho no iba a dejar esa ropa tendida afuera.

No con Merle en la cantera.

No con Ed.

No con Shane.

No con las miradas que todos habían visto dirigirse a la mujer desde su llegada.

Daryl, que era hombre y conocía demasiado bien las formas feas en que algunos hombres miran, comprendió la decisión antes de que Glenn terminara de tomarla.

Fue inteligente, pensó.

Más inteligente de lo que varios creían.

Glenn guardó el resto de la ropa usada para lavar.

La tina seca.

La pana.

Todo volvió a su lugar.

Luego tomó la canasta de mimbre con los interiores de Itachi todavía húmedos y entró al RV.

Daryl siguió mirando desde lejos, no como un voyerista, sino como quien aprende una estructura.

Vio a Glenn detenerse dentro.

Vio a Itachi volverse hacia él desde la cocina, donde ya preparaba el almuerzo.

Vio el rubor todavía en el rostro de Glenn.

No oyó las palabras exactas, claro.

Pero vio lo suficiente.

Vio a Itachi mirar el canasto.

Alzar apenas una ceja.

Entender.

Vio el rubor de Glenn crecer.

Vio a Itachi tomar la canasta, desaparecer hacia el baño y volver sin alteración.

No ridiculizarlo.

No incomodarlo.

No hacerlo sentir pequeño por haberse avergonzado.

Eso también quedó registrado en Daryl.

No solo la inteligencia de Glenn.

La respuesta de ella.

Comprendía rápido.

Y trataba esa clase de cosa sin crueldad.

Después la puerta del RV se cerró mejor.

El perchero quedó afuera con sábanas y ropa común.

Y lo privado, lo íntimo, había sido guardado puertas adentro.

Daryl apoyó los brazos sobre las rodillas otra vez y se quedó un momento mirando el vehículo.

No le gustaba sacar conclusiones apresuradas, pero empezaba a tener algunas claras.

Glenn era más listo de lo que parecía al principio.

No solo porque seguía instrucciones.

Porque pensaba.

Porque observaba.

Porque aprendía rápido.

Y porque, a diferencia de muchos otros hombres, no parecía tenerle miedo al trabajo que mantiene la vida andando: lavar, cargar, cocinar, ordenar, seguir el ritmo del otro.

Eso le daba puntos en la cabeza de Daryl, aunque no lo hubiera dicho en voz alta ni aunque le hubieran pagado por hacerlo.

Itachi, en cambio, era más difícil.

No más difícil de desconfiar.

Más difícil de encerrar en una sola idea.

Bella como una alucinación.

Letal como un arma de verdad.

Doméstica sin volverse dócil.

Eficiente sin perder elegancia.

Atenta a la privacidad.

Capaz de pescar con una espada y al minuto siguiente preparar un caldo en el interior cálido de un RV.

Y, sobre todo, estaba la forma en que Glenn la miraba.

Daryl había visto muchas clases de mirada entre hombres y mujeres.

Deseo barato.

Apego desesperado.

Dependencia.

Costumbre.

Necesidad.

Interés.

Posesión.

Lo que Glenn tenía en los ojos cuando la miraba no era exactamente ninguna de esas por sí sola.

Era algo más limpio.

Devoción, pensó finalmente.

Una devoción pura hacia su esposa, hacia la mujer.

Y no en el sentido débil.

En el sentido firme.

Profundo.

Peligroso incluso, porque los hombres así hacen cosas que otros no entienden cuando sienten que van a perder lo que aman.

Daryl se incorporó después de un rato.

No tenía intención de seguir observando más de la cuenta.

Ya había visto suficiente para el día.

Había entendido lo que quería entender.

Se apartó de la laguna con el cuerpo ligero de quien no lleva palabras encima, pero sí conclusiones.

Detrás de él, dentro del RV sellado, Glenn e Itachi almorzaban ya en silencio, con jazz suave de fondo, el caldo de pescado y mariscos humeando en tazones, la ropa íntima colgada a salvo dentro del baño, la puerta cerrada al mundo y la intimidad otra vez intacta.

Y Daryl, mientras regresaba hacia la cantera, pensó sin decirlo que si el mundo seguía empeorando —como seguiría empeorando— aquellos dos no serían fáciles de quebrar.

No juntos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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