ojos carmesí - Capítulo 28
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28: Ventanas Abiertas,Voces pequenas.
28: Ventanas Abiertas,Voces pequenas.
Mientras comían el caldo dentro de la autocaravana, el vapor tibio se alzaba desde los tazones y el aroma del pescado con los pequeños mariscos de río iba llenando el espacio con una calidez profunda, casi doméstica, demasiado humana para el fin del mundo.
La música del tocadiscos seguía sonando baja, suave, una melodía de jazz tranquila que parecía hecha para deslizarse entre la madera pulida, los sillones claros, la pequeña mesa del comedor, el brillo tenue de los gabinetes y la luz cálida que hacía que todo el interior del RV se sintiera más como una casa verdadera que como un vehículo estacionado en una cantera rodeada de miedo.
Itachi levantó apenas la vista de su tazón y dijo, con la exactitud calmada de siempre: —Deberíamos abrir las ventanas un rato para que circule el aire y no se pegue el olor a los muebles.
Glenn asintió enseguida.
—Tienes razón.
Déjame hacerlo.
Se levantó, caminó hacia las ventanas laterales del RV, las que estaban junto al comedor y a los sillones, y las abrió una por una.
El aire fresco de la tarde entró de inmediato, limpio, amable, con olor a laguna, piedra húmeda y vegetación.
La corriente no era fuerte, pero sí suficiente para mover apenas las cortinas y llevarse parte del vapor del caldo hacia afuera.
Aunque la autocaravana tenía aclimatizador, el día estaba lo bastante fresco como para que esa brisa natural se sintiera mejor que cualquier sistema mecánico.
Itachi se levantó después y apagó el aclimatizador.
Luego ambos volvieron a comer, con la música de fondo y el sonido lejano del campamento quedando diluido en algo casi insignificante.
Glenn probó otra cucharada y volvió a sonreír.
—Te quedó muy sabrosa.
Itachi respondió con ese pequeño murmullo suyo, casi un mmm, breve pero suficiente.
Permanecieron un momento en silencio, comiendo, hasta que Itachi habló otra vez.
—Sabes que soy ninja.
Te lo dije ayer, ¿verdad?
Glenn alzó la vista hacia ella.
—Sí.
Todas tus habilidades y esas cosas.
Itachi sostuvo el tazón entre las manos unos segundos antes de seguir.
—Escuché algunas cosas mientras estábamos dentro… mientras lavábamos y hacíamos las otras cosas.
Glenn frunció apenas el ceño.
—¿Qué cosas?
Itachi se lo contó.
No con dramatismo.
No como un reporte cargado de emoción, sino como quien pone hechos sobre la mesa para que sean analizados.
Le habló del comentario de Lori.
De su insistencia.
De la molestia que seguía arrastrando desde la fogata del día anterior.
De la manera en que Dale intentó suavizarlo.
De cómo Andrea señaló que tenía lógica que ellos hubieran instalado paneles solares en su propio RV si lo habían preparado para un viaje largo.
De cómo Carol, para sorpresa de varias personas, salió a defender la idea del hogar privado.
De cómo Jaqui terminó diciendo en voz alta lo que otros pensaban: que Lori exigía demasiado cuando no estaba arriesgando nada.
Glenn escuchó todo sin interrumpirla.
—Así que Lori siguió con eso —murmuró al final.
Itachi asintió.
—Sí.
Sigue molesta.
Glenn dejó la cuchara un segundo sobre el borde del tazón.
—No me sorprende.
Itachi lo observó, esperando.
Glenn suspiró por la nariz.
—No me gusta la forma en que intenta ponerte siempre en una posición injusta.
Como si tuvieras que demostrar una y otra vez que no eres egoísta.
Como si ayudar una vez no bastara.
Como si el hecho de que queramos proteger nuestro espacio fuera automáticamente una ofensa para ella.
Itachi mantuvo el rostro sereno.
—Lori está acostumbrada a otra estructura.
—Sí —dijo Glenn—.
A que ciertas cosas le sean concedidas sin pedirlas bien.
O a que nadie le diga que no.
O a que un grupo entero gire un poco a su alrededor.
Itachi tomó otra cucharada.
—También está frustrada.
—Lo sé —dijo Glenn—.
Y entiendo que tenga miedo.
Todos lo tenemos.
Pero una cosa es estar asustada y otra intentar convertir nuestro hogar en una extensión de sus necesidades.
Itachi asintió apenas.
—Sí.
Glenn la miró con seriedad.
—Y no me gusta que tengas que ser tú quien siempre diga las cosas en la cara.
Ella sostuvo su mirada.
—No me molesta.
—A mí sí —dijo Glenn con honestidad—.
Porque sé que puedes decirlas.
Sé que tienes razón.
Pero tampoco quiero que cargues sola con el peso de poner límites mientras todos se benefician de lo que traemos o de lo que sabes hacer.
Itachi guardó silencio unos segundos.
—Entonces di tú los límites también —respondió finalmente.
Glenn parpadeó.
—¿Qué?
—Si no quieres que yo los cargue sola, entonces cárgalos conmigo.
La frase cayó limpia entre ambos.
Glenn sintió que algo en su pecho se acomodaba.
Sí.
Eso tenía sentido.
Eso era, además, muy Itachi: no convertir el problema en un gesto protector vacío, sino en una repartición real de responsabilidad.
—Está bien —dijo Glenn—.
Lo haré.
Itachi inclinó apenas la cabeza.
—Bien.
Glenn retomó el tazón.
—¿Y qué opinas de que Carol hablara así?
Itachi pensó un segundo.
—Creo que ha observado más de lo que parece.
Y que entiende el valor de un espacio que no puede ser invadido.
—Sí —murmuró Glenn—.
Creo que ella entiende muy bien lo que significa que una casa deje de sentirse segura.
Itachi lo observó de nuevo.
Había verdad ahí.
Una verdad compasiva.
Y ella la registró.
—Andrea también observa —añadió Itachi—.
Amy siente primero y piensa después, pero Andrea mira patrones.
Jaqui es práctica.
Dale es amable, pero no ingenuo.
Glenn sonrió un poco.
—Y Lori es venenosa.
Itachi sostuvo su mirada un segundo más largo de lo normal.
—Sí.
Fue justo entonces cuando, desde afuera, la hora de lavar ropa llegó también para otros.
Carol se había levantado con su cesto de ropa, lleno de prendas suyas, de Sofía y de algunas cosas que otras personas del campamento le habían confiado.
Amy iba con ella.
Jaqui y Andrea también.
Carl y Sofía se habían unido a ellas corriendo, más por ganas de moverse cerca del agua que por un interés real en la ropa.
Daryl se había acercado otra vez, no pegado al grupo, pero lo bastante cerca para custodiar sin decirlo, ballesta en mano, ojos atentos.
Al pasar por el lateral donde estaba estacionada la autocaravana de Glenn e Itachi, el grupo notó que una de las ventanas estaba ahora abierta.
La música suave salía de adentro mezclada con el aire fresco, y por la abertura se alcanzaba a ver parte del comedor: los sillones claros, la mesa de madera, la cocina ordenada, una luz cálida y la silueta tranquila de Glenn e Itachi sentados frente a frente con sus tazones aún medio llenos.
Carl fue el primero en llamarlos.
—¡Glenn!
Glenn e Itachi, que hablaban en voz baja, volvieron la vista hacia la ventana.
Glenn sonrió de inmediato y alzó la mano saludando.
Itachi también movió la suya, despacio.
Carl, siendo niño y sin medir todavía bien las fronteras invisibles de los adultos, se acercó hasta la ventana abierta.
—¿Qué hacen?
—preguntó.
Glenn sonrió más.
—Estamos almorzando.
Amy, que ya se había acercado detrás de Carl, aspiró apenas el aire.
—¿Comiendo?
Huele muy bien aquí.
Carol, Andrea y Jaqui también se aproximaron.
Daryl venía detrás, sin hablar, ballesta al hombro, observando.
Él también lo olía.
El caldo, las verduras, la madera, la música, el aire fresco entrando por la ventana… todo junto daba una sensación casi ofensivamente acogedora comparada con las latas que la mayoría iba a comer esa tarde.
Glenn, sin querer y sin malicia, pero con ese orgullo espontáneo que se le despertaba cada vez que hablaba de Itachi, explicó: —Itachi pescó en la laguna dos pescados y encontró pequeños cangrejos y moluscos debajo de las piedras en la orilla.
Así que hicimos un caldo.
Amy abrió un poco más los ojos.
—No sabía que había de esas cosas en la laguna.
Andrea dijo, mirando primero a Glenn y luego a Itachi: —Mmm.
Tampoco yo.
Jaqui soltó un sonido bajo de aprobación.
—Eso es muy inteligente.
Itachi, que había permanecido casi en silencio, volvió a mirar a Glenn.
Se observaron apenas unos segundos, esa clase de intercambio que parecía no contener nada extraordinario desde afuera y, sin embargo, entre ellos estaba lleno de sentido.
Glenn sonrió entonces.
—¿Van a lavar?
Las mujeres asintieron.
Carl y Sofía, mientras tanto, miraban hacia adentro con la fascinación limpia de los niños.
No solo por la sopa.
Por el interior entero.
—¿Y ustedes dos?
—preguntó Glenn a los niños—.
¿Qué van a hacer?
Carl respondió primero.
—Íbamos a jugar un rato en el río.
Sofía asintió con energía.
—Sí.
Glenn iba a decir algo más cuando Itachi habló.
—¿Quieren entrar?
Las palabras sorprendieron a todos.
Itachi continuó, mirando a Carl y a Sofía con la misma calma con que decía cualquier otra cosa: —Todavía tenemos suficiente sopa para dos personas.
¿Quieren comer?
Carl y Sofía sonrieron de inmediato.
Luego, los dos, casi al mismo tiempo, voltearon a ver a Carol.
Carl porque Lori le había dicho que obedeciera a Carol mientras Rick no estaba.
Sofía porque Carol era su madre y su centro.
Carol sopesó la situación en silencio.
Observó el interior del RV.
La tranquilidad.
La mesa.
La comida real, no de lata.
La música suave.
La forma en que Glenn e Itachi estaban sentados.
Pensó en sus hijos.
Pensó en el gesto.
Y comprendió rápido que aquella invitación era justamente lo que parecía: una amabilidad dirigida a los niños, no una apertura general del espacio.
—¿Por qué no?
—dijo al fin.
Luego volvió la vista hacia Itachi.
—Gracias.
Itachi hizo apenas un pequeño asentimiento.
Se levantó enseguida y empezó a preparar dos tazones más pequeños, dos porciones para niños.
Glenn abrió la puerta del RV y esperó que Carl y Sofía entraran.
—Entonces los dejamos un rato aquí —dijo Carol.
—Sí —respondió Glenn—.
Aquí los tenemos nosotros.
Las mujeres se alejaron hacia la laguna.
Daryl se quedó un momento más, observando la puerta abierta, el interior visible, la facilidad con la que esos dos niños habían sido aceptados donde ningún adulto era invitado.
Luego también se apartó.
Carl y Sofía entraron.
Y desde el punto de vista de ambos, aquello fue como entrar a otro mundo.
No un mundo mágico, porque no tenían palabras para algo así.
Pero sí un lugar bonito.
Pacífico.
Cálido.
El contraste con la cantera era tan grande que lo sintieron de inmediato aunque no supieran explicarlo.
Había sillones suaves, una mesa donde cabían cuatro personas sin apretarse, una cocina limpia y ordenada, un refrigerador con imanes y papeles, gabinetes cerrados, una luz agradable, flores, pequeños detalles que hacían que el lugar pareciera habitado de verdad y no solo ocupado.
Y también vieron algo más: un marco de fotos.
En él había imágenes de Glenn e Itachi que se habían tomado después de conseguir una cámara.
Fotos simples, pero llenas de esa cercanía tranquila que ellos ya proyectaban.
Glenn sonriendo.
Itachi seria, pero con la mirada suavizada.
Los dos juntos frente al RV.
Los dos dentro, con el vagón detrás.
No grandes poses.
No grandes escenas.
Pero sí pruebas físicas de una vida compartida.
La música seguía sonando suave.
Jazz.
A Carl le gustó sin saber por qué.
A Sofía le pareció bonito.
Sobre la mesa estaban los tazones a medio comer de Glenn e Itachi y, al lado, las dos tazas pequeñas que Itachi acababa de servir para ellos.
—Siéntense —dijo ella.
Glenn e Itachi movieron sus tazones más hacia afuera, quedando ellos en los bordes, y los niños ocuparon la parte interior de la mesa.
Glenn sonrió al ver la forma en que Sofía se sentaba con cuidado, como si sintiera que estaba entrando a un lugar importante.
Carl, en cambio, miraba todo con curiosidad abierta, intentando abarcar el interior completo de una sola vez.
—Gracias por la comida —dijo Carl.
—Sí, gracias —repitió Sofía.
—Disfruten —dijo Glenn.
Y mientras los niños comían, el ambiente se llenó de esa conversación inocente que solo los niños todavía podían sostener incluso en el fin del mundo.
Carl fue el primero en hablar de algo anterior.
—Antes del fin del mundo me gustaban mucho los videojuegos.
Sofía lo miró.
—A mí me gustaba dibujar.
—¿Qué dibujabas?
—preguntó Glenn.
—Casas —dijo ella—.
Y caballos.
Y a veces flores.
Carl tomó otra cucharada.
—Yo dibujaba monstruos.
Sofía frunció la nariz.
—Eso da miedo.
—No daban miedo —protestó Carl—.
Eran geniales.
Glenn soltó una risa baja.
Itachi escuchaba en silencio, pero con una atención extrañamente suave.
—¿Y ahora?
—preguntó Glenn—.
¿Qué les gusta?
Carl se encogió un poco de hombros.
—No sé.
Me gusta cuando hay fogata.
Y cuando encuentro cosas.
Y cuando alguien me explica cómo funcionan las cosas.
Sofía miró la cuchara dentro del caldo.
—A mí me gusta cuando mamá no está triste.
La frase cayó pequeña y limpia.
Dolió en el aire.
Ni Glenn ni Itachi hablaron enseguida.
Carl también se quedó callado un segundo.
Entonces Glenn desvió un poco la conversación con cuidado.
—¿Y la sopa?
Carl asintió rápido.
—Está muy buena.
Sofía también.
—Mucho mejor que las latas.
Eso hizo que Glenn sonriera.
Itachi también, aunque solo en una mínima suavidad de la boca.
Mientras tanto, afuera, en dirección a la laguna, la escena era distinta.
Carol, Amy, Andrea y Jaqui caminaban con sus cestos de ropa y una conversación que, aunque empezó con lo práctico, pronto volvió a lo que acababan de ver.
Daryl iba con ellas lo bastante atrás como para no parecer parte del grupo, pero lo bastante cerca como para oír.
Amy fue la primera en decirlo.
—Eso fue muy amable.
Andrea asintió.
—Sí.
No sonaba sorprendida.
Más bien confirmada.
Jaqui miró un momento hacia atrás, hacia el RV.
—No tuvieron que hacerlo.
—Lo hicieron porque son niños —dijo Carol.
Y en su voz había algo más que simple observación.
Había comprensión.
Amy añadió, todavía un poco tocada por lo que había alcanzado a ver del interior: —Yo vi un marco de fotos.
Se veían muy lindos juntos ahí.
Jaqui sonrió apenas.
—Yo también lo vi.
Y adentro se veía tan… bonito.
Carol sostuvo el cesto de ropa un poco más alto sobre la cadera.
—Es porque cuidan su hogar.
Andrea giró el rostro hacia ella.
Carol siguió, más segura a medida que hablaba: —No es solo que sea una autocaravana.
Lo cuidaron.
Lo ordenaron.
Lo hicieron suyo.
Se nota.
La mesa, la cocina, las fotos, la música, la forma en que está limpio, la forma en que todo tiene un lugar.
No quieren que extraños entren porque mucha gente no respeta eso.
Ensucia.
Rompe.
Toca donde no debe.
Se instala como si todo fuera público.
Yo… —hizo una pausa, casi breve, casi incómoda— yo lo entiendo.
Amy asintió con rapidez.
—Sí.
Cuando miré adentro… se sentía como paz.
Andrea soltó una exhalación baja.
—Eso fue lo que pensé.
Paz.
Jaqui acomodó el paso.
—Y no dejaron entrar a cualquiera.
Dejaron entrar a los niños.
—Porque son inocentes —dijo Carol.
Andrea miró hacia la laguna un segundo antes de responder: —Y porque saben distinguir.
No están abriendo el espacio.
Están siendo amables con los niños.
Amy sonrió.
—Carl y Sofía están felices.
—Claro que sí —murmuró Jaqui—.
Les dieron comida de verdad.
Caliente.
Hecha.
No de lata.
Carol pensó unos segundos en silencio.
—Eso también importa.
No se molestaron porque fueran solo los niños.
No lo vieron como injusticia.
Entendieron qué necesitaban más los pequeños.
Daryl, que había permanecido callado hasta entonces, habló por fin.
—Tienen cabeza.
Las cuatro mujeres volvieron apenas la vista hacia él.
No tanto por sorpresa.
Porque Daryl hablaba poco, y cuando lo hacía no desperdiciaba palabras.
Andrea fue la que respondió.
—Sí.
Daryl siguió, escueto, pero claro: —Y cuidan lo suyo.
Hacen bien.
No dijo más.
Pero eso bastó.
Porque viniendo de él, aquella aprobación tenía un peso seco, concreto, sin intención de agradar a nadie.
Amy dejó escapar una sonrisa pequeña.
—Entonces no estaba loca por pensar que se veía hermoso adentro.
Daryl no respondió a eso.
Pero Carol sí.
—No.
No estabas loca.
Se veía… querido.
La palabra quedó ahí.
Querido.
Cuidado.
Protegido.
Hecho a mano entre dos personas.
Y en esa conclusión todas llegaron, por distintos caminos, al mismo punto: por eso Glenn e Itachi no querían gente adentro.
No por egoísmo.
No por desprecio.
Porque habían hecho de ese lugar algo sagrado para ellos.
Un refugio verdadero.
Un pedazo de vida real dentro del fin del mundo.
Y muy pocas personas respetaban de verdad algo así.
Al llegar a la laguna empezaron a lavar.
Las manos en el agua.
El jabón.
La espuma.
Las telas restregadas.
El sol suavizado sobre la superficie.
Pero la conversación siguió todavía un poco.
Andrea habló mientras restregaba una camisa: —También se comunican sin hablar.
Amy asintió enseguida.
—Sí.
Lo hacen mucho.
Se miran y ya saben.
Jaqui añadió: —Eso no es de gente que apenas se soporta.
Se nota que están… unidos.
Carol no usó una palabra romántica.
—Se cuidan.
Daryl observó la superficie del agua un momento.
—Y eso los vuelve difíciles.
—¿Difíciles?
—preguntó Amy.
—De mover —respondió él.
Andrea entendió enseguida.
Sí.
Eso era exactamente.
No eran solo una pareja bonita.
No eran solo recién casados.
Eran una unidad.
Y mientras, dentro del RV, Carl y Sofía terminaban la sopa caliente con los rostros más tranquilos, mirando las fotos, escuchando la música y sintiendo por unos minutos algo que casi ya no existía fuera de esas paredes: seguridad.
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