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ojos carmesí - Capítulo 29

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Capítulo 29: Jueguetes de Madera.

Cuando la sopa terminó, Glenn e Itachi se encargaron de la limpieza con la misma naturalidad silenciosa con la que ya hacían todas las cosas juntos.

Primero llevaron a los niños hacia el pequeño lavamanos del baño para que se lavaran las manos. Glenn abrió el grifo con cuidado, ajustó la fuerza del agua y les mostró cómo frotarse bien los dedos, las palmas y el dorso, mientras Itachi les ofrecía una toalla limpia después para secarse. Luego les limpiaron la boca, quitando con cuidado cualquier rastro del caldo de pescado, el olor leve del marisco, las gotitas de sopa que habían quedado en las comisuras. Carl se dejó hacer con la impaciencia propia de un niño que ya quería volver a correr o a preguntar otra cosa. Sofía, en cambio, permaneció más quieta, observando todo con esa atención suave y maravillada que le nacía cada vez que estaba dentro del RV.

Después de eso, mientras los niños se sentaban un momento en el sillón y miraban alrededor, Glenn e Itachi lavaron las ollas, las cucharas, los platos, las tazas, todo. La música seguía sonando baja, el jazz llenando el interior del RV como una respiración cálida. Afuera, el mundo seguía roto. Adentro, por unos minutos, parecía no importar.

Cuando terminaron de limpiar y secar todo, Glenn se sentó de nuevo frente a los niños. Itachi, por su parte, permaneció un instante de pie, observándolos, y luego preguntó con una suavidad rara en ella, una que solo aparecía cuando hablaba con personas a las que no quería asustar:

—¿Qué cosa extrañan más del otro mundo? ¿Qué cosa extrañan más de antes de que todo esto pasara?

La pregunta quedó en el aire.

Carl fue el primero en responder.

—Yo extraño mis juguetes —dijo, sin pensarlo demasiado—. Papá era policía. Nunca estaba en casa, casi nunca. Y mamá siempre estaba ocupada. Pero cuando estaba en mi habitación podía jugar.

Bajó un poco la mirada.

—Papá murió porque le dispararon.

La frase salió sencilla, demasiado sencilla para el peso que tenía. Como suelen salir las verdades más grandes de boca de los niños. No llevaba llanto. No llevaba dramatismo. Solo estaba allí. Un hecho. Un hueco.

Sofía lo siguió después, acomodándose un poco en el borde del sillón.

—Yo también extraño mis juguetes. Mis muñequitos. Mis muñecas —dijo—. Cuando papá no estaba en casa, a veces podía jugar con mamá. Era muy bonito.

Glenn e Itachi se miraron apenas.

Ambos entendían.

Glenn porque seguía teniendo la memoria viva de una infancia normal, sencilla, pequeña. Itachi porque, precisamente, no la había tenido. Y al oírlos hablar así, con esa claridad inocente sobre juguetes, madres, habitaciones y tiempo perdido, algo se movió dentro de ella como una punzada antigua, silenciosa, casi sin forma.

—Veo —dijo Itachi al fin.

Glenn, percibiendo la densidad que se había instalado en el ambiente, sonrió un poco y cambió el ritmo con cuidado.

—¿Por qué no salimos afuera un rato? —dijo—. Podemos sentarnos a tomar aire.

Carl y Sofía asintieron enseguida.

—Sí.

—Podemos sentarnos afuera —repitió Sofía.

Carl alzó la vista hacia Glenn con un brillo de entusiasmo renovado.

—¿Sabes historias?

Glenn soltó una risa baja.

—Bueno… sí, hice algunos cuentos alguna vez.

Itachi observó a los niños y, de pronto, recordó a Sasuke.

No como un fantasma abstracto. No como un nombre. Lo recordó niño. Pequeño. Con el rostro aún libre de la dureza que el mundo acabaría por tallarle. Recordó cuánto tiempo le había sido robado a su hermano gracias a su misión, gracias al deber, gracias a la necesidad de protegerlo a distancia, gracias al papel de villano que tuvo que asumir para que Sasuke viviera. Él lo había amado. Lo había amado más que a nadie. Y precisamente porque lo amó, se había mantenido lejos. Se convirtió en oscuridad para que su hermano sobreviviera hacia la luz.

La idea de la niñez perdida, dicha en voz tan simple por Carl y Sofía, le golpeó más fuerte de lo que dejó ver.

Sin decir nada, fue hacia una de las gavetas y sacó dos cuchillos. Uno grande, ancho, casi como un machete corto. Otro más pequeño, más preciso. Glenn lo vio, pero no preguntó. Ya había aprendido que en Itachi toda acción tenía un sentido, incluso cuando aún no le revelaba cuál.

Mientras Glenn sacaba dos sillas plegables, una pequeña mesa también plegable y preparaba afuera dos tazas con café para él e Itachi y dos vasitos de madera con un poco de jugo para Carl y Sofía, Itachi se volvió hacia él.

—Vuelvo enseguida, ¿sí?

Glenn asintió. Tomó la mano de Itachi y la besó, breve, natural.

—Bien.

Itachi se dirigió hacia el borde del bosque.

Ya lejos de la autocaravana, lo justo para que nadie del campamento interfiriera ni hiciera preguntas, desenvainó la katana y, con un solo corte limpio, desprendió una rama gruesa de un árbol. Luego, con movimientos rápidos, le quitó la corteza. La madera clara apareció debajo, viva, limpia, todavía oliendo a savia. Cuando terminó, volvió hacia donde Glenn y los niños ya estaban sentados, cargando la rama con una facilidad que a cualquier otra persona le habría costado más.

Glenn se levantó al verla llegar.

—Déjame ayudarte.

Itachi le entregó la rama. Glenn la sintió pesada, sólida, llena de agua y fibra. Aun así, la sostuvo y la puso sobre la pequeña mesa plegable. Itachi trajo entonces una de las panas de madera y la colocó sobre la mesa también.

Carl y Sofía miraban con curiosidad creciente.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Carl.

Itachi lo miró.

—Una sorpresa.

Glenn sonrió.

—Mientras ella trabaja, yo voy a contar un cuento.

Los niños se acomodaron de inmediato.

Itachi tomó la rama, la cortó en varios trozos del tamaño de una mano. Luego se sentó, colocó la pana entre sus piernas y empezó a trabajar con los cuchillos.

Para ella, las armas siempre habían sido una prolongación natural del cuerpo.

Espada, kunai, shuriken, cuchillo.

Todo obedecía.

Y por eso el tallado le resultó tan fácil como respirar. Sus manos se movían con velocidad, precisión y una delicadeza casi invisible. No hacía ruido innecesario. Solo el raspado de la hoja contra la madera, el desprender de las virutas claras, el ir apareciendo de formas donde antes solo había tronco.

Mientras tanto, Glenn comenzó su cuento.

No era una historia famosa. No era una gran narración heroica. Era uno de esos cuentos que inventaba sobre la marcha, una historia sobre un pequeño zorro que quería aprender a cruzar un bosque sin perderse y que, en el camino, iba encontrando animales distintos: un conejo que sabía cavar, una abeja que sabía encontrar flores, un erizo que no temía a la lluvia, un pato que conocía el agua, y cada uno le enseñaba algo pequeño que al final lo ayudaba a llegar a casa.

Carl se rió en una parte.

Sofía escuchó con los ojos muy abiertos.

Y mientras Glenn hablaba y los niños le respondían, Itachi tallaba.

La madera se dejaba transformar bajo sus dedos.

Un pequeño conejo grande primero.

Luego uno más pequeño.

Después un zorrito.

Después otro.

Luego una figura redondeada, sencilla, casi como un pequeño erizo o un dinosaurio amigable, con bordes suaves.

Y, usando algunos trozos menores, pequeñas piezas que parecían abejitas o panalitos, simples, bellos, hechos para manos pequeñas.

Cada juguete iba tomando forma con una ternura extraña, profunda, casi dolorosa.

Mientras Glenn contaba historias, Itachi pensaba.

Pensaba en Sasuke.

En que quizá, en otra vida, en otra versión del mundo, habría podido sentarse así con él. Habría podido tallarle juguetes. Habría podido inventarle cuentos o escuchar cómo él jugaba con ellos. Habría podido ser hermana antes que arma. Habría podido quedarse cerca. Habría podido conservar algo de inocencia. Pero no se arrepentía. No de la misión. No del precio. No de haber hecho lo que hizo. Solo reconocía, en ese momento, todo lo que se había perdido.

Glenn, que era más alto y estaba justo frente a ella, alcanzó a ver dentro de la pana. Vio primero las virutas de serrín. Luego la forma de la madera. Luego comprendió.

El corazón le latió más rápido.

No dijo nada.

Pero entendió el peso de esos juguetes al instante. Entendió el amor callado que había detrás de ese gesto. Entendió a la niña robada que Itachi había sido. Entendió a la hermana que nunca pudo quedarse junto a su hermano pequeño. Entendió también el corazón inmensamente amable de aquella mujer, a pesar de la guerra, a pesar del dolor, a pesar de la sangre que había cargado. Y esa comprensión lo llenó de una ternura tan honda que por un instante le costó seguir hablando con la misma ligereza del cuento.

Aun así, siguió.

Contó otra historia.

Esta vez sobre una pequeña abeja que quería hacer miel en un lugar donde ya no quedaban flores y que, al final, encontraba un jardín escondido detrás de una casa de madera. Carl hacía preguntas. Sofía repetía algunas frases. Glenn las respondía, improvisando, mientras observaba de reojo a Itachi.

Ella seguía tallando con las manos dentro de la pana, ocultando parcialmente el proceso para que los niños no lo vieran demasiado pronto. Las piezas terminadas iban quedando allí dentro, una junto a la otra, rodeadas de serrín. Sus dedos se movían con la misma gracia callada con la que lanzaba un kunai o curaba una herida. No había tensión en ella. No había torpeza. Solo precisión y algo más blando que ninguna guerra le había conseguido arrancar del todo.

Finalmente se detuvo.

Había terminado.

Sacó el cuchillo de la madera, lo dejó dentro de la pana, y luego fue tomando los juguetes uno a uno y poniéndolos sobre la mesa.

Carl y Sofía hicieron un sonido al mismo tiempo.

—¡Ah!

—¡Qué lindos!

Eran pequeños, suaves, pulidos a cuchillo pero de forma cuidadosa. No perfectos como si hubieran salido de una tienda, sino más bellos precisamente por haber sido hechos a mano. Un conejito grande y uno pequeño, como una pequeña familia. Dos zorritos frente a frente. Una figura redondeada y adorable que Carl de inmediato declaró que parecía un dinosaurio bebé. Y unas pequeñas piezas que Sofía dijo enseguida que parecían abejitas y casitas de abejas.

—Están muy bonitos —dijo Sofía, tomando uno de los conejitos con ambas manos, como si temiera romperlo solo por no merecer tanta belleza.

Carl levantó el “dinosaurio” y sonrió.

—¡Esto es genial!

Luego Sofía preguntó, todavía casi incrédula:

—¿Son de nosotros?

Itachi asintió.

—Sí. Son suyos.

Carl volvió los ojos hacia ella.

—¿Lo hiciste solo con un cuchillo?

Su voz iba llena de asombro genuino.

—Eso es genial.

Glenn sonrió antes que ella.

—Sí que es genial.

Itachi lo miró de reojo. Alzó apenas las cejas y emitió un pequeño sonido.

—Mhm.

Pero Glenn ya la conocía bastante para saber que, en ella, ese mínimo sonido era casi una aceptación complacida.

Carl empezó a hacer caminar el dinosaurio sobre la mesa. Sofía reunió los conejitos y los zorritos como si ya estuvieran formando una familia. Sus rostros se iluminaron con una alegría tan limpia que el aire alrededor pareció volverse más suave.

Glenn observó el serrín acumulado dentro de la pana y preguntó:

—¿Quieres que me deshaga de esto?

Itachi negó.

—No. Sirve como cama.

Glenn entendió al instante.

No hizo más preguntas.

No pronunció ni una palabra de más.

Porque sabía que el área del vagón seguía siendo secreto para todo el mundo. Los conejos, los cuyos, el huerto, todo aquello debía permanecer fuera del conocimiento del campamento. Así que solo asintió, tomó el serrín en la pana y se levantó.

Fue al interior del RV.

Lo dejó en el lugar correcto, dentro del vagón, donde serviría como base limpia y cálida para el área de los animales.

Cuando volvió, Itachi ya había guardado los cuchillos y colocado la pana vacía en su sitio. Los niños seguían jugando y hablando emocionados.

—Este conejito es la mamá —dijo Sofía.

—Entonces este es el papá zorro —dijo Carl.

—No puede ser papá zorro de un conejo —respondió Sofía, escandalizada.

—En mis historias sí puede —dijo Carl con absoluta lógica infantil.

Glenn soltó una risa.

—Me parece que ese bosque del cuento era raro.

Carl miró a Glenn.

—Sí. Como el de tu cuento.

Sofía acomodó las pequeñas “abejitas” una al lado de la otra.

—Estas viven aquí —dijo, poniéndolas cerca del conejito pequeño—. Y el dinosaurio cuida la casa.

—No es una casa —corrigió Carl—. Es un panal.

—Puede ser las dos cosas —dijo Sofía con convicción.

Itachi los observaba con una quietud distinta. No fría. No distante. Algo más parecido a una paz silenciosa.

Desde el punto de vista de Glenn, aquella escena se clavó dentro de él con un peso particular.

Los niños jugando.

Itachi observándolos en silencio.

Los juguetes de madera esparcidos sobre la mesa.

La tarde suave alrededor de la autocaravana.

Y sintió otra vez, con una claridad devastadora, el tipo de mujer que ella era realmente. No solo la guerrera. No solo la ninja. No solo la mujer hermosa que lo desarmaba con un roce y una palabra. También esta. La mujer capaz de escuchar a dos niños decir que extrañaban sus juguetes… y desaparecer al bosque para tallarles otros con sus propias manos.

Eso lo llenó de orgullo.

De amor.

De una ternura tan vasta que apenas supo dónde ponerla dentro de sí.

Desde el punto de vista de Itachi, en cambio, el momento tenía otra forma. No era felicidad simple. No era nostalgia pura. Era una mezcla más compleja. Al mirar a Carl y a Sofía jugar, escucharlos discutir por si el zorro podía ser padre del conejo o si el dinosaurio cuidaba un panal o una casa, Itachi comprendió algo que ya sabía desde hacía años, pero que la guerra no siempre le dejaba mirar de frente: los niños merecen cosas pequeñas. Tiempo. Juego. Absurdo. Madera tallada sin motivo táctico. Historias sin sangre. El mundo le había robado eso a Sasuke. Se lo había robado a ella. Y aun así, en aquel momento, podía dárselo a otros, aunque fuera en algo tan pequeño como un conejito de madera hecho con un cuchillo.

Y eso no reparaba nada.

Pero tampoco era nada.

Carl terminó por levantar la vista hacia Glenn.

—¿Tienes otro cuento?

Glenn sonrió.

—Creo que sí.

—Y yo tengo otro juguete —dijo Sofía, levantando una de las abejitas con tanta solemnidad que tanto Glenn como Itachi tuvieron que contener una sonrisa.

El sol seguía alto todavía. La tarde no había terminado. Afuera, el campamento seguía en su rutina rota, en sus latas, en sus fogatas, en sus tareas. Allí, junto a la autocaravana, en cambio, por unos minutos más, existió otra cosa.

No paz completa.

No todavía.

Pero sí una pequeña isla de infancia rescatada.

Y para Glenn, que observaba a Itachi y a los niños compartiendo ese instante, quedó una certeza más, una que se sumaba a todas las demás:

cada día había más razones para no poder dejar de amarla.

Ojos carmesí

Itachi mujer x Glenn Rhee

Capítulo 32 — Tal vez en un futuro

Itachi se había acomodado otra vez, pero esta vez sentada en el regazo de Glenn.

Lo hizo con esa naturalidad callada que cada vez desarmaba más a Glenn, como si para ella el lugar correcto de su cuerpo en determinados momentos fuera simplemente ahí: sobre él, entre sus brazos, sostenida por su calor, por su pecho, por la firmeza cuidadosa con la que él la rodeaba. Glenn pasó ambos brazos por su cintura en cuanto ella se asentó, y la atrajo hacia sí con esa misma devoción silenciosa que ya no podía ocultar aunque quisiera. Frente a ellos, Carl y Sofía seguían jugando con los juguetes de madera que Itachi les había tallado. El pequeño dinosaurio avanzaba por la mesa. Los conejos tenían ya una casa imaginaria. Las abejitas iban y venían entre risas infantiles. El mundo, por unos minutos, había dejado de ser un cementerio andante y se había convertido en algo más soportable.

Glenn terminó otro cuento suavemente, con la voz baja, mientras los niños seguían interrumpiéndolo para corregir detalles o añadir ocurrencias propias. Cuando al fin la historia cerró y Carl volvió a hacer hablar al dinosaurio, Glenn inclinó apenas el rostro hacia Itachi y le susurró cerca del oído:

—¿Estás bien?

Itachi respondió con un pequeño sonido.

—Mhm.

No dijo más.

Pero Glenn ya sabía que, en ella, aquel murmullo no era evasión, sino una forma breve de decir sí, estoy aquí, sigo aquí, te escucho.

Glenn volvió a besar su hombro, apenas, mientras la mantenía cerca de él. Itachi apoyó entonces sus manos sobre las de Glenn, las que rodeaban su cintura. No trató de apartarlas. No las corrigió. No se tensó. Simplemente las cubrió con las suyas, como si reconociera la forma en que él la sostenía y la aceptara.

Y mientras los niños jugaban, mientras la tarde caía lenta sobre la laguna y el jazz del tocadiscos escapaba apenas desde la autocaravana abierta, Glenn se perdió en un pensamiento que le golpeó el pecho con una fuerza inesperada.

Podríamos ser nosotros.

La imagen llegó de pronto, completa y dulce hasta el dolor.

Él.

Itachi.

Una mesa así.

Un hogar así.

Niños jugando con juguetes que su madre les había tallado con sus propias manos.

La certeza no era lógica.

No era prudente.

No era racional pensar tan lejos, tan íntimamente, cuando no llevaban ni dos semanas conociéndose de verdad, cuando el mundo estaba cayéndose y ellos mismos seguían llamando mentira a muchas de las cosas que, en el fondo, ya se sentían demasiado verdaderas.

Y sin embargo la imagen se instaló.

Él, el padre.

Ella, la madre.

Los niños riendo.

El corazón de Glenn empezó a latir más rápido, más fuerte. Sin darse cuenta, apretó un poco más a Itachi contra sí.

Itachi lo sintió de inmediato.

No solo la presión de sus brazos.

También el cambio en la respiración.

La forma en que se le tensó el pecho.

La manera en que sus ojos, al bajar hacia los niños, parecían estar viendo otra escena por encima de la real.

Se giró un poco entre sus brazos y lo observó a los ojos.

Glenn, que siempre se sentía leído con una exactitud desarmante cuando ella lo miraba así, sintió subir el calor a sus mejillas. Itachi tomó entonces el rostro de Glenn entre sus manos. No con apuro. No con una intención que buscara exhibirse ante nadie. Simplemente lo sostuvo, y Glenn supo que estaba siendo comprendido más de lo que había querido mostrar.

Ella no leía mentes.

Pero leía a Glenn.

Y eso, a esas alturas, era casi lo mismo.

Le besó la frente.

Otra vez.

Con suavidad.

Con esa delicadeza imposible que parecía reservar para los momentos en que Glenn estaba más abierto, más vulnerable, más él mismo.

Glenn cerró los ojos apenas y dejó salir un murmullo.

—En otra vida…

La frase le salió baja, casi rota de emoción.

No hacía falta explicarla. Itachi entendió perfectamente lo que quería decir. La vida que pudo haber sido. La normalidad que quizá en otro mundo habría existido. La posibilidad de una casa, de una familia, de una rutina sin guerra, sin caminantes, sin mentiras necesarias, sin clanes masacrados, sin niños perdiéndolo todo.

Itachi lo observó.

Y esta vez no respondió de inmediato.

Se quedó unos segundos en silencio, sosteniendo todavía su rostro, sintiendo el peso exacto de lo que Glenn estaba imaginando y, al mismo tiempo, el peso de su propia respuesta. Porque algo en ella había cambiado ya lo suficiente como para que la frase en otra vida no le bastara del todo.

Comprendió entonces, con una claridad un poco más dolorosa y un poco más limpia, por qué le permitía tanto a Glenn. Por qué lo dejaba acercarse. Por qué lo buscaba, aunque fuera en gestos mínimos. Por qué volvía a su cuerpo. Por qué se quedaba en sus brazos por las mañanas. Por qué le besaba la frente. Por qué su voz decía mi amor cada vez con menos distancia interior.

Y entonces dijo, en voz baja:

—En un futuro.

Los ojos de Glenn se llenaron de inmediato.

No fue un llanto abierto. No fue descontrol. Fue peor y mejor que eso: un temblor de alegría, devoción y esperanza tan puro que le humedeció la mirada casi sin pedir permiso. Sonrió. Sonrió grande. Como si el pecho no le alcanzara para contener la felicidad que esa frase le había dado.

Itachi apoyó entonces su frente contra la de él.

Sus respiraciones se rozaron.

Y murmuró:

—Tal vez en un futuro… otra vez tú y yo juntos.

Glenn sintió que el alma se le apretaba entera.

No contestó enseguida porque no podía.

Porque cualquier palabra iba a salir demasiado pequeña.

Una lágrima mínima se le escapó al borde de un ojo. Itachi la vio. La limpió con el pulgar con una suavidad tan cuidadosa que a Glenn le dolió todavía más quererla.

Después no dijeron nada por unos segundos.

No hizo falta.

El peso de esas palabras se quedó entre ellos, latiendo.

El corazón de Glenn golpeaba con alegría, con amor, con una devoción ya imposible de esconder. El de Itachi latía distinto también. No tan desbordado como el de él. Pero más consciente. Más despierto. Comprendiendo, quizá por primera vez de una forma más nítida, que lo que estaba naciendo entre ambos ya no era solo estrategia, ni solo misión, ni solo conveniencia, ni solo promesa útil.

Los minutos pasaron.

La escena se asentó.

Y entonces las mujeres que lavaban ropa terminaron y regresaron con los cestos.

Andrea.

Amy.

Carol.

Jaqui.

Daryl venía detrás con la ballesta al hombro, como siempre, sin parecer parte del grupo y aun así lo bastante cerca como para seguir siendo su sombra vigilante.

Carol fue la primera en llamar, al ver a los niños todavía cerca del RV.

—¡Sofía!

La niña volvió la cabeza enseguida.

—¡Mamá!

Lo dijo entre sonrisas, con una alegría tan abierta que Carol sintió un nudo pequeño dentro del pecho antes siquiera de ver bien la razón.

Carl, que seguía con uno de los juguetes de madera en la mano, dio un paso más hacia ellas. Sofía, emocionada, corrió hacia Carol y le mostró su muñeco.

—¡Mamá, mira!

Carol bajó la vista al pequeño conejito de madera.

—¿Qué es eso?

Sofía sonrió más.

—¡Itachi los hizo para nosotros! Hay varios más en la mesa.

Y, jalando de la mano de Carol, la llevó hacia el pequeño espacio junto al RV donde todavía estaban Glenn e Itachi.

Las demás los siguieron.

Daryl también.

Y al llegar, vieron la escena.

Glenn seguía sentado en una de las sillas plegables. Itachi en su regazo. La mesa delante con los pequeños juguetes de madera esparcidos. El ambiente cálido todavía lleno de esa paz casi extraña que parecía rodearlos cuando estaban juntos.

Amy fue la primera en hablar.

—Están muy bonitos.

Carl alzó el dinosaurio.

—¿Verdad que sí? Este es mi favorito.

Carol miró a Itachi a los ojos.

Y dijo, sincera:

—Gracias.

Itachi hizo apenas un asentimiento leve.

No minimizó el gesto. No lo adornó. Solo lo aceptó.

Carol miró después a Sofía, a Carl, a la ropa limpia en los cestos, al sol que empezaba a bajar un poco más.

—Bueno… ¿ya nos vamos? —preguntó, aunque sonó un poco desanimada, como si supiera que interrumpía algo bueno para los niños.

Andrea acomodó el peso del cesto sobre la cadera.

—Sí. Tenemos que volver. Ya terminamos con la ropa.

Carl y Sofía se despidieron entonces de Glenn e Itachi con una mezcla de gratitud y emoción.

—¿Podemos llevarlos? —preguntó Sofía, alzando un poco el conejito.

Itachi asintió.

—Sí.

Glenn sonrió.

—Son suyos.

—Gracias otra vez —dijo Sofía.

—Gracias —repitió Carl, con esa seriedad rara que a veces les nace a los niños cuando saben que algo fue importante.

Después se fueron.

Con los juguetes en las manos.

Con sonrisas.

Con ese pequeño orgullo luminoso que nace cuando un niño siente que algo bonito le pertenece de verdad.

Glenn observó un momento más la escena de alejamiento y luego dijo:

—Deberíamos meter la ropa. Ya está seca.

Itachi asintió.

—Yo guardaré las mesas y las sillas.

—Entonces yo haré la ropa —dijo Glenn.

Y así trabajaron otra vez juntos. Glenn retiró las prendas del tendedero, revisó que ya estuvieran bien secas, las dobló. Itachi cerró y guardó la mesa plegable, las sillas, acomodó los vasos, recogió lo que quedaba fuera. Luego ambos entraron nuevamente al RV.

Glenn volvió a encender el tocadiscos.

La música llenó otra vez el interior.

Itachi se sentó suavemente entre el comedor y la zona de los sillones con un libro en las manos. Glenn se sentó a su lado. No hicieron gran cosa durante un rato. Solo disfrutaron de la tarde. Del resto de la tarde. Del orden. De la música. Del hecho de que el mundo, aunque siguiera desmoronándose allá afuera, no había entrado del todo a romper lo que ellos habían construido dentro de esas paredes.

Mientras tanto, las mujeres regresaban a la fogata con los cestos de ropa limpia, y Daryl iba detrás.

Hablaban, como era inevitable, sobre lo que acababan de ver.

Amy fue la primera.

—Fue… muy bonito.

Andrea la miró de reojo.

—Sí.

No lo negó.

Jaqui acomodó mejor el cesto.

—Lo de los juguetes.

Carol habló entonces, todavía con la emoción suave de haber visto a Sofía sonreír así.

—Aunque no habla mucho… Itachi es muy amable con los niños.

Amy asintió rápidamente.

—Sí. No parece del tipo de mujer que se pone a hacer muñequitos de madera y sin embargo… ahí estaba. Haciéndolos.

Andrea soltó una exhalación baja.

—Eso fue lo que más me llamó la atención. No eran juguetes encontrados. No eran sobras. Los hizo en ese momento. Solo porque escuchó que los niños extrañaban los suyos.

Carol apretó apenas el cesto.

—Eso significa que entendió.

Jaqui alzó un poco las cejas.

—Claro que entendió.

Amy añadió, más baja:

—Y Glenn lo entendió también. Se le notó en la cara cuando la vio tallándolos.

Carol lo recordó.

La forma en que Glenn la miraba.

La forma en que ella se sentaba sobre él sin esfuerzo.

La manera en que parecían entenderse hasta en los silencios.

—Se cuidan mucho —murmuró.

Daryl, detrás de ellas, habló sin que nadie lo esperara.

—Y se conocen rápido.

Las cuatro volvieron ligeramente la vista.

No sonó romántico en su voz.

Sonó como evaluación.

Andrea fue la primera en responder.

—Sí.

Amy siguió:

—Se miran y ya saben.

Jaqui recordó algo.

—Cuando Glenn le dijo del panel a Dale y cuando ella asintió… ni parecían hablar.

Carol añadió:

—No todo vínculo necesita años para hacerse profundo. A veces… —hizo una pausa— a veces basta que dos personas se vean bien de verdad.

Amy sonrió un poco.

—Yo creo que se quieren mucho.

Andrea no contradijo eso.

Pero su análisis iba un poco más lejos.

—Y eso los hace todavía más sólidos. Porque no solo trabajan bien juntos. También se eligen.

Daryl guardó silencio, pero no porque no tuviera opinión. Porque ya la había dado.

Al acercarse a la fogata, Carl corrió hacia su madre.

—¡Mamá, mira!

Lori volvió la vista de inmediato.

—¿Cómo les fue en la laguna?

Carl, todavía demasiado emocionado como para notar el tono de su madre, respondió:

—No fuimos a la laguna.

Lori frunció apenas el ceño.

—¿Y dónde fueron?

Y entonces Carl empezó a contar.

Todo.

Que se habían encontrado con la autocaravana de Glenn e Itachi. Que los invitaron a entrar. Que les dieron sopa de pescado. Que olía muy bien. Que adentro era bonito. Que había música. Que Glenn contaba historias. Que Itachi había hecho juguetes para ellos con un cuchillo.

Sofía lo interrumpía entre medias, añadiendo detalles con entusiasmo:

—Y había fotos de ellos en un marco…

—Y una mesa bonita…

—Y los sillones eran suaves…

—Y nos ayudaron a lavarnos las manos…

Andrea, que había llegado justo detrás, intervino en una parte:

—Y, por cierto, no sabía que en la laguna podían encontrar cangrejos, moluscos y otras cosas así. Sería bueno buscar ahí como fuente de alimentación.

Varios en el campamento alzaron la vista al oír eso.

Dale se interesó.

T-Dog también.

Morales frunció el ceño con atención.

La gente que se había acercado para recibir su ropa limpia o para oír la charla se quedó escuchando a los niños.

Y los niños, con su inocencia absoluta, siguieron describiendo.

Lo bonito que se miraba adentro.

Las fotos de Glenn e Itachi juntos.

Lo amables que habían sido.

La comida caliente.

Las historias.

Los juguetes.

Carl y Sofía los mostraban con una felicidad y un orgullo tan transparentes que la escena, en lugar de despertar envidia abierta en la mayoría, provocó otra cosa: una especie de comprensión callada.

Desde el punto de vista de T-Dog, todo eso confirmaba algo que ya venía pensando. Glenn e Itachi eran útiles, sí, pero no solo eso. Tenían algo humano adentro que no se había podrido todavía. Y eso valía. Mucho.

Dale observaba a los niños con una sonrisa tenue, casi melancólica. No le sorprendía ya la amabilidad de Itachi; más bien le parecía cada vez más interesante la forma en que ella la expresaba: nunca con grandes discursos, nunca buscando reconocimiento, siempre en actos concretos. Un tarro de café. Un panel solar. Una sopa compartida con dos niños. Juguetes hechos a mano. Dale pensó que la gente así es rara incluso antes del fin del mundo. Y después del fin del mundo, más todavía.

Morales, por su parte, miraba a su familia y luego a Carl y Sofía con los juguetes en las manos. Pensó en lo importante que era cualquier gesto que lograra regalarles a los niños aunque fuera media hora de normalidad. Entendió por qué habían permitido entrar solo a los pequeños. Entendió también que eso requería criterio. No abrir la casa a todos. Sí abrir el corazón a quienes lo merecían sin poner en riesgo lo demás. Le pareció sensato. Correcto.

Merle, en cambio, apenas oyó una parte de la historia y volvió a pensar en Itachi de la forma más desagradable posible. La idea de una mujer tan hermosa, tan fuerte, tan inteligente, tallando con cuchillo, cocinando, cuidando niños, sentándose en el regazo del marido, viviendo en un RV bonito y cerrado al resto… todo eso no hizo más que ensuciar aún más sus pensamientos sobre ella. Para un hombre como Merle, la combinación de inaccesibilidad, belleza y fuerza no despertaba respeto, sino una obsesión obscena. Sonrió de lado, mascando algo entre dientes, pero no dijo nada. Todavía no. No lo bastante alto.

Shane escuchó a los niños y algo dentro de él volvió a moverse.

Cada nuevo detalle sobre Itachi parecía empeorar su situación.

No porque la hiciera menos admirable.

Al contrario.

La hacía más.

Fuerte. Inteligente. Preparada. Amable con los niños. Capaz de levantar un campamento sin pertenecer a él. Capaz de mantener un hogar propio dentro del desastre. Casada. Unida a Glenn. Y, precisamente por eso, cada vez más fuera de su alcance de una manera que solo la volvía más presente en su mente. Shane sabía que no tenía derecho a nada. Lo sabía con absoluta claridad. Y aun así, el deseo crecía. No solo físico. Había en ella algo que quería mirar más, entender más, poner cerca de sí aunque no debiera. Y eso lo irritaba porque lo obligaba a reconocer una grieta moral propia que no le gustaba.

Lori, mientras tanto, oía a su hijo hablar y sentía otra vez cómo se le apretaba el pecho con esa mezcla de inferioridad, rabia y humillación que ya le estaba resultando demasiado familiar.

Otra vez.

Otra vez Itachi.

Otra vez Glenn.

Otra vez su hijo volviendo con los ojos brillantes por algo que ellos le habían dado y que ella no.

Otra vez el grupo oyendo cosas buenas sobre esa mujer.

Otra vez el nombre de Itachi desplazándolo todo.

Y, peor aún, otra vez notando esa atención de Shane, ese silencio tenso en él cada vez que surgía un detalle nuevo sobre la pareja.

Lori se sintió opacada.

Humillada.

No porque alguien la hubiera atacado esta vez. Porque la comparación volvía sola. Porque Carl estaba contando con felicidad cosas que había vivido dentro del RV de ellos. Porque esa autocaravana, ese hogar, esa comida, esos juguetes, esa música, todo parecía componer una imagen de vida que a ella le faltaba y que, por contraste, la hacía sentirse más cansada, más sucia, más pequeña.

—Qué bien —dijo Lori al final, pero el tono le salió más seco de lo que habría querido.

Carl no lo notó.

Seguía enseñándole el dinosaurio.

—Mira, mamá. Itachi lo hizo con un cuchillo.

Sofía mostraba también sus conejitos a quien quisiera mirar.

La fogata quedó llena entonces de una conversación nueva. Ya no sobre reclamos. No sobre venenos. Sobre los juguetes. Sobre la laguna. Sobre la posibilidad de encontrar comida allí. Sobre la sopa. Sobre el hecho de que dentro del RV se sintiera bonito. Seguro. Caliente.

Y, otra vez, Glenn e Itachi se volvieron centro sin estar presentes.

Porque a veces no hace falta que una persona esté delante del grupo para dominar su atención.

A veces basta con lo que deja en la memoria de otros.

Y esa tarde, mientras Carl y Sofía alzaban sus juguetes de madera como si fueran tesoros reales, toda la cantera comprendió algo más sobre Glenn e Itachi:

no solo estaban sobreviviendo mejor que muchos.

Estaban conservando dentro de sí algo que el resto empezaba a perder.

La capacidad de hacer del mundo roto un lugar todavía habitable para otros.

Y eso, para algunos, despertaba respeto.

Para otros, deseo.

Para otros, resentimiento.

Pero en nadie pasaba desapercibido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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